Sesenta metros de balcón a balcón

Hace tiempo que la observo.. en realidad, siento cómo soy observado.

Nuestros vecinales balcones de edificios gemelos y opuestos, nos brindan la visualización de los quehaceres domésticos entre vecinos, lo suficientemente cercanos como para saber qué hacen y lo suficientemente lejanos como para observar al detalle.

Desde hace unos meses, como os digo, siento la mirada cómplice de la vecina de enfrente, que, apoyada en la baranda del balcón, degusta un cigarrillo tras otro. Yo, la verdad, nunca había reparado en ella. Los sesenta metros escasos que nos separan no me permiten entrever sus facciones. Tan sólo puedo constatar que es morena, buena delantera y que tiene un par de batas -por lo menos- en colores pastel. La cristalera opaca del baluarte no me permite esclarecer -permitidme la antítesis- qué hay de cintura hacia abajo..

Como estamos en invierno y hace frío, mis paseos por la galería son raudos, ligeros y eficaces. Se limitan a poner la lavadora y/o a extender y colgar la ropa que saco de ella.

No puedo reprimir una sonrisa de satisfacción cada vez que, trajinando prendas para poner a secar, da la casualidad que es justo ese momento en el que ella decide salir a fumar al exterior de su casa. No antes.

La repetida casualidad y lo que voy a contaros, me transmite lo poco que el azar está jugando en estos sublimes encuentros.

Últimamente, está soplando de lo lindo. Fuertes rachas de viento azotan repentina y metódicamente los balcones más altos -no aclaré que ambos vivimos en áticos- por lo que con frecuencia los faldones de las batas se abren batiéndose al viento, permitiéndome una extrema y fugaz visión del triangulo oscuro de su entrepierna que destaca por su cercanía al semi-opaco cristal.

Como no parece darle importancia, he de admitir que me explayo algunos segundos más estirando ora un calcetín, ora una camiseta, con la esperanza de escudriñar con más suerte en el próximo arranque de furia de la naturaleza.

Cómo me gustaría saber en qué piensa mi vecina en realidad? Ya que dudo que esté al caso de mis elucubraciones vertiginosas.. tampoco dejo de perder oportunidad de seguir pavoneándome como chollo de marido, ya que cuando salgo de paseo con mis perros, saludo con frecuencia al suyo, que parece vivir en el bar de debajo de casa.

Cuando le veo, o le saludo, no dejo de sonreír pensando en lo que se pierde.

También me regalo pensando que tal vez sea esa la nostalgia encubierta de la devoradora de cigarrillos..

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