La Salida y la Salida de Emergencia

Ante todo quiero pedir disculpas por el tono machista que esta historia tiene, sin embargo -como todo lo demás- es verídica.

Por tanto, no puedo por menos que relatarlo tal cual ocurrió.

Hace una década trabajaba yo en un club náutico -en Mantenimiento-.

Entre las personas que trabajaban allí, había una secretaria muy mona ella, muy rubia ella, muy tonta ella. Además, conducía un Mazda azul descapotable que le aportaba el glamour de niña pija que tenía Penélope, la de los Autos Locos -aquella serie de dibujos animados de finales de los setenta. Yo siempre me identifiqué más con los Maccana, dos cavernícolas que conducían un pedrusco con ruedas.. -aunque eso es otra historia-.

Susi, así le gustaba que la llamasen -en lugar de Susana- atendía en la recepción de las oficinas del puerto deportivo, sitas en el edificio a la salida del puerto. Su trato, su experiencia, su desenvoltura en varios idiomas, indicaba sin desmerecer, el para qué estaba allí contratada. Esto es, la cara amable y prometedora de alguien que trata con un segmento de población muy pagada de si misma. Además, tenía la desdicha de tener aquella atocinada forma de reir que recordaba a Peggy, la cerdita de Los Teleñecos.

La matrícula de su coche coincidía en acabar con las letras BRS, motivo que le permitía, además, presentarse como Barbie Súper Star.

La realidad es que no parecía comerse un torrao. Si bien era mona y de buen ver, una vez se profundizaba en conversación los futuribles -posibles novios- iban desapareciendo. Y sus posibilidades de llegar a congeniar con alguno de los adinerados socios… también. No hay nada tan definitivo para cortar una relación, que pertenecer a tan dispares clases sociales. Ambas opciones, permitían al resto de trabajadores, observar en el día a día, como siempre parecía estar a punto de.. pero no llegaba nunca a consumar. Creo que se me entiende.

Otra señora que allí trabajaba, -y digo señora, porque lo era. Con todas las letras. Categórico-, era Margarita.

La señora Margarita era una encorsetada -hasta en verano, con ese calor típico del verano de la costa mediterránea-, señora en edad a punto de jubilación que se encargaba de la Boutique. A ella le gustaba definir Boutique al espacio que comprendía unos siete metros cuadrados que había entre bajo la escalera y la entrada a los vestuarios. Le habíamos vaciado los bajos de la escalera para improvisar un armario, un mostrador cruzado y las paredes enmoquetadas con camisetas y gorras pinchadas con alfileres.

Margarita. La Señora Margarita -porque no se permitía tutear, ni ser tuteada- era viuda, hijos mayores -lo suficiente para mantenerse a salvo alejados de su madre- parecía conferir todos sus esfuerzos en ensalzar la Boutique. Era tan mal-encarada  que todos los trabajadores y trabajadoras, coincidían en que “esa mala baba” tenía -por fuerza- que tener algo que ver con su viudedad…

A los de mantenimiento nos pusieron, a la hora de arreglar unos permisos, con la confección de un Plan de Emergencia que cumpliera las normativas básicas para con las Fuerzas Vivas y Bomberos de la localidad.

Cuando lo tuvimos preparado y tras comunicarlo al director -un antiguo Capitán de la Marina Mercante retirado- se procedió a llamar a los inspectores que tenían que darnos el visto bueno.

Cuando llegaron y tras comprobar los distintos accesos, en un momento dado nos preguntaron:

– La Salida?

Y nuestro Capitán -con toda la flema que sus marítimos viajes y experiencia le confería-, contestó:

– Abajo. En la oficina.

Y mientras los de Mantenimiento nos guiñábamos un ojo, el inspector volvió a preguntar:

– No hombre. La de Emergencia.

A lo que nuestro Capitán contestó -rectificando- sin comprender por qué su séquito de Mantenimiento se reía a carcajadas-:

– Ah! Bajo la escalera. Junto a los vestuarios.

Por supuesto el descojono fue general. Y a aquellas pobres mujeres les costó mucho tiempo quitarse el Sanbenito.

Esto, que parece un chiste, ocurrió una mañana de agosto de 2003. Con todo el bullicio del pleno verano.

Os juro que las risas duraron hasta bien entrado septiembre con sus incómodas consecuencias.

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