El Pirineo, el ruso y la Viagra.

Ante todo, debo disculparme. Algunos de vosotros ya habéis leído parte de éste relato. Al principio, cuando creé éste Blog, lo hice con la intención de volcar en él muchas de las situaciones vividas que permanecían en mi cabeza tan sólo como recuerdos imposibles de compartir. Conforme iba desgranando los recovecos de mi memoria, iba soltando datos, filtrando información (como por casualidad), de alguna manera, al soltar “peso” mis historietas salían y al tiempo permitían un espacio para crear otras dentro de ella.

No sé si me he explicado con claridad, os dejo el relato completo, ordenado y revisado:

 

El Pirineo, el ruso y la Viagra.

Hace tiempo que quiero contar una breve historia. Sucedió a lo largo de unas mínimas vacaciones. Cuatro días con sus tres noches.

Fue el preludio del caos que fue mi tercer matrimonio, –torpe de mi no me di cuenta entonces de que más allá de la excitación que me producía aquella mujer, no existía futuro con ella-.

A partir de ahora, me referiré a ella como I.

Cuando conocí a I, a la primera ocasión que tuvimos, nos fuimos de vacaciones. Unas vacaciones cortas.

“Para conocernos”. Nos dijimos. Fue la excusa para largarnos como os digo, -para ver qué tal podía resultar seguir apostando por una relación-. Ella tenía prisa por salir de las rutinas de su casa. Los niños y su maridotodavía en aquellos momentos-, sin estorbarle, la ataban a una rutina decepcionante.

Yo, aprovechaba la Temporada Baja para cerrar, sanear, pintar… El garito de playa. Olvidar el estrés. Al igual que en la película de idéntico título, nos enfrentamos a un Noviembre Dulce.

Nos fuimos al Pirineo. Buscando tranquilidad. Intentando olvidar el calor andaluz. Pretendiendo horas de lánguidas confidencias, velados achuchones sin prisas. Sin rumbo. Sin planes… Sin control.

La primera noche, la combinación Pirineo y noviembre nos abrió los sentidos de golpe. Joder… Qué frío!! Hasta encendimos una chimenea. Ver crepitar el fuego, adorar su espalda desnuda mientras me hablaba, un porro tras otro, lo anodino de su vida en aquel entonces. Las pocas, -casi ninguna-, ganas por empezar nada de nuevo. Su fragilidad. Su sinceridad… Me enterneció más de lo que conseguí admitir -mientras me enamoraba- y sin pretender lo contrario, fraguamos una estrecha relación de amistad con derecho a… Con mucho derecho a… Y abusando de los placeres que se nos pusieran por delante..

Lo que tuviera que venir a futuro, ya se vería… Después de todo, ella ya me había comentado la primera vez que nos vimos, que su viaje había comenzado en plan Thelma y Loisse.. y ya sabemos cómo acababa su alter ego Súsan Sarandon.

De entre sus trastos apareció un blíster de Viagra. Ante mi suspicaz interés, me explicó que su marido, -ya en etapa terminal de una larga enfermedad, a veces precisaba de una ayuda-. Entre nuestras frívolas confidencias, también me contó de cuánto le gustaría experimentar en un trío. Ya no sólo por el hecho de saberse acariciada… por dos hombres al tiempo, sino también por el morbo que le suscitaba ver cómo -tal vez entre los dos partenaires- se estableciese también un contacto.

En la duerme-vela que las drogas me permitían sentir, y sin apenas prestarle mucha atención, la dejaba hablar… Acurrucándola entre mis muslos, sentados en el suelo frente al fuego cautivador, acariciándola, mesándola, manoseándola sin freno. Recorriendo todos sus pliegues, sus orificios, penetrando todos los que, bien lubricados, permitían la entrada y salida de mis apéndices sin brusquedad. Sin prisa, sin rigor, sin interés aparente. Allá donde se podía  profanar algún templo, entraba. Si ofrecía algún impedimento, lo olvidaba y pasaba al siguiente.

De esta manera igual baboseaba su lóbulo con mi lengua como intentaba hurgar en su ombligo con el índice o, arrastraba mis uñas espalda abajo hasta situar un pulgar juguetón en torno a su ano mientras, con otra mano, jugaba a peinar el vello de su pubis.

