Cosas de calle.

Sábado noche.
Jauría Humana?

El pasado jueves asistí a una serie de imprevistas visicitudes, cada una de ellas en ascendente antipatía con la anterior, que formaron una actuación entre violenta y divertida.

Caminando por el pueblo, asistí al tironeo de una rubia seca, de aspecto demasiado joven para poseer la maternidad de las cuatro criaturas vociferantes con las que se hacía rodear, pero con unas justas y desteñidas raíces en el cabello, que dejaban entrever el acuse de la crisis en quien no ha dado nunca un palo al agua..
Uno de los críos, doce, trece años debían sumar entre los cuatro, berreaba enrabietado Dios sabe por qué.
La adulta de pantalón pitillo y operadas ubres saltarinas, le gritaba sin consideración y en un momento dado lo levantó bruscamente del suelo, con demasiado ímpetu, para los frágiles bracitos – me pareció desde mi posición ascendente en la calle, para postrarlo con la misma energía sobre un banco y abandonarlo a su suerte ahí-.
El niño, cojonero, no arrió ni un ápice en su bramante verborrea replicona y entre sollozos e hipos le contestó llamándola “histérica”.

La pájara, giró talones con tanta brusquedad, que los finísimos tacones parecieron dibujar sendas medias lunas en el asfalto tibio por el sol de medio día.

Antes de que nadie moviera un pelo, la voz de la tendera de la tienda de mimbres, -una abuela de esas ya curtidas con más nietos que dedos- la llamó al orden.

  • Ni se le vaya a ocurrir pegarle o ahora mismo la denuncio!!
  • Es que estos críos me superan. Sus padres en la playa y yo aquí. De tiendas..

Como sea que fuera, los tres restantes se fueron al unísono hacia la abuela salvadora. Y doña Col, aun insistió un poco más con un:

  •  Alex!! Baja del banco o… O ese perro (apuntando hacia mis nenes Kas y Lua, que ya nos cruzábamos con el grupo), te comerá.

Y la hija de puta!! Metiéndole miedo a unos pobres niños por no admitir su ineptitud.

Mientras un servidor renegaba en silencio intentando no abrir la boca, la señora de la tienda de cestos apunta.

  • Señora, en lugar de meterle miedo a sus hijos..
  • Ya he dicho que no son mís… -Intentaba articular- la voz de la abuela de los mimbres sentenciaba:
  • …Esas tetas de goma te tenía que morder, so zorra.

Silencio.
Más silencio. (el mío)

Hasta el niño del banco enmudeció.
Como una oca encabronada, estiró el cuello, metió el bolso bajo el ala y cuesta arriba -seguida de sus polluelos- desapareció tras una esquina.

El imperceptible guiño de la vendedora de sillas y cestos, persiguió mi sonrisa satisfecha calle abajo.

Huelga decir, que a menudo mis canes, se paran a olisquear sus cestos de la puerta en cada paseo desde hace años..

Que grata es la autoridad de una persona mayor.

Responder

Por favor, inicia sesión con uno de estos métodos para publicar tu comentario:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Cerrar sesión /  Cambiar )

Google+ photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google+. Cerrar sesión /  Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Cerrar sesión /  Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Cerrar sesión /  Cambiar )

Conectando a %s