Escapando? de la lluvia

Escapando de la fina lluvia hemos recabado a refugiarnos bajo un gran algarrobo que hay frente al tanatorio municipal. La caminata matutina se ha truncado ante esta vicisitud.
Hábilmente, el ayuntamiento, ha tenido a bien colocar un par de bancos a su cobijo. Es de esperar que -por el rastro de colillas reinante- este espacio albergue una sensibilidad especial.
(no es el momento de quejarme ahora sobre lo guarra que es la gente, aunque.. -aun tratándose de dolosos momentos- podría hacerlo)
Hemos coincidido con el cortejo fúnebre mientras bajábamos el puente de la autovía. Desde lejos todas las viudas parecen iguales. Da igual altas que gordas, rubias, morenas, sexys.. El semblante afligido se impone.
He reconocido a Eva. Hacía mucho que no la veía, ya no trabajaba en el bar de su hermano. La crisis..
Me ha reconocido y agradecido mi presencia. Yo, sin comprender en principio y cauto, he conseguido dilucidar que había sido su hermano el que ayer era noticia en el pueblo. Se había pegado un tiro con su escopeta de caza. Tras mediar breves e inútiles palabras de cortesía.. he permanecido bajo el algarrobo hasta que la lluvia a dejado de caer.
Los perros han agradecido el descanso.

No he podido dejar de pensar..
Que bien se está bajo este árbol. Volveremos.
Más tarde en sentido literal.

Señor! Sabe vd. de cuentas?

Publicado hace un año. Traigo ésta entrada, porque hoy volví a soñar con la cara de aquel niño. Ya era adulto, aparecía tras una esquina, por la noche, llovía (esto me alegró, -dado el calor que hacía-, no tanto por el chaval/hombre, que se mojaba…

Os dejo:

Señor! Sabe vd. de cuentas?

Llevaba tiempo sin soñar.

Ya os dije ayer que quería destapar la caja de la locura de las drogas. La pasada noche, tras publicar sobre el éxtasis y la valenciana, dormí bien. Profundo. De un tirón. Incluso me sorprendí de no levantarme a orinar más de una vez como casi cada día.

En la última fase REM del reparador sueño, algo se torció y volví a las andadas de las pesadillas negras. Al oscuro submundo de los recuerdos tibios, donde estímulos sexuales suplicaban por formar parte de sueños protagonizados por drogas.

El de ayer se caracterizó de la siguiente manera: Me encontré en un callejón oscuro, cetrino, el olor a orines convertía el estremecimiento del temor que sentía en algo secundario. Sin parpadear en exceso, me encontré persiguiendo unas caderas anónimas. El vaivén del culo que las conducía por callejones estrechos, por rellanos y escaleras sinuosas me guiaba hipnotizado sin fijarme por donde iba. Sin poder evitar pisar o empujar a transeúntes anodinos y anónimos en el frenético viaje.. Al llegar a un cuarto piso, abrirse una puerta y cruzarla la zagala perseguida, una imperceptible y amarillenta luz impregnó el rellano. Rauda, semi-cerró tras de si interponiendo un pie tras la puerta y a través de la gatera del visor me preguntó:

  • Qué quieres?

Iba a zozobrar en el intento de ímpetus ociosos en busca de sexo ajeno cuando de mis labios salieron las temibles palabras..

  • Dos gramos.

  • Espera. Espera aquí. -siseó gandula al comprender que estaba a salvo-

Mientras observaba a mi alrededor.. viejas acuarelas en pálidos colores. Una silla trona de bebé, un peluche oso sin un ojo en un rincón, el sofá, de terciopelo verde, había conocido años mejores. Al fondo del pasillo la luz de neón de un fluorescente parpadeaba al unísono que se oía el cebador que lo prendía. Un olor a puchero con caldo, humeante, provenía de aquel cuartucho. Deduje que era la cocina, donde algún plato de cuchara hervía sin pausa.

