3-febrero. De entierro

Hoy he estado de entierro.
La madre de un compañero de trabajo. 75 años.

Es curioso lo de los entierros..
De repente te encuentras ante una situación rara vez pensada.
Aun sin conocer a la familia de nada, parece imponerse el respeto que se muestra hacia el compañero, la cara de circunstancias adoptada. Es como si un halo de empatia magnificada se hiciera dueño del momento.

A lo largo de la misa, oficiada por un jovencisimo sacerdote, pensaba en mi padre, -este abril hará diez años que también se fue- me sorprende sin duda que tan jóvenes hayan tomado un camino de no retorno..
A ver, no me malinterpreteis, pero yo, que no soy creyente, concibo la dedicación a lo eclesiástico solo tras haber vivido. Prescindir del sexo, del amor, de vivir en pareja, hijos.. en fin, se me antoja contra – natura. Además, cómo consuelas si careces de experiencia de dolor?

En fin, que me pierdo. En casa era mi padre el único que demostró algún sentimiento devoto, los demás, bastante tuvimos con nuestras propias vidas.
Por tanto, a lo largo de su vida, pareció consolidar el rol de ser el que asistiera a los entierros de amistades que a lo largo de una vida se suceden alrededor de una familia. En casa ese rol parece que lo he adoptado yo. No me pierdo ninguno.
En la hora escasa que da la visita al tanatorio de turno, misa incluida, es la hora que dedico a preguntarme por estos misterios que envuelven el momento.
– Miras alrededor sopesando cuantos compañeros más acudirán.
– Tendrá mi madre un seguro de sepelio?
– Debería hacer testamento?
– Mi mujer, a la que hace dos semanas también le enterramos una hermana (52, paro cardiaco), cómo se debe encontrar? Hablamos poco de sentimientos..
– Mis hermanas han hecho testamento? Lo he de preguntar.
– Mi perro tiene ya diez años..

Es curioso como los afectos te calan. Hasta hace bien poco, los hilos indispensables para sujetar mi estabilidad emocional, pasaban por que nada les ocurriera ni a mi mujer ni a mi hija. Ahora he de añadir el perro.
La culpabilidad y los remordimientos me agitan mientras escribo pues antepongo el perro a familiares directos de sangre. Supongo que es porque la pérdida de ellos está asimilada desde hace ya. Desde siempre. Somos mortales.
El perro, mi perro, ocupa un espacio difícil de llenar.

Nunca me gustaron los animales. En realidad renegaba de ellos porque coartaban mi libertad de movimiento. Tardé demasiado en comprender el lazo que vincula a una persona con su mascota. No es que despreciara.. pero si que nunca conseguí valorar lo que suponía. Mi hija tuvo repetidas mascotas que vinieron y se fueron a lo largo de nuestra vida en común. Para mi siempre suponían un estorbo.

Lua lleva con nosotros unos siete años, la acogió la hija de mi esposa (en contra de mi parecer, pues sabía que tarde o temprano, su vida giraria y sería yo quien cargara con el bicho), así fue, más pronto incluso, para mi desánimo.
Kas, el husky, está en casa ahora hará dos años. Es, era, el perro de mi hija. Una serie de consecuencias hizo que la única solución radicara en acogerlo yo. Kas ha cambiado mi vida. Para bien.

Responder

Por favor, inicia sesión con uno de estos métodos para publicar tu comentario:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Cerrar sesión /  Cambiar )

Google+ photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google+. Cerrar sesión /  Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Cerrar sesión /  Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Cerrar sesión /  Cambiar )

Conectando a %s