Nada más verla, comprendí que tenía que comerle el coño. (I)

Nada más verla, comprendí que tenía que comerle el coño.

He comenzado a escribir con fuerza. Tan sólo el recuerdo de lo que quiero explicar.. y la erección, apremiante, ya está ahí. Impetuosa. No se si me atreveré a titular esta vivencia así, como la primera frase. Ya veremos cómo se desarrolla el relato.

En 1999 salía con María. -Ya he hablado antes de María https://montxomon61.wordpress.com/2015/02/21/janis/ Tras cerrar el bar una noche me fui a rematar la última copa al bar que Paco tenía a ras de playa. Con la noche tranquila y el rumor de las olas, salpicando apenas las cuatro atrevidas mesas allí mal dispuestas, acostumbraba a saborear un bourbon en una de aquellas sillas con las patas clavadas en la arena, con el culo algo más bajo, casi a ras de arena.

Nostálgico, si tenías la suerte de una luna reflejada en el horizonte, me daría por satisfecho de no tener sexo esa noche. María madrugaba y cansada, se había retirado a casa.

De repente, Mer apareció frente a mi, estorbando apenas el reflejo lunar. Tan menuda como era, encarando su pubis en el canto de la mesa, se permitió relajarse al impacto, apoyando ambas manos sobre la misma y abalanzando el peso sobre si, para acercar su sonrisa a la mía. El cálido buchito de bourbon bajando por mi garganta equivocó su camino -al centrar mi mirada en la esquina de la mesa- haciéndome estornudar. Antes de que pudiera decirle, amable, que el rocío de la noche formaba charcos sobre el frio lienzo, observé -con gozo- el reflejo que aquel inusual gélido liquido ofrecía en su rostro.

– Tarde -musitó sobresaltada, antes de reincorporar, apurada, el gesto de su cintura-. Demasiado tarde.

En ese preciso instante comprendí que tenía que saborear ese salado sexo. Aunque me fuera la vida en ello.

No recuerdo cómo transcurrieron los minutos siguientes. Casi no la conocía. Era amiga del chaval que pinchaba música en mi bar. Tenía dos amigas más. Las tres acostumbraban a alquilar apartamentos en vacaciones. Eran del norte. Mi amigo, recuerdo,me las había presentado una vez como Las Vascas. Le ofrecí una copa. Negó la invitación aunque apuró algún trago del mío. a los quince, tal vez veinte minutos, -sin ninguna luna a la vista-, la noche cerrada me guió a invitarla a caminar hacia su casa alquilada.

Recuerdo que en algún momento se había comentado la posibilidad de que fuera a cambiarse de ropa. En su casa dormían sus amigas. En la mía, María. Mis pensamientos taladraban la tela vaquera empapada.

– Vas a coger frio..

– Quieres que me vaya..?

– No. Tengo una idea. Ven…

En el garaje de casa tenía preparado una especie de zulo para cuando en temporada alta, también yo me sacaba unas perras alquilando mi vivienda. Un viejo sofá bajo un par de armarios, una ducha, agua caliente, ropa seca. Todo tras una pared de madera. Disimulado a los ojos de los vecinos para cuando sacaba la barca.

En el buffet.

Ante todo, se puede considerar voyeur no sólo al que, ávido, observa. Si no también.. al que escucha?

Hoy corté el césped del curre.

De entre las múltiples putadas de lo que “denominan” -versatilidad- -elasticidad- -disponibilidad- y un largo etc de mierdas de palabras acabadas en “idad”, me encuentro yo. Hace algo más de dos años (creo que ya lo he contado alguna vez) fuimos despedidos una cuarentena de trabajadores de la empresa en la que trabajo. La escusa.. La Crisis.

Vale, vale.. La Crisis afectó a miles y miles de personas en toda Europa. Pero cada cual cuenta su desdicha.. no?

Entonces ofertaron los puestos externos, personal de limpieza, mecánicos especializados y el personal de seguridad. Yo, como tenía experiencia en el tema Seguridad, metí la cabeza por ahí y me volvieron a contratar. Ojo.. si. Menos categoría. Fuera antigüedad. A tomar por … los trienios, etc, etc.. ya sabéis cómo va el cuento. No me quejé mucho, cincuentón y en la calle, en mitad de la Crisis? Me había tocado la Lotería.

Claro.. La fábrica se cuida sola. Alarmas.. Protocolos.. con ponerlos en marcha y vigilarlos -de lejos- y puedo ir haciendo mil cosas más. Entre ellas -otro día os cuento otras- los céspedes y jardines del recinto.