Mientras rebuscaba en la billetera los arrugados billetes recién cosechados, un crio salió de detrás de una cortina.

  • Señor! Sabe vd de cuentas?

El crio, no más alto que el respaldo de una silla, portaba entre sus manitas un lápiz y un cuaderno de cálculo. La editorial de la portada me catapultó cuatro décadas atrás, convirtiendo su gesto solícito en mi cara tras mi madre.

En el sueño, vi como poniéndome en cuclillas allí mismo en el zaguán de la vivienda, permitía al pequeño sentarse en una de mis rodillas mientras entre los dos nos aplicábamos en resolver unas cuentas de quebrados. Una de aquellas tipo si tu hermano se come tres partes de un pastel cortado en ocho partes iguales, cuántas te quedan?

Cuando apareció la madre con el veneno en sendas bolsitas, no pudimos dejar de intercambiar una sonrisa cómplice. Guardo la droga en un bolsillo, acarició los cabellos del niño con ternura y me besó en una mejilla.

Guardé mi dinero de nuevo. Ya no necesitaba nada para mi ración de felicidad diaria. Mal negocio has hecho hoy -pensé para mis adentros- mientras al ver su sonrisa transformarse en mueca, me despedía de ambos.

Luego, perezosamente, desperté. Con una sonrisa en los labios.

Aquel niño fue un rayo de sol entre la basura..

Lealtad

Lealtad, muchas veces confundida con Fidelidad -casi siempre por cuestiones de sexo-

Pero no, hoy quiero hablar de otra lealtad, la de mi perro.

Cuando llega mi hija a buscarnos al trabajo los sábados por la tarde, por la mañana ya hemos acudido paseando los tres. Cuando digo los tres, me refiero a su perra, mi perro y yo.

Él se queda firme, no se mueve. Tan sólo cuando por fin salgo tras poner la alarma y cerrar con llave, es entonces cuando accede a moverse y subir al coche que nos espera..

Ese mínimo gesto.. pone el vello de punta.

Os cuento. Los sábados acudo al trabajo para entrar a las cinco de la mañana. Soy el guarda -no se si lo he explicado alguna vez- No conduzco. Cuando me llevo los perros, vamos a pie. La fábrica dista a unos cinco km de casa. Para llegar a las cinco, salimos poco antes de las cuatro.

La calles desiertas.. el monótono paso cuesta arriba hasta medio camino cruzando el pueblo. El metódico viaje campo a través cruzando las huertas ajenas, muchas veces tan sólo iluminados por la luz de la luna, otros con noche cerrada. Sólo los puntos brillantes de los pares de ojos de otros canes que “cuidan” verjados concretos, con carreras y resuellos, ladridos roncos..

Mis perros van y vienen mil veces, recorriendo y avisando sobre mi esporádica y futura presencia a sus congéneres cuadrúpedos sin que pueda yo llegar a percibir un atisbo de temor. Tan sólo se paran, milimétricamente, ante el asfalto de carreteras a punto de ser cruzadas. Como un imán repeliendo la invisible barrara aprendida semana a semana..

Me fascina su conocimiento del terreno precario.

Mientras dura el servicio, el husky, el macho, va y vuelve corriendo por toda la explanada que separa el vallado de los edificios una y mil veces. Ladra incansable cualquier movimiento perimetral externo. Convirtiendo el recinto en fortaleza inexpugnable a mis sentidos alertas.

Cansado más que yo acaba nuestras jornadas.

Pues cuando llega el coche de mi hija, a la que desde lejos permito se abra la barrera, ambos permanecen en la escalinata atentos. Cuando por fin se abre la puerta y la conductora sale, la perra sale trotando a saludar a su dueña, se meten en el coche y a pesar de que llaman al otro.. éste no se mueve. A lo sumo me mira desde el exterior de la cristalera torciendo un ápice el cuello para buscar mi aprobación, momento nimio, imperceptible en el que si no cedo no se mueve.

