La clienta del piso dieciocho

Os dejo un relato en primera persona, absolutamente verídico, y con final como tenía que ser: real.

LA CLIENTA DEL PISO DIECIOCHO

Este episodio, cómico, por definirlo de alguna manera, transcurrió hace años.
Si no recuerdo mal sería a mediados de los noventa, recuerdo la fecha pues estaba recién separado de mi primera esposa, mi peque contaba entonces ocho años, me encontraba de nuevo viviendo en la casa de mis progenitores. Con ellos.
Todos los que por alguna razón volvemos a la casa paterna,  con la cola entre las piernas, orejas gachas, sueños rotos.. comprendemos perfectamente esa sensación.

Vuelta a las normas de convivencia. Falta de intimidad, resignación.
Mis padres me acogieron. Me volvieron a acoger. Hasta en alguna ocasión,  me encontré con el trago de coger de manos de mi padre alguna ayuda económica -como si a mis treinta y tantos años volviera a recibir la “semanada”-
Vergüenza se siente. Por mucha buena voluntad con que ellos te obsequien, se siente vergüenza.

{Aquí hay mucho tema que tratar. Como no es el momento,  lo pospondré para otra ocasión,  más no quiero dejarlo, quiero abrir la caja de los sentimientos frustrados también..}

En fin, he hecho este prólogo,  porque quiero dejar constancia de que comencé a tirar de todos los hilos que se me ocurrieron a la hora de buscarme la vida. Tenía una pensión que pagar cada mes y cual Ave Fénix, renacer.

Comencé a trabajar en un supermercado,  ya tenía experiencia, una década antes había estado de encargado en uno.. en esta ocasión mis opciones eran mucho más humildes, me encargaba de cargar, montar, desmontar una frutería y de llevar las compras de las clientas a sus casas Ataviado con una bata color crema, empujaba un carro hora tras hora.

Ya os he contado lo de que el hombre es el único animal que tira de un carro desde atrás? En fin.. que me pierdo.

Tras años de arduos y duros trabajos, volvía a sentirme un mozo. A veces las curas de humildad te ayudan a poner las cosas en su sitio, sin embargo,  cuesta. Cuesta mucho.
Ojo! Que no es mi intención despreciar el honrado trabajo en si mismo, sólo que me sentía frustrado.

El trabajo, pésimamente pagado para las obligaciones contraídas, tenía,  además,  el contratiempo del horario partido. Lo cual me impedía conseguir otro empleo con el que incrementar mi pecunio..

(Je, je, je… hablar a fecha de hoy, con la crisis que arrastramos, de pluriempleos, casi suena a chiste. Sin embargo, aunque no lo creáis, hubo un tiempo en que algunos trabajábamos en más de un sitio a la vez)

Al grano. Aparte de las propinas que las clientas me daban, por acarrear carros escaleras arriba, meterlos en ascensores o, subir bolsas por infinitos tramos de escaleras, comencé a repartir unas tarjetas que me hice. En ellas, me ofrecía sobre una variada suerte de oficios que podía desempeñar.  Desde arreglar una persiana, cambiar el bombín de una cerradura o pintar una casa.
Yo siempre he sido mañoso, con buena planta y mi casi metro noventa de simpatía. -Que bien me vendo? Eh?-
En fin, que lo que no sabía hacer, lo aprendía mientras lo hacía.  Luego, el buen hacer y la comprensión de “mis clientas” me iban permitiendo ir tirando. Si calculaba que lo que hacía en cuatro horas, se hubiera podido hacer en hora y media, les cobraba dos. El resultado fue que a los pocos meses me iba mejor por mi cuenta que en el supermercado. Ahora bien, no podía dejarlo, pues era la base de captación de clientela.. empecé a hacer más horas que un pirulo. Todo parecía funcionar bien, de hecho, fue así.

Mucho trabajo, pensiones cubiertas, mi hija contenta, dinerito en el bolsillo, Qué más se puede pedir?
Lo único que fallaba eran las relaciones personales. A los treinta y tantos, viviendo en casa de tus padres -los que hayáis vivido una situación similar me entenderéis-, lo jodido es echar un polvo. Ese asunto era un desastre.

En estas estaba yo, cuando apareció por el supermercado una señora de la que rápidamente me enamoré.  Me enamoré en el sentido figurado. Ni por asomo se me ocurrió nunca decirle nada. Estaba casada, con una hija pequeña bebé y, bastantes problemas tenía yo en mi cabeza, como para complicarme la vida más. Sin embargo, no os engañaré, me hacía gracia.
Como de antemano ya sabía yo que nunca cruzaríamos ese punto de no retorno, me consolaba permitiéndome convertirla en la reina de la tienda. Cada vez que empujando el cochecito de su hija, franqueaba el umbral de la tienda, el brillo de mis ojos iluminaba sus pasos hacia lo que fuera que necesitase.
No os he hablado de ella, ya no recuerdo como se llamaba -mientras escribo estas líneas, su nombre vuelve a resonar en mi memoria, no os lo diré,  no se hacen esas cosas-, en fin.. era muy menuda, chiquitita sin ser bajita, manejarla en mis sueños hubiera sido un placer, acostumbraba a vestir con vaporosos vestidos que poco dejaban intuir a la imaginación y.. ya os podéis imaginar el resto.
Nunca compraba lo suficiente como para necesitar una ayuda extra por mi parte, hasta que un día y, sólo una vez, pidió de ser acompañada para que la ayudasen a subir su compra a casa. Ni que decir tiene que solícito, acudí raudo al menester. La conversación hacia su casa fue frugal. Ambos empujábamos un carro, ella, el de su niña, yo, el de su compra. No cabíamos en el ascensor. Subió ella primero, con su carro, y me indicó que luego lo hiciera yo con el mío,  que subiese hasta el piso dieciocho. Y allí me planté, me hizo pasar hasta la cocina con las bolsas de viandas y, ante mi curiosidad por la altura, me ofreció pasar al salón para que pudiera disfrutar de la espectacular vista de una Barcelona en un día soleado y sin nubes. Hasta el mar se veía desde allí. Una gran vista.

Quiso el azar,  que mientras la señora rebuscaba en su bolso, para darme una propina, su propio gesto al inclinarse hacia adelante y, dada mi altura con respecto de ella, me permitiera observar, unos pechos pequeños pero preciosos, al ahuecársele el escote del vestido, en el gesto mencionado. Como ella miraba hacia abajo, no pudo ver mi cara de grata sorpresa, y al seguir rebuscando en el monedero, el instante se ralentizó algún segundo de más.
Al tiempo, de sus labios surgió la siguiente frase:

– Te gusta lo que ves?

Qué queréis que os cuente? Contesté que por supuesto. Que la maravillosa vista, bien hubiera valido la pena, incluso habiendo subido por la escalera. Recogí las monedas sintiendo el cosquilleo eléctrico del leve contacto de nuestros dedos al rozarse y.. contento, volví con mi carro vacío y el corazón pugnando por reventar en mi tórax.

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