I (13) El Pirineo, el ruso y la Viagra (EPILOGO)

Tan sólo concluir el relato con un pequeño detalle.

Las réplicas, que la ingesta de la dichosa pastillita azul, habían provocado, parecían no haber concluido todavía. -Igual era porque en realidad no la necesitaba-, el caso es que andaba yo con un calentón poco disimulable para salir del apartamento.

I seguía tan cachonda como pocas horas antes, con los recuerdos que le habían producido tanta lujuria, todavía frescos en su imaginación, y tras disculparse toda la noche por el lío que había montado, tan sólo me pidió que respetara su negativa a practicar, de  momento, sexo anal. Todavía se sentía dolorida.

Por supuesto que  respeté su proposición. Después de todo, el regalo que la noche anterior me había ofrecido, no tenía por qué convertirse en una práctica indispensable en nuestra relación. Si ella quería seguir practicándola, yo, por supuesto, estaría encantado. (en cualquier caso, comprendo que en la intimidad de pareja es aconsejable nivelar y/o compartir los placeres. Y no estaba yo muy convencido, entonces, de permitir tomar yo para compartir placeres). En caso contrario, pues tan amigos… -en cualquier caso, me di cuenta de que para la realización de determinadas actuaciones, se debían de dar las mínimas garantías de excitación, morbo, lubricación y buen método para jugar sin peligro.

Nos tiramos toda la mañana follando.

A la hora de comer, acudimos -cómo no- al restaurante de la noche anterior.

La misma camarera, solícita, atendió nuestra comanda.

Las miradas, que los tres nos dirigimos, a lo largo del servicio en los continuos movimientos de platos, copas, servir un vino, etc.. hablaban por si solas. Como comprenderéis, ahora que ya parecía que habíamos “sellado” un compromiso, la figura de la camarera estorbaba en nuestras expectativas. Sin embargo, ella, no pareció estar por la labor. Todo lo contrario. -Imagino que los rusos, más puntuales, también habrían pasado a comer previamente-. Tras mi derroche de simpatía y provocación para con ella, la noche anterior, se mostraba más que dispuesta a seguir con el juego -amén de perderse alguna obscena propina más-. Cuando las coquetas miradas parecían haber llegado a un incontrolable punto indecente, acaparó el protagonismo permitiéndose un gesto de inequívoca maldad. Teniendo a la camarera a su derecha, sirviéndole vino en su copa, se permitió acariciar con su mano derecha, la parte interna del muslo desnudo que bajo la falda de uniforme, la camarera llevaba. Sin mostrar ningún miramiento -y ante mi perpleja mirada- siguió su ascendente recorrido hasta alcanzar la entrepierna.

La camarera, rígida y sorprendida, aguantó el envite intimidatorio mientras seguía llenando la copa de I. No pudiendo replicar ante el rápido y audaz movimiento, tuvo que permitir, como mi chica franqueaba el elástico de la braga, palpaba con sus dedos y los sacaba de nuevo,

para, -mientras en inequívoco movimiento de frotar el pulgar contra el índice y el corazón, y llevándoselo hasta su labio superior y percibir sutilmente el aroma-. comentar:

– Nene. Ésta no está a la altura de nuestros juegos.

Y, dirigiéndose a ella le espetó:

– Cariño, si esto es todo lo que puedes lubricar, es mejor que sigas sirviendo el vino. Éste es mío. Me lo he ganado por méritos propios. Casi no puedo andar. A ti te destrozaría.

Por supuesto, muy digna, la chica replicó con alguna contestación más recia, aunque una vez vencido el orgullo, incluso se permitió, a los postres, sentarse a nuestra mesa. Como I no consintió que yo participara de la conversación y la chica sólo obtuvo un soez y despreciable magreo por su parte mientras permaneció sentada a su lado, la cosa concluyó pagando la cuenta y no volviendo más por allí. Aun me permití hacer el gesto de dejar propina, pero la mirada incendiaria de mi futura esposa me lo impidió.

Volvimos a follar con saña por la tarde.

A lo largo de nuestras futuras discusiones, el episodio de la camarera, cobró más importancia, para cuando tenía algo con que concluir las peleas.

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