Paris bien vale una misa?

Esta semana he estado en Paris -no conocía esta ciudad-, Sublime.

Nada más salir del Metro, el primer edificio que llamó mi atención fue La Opera.

Comprendí -a mis cincuenta y cuatro años- que provenía de un país de paletos.

Poco a poco (un trote de tres días), he descubierto una Ciudad con hechuras. A las tres horas de caminar por Paris entendí porque les cortaron la cabeza a sus reyes.

Me volví a enamorar del Metro -mi primer amor fue el de Barcelona-.

Que gran ciudad!!

Cuánto tenemos que aprender…!!

Ejercicios inútiles.

Hoy tocaba cortar el césped.

Cascos, careta, auriculares, guantes, ruido. Mucho ruido. Abstracción.

Tiempo para pensar.

…Y, será posible que todavía queden individuos de esos -tan repugnantes- que le digan a su chófer:

– Bautista. hoy me siento generoso. Podrás atropellar a alguien para indemnizarle.

Es curioso cómo funciona el cerebro…

Otra cara de la moneda sería aquella en la que un amoroso padre le explica a su retoño -mientras pasan un “día de hombres” yendo de pesca-, sobre cómo los peces han sido desde la prehistoria, una especie que ha ido en continua evolución..

– Por eso los sacas del agua, para ayudarles a agilizar su proceso evolutivo?

Curioso (repito). Muy curioso.

Orografía cambiante.

Orografía cambiante sería un buen título con el que presentar esta nueva incursión sobre cómo me estimula observar lo que día a día ocurre a mi alrededor .

En realidad, no me entretengo en acechar, curioso, a cómo va cambiando la ciudad en la que vivo. Más bien son los pequeños detalles lo que clama mi atención. En especial, los recorridos allá donde orinan mis canes.

En las diferentes rutas por las que les permito me arrastren, observo cómo, día tras día, el deterioro de un césped, la permanente invasión de calzadas sobre parajes antes inhóspitos, la descomposición del asfalto ennegreciéndolo todo en su empeño, tal vez la frenética invasión paulatina por concebir un nuevo semáforo allá donde nunca pasó nada..

Es éste, el paseo diario, el mejor modo de conocer el minúsculo entorno propio.

I (13) El Pirineo, el ruso y la Viagra (EPILOGO)

Tan sólo concluir el relato con un pequeño detalle.

Las réplicas, que la ingesta de la dichosa pastillita azul, habían provocado, parecían no haber concluido todavía. -Igual era porque en realidad no la necesitaba-, el caso es que andaba yo con un calentón poco disimulable para salir del apartamento.

I seguía tan cachonda como pocas horas antes, con los recuerdos que le habían producido tanta lujuria, todavía frescos en su imaginación, y tras disculparse toda la noche por el lío que había montado, tan sólo me pidió que respetara su negativa a practicar, de  momento, sexo anal. Todavía se sentía dolorida.

Por supuesto que  respeté su proposición. Después de todo, el regalo que la noche anterior me había ofrecido, no tenía por qué convertirse en una práctica indispensable en nuestra relación. Si ella quería seguir practicándola, yo, por supuesto, estaría encantado. (en cualquier caso, comprendo que en la intimidad de pareja es aconsejable nivelar y/o compartir los placeres. Y no estaba yo muy convencido, entonces, de permitir tomar yo para compartir placeres). En caso contrario, pues tan amigos… -en cualquier caso, me di cuenta de que para la realización de determinadas actuaciones, se debían de dar las mínimas garantías de excitación, morbo, lubricación y buen método para jugar sin peligro.

Nos tiramos toda la mañana follando.

A la hora de comer, acudimos -cómo no- al restaurante de la noche anterior.

La misma camarera, solícita, atendió nuestra comanda.

Las miradas, que los tres nos dirigimos, a lo largo del servicio en los continuos movimientos de platos, copas, servir un vino, etc.. hablaban por si solas. Como comprenderéis, ahora que ya parecía que habíamos “sellado” un compromiso, la figura de la camarera estorbaba en nuestras expectativas. Sin embargo, ella, no pareció estar por la labor. Todo lo contrario. -Imagino que los rusos, más puntuales, también habrían pasado a comer previamente-. Tras mi derroche de simpatía y provocación para con ella, la noche anterior, se mostraba más que dispuesta a seguir con el juego -amén de perderse alguna obscena propina más-. Cuando las coquetas miradas parecían haber llegado a un incontrolable punto indecente, acaparó el protagonismo permitiéndose un gesto de inequívoca maldad. Teniendo a la camarera a su derecha, sirviéndole vino en su copa, se permitió acariciar con su mano derecha, la parte interna del muslo desnudo que bajo la falda de uniforme, la camarera llevaba. Sin mostrar ningún miramiento -y ante mi perpleja mirada- siguió su ascendente recorrido hasta alcanzar la entrepierna.

