Amabilidad versus estupidez.

El otro día, poniendo las antenas en una conversación ajena. En la cola del mercado.

Aparece un hombre. De una edad aparente a la mía (54), junto con su madre. Con una edad aparente a la de la mía (78). Pide la vez en la misma parada del mercado, curiosamente a una amiga de la anterior. Y el gilipollas la saluda así:

– Vaya!! Cuando era un chiquillo parecías una anciana. Ahora que soy mayor, sigues pareciendo una anciana.

Ambas mujeres se miraron como diciéndose:

-No digas nada, siempre fue un gilipollas-. Mientras de sus bocas surgían afectuosos saludos como los que se ofrecen los que ya no saben si volverán más a verse..

“Ahora que soy mayor” dijo aquel impresentable. Instantáneamente, comparando su semblante y la edad estimada, pensé debía tener la misma que yo. Mayor? Mayor pero no maduro. De verdad pensó que eso era ser amable?

Cómo me hubiera gustado intervenir.

– Hostiándolo?

– No te metas. Esto me estaba quedando bien.

– Ya. Pero eres consciente de que esa no es la forma de corregirle. Le hubieras explicado? Le hubieras hecho notar la diferencia entre ser amable y no serlo.. o simplemente le hubieras increpado?

– Tu me obligaste a morderme la lengua y mirar para otro lado. Así nunca seremos mejores personas.

– Ya. Pero no podemos convertirnos en caballeros andantes. Recuerdas a Emilio? Aquel vecino de mamá?

– Si. El de Amparo.

– Ese. Siempre le reprochamos sobre lo renegón que era. Siempre parecía un amargado renegando por todo.

– No somos Emilio.

– Ya. A ver si acabas de ver el resto de capítulos de los Soprano. Te está afectando.

– Imbécil.

– Tengo razón. Lo sabes. Sólo te salvas porque mi hemisferio cerebral, muchas veces se sobrepone al tuyo. Si no iríamos de bronca en bronca. Y ya no tenemos edad.

– Vale.. Lo pensaré.

Más sobre ambulancias.

Deambulando, un día más.

Volviendo, cojeando, -una vez más- cargado del supermercado. Bajo el bochorno que la breve lluvia dejó aun más calor todavía si cabe, percibí…

Aquí un inciso:

Cuando vi que llovía, en lugar de guarecerme bajo algún balcón, opté por salir a mojarme con la esperanza de refrescarme. Gran decepción. El añorado frescor de la lluvia se transmutó en una cálida camiseta mojada. Es la primera vez que percibo las gotas de agua calientes. -También el otro día me sorprendió la ducha en casa. Cerré el grifo del agua caliente y el agua seguía manando tibia-.

…a mi espalda, el estridente y alarmante sonido de una ambulancia que me hizo pensar (no sin torcer el hocico en egoísta gesto) que alguno andaba peor que yo.

Dicho esto, no os pasa que la molesta estridencia de la ambulancia es mayor mientras está a nuestra espalda? Una vez que nos sobrepasa, su sonido deja de molestar.

Muchas veces pienso que mi subconsciente imagina que el vehículo viene a por mi. Una vez pasa de largo, el cerebro se relaja. Que egoísta me siento.

Otro día en la feria haciendo el ridículo…

He titulado esta Entrada <<Otro día en la feria haciendo el ridículo>> por escribir algo.

En realidad, debería haberlo titulado: <<Otro día en la feria haciendo el ridículo, madre mía!! que tonto eres chaval.>>

Lo de tonto se puede aplicar tanto al “chaval” como a mi mismo..

– CÓMETE A ESTE RANCIO!!

Escuché, saliendo de mi boca, tamaño exabrupto el otro día en la cola de un bar de la feria, refiriéndome hacia un adolescente que se colaba sin más ante la incrédula mirada de los que allí, -pacientemente- aguardábamos turno para pedir..

Y el niño -que podría ser mi sobrino, si éste se hubiera vuelto gilipollas-, me mira con horror. Se aparta de la fila y se me queda mirando, con ojos de… implorando, tal vez rezando para que mi perro (mi lobo en este caso) no se lo meriende.

Él, -mi perro- me mira, -como de costumbre- como diciendo:

– Otra vez un seco? Nunca puedo hacer ver que me como a uno con carnes? Uno gordito.

Vuelvo a mis reflexiones. El momento ha pasado. Que ridículo más grande hemos hecho el niño y yo.

Educación versus furia en la calle.

