Los orgasmos de mi vecina (1)

Escribir sobre momentos íntimos ajenos, siempre debería ser tratado con tacto y sobriedad, al tiempo que evitar no resultar vulgar, sin embargo, es inevitable no hacerlo sin un mínimo de entusiasta imaginación.

La verdad es que me atrevo a abordar este episodio, porque lo haré con autocritica,  ya lo veréis!

A ver qué sale.. De los muchos vecinos que tengo, hay unos, en mi rellano, con los que nunca hemos tenido demasiado feeling. Esto es debido al carácter fuerte aunque introvertido de ella. A partir de ahora la llamaré Eva. Cuando hace ya una década nos mudamos a este edificio, Eva ya vivía aquí,  justo pared con pared a nuestro piso. Compartimos paredes de comedor, trastero, baño pequeño y el baño grande de la habitación de matrimonio. Cuando digo compartimos paredes, me refiero a que con el paso de los años lo que realmente compartimos es una suerte de gritos, que cuando está enfurecida, parecen hacer temblar los objetos del mueble del comedor. Los primeros dos años fueron duros de locura. Eva había tenido un crio y el padre de éste se dedicaba al transporte de mercancías por toda Europa, motivo por el cual tan sólo aparecía una o dos veces cada fin de semana. Entre semana el silencio era total, el viernes noche ya se mascaba la tragedia, los sábados los muebles temblaban y los domingos los llantos se hacían interminables. Cuando ya comenzabamos a preocuparnos por la criatura, la pareja se disolvió. Los meses de vacío conyugal los gozamos de infinito silencio. Todo parecía ir bien. Por fin. Eva nunca mostró mucho entusiasmo por la convivencia vecinal. Lejos de compartir banales conversaciones de rellano, cuando te cruzabas con ella, siempre se metía rápida en su casa y el sonido de la llave accionando todos los anclajes de la puerta blindada desde dentro, denotaba cierta desconfianza que, dada la no lejana separación,  nos hacía sospechar la mala manera en que se había separado del padre de su hijo.

Qué equivocados estabamos entonces. El primer episodio me tocó sufrirlo un día saliendo del ascensor en el parking. En el mínimo espacio donde abocan los dos ascensores se encontraba ella con su niño recostado en un cochecito de bebes. Nada más abrirse la puerta se retiró de un salto, fue tanto el gesto, que mis perros, alarmados, soltaron un ladrido, el niño rompió a llorar…

Luego me explicó, más calmada, que era alérgica a los perros. Lo que en realidad ocurría es que le daban pánico,  pero ese sentimiento es difícil de asumir de buen grado. Con los años, el miedo a mis chuchos -más buenos que el pan, dicho sea de paso- se ha convertido en fijación, traspasándoselo a su hijo además, motivo por el cual nuestra mínima convivencia es cero. Si escuchamos descorrer los cerrojos cuando coincide vamos a salir, ralentizo mi salida de casa para no coincidir. Todo sea por la buena convivencia. Hace un par de años, una nueva pareja ha entrado a vivir en la casa. Alguna vez coincidimos en el ascensor y cautamente me explicó que también a él le amedrentanban los perros. Vaya por Dios! Os podéis imaginar que cualquier pequeño incidente se magnífica. Por ejemplo, yo que trabajo de noche y al llegar pasadas las seis de la mañana, mis perros “me saludan” y ya la tenemos liada. Con los años se han convertido en -esos gilis que viven al lado- Quiero decir, sin extenderme ya mucho más, que no nos caemos muy bien mutuamente. Hace un par de meses, sin rayar en lo escatológico, me encontraba sentado en el wc, tablet en mano, recomponiendo uno de estos escritos, creo que era el de “el armario de la Alpujarra”…

https://montxomon61.wordpress.com/2014/11/14/la-ley-del-pendulo-o-el-armario-de-la-alpujarra/

