I (7) El Pirineo, el ruso y la Viagra (I)

Cuando conocí a I, a la primera ocasión que tuvimos, nos fuimos de vacaciones. Unas vacaciones cortas.

“Para conocernos”. Nos dijimos. Fue la excusa para largarnos durante cuatro o cinco días como os digo -para ver qué tal podía resultar seguir apostando por la relación-. Ella tenía prisa por salir de las rutinas de su casa. Los niños y su -todavía marido- Jota, en aquellos momentos, sin estorbarle, la ataban a una rutina decepcionante. Yo, aprovechaba la temporada baja para cerrar, sanear, pintar.. el garito de playa. Olvidar el estrés. Al igual que en la película de idéntico título, nos enfrentamos a un Noviembre Dulce.

Nos fuimos al Pirineo. Buscando tranquilidad. Intentando olvidar el calor andaluz. Pretendiendo horas de lánguidas confidencias, velados achuchones sin prisas o no. Sin rumbo. Sin planes.. sin control.

La primera noche, la combinación Pirineo y noviembre nos abrió los sentidos de golpe. Joder.. qué frío!! Hasta encendimos una chimenea. Ver crepitar el fuego, adorar su espalda desnuda mientras me hablaba, un porro tras otro, lo anodino de su vida en aquel entonces. Las pocas, casi ninguna, ganas por empezar nada de nuevo. Su fragilidad. Su sinceridad.. me enterneció más de lo que conseguí admitir -mientras me enamoraba- y sin pretender lo contrario, fraguamos una estrecha relación de amistad con derecho a.. con mucho derecho a.. y abusando de los placeres que se nos pusieran por delante..

Lo que tuviera que venir a futuro, ya se vería.. después de todo, ella ya me había comentado la primera vez que nos vimos, que su viaje había comenzado en plan Thelma y Loisse.. y ya sabemos cómo acababa su alter ego Súsan Sarandon.

De entre sus trastos apareció un blíster de Viagra. Ante mi suspicaz interés, me explicó que su marido, -ya en etapa terminal de una larga enfermedad, a veces precisaba de una ayuda-. Entre nuestras frívolas confidencias, también me contó de cuánto le gustaría experimentar en un trio. Ya no sólo por el hecho de saberse acariciada… por dos hombres al tiempo, si no también por el morbo que le suscitaba ver como -tal vez entre los dos partenaires- se estableciese también un contacto.

En la duerme-vela que las drogas me permitían sentir, y sin apenas prestarle mucha atención, la dejaba hablar.. acurrucándola entre mis muslos, sentados en el suelo frente al fuego cautivador, Acariciándola, mesándola, manoseándola sin freno. Recorriendo todos sus pliegues, sus orificios, penetrando todos los que, bien lubricados, permitían la entrada y salida de mis apéndices sin brusquedad. Sin prisa, sin rigor, sin interés aparente. allá donde se podía  profanar algún templo, entraba. Si ofrecía algún impedimento, lo olvidaba y pasaba al siguiente.

De esta manera igual baboseaba su lóbulo con mi lengua como intentaba hurgar en su ombligo con el índice o, arrastraba mis uñas espalda abajo hasta situar un pulgar juguetón en torno a su ano mientras, con otra mano, jugaba a peinar el vello de su pubis.

Recuerdo nos dormimos sin llegar a consumar ninguno de ellos. El sonido de un tronco cayendo fuera de la chimenea nos devolvió a la realidad de la fría estancia. Nos revolvimos entre lienzos y con los sentidos plenos de dulzura y el morbo de los mensajes confesados nos sumimos en bazos de Morfeo.

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