La paga.

Siempre acontece un momento en la despedida entre un padre y un hijo en la que el primero echa la mano al bolsillo, saca unos billetes y se los entrega.

Este gesto, que puede variar en el momento, la situación, la privacidad, etc.. encierra un gesto en si mismo tan protector, tan..

No se, ni puedo explicarlo mejor, -pero toma-.
Y el padre, tal vez sin palabras, puede ahogar las lagrimas con un:
– Es importante, cogelo.

Da igual si es mucho o poco.
Da igual si lo necesita o no.
Da igual si el gesto es en privado o público.
Da igual si el viaje es largo, lejano, tardío, despedida

En el último momento, es un gesto que conmueve.

Luego, se gastará en pizza, zapatos o lo guardará en un bolsillo interior durante décadas.
Con los años, el gesto, lo repetiremos. Sobrinos, nietos..

Alzehimer.

Quiero recomendar un libro cómic que aborda con acierto el terrible tema del alzheimer. Se titula ARRUGAS

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Cuenta los procesos previos de la enfermedad de manera amable -aunque siempre triste- y el deterioro personal del afectado. La aceptación -o no- del resultado de las pruebas, la reclusión del mismo en un Centro pera Mayores por parte de los hijos. Los problemas de adaptación, y un largo etc. de situaciones..

Bella historia, real o no.. todos hemos visto alguna película donde los protagonistas nos emocionan con su historia.

Nosotros -mi esposa y yo- tuvimos que vivirla en primera persona. Aunque nosotros no optamos por el ingreso en ninguna institución -tampoco nos lo hubiéramos podido permitir- me solidarizo con todas aquellas personas que hayan tenido que sufrir las devastadoras consecuencias que deja tras de si.

Lo peor -a mi juicio- de esta ingrata enfermedad es precisamente lo intrínseco de la misma: La pérdida de la memoria.

Mi esposa y yo asistimos durante años al ensimismamiento de mi suegro, que padeció la enfermedad hasta su muerte. El deterioro de su día a día era insuperable. Teníamos que armarnos de valor para cada nueva jornada.
Unas veces te agradecía los cuidados sin conocerte, otras -asustado ante la presencia de un extraño- transigía por los cuidados sabiéndose incapaz de cuidarse por si mismo. A menudo me confundía con un hermano en lugar de su yerno, echándose cuentas sobre por qué yo no había envejecido como él. Mi mujer -su hija- pasó a ser también su hermana a sus ojos.. verlo cómo cada día iba perdiendo memoria y cordura era lamentable. Un día comenzaba a comer sin cubiertos -porque había “desaprendido” su utilización. Otras, “se escapaba” de casa, aduciendo que él ya sabía hacia dónde tenía que ir. Luego, tras seguirle a distancia por las calles -a una distancia prudencial, para no ofenderle-, lo re-conducíamos de nuevo hacia casa. Otras veces, salía a medio vestir, perezoso para hacerlo -igual que un niño-.

Lo peor llegó cuando falleció. Al dolor por la pérdida del ser querido, hubo que añadir la frustración que se siente por “sentirse culpable”, dado que por fin, tras años de esfuerzos, se siente uno liberado. No hay una escuela que pueda aleccionar a los familiares para ayudar a mitigar el dolor contraído.

Lo dicho:
Bella historia, real o no…

Madre (2 o tres…)

Esta mañana, de camino al curre,
escuchaba por radio un programa de música.
“Al filo de lo imposible”, de RNE.
(se emite los sábados de cuatro a cinco de la mañana)
Sobre las cuatro y media sonaba Chopin,
cruzar los campos, con mis perrícos alrededor,
revoloteando cada cual con su punto de luz..
(ella en blanco parpadeante, él igual en rojo vivo)

El incipiente amanecer clareando las tierras del este,
el crujir sincopado de la hierba paso a paso,
el latigazo mínimo y húmedo de los anises en mis piernas desnudas..

me retrotrajo a las mañanas de hace cinco décadas.
Mañanas de sábado.
Mamá ponía discos de música clásica en nuestro toca-discos de maleta.
No siempre nos parecía bien..
aquellas melodías, a veces tediosas, otras veces no.

Tampoco teníamos muchos discos. cinco, tal vez ocho, no se.
Las cuatro estaciones, predominaba.
Aportaban luz al invierno barcelonés, alegría en sus primaveras.

Wagner, potente, parecía dejarte sin respiración.
Tchaikovsky (mi preferido), me llevó hacia el heavy metal.
No se explicar por qué.
La abrumadora potencia de sus notas, supongo, me permitía no pensar.
Sentir sin pensar. Bálsamo para las voces de mi cerebro.

En cualquier caso, el paseo de ésta mañana me llevó a pensar en mi madre.
Gracias mamá.
Te quiero.

Guitarras.