Esa sensación de arrope, de cariño, de lealtad. De pasión por su ¿dueño? no es comparable con nada.

Ojalá yo hubiera asimilado el coraje de aprender esa sensibilidad.

Cincuenta y cuatro inviernos

Parecía ayer a pesar de los años transcurridos.

Parecía un hito llegar a la mayoría de edad y hoy cumplo tres veces esa cantidad de años.

3 x 18 = 54

Recuerdo cómo puse en brete a mi madre muchas veces. Ahora anda tan mayor que cualquier visita podría ser la última.

Recuerdo las lágrimas de la primera de mis esposas ante la impotencia de comprender que no lo habíamos conseguido, hoy, la lista de mujeres que significaron.. sería interminable. -a pesar de que hace ya casi diez años que dejé de buscar y me planté- Para bien.

Parece que al final no moriré joven -la locura de la cocaína parecía querer apearme del tren en mitad de un valle- No lo consiguió. Sigo en un vagón!!

Es extraño asistir a entierros, más aun cuando en la cruel cronología de sucesión, algunos se saltaron su turno.

También acabaron los tiempos de los sueños negros. El suicidio insostenible, la frustración burlesca que parece siempre perseguirnos, los tentáculos de la depresión, el dolor ajeno -éste es uno de los que peor se soportan- Cómo soportamos las heridas del corazón? Qué fármacos sanan la natural tristeza cuando eres consciente que verás fallecer a tus seres más queridos? (Aquí podría abrir otro post..)

Podremos continuar? Valdrá la pena? Habrá valido hasta ese momento?

Por qué luchamos? Para qué lo hacemos?

Janis

El otro día, escuchando el tema “Mercedes Benz” de Janis Joplin me vino a la memoria uno se esos episodios que tengo ya enterrado -podríamos decir- en el disco duro de la memoria.

Janis, es el nombre con que bauticé a un rollete de una noche de verano allá por 1998 o 1999.

Entonces trabajaba en la construcción, pero como aquel hijo puta de jefe que teníamos nos pagaba tarde y mal, siempre devolviéndonos los “pagarés” del banco de turno, alternaba el trabajo de colocar ladrillos con el de poner copas en un chiringuito de playa, convirtiendo mi día a día en un espasmo sin fin. Una jornada “normal” comprendía: De 8h a 13h y de 14h a 18h en la obra y de 21h a 4 y pico.. tras la barra. Dormir? Pues no recuerdo bien.. a ratos, entre horas, tras atragantarme comiendo deprisa.. en fin, que andaba agotado física y mentalmente.

En septiembre, cuando la marabunta de veraneantes de agosto vuelven a sus respectivas ciudades a continuar con sus prisas.. llegaban los turistas tranquilos, los que opinan que la mejor manera de hacer vacaciones es relajadamente. Sin aglomeraciones.

Bien es verdad que ya no pica el sol como uno o dos meses antes, pero..

En una de esas noches de verano, apareció una turista, creo que dijo ser madrileña, acompañada de un tipo que, sin ser el novio formal, si parecía aparentarlo con sus continuos escarceos amorosos a la vista de cualquiera que durante aquellas ya frescas noches de septiembre se acercara a tomar una copa a la luz de la luna.  Estuvieron por allí una semana corta, de esas de cinco días cuatro noches de hotel -que a fin de cuentas, si por las noches tiraban de chiringo y de día dormían al tibio sol, sin duda les debieron parecer nueve jornadas en realidad- sea como fuere, al segundo día, él ya parecía estar más borracho de noche que sobrio de día. Mientras, ella, se deleitaba en escuchar el rumor de las olas conjugado con la música chill-out  del garito, con los ojos bien abiertos -seguramente debido al hachís- y así pasaban los días.