…porque me costó escribirlo sin perder la compostura de tanto reírme recordando la situación y la cara de Eduardo, cuando de repente escuché unos inequívocos gemidos que provenían del otro lado de la pared de la bañera. En rítmicas sucesiones se escuchaban ahogados gemidos sin llegar a vehementes grititos. No os negaré que dejé de escribir (creo que fue cuando casi el armario estuvo a punto de caerseme sobre la cabeza), y me paré,  silencioso, a esperar la siguiente retahíla de fugaces murmullos. En su lugar, escuché el inequívoco estertor del vaciado de él. Unos rápidos pasos y el correr del chorro de agua. No le di más importancia, en realidad no la tiene. Sin embargo, si que es verdad que comencé a mirarla, en las escasas ocasiones en que nos hemos cruzado (sin canes), con ojos más amables. Otras dos semanas después,  y en similares circunstancias,  volví a escucharles. Mi imaginación me obligó a hacer una reseña para cuando pudiera reflejar en un escrito amable este episodio. Se lo comenté a mi esposa, la cual, divertida, me contestó: – Déjala,  que recupere el tiempo perdido. También yo la escucho a veces cuando estoy en  el baño. Y.. Aquí estoy. Escribiendo sobre los orgasmos de mi vecina, que dicho sea de paso, ya no me cae tan mal.

Añoranza de los gritos de casa

– Mamá! No hay papel en el water pequeño!

He querido empezar con esta frase en primer lugar, porque a todos, por norma general,  nos retrotrae a la infancia. Bien sea a la nuestra, bien a la de nuestros hijos.
A mi en concreto, que la escuché el otro día en casa de unos vecinos, mientras les dábamos el pésame por el reciente fallecimiento de un familiar, además de sacarnos una sonrisa que rompió el frágil momento, me hizo pensar en cómo estos asuntos de intendencia familiar apenas habían cambiado nada en décadas. Igual lo único diferente, radicaba en que cuando hace cincuenta años era yo quien gritaba, la mayoría de las casas sólo poseían un lavabo y un water incorporado, por lo demás, todo parece seguir igual.

Por mi edad, hace ya tiempo que perdí el contacto con niños pequeños,  si que es cierto que aún deambula por casa de forma itinerante una hija. Ella dice que vive con su novio. Pero, qué queréis que os diga? Uno vive donde duerme. Y si la mayoría de los días,  (de las noches en este caso), duermes en otra casa, en el cómputo anual, se podría decir que vive más tiempo todavía con nosotros.
En fin, que ya no tengo trato con niños pequeños.

Hace un par de semanas, je, je, je.. (me río ahora de lo torpe que estuve), llamó a la puerta el hijo pequeño de Tony,  el vecino de enfrente. Al chaval, que apenas debe contar diez años, le faltaban las medias de hockey, y precisaba de un móvil para llamar a su madre. Sus padres están separados. El niño, apremiante en su demanda aunque ojeroso por llorar, transmitía un halo de fragilidad que no recordaba. Su madre no contestó,  su padre tampoco. Estaba a punto de invitarle a merendar como única ayuda, cuando apareció nuestra hija por la puerta que, rápida, le prestó unos calcetines suyos de futbol, al tiempo que a través de Google, se enteraba del número de teléfono de donde la madre trabajaba. Llamó y lo vino a buscar. Todo arreglado.
Todo? Miedo me da pensar en la bronca que le debió pegar, tal vez, a su ex, más tarde, por dejar al crio solo en casa.
O no? A su edad, yo ya corría por el barrio de mi Barcelona natal.
Lo dicho, que he perdido el trato con niños.

Además,  a veces me observó a mi mismo, reflejado en los escaparates, hablando con mis perros, sobre qué dirección tomar o hacia que sitio les apetece ir tal o cual día.
La imagen de viejo chiflado que debo dar a los transeúntes con que me cruzo debe de ser de pena.

Sábanas limpias

Invierno.
El rasgar con rapidez los pies al estrenar sábanas,
Ese era un momento serio.

La frialdad del Tergal combinada con el derroche de regalo.
Quien necesitaba sábanas bien planchadas cuando es niño?

Zas.!
Y el lienzo almidonado perdía la prestancia que tu madre chacha le otorgaba.
Cuantos lienzos habrás planchado madre?
Y yo me creo un artista.

Martes 27-enero

Hoy comienzo una nueva sección en esto.
Pretendo que forme parte de mi día a día,  dando pie a que quien puntualmente, quiera leerme comprenda mejor el cariz de lo que escribo.

Lo dicho, martes 27 de enero.

