Sin fecha de caducidad

Recuerdo cuando adolescente haber pensado y repensado la edad para morir.

Yo nací un día veintidós, por consiguiente éste número se convirtió de inmediato en mi número, mi número de la suerte.
(tampoco es la que me ha proporcionado, pero he seguido insistiendo machacón en ello)

Con diabólica facilidad comencé a pensar en ello de forma habitual, no se lo dije jamás a nadie, claro. Si se lo hubiera explicado a alguien, me habrían convertido en carne de siquiatras y, yo sabía perfectamente que tan sólo se trataba de un juego cabalístico recurrente de mi poco seso.

Decidí,  que si mi número,  mi número de la suerte, iba a ser el veintidós (22), lo lógico sería acabar mis días en esa fecha. Hilando fino.. comencé a elucubrar un plan de edades.
A los veintidós no me iba a morir. Qué tontería, con las ganas de vivir y de hacer cosas que tenia yo.
A los cuarenta y cuatro, tampoco me pareció bien, lo lógico seria que estuviera dale que te pego fundando una familia, trabajando, etc..
A los sesenta y seis se me antojó justo, no iba a estar como un cabrón currando hasta los sesenta y cinco para jubilrme y morirme.
tendría que ser a los ochenta y ocho.
(porque pretender llegar a los ciento diez, y quedarme en el intento,  menuda estupidez)
Los ochenta y ocho era una buena edad.

Con los años, sin embargo, (la vida no me trato demasiado bien, tampoco yo le di muchas oportunidades..),  comencé a pensar que los ochenta y ocho era mucho tiempo. A donde coño quería ir con ochenta y ocho? Si no te aguantarás ni los pedos. Arrastrarte con un bastón en el mejor de los casos, etc, etc..
(ya dije anteriormente que en determinada etapa de mi vida pensé en tirar la toalla o dejarla por ahí)

La vorágine de mi vida en el mundo de la cocaína,  me mantuvo durante unos años con la mirada perdida en elucubraciones absurdas..
El ex de mi pareja de aquella etapa falleció un veintidós. Un año justo después, el mismo mes, el mismo día,  mi padre también se iba, para siempre. Tal vez fuera un toque de atención que el Dios de las cábalas me enviaba para que recuperase el sentido perdido.. no se.

Por lo tanto, decidí de nuevo, que los sesenta y seis era una buena edad para dejar este (*) mundo
*(mientras escribo este relato me apetece añadir “asqueroso”, aunque como a fecha de hoy, no me lo parece tanto, no lo haré)

Ahora que tengo cincuenta y tres y, que desde hace otros.. seis, y, que gracias a mi mujer, he recuperado las riendas de mi vida, los sesenta y seis se me antojan a la vuelta de la esquina.

Habrá que dejar de pensar en cábalas numeristicas absurdas, recuperar, tal vez, el bastón  de la artrosis, olvidado desde hace un par de años tras la puerta de casa, y permitir que el tiempo me lleve allá a donde el entusiasmo de Anna, el brillo de los ojos de mi hija o el trote de mis perros me quieran llevar.

Mi mujer cumple en once..
Tal vez a los setenta y siete??
Calla, calla.. no empieces otra vez…

escrito marzo 2014

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