Una pareja de idiotas.

Quiero contaros una breve disputa que durante años tuvieron dos trabajadores en un supermercado en el que trabajé hace años.

Andrés era el propietario de un supermercado de costa, rondaba los cuarenta y más entonces, abría en Semana Santa y la temporada se alargaba hasta El Pilar.
Corrian los años de las Olimpiadas de Barcelona 92, había entonces mucho trabajo. Primero llegaban los holandeses, despues alemanes, suizos, franceses, turistas españoles en los distintos ciclos vacacionales. El supermercado abría de ocho a ventidos horas, una plantilla de treinta trabajadores.. vamos, una locura. De cuando no hacía falta poner ofertas, jeje..

Roberto estudiaba informática, dieciocho o diecinueve tacos, sus porros, sus cervezas, su vida. Lo normal.

Lo tenian organizado para que Rober le echase una mano al jefe en la panadería por las mañanas,  luego se iba y su jornada transcurría de tarde, encerrado en un despacho. Venga a formatear diskets…

Por las noches, cuando cerrabamos, colocabamos las bandejas con los cruasans sobre los congeladores del super, eso permitía el tiempo justo de descongelarse y fermentar, hasta que ellos dos los horneaban por las mañanas, cuando llegaban entre las cinco y las seis.

Andrés era un jefe simpático pero rencoroso. Le gustaba cantar y recitar refranes castizos.
Pero, rencoroso de aquellos que, cuando por ejemplo, Roberto se dormía (tras una noche de verano de farra y el otro iba de culo con la bolleria), cuando por fin llegaba todo legañoso, le cantaba cosas tipo:

– El que se acuesta con niños, meado se levanta..

Y así transcurrian las tranquilas mañanas, uno llegando echo polvo y el otro amargandole las horas de despertar..

A mitad de verano, además,  Roberto conoció a una chavala de Asturias que estaba de vacaciones. Comenzó a salir con ella cada día. Y cada noche.

Como imaginaréis,  comenzó a llegar tarde todos los días por las mañanas.
Andrés echaba humo. Su repertorio de refranes se hizo mordaz. Cada vez más hirientes eran sus puyas.

Roberto,  en lugar de amilanarse, comenzó a darle la réplica cantando.
Con lo que cada vez que el jefe recitaba y recitaba refrán tras refrán a cuál más cruel, el otro comenzó a cantar el mismo pareado una y otra vez en forma de contestación,  explicándole de paso sus “hazañas nocturnas”.
Asi pues, Roberto canturreaba:

– Tengo una novia de Oviedo, que folla de miedo.
TARARÁ TARARÁ TARARÁ TARARÁ TARARÁ TARARÁ. .

Así una y otra vez. Verlos picados cada mañana daba más grima que risa.
Pero ellos seguían con su odio diario,  acumulando rencor.

A finales de agosto, la chica acabó sus vacaciones y se volvió a lo de la patria querida (que decía otra canción)

Tras la marcha de la chica, Roberto re-emprendió su inusual puntualidad. Andrés pareció aflojar velas.. en principio. Pero en cuanto el empleado volvía a llegar tarde alguna mañana tras la consabida farra veraniega, el otro, con un rencor inusitado comenzó a cantarle por las mañanas para despertar:

– Tengo una novia de miedo, que folla en Oviedo.
TARARÁ TARARÁ TARARÁ TARARÁ TARARÁ TARARÁ.

En clara alusión a que la chica, seguro le ponía los cuernos.

Y así trancurrieron los años.
Acumulando rencor.

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