Recientemente he visto un video en el cual un adolescente rompía una guitarra.
La madre, voz en off, explicaba que la guitarra era inservible ya, y en lugar de tirarla sin más, había permitido que el niño la rompiera.

Este video me ha hecho reflexionar durante los últimos días.
No es que yo sea un santo. A lo largo de mi vida, he roto tantas cosas.. he gritado tanto, he arruinado sentimientos, abochornado a progenitores y, un largo etc. de despropósitos varios de los que no hablaré ahora.

Pero he de explicar algo, quiero explicar algo, para poder entender la estupefacción que siento.

De adolescente, cuando cursaba 1º de BUP, debía contar catorce o quince años, rompí una guitarra. No era de nadie (me justifiqué a mi mismo, de alguien debía de ser..)
Rondaba por el aula desde hacía tiempo. le faltaba alguna cuerda, arañada, desvencijada, acumulaba polvo de pupitre en pupitre..
Un día, en un descanso entre clases, alguien la tiró por el aire durante una algarabía escolar. Aquel día, no se por qué decidí descargar (seguramente con frustración por lo mal estudiante que siempre fui), una furia desatada hasta trocearla completamente.
A los salvajes que componían mi grupito, nos pareció una idea genial. Reímos un rato la ocurrencia, sin molestarnos en recoger los trozos enredados entra las patas de sillas y mesas..

Durante toda mi vida, he arrastrado el sentimiento de culpa por haber roto aquella guitarra.

Había un compañero de clase, se apellidaba Raventós. Sólo recuerdo su apellido, bueno, y que venía poco a clase. Igual era alumno de otro curso, o de otra aula.. no se. Era un progre, muy amanerado, bastante popular entre las chicas (seguramente porque cantaba y se acompañaba con la guitarra), pero no parecía aprovechar la situación con ellas.. no se. Ya he dicho que tenía algo de pluma.

Él fue el único que osó protestar un poco por aquella gratuita muestra de vandalismo, tampoco muy vehementemente.. no le hicimos caso.
Tampoco la guitarra era suya. Nadie protestó. El episodio se olvidó rápidamente.

En las vísperas de unas Navidades, con motivo de hacer un regalo de hermandad por aquello del “Amigo invisible” a mi me tocó regalar algo a Raventós.
Hice una guitarra de plastilina. como de un palmo de largo, con todos los detalles de que fui capaz.
A pesar de que los regalos eran anónimos, cuando Raventós abrió el suyo, se levantó, me abrazó y me dio las gracias.

No recuerdo haberlo visto nunca más. (no ahora, con los años. Me refiero a que este es el último recuerdo que tengo de él)

El sentimiento de frustración que he acarreado durante años, cada vez que pienso en aquel episodio es brutal. Romper un instrumento musical, algo que es capaz de producir un sonido, una melodía, se me antoja como un pecado. Un pecado gordo. Es como destruir un libro. En realidad no, es peor.

Recuerdo cierto personaje policiaco, creo que de Vázquez Montalbán, que cada noche, encendía la chimenea utilizando un libro.
Aquella escena me fascinaba. Me ofrecía un regusto de encontrados sentimientos muy difícil de precisar, pero sin duda placentero.
Que envidia..

El verano entre dos. (rutinas)

– Martes (ni te cases ni te embarques)
– No. Borra.- Martes (medio día), bueno.. las 16:03 h.
– Y sin comer..
– No te callas nunca?
– Ni debajo del agua, ya sabes que..
– Era una pregunta retórica.
– … vale, perdona.

– Martes (cuatro de la tarde con sólo un tazón de cereales en la tripa)

– Desde que hablo conmigo mismo en público, estoy ganando audiencia. Paradójico?

– Ya está? Para eso tanto boato?
– Qué querias? Me duele la espalda. La nena y la mamá se fueron a la playa con los perros. Es un dia genial, algo nublado además, para no hacer nada.
– Coño. Que te levantes y vayamos a desatascar el fregadero. Lo prometiste el viernes.
– Estuve currando..
– Estuvimos. Querrás decir!! Te invité al café de las cuatro. Recuerdas que estabas enganchado al ordenador y conseguí sacarte justo cuando iba a sonar la alarma de la caldera?
– Rencoroso. Para una vez que pagas algo..
– Levántate.
– Qué haremos de comer?
– Nada. Hasta que no se puedan fregar los platos, no cocinamos nada. Espabila.
– Que tortura. En cuanto te vayas a mear, me escapo al super a ver qué pillo..

Cosas de calle.

Sábado noche.
Jauría Humana?

El pasado jueves asistí a una serie de imprevistas visicitudes, cada una de ellas en ascendente antipatía con la anterior, que formaron una actuación entre violenta y divertida.