En mi deambular por las calles, siempre -repito, siempre- aparto el paso. Cedo el paso a todo aquel con quién me cruzo. Aparto a mis canes, bajo a la calzada, realizo una serie de movimientos que podría no hacer (y no pasaría nada)

Ojo.. no es por temor… todo lo contrario, entiendo que precisamente por tener una complexión que ocupa más terreno de lo normal, debo ser yo quien, por educación, ceda parte del terreno.

Sin embargo, cuando ni se percatan del gesto, envidio a Toni Soprano.

Sobre hijos y perros (1)

Se dan cuenta -realmente- nuestras mascotas de lo que hacemos por ellas? Les importa?

Obviamente, las respuestas a estas preguntas, son absurdas. Me parece absurdo tan siquiera plantearlo.. ahora bien:

Ahora que mis hijas ya son grandes y volaron del nido. Mis mascotas han pasado a tomar el “relevo” en la parte afectivo-dependiente.

En casa tenemos tres bichos. Una gata (Pelusa) -la auténtica reina de la casa- y dos perros. Lua y Kas.

Lua es/era la perra de la hija de mi esposa y Kas, el perro de mi hija. Nuestras hijas, a su vez, son de otras parejas anteriores. La de mi esposa con su anterior marido, la mía de mi primer matrimonio. Ninguna vive ya con nosotros. Ambas, por distintas razones, han delegado sus perros a nuestro cuidado. Éstos, al final, son como una prolongación de ellas en casa. Y como yo tengo más tiempo libre que mi pareja, pues se puede decir que los perros son míos. Ambos fueron recogidos de perreras. Lua es un cruce de perdiguero y cazador y Kas es un cruce de Malamute y Pastor Alemán.

Yo, egoísta de mi tiempo, nunca tuve ganas -ni interés- por tener mascotas dependientes. Hago esta distinción porque, como es sabido, los gatos permiten más libertad. Son limpios, autónomos.. con tener su arena en un cajón, agua y comida, puedes largarte una semana y ni se inmutan.

Volviendo a las mascotas dependientes… Crearme las obligaciones de tenerlos que sacar mínimo tres veces al día llueva o haga sol, y rendirles unas horas de mi tiempo diario, nunca me cautivó lo suficiente. Cuando la hija de mi mujer “convenció” a su madre para traer a Lua a casa, yo me puse de culo. Argumenté -como poco después se confirmaría- que todos los parabienes que la niña contemplaba, no eran más que brindis al sol y que al final el que tendría que cargar con el chucho sería yo. Por supuesto la perra se quedó. A lo largo de los años el asunto nos causó más de una bronca, algunos gritos y alguna lágrima ocasional. Con los años fui bajando velas en pos de la convivencia, pero siempre nos miramos -con la perra- con un desprecio mutuo.

Años después, apareció Kas. Al que si bien en principio no llevé a casa… -la escusa fue llevarlo como “perro guardián” a la fábrica donde yo presto servicios de vigilancia y control- …a la vuelta de unos meses, tras verlo sufrir con el calor, decidí llevármelo a casa. Esta acción acabó por desbordar el vaso de la paciencia y comprensión de mi esposa, que vió en la maniobra una estratagema para meter al perro en casa. Dado que yo había argumentado una y mil veces que un perro no debía vivir en un piso, menos aun podríamos hacerlo con dos. Además me sacó a colación todas las broncas anteriores, cada uno de los gritos y la frustración y lágrimas que ella y su hija habían sufrido en el pasado. Yo, adquiriendo una prematura “senilitud anticipada” acompañada de sentimientos de culpa y una doble moral mezquina me hice fuerte en la idea de que si anteriormente había tragado con la perra y, dado que la situación* requería fórmulas especiales, me debían el poderme quedar con el perro. Y Kas se quedó.

* Mientras que la adopción de Lua fue un “capricho”, la de Kas se fraguó porque el perro sufre un desgaste en una de sus caderas, y dado que mi hija vivía en un quinto sin ascensor, sacarlo mínimamente para sus necesidades era un drama continuo..

Hechas estas aclaraciones, vuelvo al principio. Se dan cuente nuestras mascotas de los que hacemos por ellas? Podrían “comprender” el sacrificio que comportan nuestros cambios de horarios, o las obligaciones que conlleva tenerlos? No podemos olvidar los gastos…

Por otra parte, les obligamos a nuestras rutinas, a nuestros caprichos, a nuestros cambios de humor. Siempre han de estar preparados para salir cuando se nos antoje. -Yo tengo horario cambiantes de trabajo que les afectan en su tiempo de sueño y descanso- Muchas veces me planteo si tal o cual día, tal vez no tengan ganas de salir. Si hace frio. Si llueve.. Tal vez les duela la cabeza? Les gusta toda la música que pongo? Les gusta vivir juntos?