Guitarras.

Recientemente he visto un video en el cual un adolescente rompía una guitarra.
La madre, voz en off, explicaba que la guitarra era inservible ya, y en lugar de tirarla sin más, había permitido que el niño la rompiera.

Este video me ha hecho reflexionar durante los últimos días.
No es que yo sea un santo. A lo largo de mi vida, he roto tantas cosas.. he gritado tanto, he arruinado sentimientos, abochornado a progenitores y, un largo etc. de despropósitos varios de los que no hablaré ahora.

Pero he de explicar algo, quiero explicar algo, para poder entender la estupefacción que siento.

De adolescente, cuando cursaba 1º de BUP, debía contar catorce o quince años, rompí una guitarra. No era de nadie (me justifiqué a mi mismo, de alguien debía de ser..)
Rondaba por el aula desde hacía tiempo. le faltaba alguna cuerda, arañada, desvencijada, acumulaba polvo de pupitre en pupitre..
Un día, en un descanso entre clases, alguien la tiró por el aire durante una algarabía escolar. Aquel día, no se por qué decidí descargar (seguramente con frustración por lo mal estudiante que siempre fui), una furia desatada hasta trocearla completamente.
A los salvajes que componían mi grupito, nos pareció una idea genial. Reímos un rato la ocurrencia, sin molestarnos en recoger los trozos enredados entra las patas de sillas y mesas..

Durante toda mi vida, he arrastrado el sentimiento de culpa por haber roto aquella guitarra.

Había un compañero de clase, se apellidaba Raventós. Sólo recuerdo su apellido, bueno, y que venía poco a clase. Igual era alumno de otro curso, o de otra aula.. no se. Era un progre, muy amanerado, bastante popular entre las chicas (seguramente porque cantaba y se acompañaba con la guitarra), pero no parecía aprovechar la situación con ellas.. no se. Ya he dicho que tenía algo de pluma.

Él fue el único que osó protestar un poco por aquella gratuita muestra de vandalismo, tampoco muy vehementemente.. no le hicimos caso.
Tampoco la guitarra era suya. Nadie protestó. El episodio se olvidó rápidamente.

En las vísperas de unas Navidades, con motivo de hacer un regalo de hermandad por aquello del “Amigo invisible” a mi me tocó regalar algo a Raventós.
Hice una guitarra de plastilina. como de un palmo de largo, con todos los detalles de que fui capaz.
A pesar de que los regalos eran anónimos, cuando Raventós abrió el suyo, se levantó, me abrazó y me dio las gracias.

No recuerdo haberlo visto nunca más. (no ahora, con los años. Me refiero a que este es el último recuerdo que tengo de él)

El sentimiento de frustración que he acarreado durante años, cada vez que pienso en aquel episodio es brutal. Romper un instrumento musical, algo que es capaz de producir un sonido, una melodía, se me antoja como un pecado. Un pecado gordo. Es como destruir un libro. En realidad no, es peor.

Recuerdo cierto personaje policiaco, creo que de Vázquez Montalbán, que cada noche, encendía la chimenea utilizando un libro.
Aquella escena me fascinaba. Me ofrecía un regusto de encontrados sentimientos muy difícil de precisar, pero sin duda placentero.
Que envidia..

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