I (12) El Pirineo, el ruso y la Viagra (VI y última)

Cuando salimos del lavabo, la rusa había desaparecido.

Viktor argumentó que estaba cansada y se había marchado. -Darnos cuenta de que también habían desaparecido las llaves del 4×4 presagiaba alguna razón de tono más alto, sin embargo.. a quién le importaba?

La conversación de los tres en la barra, poco a poco, fue denostando el cariz que la marcha de la rusa había dejado en el grupo. Viktor comenzó a mostrarse más altivo y desagradable para conmigo en sus gestos airados. I permanecía sentada, expectante, entre ambos, sin conseguir poner paz. Al final, Viktor, -con visibles síntomas de su borrachera estridente-, me espetó que él no quería acostarse conmigo. Que, como mucho, si lo deseaba, podía asistir -sólo para mirar- a cómo él se follaba a I.

Ante mi sorpresa por la delirante propuesta y, -dirigiéndome a I– le inquirí sobre qué le había contado. Mientras mi futura esposa me daba un codazo al ver desvanecerse sus lúbricas esperanzas para con el ruso y se excusaba susurrándome sobre lo comentado en el wc, la versión de Viktor era relativamente distinta. Según él, había sido ella, la que le había explicado que le apetecía acostarse con dos tíos, si, pero contando con que hubiera algo de sexo entre ellos también. ÉL, durante el flirteo anterior, le había seguido la corriente, pero, de ninguna manera pretendía tener nada conmigo. -Esto, la verdad, me tranquilizó, pues en caso de que hubiera contestado de forma distinta, a I no la paraba ni dios-

Rápidamente la conversación se fue apagando. La borrachera de Viktor comenzó a sacar lo peor de su carácter, y comenzó a despreciarme. Que cómo permitía que una mujer me tratara así? Que qué poca estima tenía por permitirlo. Vamos, ese tipo de frases que, una vez perdida la baza del juego a concluir -intuyendo además no llevarse el premio- tan sólo sirven para dañar y/o provocar.

Cuando llamó al camarero para, ninguneándome, pretender pagarme las copas, estallé.

– Perdona ruso de mierda, si a esta mujer le apetece tener sexo contigo, no seré yo quien se lo prohíba. Después de todo, pienso que ninguna mujer tiene dueño. Pero que pretendas pagar mis copas!! Eso no te lo consiento.

Me giré hacia I y le dije que era ella quien tenía que decidir lo que quería hacer. Pero que yo -tras pagar- me largaba de ahí. Su respuesta, he de admitir, me gustó.

– Yo he venido contigo y me voy contigo.

Pagué. Y nos fuimos de aquel garito.

Abrazados, besándonos, gritando, riendo, discutiendo y dando traspiés, alcanzamos el apartamento siguiendo la calle principal. Nos paramos dos o tres veces para, sobre los capós de los coches aparcados, saborear la furia de la locura que nuestra lujuria destilaba.

Cuando conseguimos alcanzar la cama de la habitación, -recuerdo se situó a cuatro patas sobre ella- le rasgué, desde atrás, la tela del pantalón de malla. -Supongo que en mi fuero interno, pretendía borrar la visión de aquellos dedos dándole placer-. Separé con prisa el tanga y, tras lamer -tan sólo por gula, pues ya chorreaba-, la penetré con toda la rabia que la pasión y el morbo dominaban mis sentidos. Comenzó a gemir y a suplicar más ritmo. Con tres o cuatro embestidas llegamos hasta tocar el cabecero de la cama, sus manos se apoyaron en la pared, su vientre se arqueaba convulso. Lubriqué un pulgar metiéndoselo en la boca para con su saliva, poco después, franquear su ano. Era esta, nuestra primer vez por ahí. Su culo comenzó a moverse en círculos para ayudar en ambas penetraciones. Al poco, se giró y con un fulgor en sus ojos de loca, me invitó a que la follara analmente. A pesar de que el glande entró con facilidad, la verdad es que introducirla del todo fue otra historia. Por sus gestos comprendí que el dolor se sobreponía al placer, motivo por el que cesé en mis envites. Entonces, ella, me grito:

– No te pares. Te lo debo…

Empujé. Entró. Gimió. Lloró -pobrecita, casi me dolió más  a mi al verlo-, Volvió a gemir y así estuvimos bastante rato hasta que me derramé dentro de ella. Nos quedamos dormidos.

A la mañana siguiente, entre mimos y arrumacos, me confesó que le había dolido mucho, pero que sin duda había sido el mejor polvo de su vida. Que por primera vez se había sentido dominada y llena.

Curiosamente, cuando seis años después, nos separábamos, sus últimas palabras -no exentas de nostálgico rencor-, fueron:

– Bueno chaval, esto se ha acabado. Siempre nos quedará en el recuerdo “El Pirineo”

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