Viernes (media mañana)

– Menos mal que te has quitado esa camiseta.
– Si. La trajo mi mujer ayer, propaganda de cerveza, XL. Me han entrado unos sudores.

– Usamos XXL, no se puede aprovechar todo.
– Pero.. que casi me ahogo! Hasta su hija me ha preguntado si me pasaba algo?
– Eres tonto.. te la has podido quitar? Si. Ya veo.. que fresquito en la espalda, gracias por abrir la ventana. Buff.
– Oye? Los Super héroes. ? Cómo deben hacer para llevar esos trajes tan apretados?
– … los Super héroes?
– Si.
– Los Super héroes no existen tio.
– Ah.. no? Seguro?

Cuánto daño hace el “cambio automático” de las máquinas registradoras.

Hoy me he parado a desayunar tras salir del banco. Muy notoria era la excusa -ya lo comento otro día*-, para obligarme a pisar ese antro.

Para desquitarme del encabronamiento, ya digo, me he regalado con un buen café con leche y un cruasán.

Mientras degustaba el desayuno, otro cliente recibía el cambio de la mano de la camarera con un:

  • Disculpe, voy mal de cambio, tengo pocos billetes y ninguno es  de diez (euros)

Y le entregaba dos de cinco junto a la chatarra-.

Solícito, mientras ojeaba el periódico,  he interrumpido la conversación con un:

  • Yo voy a pagarle con uno de diez, si quiere, se lo doy ahora?

La camarera, sin parecer comprender el gesto, tan sólo ha contestado con un:

  • No. Es igual. Es lo mismo.

Mientras, le ha dirigido una mirada cómplice al cliente, que parecía revelar un gesto tipo:

<<Otro iluminado que se cree más listo>>

El cliente, lejos de comprender ambos gestos y, ante mi insistencia, ha recogido mi billete tendido y ha salido del establecimiento dejando tras de si sus dos billetes de cinco. La camarera, trayéndomelos ha insistido en su réplica.

  • Es lo mismo. Yo no gano nada.

Levantando el gesto del periódico y sin pretender parecer ni paternalista ni condescendiente, le he hecho entrever que de esta manera, -cuando yo le pague- lo haré con un billete de cinco, que guardará en su caja. Seguirá sin tener ninguno de diez pero tendrá más de cinco euros.
Como seguía en sus trece y con cara de no entender, he bajado un escalón más en mi docencia:

Si vd le da dos billetes de cinco al cliente anterior y se va con ellos en el bolsillo, luego yo le entrego uno de diez y vd  junto con la chatarra debe devolverme otro de cinco.

Si vd le da mi billete de diez al cliente anterior y se va con el en el bolsillo, luego yo le pago con uno de cinco que vd guarda en su registradora -más el que no me ha de devolver-.

Barrio Sésamo señorita, Barrio Sésamo.

Adios amigo, adios.

Consola

Muchas son las reflexiones a las que os tengo acostumbrad@s.

Hoy le digo adiós a un amigo -igual más de mi esposa, si-.

Compañero de juegos y exigencias, se comportó en ayuda siempre que fue reclamado.

Tras demasiado tiempo relegado en un cajón, su corazón -antaño incansable- dejó de latir.

Descansa en paz.

No te lo vas a creer…

Hace unos días bajé a la tienda de los chinos de debajo de casa. Creo que algún encargo urgente de mi esposa hizo mella en mi memoria y me dispuse a darle la sorpresa de que me había acordado.
Nada más entrar, la variopinta colocación de artículos dio al traste con mis empáticas intenciones, ya había olvidado -de nuevo- lo que iba a comprar.

Dentro de la tienda, una vez más, me deleité con la fascinante entrega a los sentidos sobre lo absurdo del capitalismo visto desde la óptica oriental.

Cuánto cachivache inútil y de ínfima calidad! Cuánto artículo fusilado en su concepto! Cuánta dislexia gramatical en los carteles de ofertas…

Al final, sentada sobre un cubo puesto boca abajo, Sudoku me ha sonreído sin levantarse ni dejar de mover piezas de cristal de un estante a otro.
Ah! Claro. No os he hablado de Sudoku.

