Instruyendo a la escritura desde el bar

Cerveza en mano, apoyado en la barra de mi bar preferido, comentaba sobre cuanto me gusta escribir sobre lo que me acontece. Entre los parroquianos, varios fueron los que convinieron en que ellos no serían capaces de mostrar “su vida” al público, -esto me produce bastante risa, pues la mayoría ya lo hacen en redes sociales tipo Facebook…-

Así y todo les propongo un ejemplo. Les pregunto que cuánto tiempo al día dedican a tener fantasías? la mayoría me miran en plan macho reprimido de los que no pueden hablar de masturbación en público.. por lo que decido cambiar un poco el aspecto de mi pregunta al tiempo que, lanzándome al vacío y sin red, expreso un buen ejemplo de imaginación.

– Cuando venía hacia aquí, -comencé a decirles- he imaginado que cada nueve pasos que daba mientras arrastraba a los perros, podía elegir quién iba a morirse primero, nueve pasos más, el segundo, nueve más, el tercero.. De esta manera, conseguía ir eliminando (mentalmente siempre causa menos remordimientos) a todo aquel -o aquella- que puntualmente se lo merecieran..

La carcajada general se ha unificado en brindis alzando copas y botellas cuando alguien al fondo a elegido a nuestro querido Presidente de Gobierno. Tras las risotadas, una chica se ha puesto a llorar y entre hipos y mocos nos ha expuesto que ella muchas veces piensa en como matar -que no morir- a un familiar directo suyo. Luego -dice- se siente muy culpable, pero que no lo puede evitar.. cada vez que discute con su padre, mentalmente piensa en cómo se deshace de él.

Han bajado las voces. las copas y botellas han dejado de brindar. Hasta la máquina tragaperras ha enmudecido su irritante reclamo.

Alguien le ha ofrecido un pañuelo.

Otro tunante -rápido en el cambio de tema- nos ha explicado que a veces sueña con que monta una escuela para perros. Ojo! Para educarlos. No para adiestrarlos. En sus sueños, los imagina sentados como humanos en pupitres de madera, levantando un cuarto delantero para, por turnos, ir a orinar..

La parricida potencial, -sin dejar de llorar de nuevo- nos explica que tras la muerte del padre, se ve obligada a conservar el negocio familiar y ponerse al frente de la granja de vacas lecheras.

– Odio el olor de las vacas a que huele mi padre.

La escucho decir, -mientras- apuro de un sorbo mi cerveza y mis ojos se pierden en si tal vez la cazadora que porta será de piel de vacuno…

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