Cuánto daño hace el “cambio automático” de las máquinas registradoras.

Hoy me he parado a desayunar tras salir del banco. Muy notoria era la excusa -ya lo comento otro día*-, para obligarme a pisar ese antro.

Para desquitarme del encabronamiento, ya digo, me he regalado con un buen café con leche y un cruasán.

Mientras degustaba el desayuno, otro cliente recibía el cambio de la mano de la camarera con un:

  • Disculpe, voy mal de cambio, tengo pocos billetes y ninguno es  de diez (euros)

Y le entregaba dos de cinco junto a la chatarra-.

Solícito, mientras ojeaba el periódico,  he interrumpido la conversación con un:

  • Yo voy a pagarle con uno de diez, si quiere, se lo doy ahora?

La camarera, sin parecer comprender el gesto, tan sólo ha contestado con un:

  • No. Es igual. Es lo mismo.

Mientras, le ha dirigido una mirada cómplice al cliente, que parecía revelar un gesto tipo:

<<Otro iluminado que se cree más listo>>

El cliente, lejos de comprender ambos gestos y, ante mi insistencia, ha recogido mi billete tendido y ha salido del establecimiento dejando tras de si sus dos billetes de cinco. La camarera, trayéndomelos ha insistido en su réplica.

  • Es lo mismo. Yo no gano nada.

Levantando el gesto del periódico y sin pretender parecer ni paternalista ni condescendiente, le he hecho entrever que de esta manera, -cuando yo le pague- lo haré con un billete de cinco, que guardará en su caja. Seguirá sin tener ninguno de diez pero tendrá más de cinco euros.
Como seguía en sus trece y con cara de no entender, he bajado un escalón más en mi docencia:

Si vd le da dos billetes de cinco al cliente anterior y se va con ellos en el bolsillo, luego yo le entrego uno de diez y vd  junto con la chatarra debe devolverme otro de cinco.

Si vd le da mi billete de diez al cliente anterior y se va con el en el bolsillo, luego yo le pago con uno de cinco que vd guarda en su registradora -más el que no me ha de devolver-.

Barrio Sésamo señorita, Barrio Sésamo.

No te lo vas a creer…

Hace unos días bajé a la tienda de los chinos de debajo de casa. Creo que algún encargo urgente de mi esposa hizo mella en mi memoria y me dispuse a darle la sorpresa de que me había acordado.
Nada más entrar, la variopinta colocación de artículos dio al traste con mis empáticas intenciones, ya había olvidado -de nuevo- lo que iba a comprar.

Dentro de la tienda, una vez más, me deleité con la fascinante entrega a los sentidos sobre lo absurdo del capitalismo visto desde la óptica oriental.

Cuánto cachivache inútil y de ínfima calidad! Cuánto artículo fusilado en su concepto! Cuánta dislexia gramatical en los carteles de ofertas…

Al final, sentada sobre un cubo puesto boca abajo, Sudoku me ha sonreído sin levantarse ni dejar de mover piezas de cristal de un estante a otro.
Ah! Claro. No os he hablado de Sudoku.

Este año, sobre Semana Santa, una nueva chinita apareció en la tienda. Debe rondar la mayoría de edad española aunque ese dato tampoco parece muy de fiar. No habla ni papa de español. Tan solo sonríe tras el mostrador mientras rellena sudokus. Cada vez que alguien le pregunta algo, ella sonríe y sacude la mano en que porta la revistilla de entretenimientos numéricos en dirección al fondo.

Por eso la llamo Sudoku. Ojo! También la saludo así cuando entro en la tienda.

  • Hola Sudoku!

Y ella, levantando la mirada y sonriendo, agita el cuadernillo en dirección al fondo….

En fin.

Volví a recordar, mientras observaba un cartel perfectamente rotulado -pero con faltas gramaticales- que rezaba que el establecimiento permanecía abierto dieciocho horas al día siete días a la semana, me entretuve en pensar qué tipo de contrato debían de tener -risas mordaces- y volví a olvidar.

Al final no compré nada y volví a subir a casa.

Nada más entrar, me encontré con mi mujer que me preguntó de dónde venía y yo le contesté:

  • No te lo vas a creer.

Cuando le digo “no te lo vas a creer”, finge una ocupación urgente y desaparece.

Un inciso breve antes de acostarme..

Esta mañana. Desayunando en un bar. En la terraza, -apurando el último día de verano-.

La abuela de la mesa de al lado, tras desayunar, le echa las migas a los gorriones que se acercan por la acera.

Mi perra -Lua- que ya se ha comido las que yo le di, Se los mira con feroz semblante de odio.

Pueden sentir odio los animales?

Cuánto cambia la vida..

Miércoles (a media mañana, 13:37h.)
Elocubrando

Esas películas, generalmente westerns, en las que en un tiroteo, el bueno, sitiado y sin posibilidad de escape por milicianos manejando un cañón o una ametralladora de aquellas primeras con ruedas.. y, de repente, el bueno, encontraba una caja con dinamita.
(música de arpa de boca, rollo Morriconne)
(y claro, uno piensa: – Y para qué coño quiere la dinamita?)

Y justo en ese momento, dos, tres milicianos sudorosos, cambiaban la situación del arma a mucho más cerca y, desaparecían de plano.
Entonces el bueno, encendía la dinamita, generalmente con una colilla que no siempre llevaba mientras reptaba anteriormente, -los milagros del cine, ya se sabe-, y la lanzaba destruyendo el cañón de turno.

