(La ley del péndulo) o, El armario de la Alpujarra

(La ley del péndulo) o, El armario de la Alpujarra.

Esto es una historia que recuerdo con mucho cariño (porque casi me mato)

Esta es una de esas historias, de las que cada uno de nosotros tenemos alguna, que milagrosamente acabó bien. Por cuestión del azar, que vino presto a echarme una mano, pues pudo acabar con desenlace reservado..

Recuerdo, de mis tiempos de buscarme la vida aceptando cuantas más chapuzas mejor, haber aceptado una vez el subir un armario a un piso.

Como soy grandote, nunca este tipo de asuntos me había echado para atrás,  lo que no aportase en experiencia, (ya la recababa poco a poco), lo aportaba en entusiasmo, maña.. y fuerza bruta.

El asunto en cuestión fue el siguiente:
Eduardo, el hijo menor de una vecina de mi madre, en un reciente viaje con su mujer a la Alpujarra, había comprado un armario.
Comentando un día su madre y la mía el asunto, me ofrecí para echarle una mano a subirlo. Se lo traía un transportista particular.

Tras una breve conversación con el hijo de la vecina de mi madre,  y, por muy pocas perras apalabradas.. acordamos que sería yo quien esperaría al transportista y quien llevaría el peso de la ejecución.
No imagináis hasta que punto lo del peso.. Eduardo, ya me había advertido sobre el problema.
El armario, era un tres puertas fabricado a mano, de esos que no se pueden desmontar, con lo cual la tarea se complicaba.
El piso al que había que subir el mueble era un quinto,  de estrecha escalera y viejo ascensor, cuyas medidas no coincidían ni por asomo para subir ni en uno, ni por la otra.
Sin embargo, una vez cruzado el vestíbulo de la portería, si que existía un gran patio de luces antes de llegar al citado ascensor. Un rellano amplio, coronado de una amplia claraboya con una polea con su grueso cordón.
Tras verificar el buen anclaje y estado del mecanismo, decidí que esa iba a ser la solución a nuestro problema.

A la hora acordada y puntual, los transportistas, descargaron el armario del furgón y, muy amables ellos, lo dejaron justo en el suelo del patio de luces, casi al mismo tiempo en que Eduardo me llamaba por teléfono, para comunicarme, no sin pesar, que se retrasaría por lo menos un par de horas en llegar y, que si abusando de mi amabilidad, podría quedarme custodiando el armario hasta que él llegara? Yo, optimista por la buena suerte de cobrar unas horas más,  y.. sin expectativa ninguna de hacer nada esa tarde, le contesté que no había ningún problema.

Como mi intención era impresionarle y quedar bien para futuras chapucillas en su casa, cuando llevaba apenas veinte minutos de guardia ante mi improvisada garita alpujarreña, decidí,  ni corto ni perezoso, probar de subir yo solo el armario.
Qué podía perder? Si podía,  tendría ganado su respeto y, si no lo conseguía,  tampoco pasaba nada por esperarle como teníamos acordado.

Me puse manos a la obra. Subí hasta el ático,  desenganché el cordón y lo coloqué en la polea, dejando caer los dos cabos hasta el rellano y comprobé que aun sobraba cordón para atar el armario por un extremo y afianzar por el otro.
Una vez tuve atado y centrado el bulto, me dispuse a probar a tirar de él, la teoría parecía fácil,  conforme fuese tirando metros, iría afianzando el sobrante de cordón recogido en un saliente de la escalera que parecía hecho para tal fin.
Como os digo, los primeros dos pisos, la cosa funcionó según mis planes, conforme iba recogiendo un par de vueltas de cordón, lo iba anudando al saliente, no he explicado que previamente le había hecho al cordón una serie de nudos para asegurar las manos a la hora de tirar de él,  el problema fue al llegar al tercero. En el tercer piso, el recorrido de cuerda descendente era cada vez menor (la mayoría permanecía anudada en el saliente de la escalera), el esfuerzo era ya considerable y a cada tirón que yo daba hacia abajo de la cuerda, una fuerza idéntica actuaba en sentido contrario..

(creo que hay una teoría de física que explica e ilustra éste movimiento,  pero yo en esos momentos ya no tenía la cabeza para fórmulas)

… haciendo que perdiera contacto con los pies en el suelo. En un instante comencé a sentir pánico. No podía jalar más cuerda porque el peso inverso del armario tiraba de mi hacia arriba. No podía soltar el tramo de cordón anudado porque el golpe de los dos metros de cordón bien me hacían volar hacia arriba  o bien podía hacer crujir el armario troceandolo sobre mi cabeza. Evidentemente,  esperar tal vez un par de horas con aquel trasto colgando esperando a Eduardo, o a que cayese, tal vez sobre algún vecino.. tampoco era una opción.
Intenté,  subiendo hasta el tercer piso, anudarlo a la baranda. No tuve suerte, estaba demasiado alejado de ella. Tras relajar un poco los brazos, volví con renovadas esperanzas.. todavía fue peor. Tras el primer tirón comencé a perder pie. A cada palmo de cuerda recogido, otro palmo me separaba del suelo.
Mi actuación comenzó a pasar por mi imaginación como en una película de dibujos animados.

Justo cuando más agobiado estaba, apareció un mensajero, me miró divertido y, cuando estaba por el tercer piso me preguntó si podía ayudarme? Le contesté que si, claro. Desde el tercer piso, me ayudó a tirar y dejamos el armario colgando frente al rellano del quinto piso. Subí,  a galope, y entre los dos lo dejamos en el descansillo de la escalera.
Os juro que gracias a aquella persona anónima me salvé de una buena. Le invité a una cerveza (de la nevera de Eduardo), y durante unos minutos reímos de buen grado..
Ni su cara puedo recordar, tal era mi agobio.

Cuando llegó Eduardo, el armario ya estaba ubicado en su sitio. Le expliqué más o menos cómo había conseguido subirlo ante su atónita mirada.. y estuve una larga temporada haciendole pequeños trabajillos en su casa.

Nunca le expliqué los reales pormenores, tan sólo muchos años después,  tras su separación matrimonial, creo que escuché una historia contada de su madre a la mía,  sobre un armario viejo que se rompió en la mudanza.
Pero eso amigos, es otra historia.

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