Obras, jubilados y actos de amor.

El otro día subí -tironeando los perros de mi- hasta la parte más alta del pueblo. Allá en dónde está el Depósito Municipal de Aguas. Generalmente, por estas zonas costeras de pueblos llanos, estos depósitos se encuentran en las cimas de los montes aledaños al municipio. Como el pueblo en dónde vivo está construido en diagonal con respecto al terreno en pendientes de hasta el dieciocho por ciento, tenemos, en lo alto del pueblo un depósito de agua.

(tenemos otro, de estilo modernista, en mitad de la plaza, un antiguo depósito que suministraba agua para -por gravedad- activar los juegos de poleas que hacían funcionar la maquinaria de la industria corchera de principios del siglo pasado. Ahora sólo sirve como atalaya de interés turístico, para ver -y chafardear- los tejados del pueblo hasta el mar. Otro día os pongo una foto)

En fin.. tras mucho resoplar, llegué a la cima del pueblo, me senté en el primer banco -desfallecido- sin atender siquiera a buscar el que tuviera mejor sombra. Así andaba de derrengado.

Andaba yo en mis tareas de sacar la botella y el bebedero plegable para mis chuchos, cuando se me acercó un viejito. Ya sabéis.. uno de esos que, con bastón en mano y paso corto, van colonizando todas las obras en construcción de cada pueblo o ciudad, para comprender los entresijos de su embrionaria cimentación hasta felicitarse por llegar a ver -una vez más- como se consigue tejar y “poner la bandera”.

Amable, se me plantó delante. Corrigió su gesto ante los ladridos territoriales de mi perro -no consigo quitarle la manía de pretender el terreno conquistado cada vez que me siento a leer en un banco- y tras permitirse avanzar una mano para que el chucho le huela y se tranquilice, comenzó su perorata hablando de mil cosas al tiempo. Que subía allí todos los días .. Que había cumplido ya los ochenta y dos años. Que cuánto calor. Que qué bien se estaba en ese lugar. Que qué me parecía la vista sobre el pueblo. Que si tal.. cuál o Pascual..

Generalmente les permito hablar, igual sin prestarles atención infinita, pero les escucho -conversando pero sin pretender interrumpir mucho-. Hace ya años que comprendo que permitirles hablar les hace bien. Vivimos en un mundo de prisas y el frenesí diario a que nos obligamos no siempre nos permite ser amables con las personas mayores. Como ya mi padre falleció hace diez años y nunca nos comunicamos mucho, y a mi madre la veo poco.. hago una especie de terapia. Si yo me permito escuchar a estos ancianos, seguro que otras personas como yo, igual escuchan lo que digan mis familiares mayores por ahí repartidos.. es como lo de La Cadena de Favores. Para mis ojos es nivelar el karma. Y me siento bien.

La conversación con el viejito se tornó más interesante. Primero me explicó que había trabajado en la construcción. Luego que había sido taxista un par de décadas. En algún momento sufrió una hernia discal que le operaron con éxito. Luego se lió con las fechas, si bien me contó lo que había sufrido al poner baldosas de suelo tras salir del hospital.. se dio cuenta de que la hernia la padeció con el taxi. lo recordaba porque el médico -muy amable- le metió un chute para que pudiera volver para aparcar el taxi en lugar de olvidarlo en la ciudad donde le iban a operar. En cualquier caso, no importaba mucho. Él, aunque contrariado, se sentía feliz de ser escuchado y yo, por ende, satisfecho de que sintiera así.

De repente, aparece una joven, que llega corriendo, chándal, treintañera, de buen ver, enseñando… y el viejito me mira con gesto inquisitivo y me pregunta:

– Qué te parece?

Antes de que yo llegue a articular palabras me suelta:

– Es hermosa, verdad? A mi ya no se me endereza. Pero sigo disfrutando de la vista de una mujer hermosa.

Mientras, le dejo seguir explayándose sobre que todo llega con la edad.. que unas cosas funcionan y otras no. Que es una lotería -la lotería de la vida, me dice-, sobre que órganos se marchitan antes que otros. A unos nos falla el corazón, a otros las articulaciones, a otros el cerebro, alzheimer, la próstata… una lotería.

Mientras barrunta sobre que a todos nos llega el día de.. seas pobre o rico, la muchacha se larga tan rápida como llegó y yo me que hipnotizado con las palabras de un hombre que casi me dobla la edad, al que acabo de conocer y que con toda soltura es capaz de confiarme que ya no se le “endereza”.

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