No somos lo que pensamos, somos el azote de lo que vivimos a traves de nuestras conductas.

Hace muchos años le escribí una postal a mi padre.
(un gato te miraba desde ella con un ojo de cada color),
una frase impresa rezaba algo parecido a:
“No todo el mundo ve las cosas de la misma manera”.
Detrás, yo le escribía que seguramente era portador de los mismos valores que él,  sin embargo, igual no estaban ordenados de igual forma, con lo cual pretendía escamotear de la responsabilidad de su respeto.

No recuerdo haber cruzado ninguna conversación con él al respecto, tampoco recuerdo habérselo dicho mirándole a los ojos, sin embargo, aquella postal envejeció en el cajón de su mesilla durante décadas.
A cada viaje hacia la casa paterna a través de los años,  en los frágiles momentos en que necesité escudriñar en aquel cajón ajeno, para recoger cualquier cosa, en todos los momentos en que mi furia necesitó recordar los ojos del gato,  siempre me topé con su mirada.
Un ojo azul, otro amarillo, me devolvieron la mirada cansada de mi viejo, el gesto agrio, su nariz rota, su sonrisa franca..
Nunca comparé los ojos de mi padre con los del gato,  nunca hasta ahora pensé en ello. Ahora, ya casi ocho años fallecido, puedo contemplar el cartón amarillento de aquel gato dentro de una gran copa de cristal.
Él se encargó con cada silenciosa apertura del cajón de que mi rebeldía de juventud, permaneciera ahí encerrada para conseguir que entendiese tamaña lección.

(escrito agosto 2013)

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