Y, tras comernos las palomitas, nos ibamos a casa tan contentos, a dormir prontito que al día siguiente había colegio.

Una década tardé en comprobar que, para asomar la jeta en una manifestación y, osar tirar algo, -generalmente lo más destructivo era un tercio de ladrillo roto- y, si alcanzabamos un objetivo (rara vez), no debia de estar a más de quince, tal vez dieciocho metros.

Luego, tras las carreras de rigor, sustituyendo palomitas por cervezas, nos ibamos a la cama prontito.
Que en la cama es donde mejor se curaban los chichones sin dar explicaciones en casa.

Vida de perros..

Sábado (4:23h.)

Los campos cubiertos del reflejo de la luna en los destellos húmedos del bajo bosque.

El chapoteante camino -drenado con redonda piedra de río tras las últimas lluvias que lo ha embarrado todo sin piedad-, cruje bajo el paso cansino de un servidor..

Mis chuchos corriendo felices -en apariencia-, por lejanos recuerdos generacionales.

El sordo rumor de los autos por las carreteras colindantes, nos devuelve a la realidad de re-ubicarlos y atarlos para cruzarlas..

Los Mossos, con sus cucuruchos naranjo-reflectantes, -atéridos- tras una noche en blanco en el cruce de los borrachos, nos devuelven el sereno saludo semanal aprendido.
Los parpadeos rojo rojo, blanco blanco, rojo rojo, blanco blanco de las grupas de mis canes nunca dejan de ser observados con la atención prestada por los que ocasionalmente han parado para soplar y aflojar la cartera.. tras una noche de excesos.

Llegar a la carrera hasta la oficina penumbrosa tras franquear la barrera de entrada, es un ritual aprendido semana tras semana, que parece ser suficiente para el reclamo de un premio. Tumbarse en lo alto de la escalera. Presidiendo.

Luego, a lo largo del día, llegará la rutina de correr y ladrar a todo lo que se mueva tras la metafórica barrera de sus dominios.

Vida de perros?

Todos somos perros putos?

Madrugada de un viernes al sábado.
(preparándome para irme a currar)

Es curioso como estos perros putos míos se comportan.
Cada día, cuando me levanto por la noche para hacer pis, ladran marcando en la noche..
Sin embargo, siempre, en la noche del viernes al sábado, no dicen ni mu (a pesar del sonido de la alarma incluso), se quedan callados como putos en su sofá. Como esperando a ver si me olvido de ellos y los dejo, en lugar de arrancarlos de la placidez de su vida, para la semanal caminata hacia la fabrica.

En realidad, no puedo dejar de pensar en mi mismo.
Cuando crío, mi madre se levantaba para despertarme para ir al colegio.
Muchas veces, recuerdo haber esperado su visita, agazapado bajo las sábanas, remordiéndome entre reproches la monótona conversación.

– Moncho, Moncho..

(y me tocaba un pie a través de la sábana..)

– Ya voy mamá.

En fin perros. Nos vamos..

La vieja de la muerta asesinada.

El título de este escrito es el que es. No se me ha ocurrido nada mejor.. Tampoco el desenlace va mucho más allá.

Hace un par de semanas, -volviendo una vez más con mis canes, de la fábrica donde trabajo- me sucedió una experiencia difícil de digerir.

Era ya casi noche cerrada. Finales de agosto, no recuerdo si había luna. Bochorno tras una breve lluvia de verano. Alguna nube, sin rastro de estrellas. Al llegar al pueblo me abordó una mujer, rubia, pasaba de los cuarenta. No mal parecida pero de desgarbados movimientos. los perros se plantaron en seco sin ladrar. Se me acercó lo suficiente para percibir su perfume sucio. Sudor reseco. Aparté el gesto y retrocedí un paso.

  • Esa casa de enfrente es la de aquella mujer que murió a manos de su padre?

Me espetó sin saludar.

  • No se. -conseguí articular-. No llevo apenas siete años viviendo en esta localidad… y..
  • Si. Si. Yo te conozco. Te vi hace tiempo por aquí.

Volvió a cruzar la carretera sin mirar al tráfico y desapareció. El husky aulló y la perra tironeó de la correa camino a casa.

Mientras intentaba comprender el significado de aquella afirmación, los sugerentes tañidos de la guitarra de Tomatito y Camarón me estremecieron los oídos. Me quité los auriculares y me giré en dirección a la extraña rubia. Ya no la podía ver. Sólo el contoneo bravo de sus caderas me hicieron comprender que había desaparecido tras la esquina. Volví los apenas quince metros para comprobar que no lo había soñado y un vejestorio en camiseta y calzones -que sacaba la bolsa de la basura- respondió a mi mirada.

  • No haga vd. mucho caso. Todo el barrio cree que está loca. Es una triste historia. Los antiguos del pueblo cuentan que su padre asesinó a su hermana cuando ella era pequeña. La hermana la cuidaba siendo ella un bebé. La historia nunca llegó a aclararse. Luego, el matrimonio se mudó.

Durante un rato, el rancio olor de la bolsa de basura se mezcló con el perfume de la rubia. Anduve meditabundo calle abajo rumbo a casa, nada más llegar y entrar en el bar de abajo para ahogar el recuerdo con la última refrescante cerveza con limón, una falda verde me desvió de mis pensamientos.