Una noche, acudieron al chiri con las maletas -deduje pues, que esa era la última y por ende, que ya no tenían casa- A los dos whisky´s y tres caladas, sus ojos bromearon inequívocamente respecto de sus futuras intenciones. Entabló conversación conmigo ignorando al intrépido bebedor, y como el fresco de la noche ya no permitía muchos clientes , le pude dedicar más tiempo del que en condiciones normales le hubiera podido ofrecer. Del chill-out pasamos a algo más ligero y en menos de lo que dura una copa ya me estaba ofreciendo poner un cd de Janis Joplin que tenían en el coche.

La mala bebida de él quiso jugar un paso a nuestro favor, permitiendo que cuando el displicente muchacho marchara a buscar el cd en cuestión, ya no volvió más. Ella, contrariada, se acercó hasta el coche para ver qué había sido de su no novio. Volvió y me contó que él estaba durmiendo en el coche y que no encontraba el cd. Le contesté que no había problema, en casa tenía yo algunos de la común cantante y, si conseguía cerrar pronto, podría ir a buscarlos, para en íntima actuación, escucharlos bajo las estrellas.

A estas alturas del relato ya imaginareis cual va a ser el desenlace. Intentaré no defraudar. No mucho, al menos.

Por supuesto, nos las arreglamos para echar a los pocos noctámbulos que quedaban e incluso me echó una mano a recoger lo más indispensable mientras crecía en nuestras miradas un inusual y cálido in crescendo deseo. No os aburriré con eso del amor a primera vista de una noche de verano, no.. aquello que se fraguaba mientas nos rozábamos al recoger una silla o al -aparta un poco- que lleno la nevera, un ósculo robado, un roce de melena sobre cuello desnudo o incluso el sentir sus pezones erguidos al frío de la noche en mi espalda, albergaba tan solo una sesión de sexo desenfrenado.

Mi único temor radicaba en no tropezar con María -mi por entonces pareja ¿estable?- Sabía que tarde o temprano pasaría a “recogerme”. No he explicado que ella entraba currar en un restaurante próximo sobre las ocho de la mañana. Como yo llevaba todo el verano, casi empalmando horarios, me era más cómodo quedarme a siestear en el chiringo de la playa antes de ir a la obra, que ir a casa, acostarme, levantarme, etc, etc..

Como os digo, cerramos el chiringo, permitiéndonos crecer sin mesura el calor del deseo. Cogí la moto y sin casco para ella, decidimos jugarnosla por callejones estériles  de miradas abyectas. A las cinco largas conseguíamos esquivar a municipales y sargento, y.. glamouroso de mi, con un sorpresivo as en la manga tan bien guardado como jugado, la llevé al piso piloto del edificio que estábamos construyendo.

Lo siguiente, ya podéis imaginar..  A destacar? Lo rico que me pareció su muy precalentado sexo cuando arrodillado entre sus piernas abiertas lamí y relamí absorviendo los jugos que de allí manaron, mientras sus gemidos se confundían con los de una Joplin imaginada -que no escuchada- Tampoco puedo contar mucho más…

Feliz entre sus piernas, me dormí, agotado como andaba.

Y.. aunque satisfecha -supongo que a medias- desapareció sin portazo. Nunca más supe de ella, ni siquiera llegué a conocer su nombre. Tan sólo cuando volví al chiringo a la noche siguiente, bajo el mostrador, por la parte exterior de la barra, allá donde su sabroso caldo se había fraguado, encontré un cd de Janis Joplin con un breve Post-it pegado.

Gracias por los tres. Un beso.

Sesenta metros de balcón a balcón

Hace tiempo que la observo.. en realidad, siento cómo soy observado.

Nuestros vecinales balcones de edificios gemelos y opuestos, nos brindan la visualización de los quehaceres domésticos entre vecinos, lo suficientemente cercanos como para saber qué hacen y lo suficientemente lejanos como para observar al detalle.

