Arroz a la piedra

Esta es una divertida historia de cuando vivía en Las Negras (Almeria).
Entre los años 1999 y 2001 estuve al cargo de un garito, el Cerro Negro. Era un bar de tapas y copas de pueblo. Otro día ya os hablo de él. Es más,  hace tiempo que quiero abrir el melón del bar, su público, sus fiestas, sus… Fueron unos años muy heavys.

Otro de los bares del pueblo era La Palma. Nombre que debía a la datilera que tenía en la puerta. Este, además, tenia servicio de restaurante.
Lo mejor de La Palma era su dueño, Paco.
Nunca supe su apellido, en el pueblo todo el mundo lo conocía por Paco Palma.

– Alguien ha visto a Paco Palma?

– Por ahí llega Paco Palma..

Eran frases llenas de contexto para denominar a este personaje.

Paco Palma, portaba entre sus manos, desde que amanecía hasta que se acostaba, una chusta de canuto de haxis y trasegaba una ingesta de puntos* de whisky desmedida.

* El punto, es una medida de licor indeterminado,  llamado así en la zona. Por lo general la serviamos en vaso de carajillo, lleno por la mitad, con un cubito de hielo. Sería como un chupito con hielo.

En temporada baja, el flujo de clientes era mínimo,  con lo que en un pueblo de pescadores de unos doscientos habitantes censados, con siete bares, hacia que nos los repartiesemos, lo habitual era que tanto Paco Palma como yo, nos repartiesemos la clientela. Abriamos (y cerrabamos) puertas, con una facilidad pasmosa. A la hora de las tapas, Paco Palma residía en el corner de mi barra y a la hora de la cena, era yo quien, bien cerraba y le echaba una mano,  o bien dejaba el bar al cuidado de algún cliente, para dedicarle algún tiempo a Paco Palma.
Comprenderéis que tanto trasiego  y descontrol acaba en profunda amistad.

Lo normal, en invierno, era acudir un rato a La Palma a cenar algo consistente o simplemente por evitar el aburrimiento.

Ahora que han pasado quince años, ya no recuerdo los precios de la carta, sólo puedo deciros que no eran baratos, pero..como eran los únicos garitos abiertos en una veintena de kms… o lo tomabas o lo dejabas.
Yo tenía los precios unificados. Cervezas, refrescos y puntos 300 pesetas, copas y combinados 600 pesetas. Los dos primeros incluían tapa. (he de decir, eso si, que con dos cervezas se comía)

La Palma tenía dos comedores separados por metro y medio de barra, lo justo para la cafetera, la música y un gran cuenco de barro con aceitunas aliñadas.

El comedor pequeño,  la perla del restaurante, contaba con cuatro mesas rústicas y una chimenea. Apretando.. metías veinte personas.

Éste era, alrededor de la chimenea, el centro de influencia en invierno.
Los desfases al más puro estilo sex, drug’s, y rock&roll, se fraguaron entre esa sala y mi barra.

El relato que quiero explicar es el siguiente. Un martes de febrero, caída la tarde, aparecen por la puerta dos coches matrícula alemana, gente bien vestida, alguna piel, siete en total.
Entran y me preguntan en español macarrónico,  por algo típico para cenar.
Les saqué un surtido de tapas, (ajo-blanco, gurullos, mojama,  huevas, trigo..), todo acompañado de cerveza, mucha cerveza. Estaban contentos. Brindaban y reían. .

Apareció Paco.. brindó,  se dejó invitar (también además de gay era muy puta en este sentido), y tras chapurrear algo en alemán,  se los llevó a su restaurante, guiñandome un ojo en claro:

– Luego te pasas a echarme una mano..

Cuando llegué ya estaban borrachos. Las jarras de sangría corrian como sus puntos.. (que también les cargaba a su cuenta)
Cuando le vi sacar la paellera, quise que la tierra se me tragara.

Entre el marisco, la verdura y un arroz caldoso, emergian como tres islotes, tres piedras redondas de nuestra amada playa negrera.

Les explicó en su alemán fluido y desvergonzado que da el whisky,  que una receta típica de las abuelas de Las Negras, consistía en añadir piedras de la bahía, para darle el gusto característico con que los pescadores más viejos del lugar, cocinaban antaño.

Los guiris, tambaleantes, incrédulos, unos a otros se miraban, me miraban, sin dar crédito..

Así y todo, Paco Palma les sirvió el arroz, apartando los tres pedruscos con cuidado.
Se sentó junto a ellos, permitiendose auto-invitarse e invitarme a su mesa, sirviendo en su plato y en el mio, junto al arroz, una de las redondas piedras y, explicarles que las mejores raciones debían ser sin duda para los lugareños.
Nos pusimos a comer, a reír.. A untar pan en las piedras..

Los guiris flipaban. Ante la insistencia de Paco Palma sobre lo sabroso que el inusual condimento daba al arroz,  consiguió que la más recia de las cuatro rubias teutonas se “comiera” el tercer pedrusco. Se lo sirvió de forma ritual, como si un influjo ancestral guiara sus movimientos por ofrecerle tamaño honor.
Verla untar pan en la piedra, elogiar el bocado, ante la atenta mirada de sus familiares fue brutal.

Hizo rodar sus porros. Les invitó a copas (que luego les cobró), y no voy a contaros cuanto nos reímos aquella noche.

Sólo decir que les cobró las nueve raciones de arroz más una bestialidad en vinos y copas.
Cerramos con ellos y ellas (que nos ayudaron a recoger y fregar), y nos fuimos a seguir la noche a mi bar.

Que grande eras Paco!!

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