Tengo dos céspedes. Uno como veinte veces el comedor de mi casa y otro como dos campos y medio de fútbol. Estoy contentísimo. A las tres semanas de hacerme “Guarda” echaron al jardinero. No tengo corta-césped, alquilo uno cada vez que toca. Como soy “el chico para todo” nunca les viene bien que corte el césped en condiciones. Generalmente ésta labor se atrasa hasta encontrarme una sabana digna de pastar las cebras.

Hoy corté el césped.. -repito- luego, me fui a comer al Buffet.

– Como un cerdo te has puesto!!

– Chistt… hemos quedado que tu no hablabas hasta mañana. Que te ibas a dormir. Menudo moñas estás hecho!!

– …

– Chitón. No me cabrees!!

Lo dicho.. he ido a comer al Buffet. Lo que me he reído..

– Nos, nos hemos reído..

– No estabas durmiendo??

En la mesa de al lado se han puesto dos señoras a comer. Una de espaldas a mi, la otra frente a ella -y de rebote a mi-. Tendrían treinta y más. La de enfrente parecía más locuaz. Llevaba la voz cantante en la conversación. Buenas tetas. Sin apreciar -aun- lo de la Fuerza de la Gravedad.

– Pues la que estaba de espaldas, cuando se ha levantado.. casi me mata de un infarto. Llevaba unos vaqueros de esos de cintura baja que les levantan el culo y.. cuando se ha quedado de pie a mi lado me he quedado bloqueao mirando por entre sus muslos y su pubis. El pantalón se apretaba a sus carnes permitiendo la visión a través del mínimo puente formado.

– Que te calles y te vayas a dormir. Que vergüenza me has hecho pasar..

– Yo?? Perdona..!! Has sido tu quien ha vislumbrado a la camarera a través del puente que los vaqueros formaban.. casi te quedas bizco mirando a través de..

– Me lo vas a dejar contar o no?

– Vale. Me callo.

Al rato, se han puesto a hablar entre ellas. la locuaz le comentaba a la sexy:

– Mira Gloria, de verdad que estoy harta de mi marido. Se pasa el día tumbado en el sofá. Mirando deportes por tv y bebiendo cerveza. A veces -cuando cree que no le oigo-, hasta eructa.

– No puede ser. No puede ser. No puede ser.. No puede. No puede ser.. -le ha contestado la guapa, mientras yo ya rezaba para que volviera a levantarse y babear..-

-Te juro que no exagero.

– No puede ser que te hayas casado con mi marido.

Os juro que hasta he dejado de comer. Que risa!!

Sueño, 15 de mayo de 2015

Me acosté tarde, tras escribir la última pendejada:

https://montxomon61.wordpress.com/2015/05/15/la-salida-y-la-salida-de-emergencia/

Me llevé de nuevo la radio al cabecero de la cama.

Observé, ya acostado, el azul fantasmal reflejo del portátil actualizándose.. justo cuando se apagó pude cerrar los ojos.

Guerra Civil española.

Muchos viejos en cuadrilla corríamos por una calle de Zaragoza.

Las risas jolgoriosas, de púberes zagales, me confundieron. Éramos nosotros. No parecían conjugar jolgorio y achaques…

La primera bomba cayó al final de la calle.

Raudos -como asustados chiquillos- nos lanzamos en estrepitosa carrera. Sin rumbos.

Vacío.

En la siguiente escena, polvorientos, sucios de muchos meses de contienda bélica, habíamos encontrado un tesoro.

Yo, rapiño, me había apropiado de un camafeo de oro. Era como un librito. Lo abrías y como por arte de magia -hoy lo llamaría el pasar los dedos por el cristal del Tablet-, se sucedían escenas de oficios.

Al llegar al oficio de mi abuelo -dentista- veía con la claridad que aportaría un Smart-phone de nuestro tiempo, todos los detalles de esa escena grabada en la medalla de oro. Mi susto fue mayúsculo cuando vi en la fina chapa dorada el grabado de la casa de mi abuelo, el inequívoco número doce de su calle, las placas de bruñido latón en la fachada del portal. A lo lejos, la bomba anteriormente citada no era otra que una de las dos que cayeron -y no explotaron- en la Basílica del Pilar.

Vacío..

De repente, sin mostrar a nadie mi tesoro y, con el fin de desviar su atención del mismo, les invito a cenar unas tapas.

Siguiente escena: Todos, golosos, hambrientos y famélicos, en el córner de un bar típico del Tubo de Zaragoza -donde aun conociéndonos y saludándonos por nuestros nombres de pila el camarero y yo, juraría no haber estado nunca-.

