Consejos…

El otro día -durante la cena de Nochebuena- el paternalismo de mi cuñado hizo gala de manera estrepitosa cuando, dirigiéndose hacia uno de mis sobrinos en edad de…   le increpó por la contestación a su abuela, dada que la misma no pareció (por su inusual sencillez abrumadora) agradar en el coloquio formal de dicha cena.

La abuela, tras ofrecerle cincuenta euros, de navideño regalo, le recordó entre susurros:
– Toma hijo, para que lo gastes -sin que lo sepa tu padre- en llevar a tu novia al cine…
– Nada de eso abuela. Lo gastaré en condones.

La abuela -mi madre. Con setenta y nueve años a cuestas, medio riñón funcional, problemas de respiración y un largo etcétera de esposas (mías) y maridos (de mis tres hermanas) en el saco del olvido-, pareció coger aire antes de contestar:
– Así me gusta hijo. Que no salgas gilipollas como mis cuatro hijos.

El padre de la criatura, meditando si mediar palabra -entre abroncar al hijo por su perorata o vitorearle ante la épica contestación- vio frustrados sus consejos cuando la abuela terció:
– Tu, mejor te callas. No vaya a ser que mi hija decida cambiarte por otro. Que ya estoy harta de conocer gente de paso en esta casa.

El silencio -incómodo- (para qué os voy a engañar), se resolvió con un brindis por la ocurrencia del niño.

Supongo que el año que viene, el hermano del primogénito, se preparará un discurso antes de cenar.

¿Tiempos muertos?

Me abstraigo cada vez más en la siguiente situación:

Tiempo muerto.

Así defino, -por narcisista cortesía- esos momentos.

Me quedo -cada vez más a menudo (y me gusta)- quieto.

Generalmente, cuando sentado, me dispongo a calzarme las botas.

Durante unos minutos. Serio. Callado. La mirada perdida, fija. Sin permitirme apenas pestañear..

Durante breves minutos, hasta que me doy cuenta de ello …

(cuando, con inusitado complejo de ¿culpa?, corrijo la actitud)

… Sin pensar en nada relevante. Sólo absorto, concentrado.

En introspección infinita y estéril.

Luego -a veces- despierto (ya digo) del inusual letargo con una sensación de culpabilidad contrastada con una profunda paz interior.

Han pasado tan sólo unos minutos. Quizá uno, quizá diez.. y, nada ha cambiado.

Otras veces, sin embargo, -atareado en obsesiva determinación- me doy cuenta de cuántas cosas se pueden hacer en el minuto programado para calentar un vaso con líquido en el microondas.

Y en estas… ahí estoy. Petrificado. Muerto en vida.

Sin ganas -ni ánimo- de querer mover ni un músculo.

Reconfortante?

Sólo a veces.

La mayor parte de dichos momentos me producen pavor.

(aquí el inciso de turno. Todos tememos el acuse futuro de enfermedades mentales imposibles de determinar con antelación. Muchos hemos vivido -entre otras enfermedades degenerativas- casos de alzheimer en nuestro entorno, comprendiendo la intolerancia de la coherencia por querer prevenir lo que les tocará sufrir a quienes nos amen).

Sin embargo, la extraña sensación aprendida, repetición tras repetición, me lleva a mantenerlas.

Esa paz…