Amaneció un día gris en mi querida Costa Brava.
Demasiado nublado como para que el sol calentará la tierra de cerca.
La nieve en las cumbres más al norte del Pirineo cada vez se ve con más claridad por su extensa blancura monte abajo.
El día se presentaba frio a las nueve de la mañana.
Motivo por el cual, tras volver del lavabo, decidí meterme de nuevo en la cama.

No he explicado en mi defensa, que solo trabajo los fines de semana y festivos, en maratonianas jornadas de doce o catorce horas, permitiendome trabajar unas treintena larga de las cuarenta y ocho que conforman el fin de semana, si a esto se le suma que las pocas horas que duermo, lo hago con el teléfono de guardia debajo de la almohada.. que menos que permitirme un laxo descontrol horario, por lo menos al comienzo de cada semana normal.

Lo dicho, me volví a permitir dejarme engullir por las todavía tibias sábanas hasta que un sueño lento consiguió que cerrará los ojos -y de paso la boca-

Sobre las doce no había mejorado mucho lo que veía desde mi ventana, aun así,  recordando que mi esposa volvería de currar a las dos, y .. que torpe de mi, le prometí fregar los platos de la noche anterior, he decidido levantarme.

Ayer leí un artículo en una revista médica que recomendaba alternar el agua caliente de la ducha con agua fría. Repetir la operación dos o tres veces, en espacio de treinta segundos por ronda. Esto tiene la virtud de tonificar los músculos,  quitar el stres y llegar al trabajo fresco y relajado.
Me meto en la ducha, me enjabono, me aclaro y cierro el grifo del agua caliente.

Mecaguendiosmecago. .!!
Su puta madre! Que frio más horroroso!
A ver por que no puedo leer prensa deportiva como la mayoría de hombres de mi país,  en  lugar de llenarme la cabeza de pájaros con revistas que no se de quien coño son?
Me he secado bien. Calcetines, calzoncillo,  y me he vuelto a meter en la cama. La gata me miraba con cara de:
– Ya estás jodiendo como cada mañana? No puedes irte a otro sitio?
No le he hecho caso, con cuidado he movido un pie hasta conseguir apartarla sobre una esquina del edredón.

A los diez minutos, los ladridos de aviso de mis perros, seguidos de un portazo, me han hecho comprender que nuestra hija volvía de la universidad. Desde lejos he gritado un “Buenosdias” mientras saltaba, por fin, de la cama.

Tras comprobar frente al espejo del recibidor que podía salir a la calle sin causar demasiado daño, he cogido las correas y atado a los canes.
Seguía más nublado que desde casa.
Decepción. Una chaqueta más no me habría sobrado..

Al volver, mi mujer ya estaba en casa. Nos hemos saludado con el beso de rigor e intercambiado frases cariñosas.
– Hola cariño, cómo te ha ido en el trabajo?
– No ibas a fregar los platos?

Arroz a la piedra

Esta es una divertida historia de cuando vivía en Las Negras (Almeria).
Entre los años 1999 y 2001 estuve al cargo de un garito, el Cerro Negro. Era un bar de tapas y copas de pueblo. Otro día ya os hablo de él. Es más,  hace tiempo que quiero abrir el melón del bar, su público, sus fiestas, sus… Fueron unos años muy heavys.

Otro de los bares del pueblo era La Palma. Nombre que debía a la datilera que tenía en la puerta. Este, además, tenia servicio de restaurante.
Lo mejor de La Palma era su dueño, Paco.
Nunca supe su apellido, en el pueblo todo el mundo lo conocía por Paco Palma.

– Alguien ha visto a Paco Palma?

– Por ahí llega Paco Palma..

Eran frases llenas de contexto para denominar a este personaje.

Paco Palma, portaba entre sus manos, desde que amanecía hasta que se acostaba, una chusta de canuto de haxis y trasegaba una ingesta de puntos* de whisky desmedida.

* El punto, es una medida de licor indeterminado,  llamado así en la zona. Por lo general la serviamos en vaso de carajillo, lleno por la mitad, con un cubito de hielo. Sería como un chupito con hielo.