Desde hace unos meses, como os digo, siento la mirada cómplice de la vecina de enfrente, que, apoyada en la baranda del balcón, degusta un cigarrillo tras otro. Yo, la verdad, nunca había reparado en ella. Los sesenta metros escasos que nos separan no me permiten entrever sus facciones. Tan sólo puedo constatar que es morena, buena delantera y que tiene un par de batas -por lo menos- en colores pastel. La cristalera opaca del baluarte no me permite esclarecer -permitidme la antítesis- qué hay de cintura hacia abajo..

Como estamos en invierno y hace frío, mis paseos por la galería son raudos, ligeros y eficaces. Se limitan a poner la lavadora y/o a extender y colgar la ropa que saco de ella.

No puedo reprimir una sonrisa de satisfacción cada vez que, trajinando prendas para poner a secar, da la casualidad que es justo ese momento en el que ella decide salir a fumar al exterior de su casa. No antes.

La repetida casualidad y lo que voy a contaros, me transmite lo poco que el azar está jugando en estos sublimes encuentros.

Últimamente, está soplando de lo lindo. Fuertes rachas de viento azotan repentina y metódicamente los balcones más altos -no aclaré que ambos vivimos en áticos- por lo que con frecuencia los faldones de las batas se abren batiéndose al viento, permitiéndome una extrema y fugaz visión del triangulo oscuro de su entrepierna que destaca por su cercanía al semi-opaco cristal.

Como no parece darle importancia, he de admitir que me explayo algunos segundos más estirando ora un calcetín, ora una camiseta, con la esperanza de escudriñar con más suerte en el próximo arranque de furia de la naturaleza.

Cómo me gustaría saber en qué piensa mi vecina en realidad? Ya que dudo que esté al caso de mis elucubraciones vertiginosas.. tampoco dejo de perder oportunidad de seguir pavoneándome como chollo de marido, ya que cuando salgo de paseo con mis perros, saludo con frecuencia al suyo, que parece vivir en el bar de debajo de casa.

Cuando le veo, o le saludo, no dejo de sonreír pensando en lo que se pierde.

También me regalo pensando que tal vez sea esa la nostalgia encubierta de la devoradora de cigarrillos..

Cremas de chocolate

Viernes 13 (víspera de San Valentín)

Aquí vuelvo, tras varios días sin publicar, con una duda existencial.

A los que gustáis de comer cremas de chocolate para untar yo os pregunto:

– Chupáis el cuchillo? Y en caso afirmativo, lo hacéis antes o después de saborear la rebanada untada?

Esto que a muchos/as os parecerá absurdo, a mi, lleva años haciéndome recapacitar…

El momento de regalarme con una tostada untada con crema de chocolate, se ha convertido en un rito casi oculto, onanista, secreto.

Si lo hago tras la cena, me arriesgo al calculado reproche de mi mujer o mi hija al ataque de:

– Eso vas a tomar de postre? Y el colesterol?

Comprenderéis pues que el regalo lo haga prácticamente a escondidas. Por ejemplo, cuando ya duermen.

En esos momentos rápidos, siempre caigo en la misma reflexión:

(chuperretear el cuchillo hasta dejarlo níquel antes de comerme la tostada o después)

Si lo hago antes, se pierde el momento glorioso glotón del primer mordisco casi lujurioso que me proporcionará el preciado placer prohibido.

(no en vano es conocida la teoría de que el chocolate es el mejor sustituto al sexo)

Si lo hago después, seguramente tras devorar con deleite la tostada, se convertirá en un amargo recuerdo de lo que ya no existe.. y me proporcionará frustración.

(aquí he de añadir que pertenezco a esa generación que no comprende echarlo con restos de producto a la fregadera. Tal acción no es aceptable)

Aquí si que a veces siento la nostalgia de crio, cuando era mi madre quien me proporcionaba la tostada untada y yo no era consciente de cómo quedaba el cuchillo untador.

Supongo que es una de las decisiones más duras de hacerse adulto. Evidentemente no me refiero a la crema de chocolate, si no al hecho de tener que elegir sobre qué elegir en cada momento..

En fin.. feliz San Valentín.