Este año, sobre Semana Santa, una nueva chinita apareció en la tienda. Debe rondar la mayoría de edad española aunque ese dato tampoco parece muy de fiar. No habla ni papa de español. Tan solo sonríe tras el mostrador mientras rellena sudokus. Cada vez que alguien le pregunta algo, ella sonríe y sacude la mano en que porta la revistilla de entretenimientos numéricos en dirección al fondo.

Por eso la llamo Sudoku. Ojo! También la saludo así cuando entro en la tienda.

  • Hola Sudoku!

Y ella, levantando la mirada y sonriendo, agita el cuadernillo en dirección al fondo….

En fin.

Volví a recordar, mientras observaba un cartel perfectamente rotulado -pero con faltas gramaticales- que rezaba que el establecimiento permanecía abierto dieciocho horas al día siete días a la semana, me entretuve en pensar qué tipo de contrato debían de tener -risas mordaces- y volví a olvidar.

Al final no compré nada y volví a subir a casa.

Nada más entrar, me encontré con mi mujer que me preguntó de dónde venía y yo le contesté:

  • No te lo vas a creer.

Cuando le digo “no te lo vas a creer”, finge una ocupación urgente y desaparece.

Onomatopeyas plurilingüísticas.

Sentado en un banco del parque.

Observaba a unos críos jugar con la arena, cuando una teutona se ha sentado a nuestro lado. Curiosamente el bebé que arrastraba era de rasgos orientales. El niño -apuntando con su manecita hacia mis perros-, se llenaba la boca para pronunciar:

  • Guaguau.

La rubia teutona le ha dirigido unas dulces palabras -la voz tierna hacia el bebé contrastaba con el abrupto idioma alemán-, que por su mirada he comprendido como cariñosas. Nada nuevo hasta aquí.

  • Guaguau. – Ha insistido el bebito-.

Tras limpiarle la baba y mediar conmigo incomprensibles palabras -que no gesto-, le he contestado en “hispano-deutch” que no había problema si el niño quería tocar al husky. Que no le haría nada.

  • Guaguau. Guaguau. – Ha repetido el bebito tras acariciar -no sin cierto recelo- el suave lomo del perro.

Tras marcharse, me he quedado pensativo. Este niño chino? Japonés? Filipino? Al que hablan en alemán se ha referido al perro de igual manera que los niños de aquí. Un guaguau.

Un inciso breve antes de acostarme..

Esta mañana. Desayunando en un bar. En la terraza, -apurando el último día de verano-.

La abuela de la mesa de al lado, tras desayunar, le echa las migas a los gorriones que se acercan por la acera.

Mi perra -Lua- que ya se ha comido las que yo le di, Se los mira con feroz semblante de odio.

Pueden sentir odio los animales?

Cuánto cambia la vida..

Miércoles (a media mañana, 13:37h.)
Elocubrando

Esas películas, generalmente westerns, en las que en un tiroteo, el bueno, sitiado y sin posibilidad de escape por milicianos manejando un cañón o una ametralladora de aquellas primeras con ruedas.. y, de repente, el bueno, encontraba una caja con dinamita.
(música de arpa de boca, rollo Morriconne)
(y claro, uno piensa: – Y para qué coño quiere la dinamita?)

Y justo en ese momento, dos, tres milicianos sudorosos, cambiaban la situación del arma a mucho más cerca y, desaparecían de plano.
Entonces el bueno, encendía la dinamita, generalmente con una colilla que no siempre llevaba mientras reptaba anteriormente, -los milagros del cine, ya se sabe-, y la lanzaba destruyendo el cañón de turno.

Y, tras comernos las palomitas, nos ibamos a casa tan contentos, a dormir prontito que al día siguiente había colegio.

Una década tardé en comprobar que, para asomar la jeta en una manifestación y, osar tirar algo, -generalmente lo más destructivo era un tercio de ladrillo roto- y, si alcanzabamos un objetivo (rara vez), no debia de estar a más de quince, tal vez dieciocho metros.

Luego, tras las carreras de rigor, sustituyendo palomitas por cervezas, nos ibamos a la cama prontito.
Que en la cama es donde mejor se curaban los chichones sin dar explicaciones en casa.