En temporada baja, el flujo de clientes era mínimo,  con lo que en un pueblo de pescadores de unos doscientos habitantes censados, con siete bares, hacia que nos los repartiesemos, lo habitual era que tanto Paco Palma como yo, nos repartiesemos la clientela. Abriamos (y cerrabamos) puertas, con una facilidad pasmosa. A la hora de las tapas, Paco Palma residía en el corner de mi barra y a la hora de la cena, era yo quien, bien cerraba y le echaba una mano,  o bien dejaba el bar al cuidado de algún cliente, para dedicarle algún tiempo a Paco Palma.
Comprenderéis que tanto trasiego  y descontrol acaba en profunda amistad.

Lo normal, en invierno, era acudir un rato a La Palma a cenar algo consistente o simplemente por evitar el aburrimiento.

Ahora que han pasado quince años, ya no recuerdo los precios de la carta, sólo puedo deciros que no eran baratos, pero..como eran los únicos garitos abiertos en una veintena de kms… o lo tomabas o lo dejabas.
Yo tenía los precios unificados. Cervezas, refrescos y puntos 300 pesetas, copas y combinados 600 pesetas. Los dos primeros incluían tapa. (he de decir, eso si, que con dos cervezas se comía)

La Palma tenía dos comedores separados por metro y medio de barra, lo justo para la cafetera, la música y un gran cuenco de barro con aceitunas aliñadas.

El comedor pequeño,  la perla del restaurante, contaba con cuatro mesas rústicas y una chimenea. Apretando.. metías veinte personas.

Éste era, alrededor de la chimenea, el centro de influencia en invierno.
Los desfases al más puro estilo sex, drug’s, y rock&roll, se fraguaron entre esa sala y mi barra.

El relato que quiero explicar es el siguiente. Un martes de febrero, caída la tarde, aparecen por la puerta dos coches matrícula alemana, gente bien vestida, alguna piel, siete en total.
Entran y me preguntan en español macarrónico,  por algo típico para cenar.
Les saqué un surtido de tapas, (ajo-blanco, gurullos, mojama,  huevas, trigo..), todo acompañado de cerveza, mucha cerveza. Estaban contentos. Brindaban y reían. .

Apareció Paco.. brindó,  se dejó invitar (también además de gay era muy puta en este sentido), y tras chapurrear algo en alemán,  se los llevó a su restaurante, guiñandome un ojo en claro:

– Luego te pasas a echarme una mano..

Cuando llegué ya estaban borrachos. Las jarras de sangría corrian como sus puntos.. (que también les cargaba a su cuenta)
Cuando le vi sacar la paellera, quise que la tierra se me tragara.

Entre el marisco, la verdura y un arroz caldoso, emergian como tres islotes, tres piedras redondas de nuestra amada playa negrera.

Les explicó en su alemán fluido y desvergonzado que da el whisky,  que una receta típica de las abuelas de Las Negras, consistía en añadir piedras de la bahía, para darle el gusto característico con que los pescadores más viejos del lugar, cocinaban antaño.

Los guiris, tambaleantes, incrédulos, unos a otros se miraban, me miraban, sin dar crédito..

Así y todo, Paco Palma les sirvió el arroz, apartando los tres pedruscos con cuidado.
Se sentó junto a ellos, permitiendose auto-invitarse e invitarme a su mesa, sirviendo en su plato y en el mio, junto al arroz, una de las redondas piedras y, explicarles que las mejores raciones debían ser sin duda para los lugareños.
Nos pusimos a comer, a reír.. A untar pan en las piedras..

Los guiris flipaban. Ante la insistencia de Paco Palma sobre lo sabroso que el inusual condimento daba al arroz,  consiguió que la más recia de las cuatro rubias teutonas se “comiera” el tercer pedrusco. Se lo sirvió de forma ritual, como si un influjo ancestral guiara sus movimientos por ofrecerle tamaño honor.
Verla untar pan en la piedra, elogiar el bocado, ante la atenta mirada de sus familiares fue brutal.

Hizo rodar sus porros. Les invitó a copas (que luego les cobró), y no voy a contaros cuanto nos reímos aquella noche.

Sólo decir que les cobró las nueve raciones de arroz más una bestialidad en vinos y copas.
Cerramos con ellos y ellas (que nos ayudaron a recoger y fregar), y nos fuimos a seguir la noche a mi bar.

Que grande eras Paco!!