La camarera, rígida y sorprendida, aguantó el envite intimidatorio mientras seguía llenando la copa de I. No pudiendo replicar ante el rápido y audaz movimiento, tuvo que permitir, como mi chica franqueaba el elástico de la braga, palpaba con sus dedos y los sacaba de nuevo,

para, -mientras en inequívoco movimiento de frotar el pulgar contra el índice y el corazón, y llevándoselo hasta su labio superior y percibir sutilmente el aroma-. comentar:

– Nene. Ésta no está a la altura de nuestros juegos.

Y, dirigiéndose a ella le espetó:

– Cariño, si esto es todo lo que puedes lubricar, es mejor que sigas sirviendo el vino. Éste es mío. Me lo he ganado por méritos propios. Casi no puedo andar. A ti te destrozaría.

Por supuesto, muy digna, la chica replicó con alguna contestación más recia, aunque una vez vencido el orgullo, incluso se permitió, a los postres, sentarse a nuestra mesa. Como I no consintió que yo participara de la conversación y la chica sólo obtuvo un soez y despreciable magreo por su parte mientras permaneció sentada a su lado, la cosa concluyó pagando la cuenta y no volviendo más por allí. Aun me permití hacer el gesto de dejar propina, pero la mirada incendiaria de mi futura esposa me lo impidió.

Volvimos a follar con saña por la tarde.

A lo largo de nuestras futuras discusiones, el episodio de la camarera, cobró más importancia, para cuando tenía algo con que concluir las peleas.

Naturaleza muerta.

Recién he tornado de un paseo con mis perros -como no?-.
Estaban segando los campos, una cosechadora de esas que come paja y caga fardos sin parar.

El terreno quedaba con miles de púas truncadas hacia el cielo. El olor amarillento invadía los sentidos.
El aire -irrespirable tras la máquina- enloquecía en miles de fragmentos áridos.

El semblante de un niño de posguerra, con su cabeza rapada al uno, con sus legañas pegadas como única protección a la intemperie, se semejaba tanto a los campos rapados envueltos en polvo.

La tristeza de la estampa tan sólo distraía por la sonrisa picara del crio.

Buen viaje amigo.

Conversando con mi perro

– Eres consciente de que cuando no paseas a la perra vamos más ligeros?
– No seas cruel. Ya sabes que tiene un ganglio o no se qué que la hace cojear.
– Siempre he de tirar de ella. Tu me la atas corto al arnés y he de tirar de ella.
– Y? No eres tu el perro guía? Los Huskys lleváis eso en el instinto.
– Siempre has de tener razón?
– Va, sigue.
– …
– Que camines..
– Ya voy. Estoy oliendo. Espera.
– Camiiiiina. Mira, allí arriba está aquella Golden que te ladra. Vamos a probar suerte?
– … no me líes. Es a su dueña con quien tu quieres pararte. Me utilizas.
– Todos nos utilizamos al fin y al cabo. No exageres.
– Prométeme que no me estirarás cuando estemos con ellas.
– Joder. Si es que eres un impetuoso. Ni saludas. Llegas, le hueles el culo y a tirartela!!
– Soy un perro. Qué quieres que haga? Le llevo flores..?
– Ya sabes lo que digo. Se asusta y se escapa..
– Ya. Y la rubia detrás, no?
– No es eso. Yo estoy casado.
– Ya. Por eso cada vez que nos cruzamos con alguna humana -con la excusa de tirar de mi-, aprovechas para girarte y mirarle el culo.
– Camina.
-Te has enfadado?
– Yo? Mira, ya han cruzado la calle. Se van..
– …
– Camiiiina.
– Espera, que huelo donde la Golden ha..
– Da igual. No me lo expliques.. ya lo entiendo.
– Aprovecho que no viene el ladrillo.
– Te he dicho mil veces que no la llames así. Casi no puede caminar la pobre..
– Tu no tiras de ella. Soy yo quien, cada día, tiro de ella. A veces de los tres..
– No te pases. Venga ya. Camina… Es que tienes que olisquear todos los árboles hoy?
– Te digo yo algo cada vez que les miras el culo? Quieres que cada vez que te gires, ladre?
– Venga, acaba. No me hagas reír…
– Mira. Por la derecha, sube aquella que sujeta a la dóberman.
– Venga. Camina pues…

Nada más verla, comprendí que tenía que comerle el coño. (y II)

La idea le pareció bien.

Por el camino me recordó su nombre. Mer. También me confesó que un año antes se había fijado en mi un día, que estando de vacaciones con sus amigas, se había cruzado conmigo delante del apartamento alquilado.

– No te recuerdo. Entonces aun no había cogido el bar. Entonces trabaj…

– No sigas. Lo se. Trabajabas en la obra de enfrente. Cuando te vi en verano, sin la camisa, moreno. Con esa bolsa para las herramientas que lleváis los encofradores..

– Vale. No cuentes más. No me gusta intimar tanto con mis lectoras de Word.

– Perdona..?? Me estás hablando que contarás nuestra historia dieciséis años después??

– Frena. Ya hemos llegado. No hagas ruido. Mi pareja.. María, duerme encima. En el segundo piso.

Al abrir la basculante puerta del garaje, un mínimo chirrido rasgó la noche, otro chirrido más y habíamos desaparecido dentro.

