Morimos sin aviso.

Yo vivo en un núcleo de población de costa que no excede los veinte mil habitantes en invierno. Estamos , además, a escasa hora y media de la segunda gran ciudad española, motivo por el cual cuando llega el verano triplica, incluso cuadruplica, sus habitantes.

Un infierno.

Junto a mi casa, hay un polideportivo. En él, el único helipuerto de una amplia zona. En el pueblo de al lado -apenas a doce kms- está el hospital comarcal de referencia.

En invierno, apenas nos damos cuenta del paso de una ambulancia. Incluso, cuando excepcionalmente, se utiliza el helipuerto, la algarabía que se forma es comentada por los vecinos durante días.

Dicho esto..

Tumbado en la cama. Apurando los minutos antes de levantarme, durante los intempestivos horarios a los que mi trabajo me obliga, escucho:

NI-na ni-na ni-na!!

– Ahí va de nuevo otra ambulancia. -medito en voz alta-. luego callo.

Se darán cuenta, -pienso- todas estas gentes que vienen y van, con sus prisas, con la ilusión del merecido descanso, con la alegría de poder ofrecer a sus hijos unas vacaciones, que muchos no volverán? Se darán cuenta, de que, -aunque tal vez ellos estén acostumbrados al ruido de ciudad, a ese guirigay de sonidos que comprenden, entre otros, todos los que conllevan la muerte asociada a sus sirenas..-, que nosotros no lo escuchamos en nuestro día a día?

Qué duro es saber, incluso reconocer qué actitudes adopta el gentío que perderá su vida o la de algún miembro de sus familias por conducirse bajo criterios que también se traen de vacaciones..!!

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