Llega un día en el que…

Llega un día en el que sin darte cuenta, empiezas a tener un rinconcito por casa, donde se acumulan diversos tipos de tamaños,  formas y colores, de pastillas.

Esos mismos rincones de casa ajena, de los que uno se burlaba no hace tantos años.

Y.. no se sabe por qué enajenación mental o falta de visión de futuro,  pensábamos que nunca pasaríamos por ello.

Es como cuando abres un armario lleno de trastos y piensas:

– Horror..!! Recuerdo que mis tíos tenian uno igual.

Es entonces cuando caes en la cuenta de que aquella frase que dijo el abuelo, tan divertida que te ha parecido durante toda tu vida, comienza a coger forma.
Se sedimenta un poco más entre los estrechos márgenes que el colesterol a ido formando por dentro de las venas.

Debía de ser al final de Semana Santa de 1985. Camino de la estación de San Vicente de Calders (Tarragona), acompañábamos a los abuelos al tren que los llevaría de vuelta a Zaragoza. Mi madre, su madre y su padre detrás. Mi padre al volante y yo con mis patas largas, a su lado.

Mi padre, tan torpe como de costumbre a la hora de parir chistes, se había descolgado con un:

– Bueno abuelo, ya estamos en la estación. Las vacaciones han tocado a su fin. (como si a mi abuelo le pudiera importar un espacio de tiempo tras veinte años jubilado yá)

Y, de repente ocurrió. Mi abuelo rompió a reir como si Charly Rivel hubiera sido quien le hubiera hablado en aquella ocasión.
Sus carcajadas sueltas, sus mofletes sabios en esta virtud, temblando sin cesar.. su mujer, mi abuela, mirandoselo como antaño. Con el verbo fácil preparado por la costumbre para el calificativo despectivo cariñoso,

– De qué te ríes melón? Será posible! Este hombre cada vez está más pallá..

Y mi abuelo, mi padrino nacido en 1902 venga a reir..
– Jajajajajajajajajaja… Jajajajajajajajajaja…Jajajajajajajajajaja!!

Por fin, cuando ya las lágrimas que no de llanto apuntaban dolor de tripas, mi padre, tosco como de costumbre acertó a preguntar:

– Joder, Pepe. Se puede saber de qué te ries?

Y mi abuelo, entre hipos y mocos, lágrimas y toses.. acertó a contestar..

– Pues que estaba pensando, que ahora el abuelo soy yo, pero cuando vuelva en verano, el abuelo serás tu.

Tanto mi madre como un servidor reimos la infantil ocurrencia mientras mi abuela negaba con la cabeza sin haber llegado a comprender.

Mi padre, volante en mano, cerró el pico. De todos los sermones que me ofertó sobre mi acelerada proxima paternidad, aquel jarro de agua fría lo dejó helado.
Creo que por más partidos de tenis que continuó jugando, aquel día las rodillas comenzaron a dolerle sin más.
Un nuevo peso no planificado revoloteó con furia sobre sus hombros.
En tres meses, tal vez cuatro, el abuelo sería él.

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