– Puedo liarme un porro aquí?

– Aquí, ahora, este es tu reino.

Le tendí una toalla y le indiqué como, si quería, al fondo del habitáculo, había una ducha.

– Me ayudas?

– Si te ayudo, se pierde el encanto. Sin querer ofender, ni maltratar la canción de Sabina, aquí, a mi, no me han traído tus caderas. Yo vengo con la idea fija de lamer esa herida que se me ofreció cálida y abierta y que se cuajó en húmeda y mojada.

– Creo que no tengo tanto frio ahora..

– Mejor. Lo único que siento es no haberme afeitado. Puede que lastime tus muslos.

Se recostó en el sofá para liarse un canuto. Yo me arrodillé en el suelo. Mis manos separaban sus rodillas. Lo que observé me llenó de lujuria. Parecía realmente que se hubiera meado. -Se lo dije-

– No te habrás meado encima?

Su sonrisa burlona, me ilustró en que mejor sería no pasarme si no quería ver cómo si que era capaz de hacerlo. Sonreí. Aquello pintaba bien. Acerqué mis labios a su entrepierna enfundada de aquella ruda tela empapada. Soplé sobre la tela y a través de ella. aquello causó un efecto cálido que pareció agradarle. Se dejaba hacer. Reía.. -el porro hacía su efecto- tampoco tenía yo ninguna prisa. Jugaríamos. Vaya que si.

Estirando las manos, separando mis dedos, acariciaba sus nalgas. Arriba. Abajo. Arriba otra vez. Mil veces, hasta que introduciendo los dedos en los bolsillos de atrás, bajo sus nalgas, tiraba hacia mi ejerciendo presión sin desabotonar todavía la cintura del vaquero. Ese movimiento liberaba espacio entre la cremallera y su braga.

Sin dejar de soplar mi más que cálido aliento a través de la tela, en un momento dado, recuerdo, comentó:

– Pretendes secarme?

Sus manos bajaron hasta la cinturilla para desabotonar el pantalón. Le mordí los dedos impidiéndoselo.. Con mi mano izquierda así su mano derecha. Apartándola.

– No tenías prisa, -le susurré- recuerdas?

Al tiempo que me reincorporaba, metí la mano derecha -para izarla conmigo- por entre el vaquero y la braga y tiré hacia arriba. La costura del tiro del pantalón se hundió en su -imagino- ya abierta vagina lo justo para que me agarrara del cabello con su mano libre. Nos miramos  a los ojos. Los suyos, enrojecidos  por el hachís, irradiaban un fulgor de deseo difícil de describir.

La levanté en vilo -cogida a mi cuello- hasta dejar reposar sus pequeños pies desnudos sobre el sofá. Una vez nuestras bocas quedaron a la misma altura, la besé. Un beso corto. Sin lengua. Ladeé la cabeza y le susurré al oído:

– Estate quieta. Ahora te voy a desnudar. Te tumbas y te cubres con la manta. Mi lengua quiere saborea de lo que la noche y el mar han impregnado tu coño. No se si follaré luego contigo. Estoy cansado y tal vez me duerma.

(Ya habéis leído el enlace anterior? El que se titula JANIS)

Bajo la manta, tan pequeña, me fue fácil moverla a mi antojo. Arrodillado de nuevo en el suelo alcancé -por fin- aquella vertical sonrisa que se ofrecía, galante, a mis depravadas intenciones. Circundando mi objetivo con mis dedos pulgar e índice de ambas manos, estirándolos y cubriendo con el resto de las palmas sus suaves ingles,-para no dañarlas con la barba de dos días- me dispuse a libar, cual insecto en primavera, hasta que los minutos compitieron con sus jadeos. No tardé en comprobar el sabor de sus épicas conquistas. La primera emisión tenía el predominante salado esperado. Parecía como si el esperado maremoto, hubiese recabado toda la sal de la playa antes de explotar convulso. Éste pude recogerlo casi en su totalidad sorbiendo con mi lengua haciendo un canalillo. No tuve tanta suerte después. Antes de que el perfume marino de su segundo orgasmo volviera a manar, -estaba yo distraído jugueteando con mis dedos y su ensortijado vello púbico- pude sentir -ya digo que tarde- las convulsiones de su vientre, mientras observaba -divertido- como eyaculaba un tibio líquido transparente y viscoso que en fuerte chorrito, impactó en mi sonrisa para impregnar con su recuerdo imborrable el sofá.

Su tercer orgasmo me llenó la boca con un líquido más agrio -que tragué también, faltaría más- Pareció darse cuenta y su gesto se tornó forzado. Sus mejillas parecieron crisparse. Este tercer orgasmo la había dejado seria. Muda. Durmiente.

Yo quería más. Sin contemplaciones la giré de espaldas a mi boca. Le introduje dos dedos en su muy lubricada cueva y volví a lamer y sorber jugos.  Despertamos dos horas después. Nuestro ultimo beso todavía me recordó el placer de la luna que no quiso reflejarse una noche en el mar.