Un pintor en calzoncillos

Hoy voy a contaros un episodio que me contó… “un amigo pintor”.

Digamos que.. me contaba historias. Hace años, entre cerveza y cerveza, de cuando pintaba casas.. creo que andaba en otras cosas y lo de pintar era para sacarse unas perras.
Muchas las olvidé, más algunas las recuerdo de puro reírme imaginando.

Me contó sobre una vez en que andaba liado con una pava, sin dedicarle mucha atención, se acababan de separar de sus respectivos y ninguno andaba por la labor de volver a formar pareja. Se divertían, discutían.. pero luego cada cual se volvía a su guarida.

En una de esas, la chica le pidió que si le pintaría un piso que iba a alquilar..?

Él, no muy convencido de cobrarle pero sin muchas ganas de doblegarse a los caprichos de ella.. -no os he contado que la conocí, la vi dos o tres veces y siempre me pareció una lunática de esas que, hoy te echo las cartas y mañana no creo en nada.. sabéis? Una pájara egoistona que da cuando sabe que va a heredar- ..el caso es que mi amigo, no tenía donde caerse muerto por aquel entonces, y.. la propuesta de “mientras durasen los trabajos de pintura” le resolvía la papeleta.

– Qué podía perder? -Me dijo-, hacia la cuarta o sexta cerveza una noche.

– Qué hubieras hecho tú? No tenía nada que perder. Le pediría pasta para comprar material y con eso iría tirando un poco. Cocinar y dormir en la casa mientras se la pintaba, era algo a lo que la otra no se opondría, -me dijo-, según sus planes.

Le dijo que si. Que ya arreglarían cuentas y, en tres o cuatro viajes se presentó allí con sus cuatro enseres y sus trastos de pintar. Ella, me dijo él, le invitó a cenar ese mismo día en la casa, así podrían discutir los colores y demás..
Mi amigo se frotaba las manos, por fin algo le salia bien, y allá que se fue tan contento.

Aquí hago un receso, durante un par de semanas no volví a verle por el bar, tampoco le echaba de menos, pensé que tal vez había acabado de pintar o se largó con la pasta o ve Dios a saber qué fue de él. El caso es que a las dos semanas volvimos a vernos. Le pregunté si ya le había pintado la casa a la loca y me contó, de nuevo entre cervezas y risas, que la cosa se había torcido tanto que había llegado a la conclusión de que tal vez, todo había sido un sueño.
Resulta que cuando llegó a la cena, la moza ya había ido ella por su cuenta a comprar botes de pintura de distintos colores, texturas, medidas y formatos.

Mi colega me explicaba, exaltado y ojiplatico, cómo se había encontrado en un callejón sin salida al toparse con un montón de pinturas ya compradas y sin nada que rascar..

Cenó casi en silencio, mientras aquella lunática le hacía una lista de cómo y de qué color quería cada cosa.. -ésta pared verde manzana, el marco de la puerta beige canela.. éste tabique de tal o cual color, etc..- Cenaron, él le comentó que igual se quedaba unos días en el piso para pintar y dormir y ella no le puso inconveniente ninguno. Se despidieron y mi amigo se puso a pintar, de noche.. cuando se cansó se bebió las birras que habían sobrado de la cena y al calor de una noche de junio se tumbó a dormir.

Sobre las diez de la mañana del día siguiente un ruido de llaves en la puerta hizo que se despertase, poco a poco, resacoso y en calzoncillos como única indumentaria.

– Qué coño querrá ésta tan pronto?

Articuló a decir, antes de que dos niños entrasen en tromba en la habitación para quedarse pasmados los tres mirándose un instante, y antes de que mi colega pudiera reaccionar, los críos volvieran a echar a correr hacia el murmullo de gentes y llaves que se acercaba por el pasillo.

– Mamá, mamá, hay un tío en calzoncillos en una habitación.

Las cervezas se le agolpaban en el cerebro, imagino.. con la misma brusca realidad que mis carcajadas se entrecortaban en el bar, hipando de risa, y preguntándole que qué hizo en ese momento para salir de la situación??

Me contó que no lo recordaba muy bien, que todo fue confuso..

Se ve que la propietaria de la casa, todavía tenia concertada otra visita al piso que alquilaba y, que como la lunática de su amiga, en realidad no había confirmado que se lo quedaba, la dueña había entendido que todavía lo podía seguir enseñando. Había pues quedado con una vieja, una hija de ésta y los nietos de la primera. Y, ahí estaban todos -que pasillo abajo habían llegado hasta la alcoba donde se encontraba él-, en el quicio de la puerta, cinco pares de ojos incrédulos mirándole.

El flash había durado apenas unos segundos. La propietaria, rauda, acompañaba al séquito hacia la puerta..sin dilación.

En el bar, yo seguía hipando de risa, con la cerveza saliendo por la nariz a chorros.. mientras mi amigo me repetía sin cesar..

Sabes lo peor de la situación? La vieja sólo iba preguntando:

– De verdad hay un pintor en calzoncillos? A ver..? A ver…

EPILÓGO:

Para los más suspicaces. Se que no lo soñé porque el pintor era yo.

Un comentario sobre “Un pintor en calzoncillos

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