Imaginaos la escena, seis, tal vez ocho famélicos chiquillos de la postguerra -con apariencia en mi sueño de sexagenarios- frente a un sin fin de apetitosos manjares recién sacados de la cocina todos a la vez, nuestras gafas empañándose… un Sueño

Justo cuando meditaba cómo haría para pagar con Tarjeta de crédito en 1933.. he despertado.

Dos horas después. Todavía puedo sentir el olor del chorizo y las morcillas en mi alcoba.

Hoy ha muerto B.B. King.

Un saludo Maestro.

La Salida y la Salida de Emergencia

Ante todo quiero pedir disculpas por el tono machista que esta historia tiene, sin embargo -como todo lo demás- es verídica.

Por tanto, no puedo por menos que relatarlo tal cual ocurrió.

Hace una década trabajaba yo en un club náutico -en Mantenimiento-.

Entre las personas que trabajaban allí, había una secretaria muy mona ella, muy rubia ella, muy tonta ella. Además, conducía un Mazda azul descapotable que le aportaba el glamour de niña pija que tenía Penélope, la de los Autos Locos -aquella serie de dibujos animados de finales de los setenta. Yo siempre me identifiqué más con los Maccana, dos cavernícolas que conducían un pedrusco con ruedas.. -aunque eso es otra historia-.

Susi, así le gustaba que la llamasen -en lugar de Susana- atendía en la recepción de las oficinas del puerto deportivo, sitas en el edificio a la salida del puerto. Su trato, su experiencia, su desenvoltura en varios idiomas, indicaba sin desmerecer, el para qué estaba allí contratada. Esto es, la cara amable y prometedora de alguien que trata con un segmento de población muy pagada de si misma. Además, tenía la desdicha de tener aquella atocinada forma de reir que recordaba a Peggy, la cerdita de Los Teleñecos.

La matrícula de su coche coincidía en acabar con las letras BRS, motivo que le permitía, además, presentarse como Barbie Súper Star.

La realidad es que no parecía comerse un torrao. Si bien era mona y de buen ver, una vez se profundizaba en conversación los futuribles -posibles novios- iban desapareciendo. Y sus posibilidades de llegar a congeniar con alguno de los adinerados socios… también. No hay nada tan definitivo para cortar una relación, que pertenecer a tan dispares clases sociales. Ambas opciones, permitían al resto de trabajadores, observar en el día a día, como siempre parecía estar a punto de.. pero no llegaba nunca a consumar. Creo que se me entiende.

Otra señora que allí trabajaba, -y digo señora, porque lo era. Con todas las letras. Categórico-, era Margarita.

La señora Margarita era una encorsetada -hasta en verano, con ese calor típico del verano de la costa mediterránea-, señora en edad a punto de jubilación que se encargaba de la Boutique. A ella le gustaba definir Boutique al espacio que comprendía unos siete metros cuadrados que había entre bajo la escalera y la entrada a los vestuarios. Le habíamos vaciado los bajos de la escalera para improvisar un armario, un mostrador cruzado y las paredes enmoquetadas con camisetas y gorras pinchadas con alfileres.

Margarita. La Señora Margarita -porque no se permitía tutear, ni ser tuteada- era viuda, hijos mayores -lo suficiente para mantenerse a salvo alejados de su madre- parecía conferir todos sus esfuerzos en ensalzar la Boutique. Era tan mal-encarada  que todos los trabajadores y trabajadoras, coincidían en que “esa mala baba” tenía -por fuerza- que tener algo que ver con su viudedad…

A los de mantenimiento nos pusieron, a la hora de arreglar unos permisos, con la confección de un Plan de Emergencia que cumpliera las normativas básicas para con las Fuerzas Vivas y Bomberos de la localidad.

Cuando lo tuvimos preparado y tras comunicarlo al director -un antiguo Capitán de la Marina Mercante retirado- se procedió a llamar a los inspectores que tenían que darnos el visto bueno.

Cuando llegaron y tras comprobar los distintos accesos, en un momento dado nos preguntaron:

– La Salida?

Y nuestro Capitán -con toda la flema que sus marítimos viajes y experiencia le confería-, contestó:

– Abajo. En la oficina.

Y mientras los de Mantenimiento nos guiñábamos un ojo, el inspector volvió a preguntar:

– No hombre. La de Emergencia.

A lo que nuestro Capitán contestó -rectificando- sin comprender por qué su séquito de Mantenimiento se reía a carcajadas-:

– Ah! Bajo la escalera. Junto a los vestuarios.

Por supuesto el descojono fue general. Y a aquellas pobres mujeres les costó mucho tiempo quitarse el Sanbenito.

Esto, que parece un chiste, ocurrió una mañana de agosto de 2003. Con todo el bullicio del pleno verano.

Os juro que las risas duraron hasta bien entrado septiembre con sus incómodas consecuencias.