Caminando por el pueblo, asistí al tironeo de una rubia seca, de aspecto demasiado joven para poseer la maternidad de las cuatro criaturas vociferantes con las que se hacía rodear, pero con unas justas y desteñidas raíces en el cabello, que dejaban entrever el acuse de la crisis en quien no ha dado nunca un palo al agua..
Uno de los críos, doce, trece años debían sumar entre los cuatro, berreaba enrabietado Dios sabe por qué.
La adulta de pantalón pitillo y operadas ubres saltarinas, le gritaba sin consideración y en un momento dado lo levantó bruscamente del suelo, con demasiado ímpetu, para los frágiles bracitos – me pareció desde mi posición ascendente en la calle, para postrarlo con la misma energía sobre un banco y abandonarlo a su suerte ahí-.
El niño, cojonero, no arrió ni un ápice en su bramante verborrea replicona y entre sollozos e hipos le contestó llamándola “histérica”.

La pájara, giró talones con tanta brusquedad, que los finísimos tacones parecieron dibujar sendas medias lunas en el asfalto tibio por el sol de medio día.

Antes de que nadie moviera un pelo, la voz de la tendera de la tienda de mimbres, -una abuela de esas ya curtidas con más nietos que dedos- la llamó al orden.

  • Ni se le vaya a ocurrir pegarle o ahora mismo la denuncio!!
  • Es que estos críos me superan. Sus padres en la playa y yo aquí. De tiendas..

Como sea que fuera, los tres restantes se fueron al unísono hacia la abuela salvadora. Y doña Col, aun insistió un poco más con un:

  •  Alex!! Baja del banco o… O ese perro (apuntando hacia mis nenes Kas y Lua, que ya nos cruzábamos con el grupo), te comerá.

Y la hija de puta!! Metiéndole miedo a unos pobres niños por no admitir su ineptitud.

Mientras un servidor renegaba en silencio intentando no abrir la boca, la señora de la tienda de cestos apunta.

  • Señora, en lugar de meterle miedo a sus hijos..
  • Ya he dicho que no son mís… -Intentaba articular- la voz de la abuela de los mimbres sentenciaba:
  • …Esas tetas de goma te tenía que morder, so zorra.

Silencio.
Más silencio. (el mío)

Hasta el niño del banco enmudeció.
Como una oca encabronada, estiró el cuello, metió el bolso bajo el ala y cuesta arriba -seguida de sus polluelos- desapareció tras una esquina.

El imperceptible guiño de la vendedora de sillas y cestos, persiguió mi sonrisa satisfecha calle abajo.

Huelga decir, que a menudo mis canes, se paran a olisquear sus cestos de la puerta en cada paseo desde hace años..

Que grata es la autoridad de una persona mayor.

Más sobre bancos, esos despreciables…

Los que me vais leyendo con cierta asiduidad, ya sabéis de mi aversión por los Establecimientos Bancarios. Periódicamente, escribo alguna perla contra ellos.

  • Un ejemplo de resistencia política podria resultar de que todos fueramos en masa a los Bancos y a las Cajas de Ahorros a pedir créditos.
    Da igual la cantidad, total.. no los vamos a firmar.
    La idea es ir allí, si es posible con niños pequeños, de esos revoltosos que tocan todo. Preguntones. Despiadados.
    Las madres pueden llevarse los caramelos que tienen sobre los mostradores, no antes de ser atendidas por los interventores de turno, no. Mientras nos atienden. Eso les irrita. Les hace perder su tiempo precioso.
    Imaginad una cola de personas por establecimiento cada día, esperando para ser atendidas. Para solicitar un préstamo.
    Ellos se relamen. Las arrugas de sus camisas se suavizan como por arte de magia.
    Y.. mientras nos explican, con sus estudiados movimientos.. nuestros hijos revolotean, cambiando de sitio los tripticos de promociones. Tocando sin parar los cables traseros de sus aparatos, las mamás cogiendo uno, dos, tres o cinco caramelos cada vez, mientras hablan de cuán agradecidas les estarán y regañando a los nenes con un:
    – No toques eso cariño.
    El interventor, raudo, contestará con un:
    – No se preocupe señora..
    (en este momento hay que volver a coger caramelos) sin prestarles atención. Sonriendo.
  • A los dos, tres dias, vuelta a empezar, las variantes son interminables.
    Una blusa que intuya a dejar ver, las ruedas del cochecito del crio manchando de barro el suelo en un día lluvioso, darle al crio un caramelo de palo. Uno de esos que ensucien.. ya sabeis. Pedidle a una amiga que os llame al móvil para cuando estemos en la visita, tambien funciona.
    Largarse a pensarselo y volver a la semana siguiente, -pidiendo lo mismo- a otro interventor.
  • Y otra persona detrás, y otra, y otra, y otra más.
    Ninguna firmando nada.
    Ese es el camino. Romperles las …

Al final, en breves semanas, veríamos como empezaban los cambios.