Recuerdo nos dormimos sin llegar a profanar ninguno de ellos. El sonido de un tronco cayendo fuera de la chimenea nos devolvió a la realidad de la fría estancia. Nos revolvimos entre lienzos y con los sentidos plenos de dulzura y el morbo de los mensajes confesados nos sumimos en brazos de Morfeo.

A la mañana siguiente…

Qué voy a contaros… Nos despertamos pronto, muy pronto. El frío y duro suelo de la habitación nos expulsó para movernos. Mimosos, juguetones, cómplices, comenzamos a accionar las articulaciones entumecidas.

Locos por el entusiasmo que las expectativas prometían. -Cada cual las suyas propias, en función de los diversos estados de ánimo- abrazados, salimos a corretear el pueblo. No quiero decir cual, -demasiada proximidad de datos… Ya sabéis cómo es esto de Internet-, pero los locales, los peninsulares -quiero decir- rápido contemplaréis a cuál me refiero tras revelar que nuestra excursión mañanera iba a ser, subir a Cerler, un pico medio, con entrañable pueblo, a tan ¿sólo? Siete kilómetros monte arriba.

Tras desayunar opíparamente y equipar nuestras mentes -que no nuestros cuerpos- del drug-coctail de rigor, allá nos lanzamos. A la aventura de la conquista del monte. Ni los barrizales de las primeras nieves fundidas, ni el frio viento cortante, nos hizo plantearnos que igual noviembre no era el mejor mes para excursiones épicas.

Nosotros caminábamos, admirando la vegetación menguante -tanto en colores como en individuos-, tan sólo absortos en nuestros propios guiños, nuestros infantiles juegos y nuestras expectativas sobre dónde, cómo, o cuándo íbamos a consumar el precalentamiento nocturno anterior.

Dos horas -tal vez cuatro, o cinco… imposible precisar-, llegamos, exhaustos, ateridos de frio, pero felices al cementerio de Cerler. -Nos pareció una construcción preciosa, todo hay que decirlo-, sin embargo, creo que ambos tuvimos el presagio de lo que aquella primera visión -de futuro- iba a ser nuestra relación..

Tras mucho rebuscar, encontramos el único bar que todavía permanecía abierto. -Si bien la temporada de verano, allí, había terminado dos meses antes, para la de esquí alpino, aun le faltaba otro para comenzar-.

Mientras con dedos temblorosos, resucitando, al asir los tazones de caldo, que el propietario del establecimiento tenía para su consumo familiar, – aunque también, por lo visto, para los imbéciles temerarios como nosotros-, y con las orejas rojas permitiendo recomponer su sentido interno intrínseco… asistimos sumidos en un silencio cómplice, a la bronca ajena, que nuestro benefactor nos ofrendó por la inconsciente andadura, aparecieron, en el umbral del establecimiento, otra pareja de iluminados. Un matrimonio ruso cuyas edades parecían ser las mismas que las nuestras, pero al revés. Él unos cuarenta y cinco, ella unos treinta y nueve…

De alguna manera, un “intercambio”, nos uniría en exacta edad.

Tras las presentaciones, las risas -sobre todo por la mala comunicación- y el empaque que le echamos, nos invitaron a volver al pueblo en su 4×4. Nosotros, agradecidos, les invitamos a cenar a nuestro pequeño y alquilado apartamento.

Aceptaron la invitación.

Por suerte, al comprender que era ya tarde, decidimos sería en el restaurante cercano a los apartamentos de alquiler. En realidad era el mismo que daba el servicio de habitaciones al complejo.

Habíamos comido y cenado la noche anterior, tras nuestra llegada. Nos atendió una camarera muy amable -y a la que tras la confidencia de lo del trío, adjudicaba yo el papel, en mis pensamientos, como alternativa a lo de ” los dos tíos”- y a la que ya pretendía camelar por si algo fallaba… de la manera más obscena. Suculentas propinas que llamaran su atención.

La cena transcurrió tranquila. I estuvo dándole cancha al ruso reclamando insistente su atención, por lo que servidor tuvo que entretener a la pareja de él por mero interés coloquial.

La muchacha en cuestión, agraciada sin excesivas curvas que remarcar, era una eslava tipo. Delgada, rubia, callada y prudente. Arrancarle algo más que monosílabos fue una hazaña -motivo por el cual, pretender arrancarle las bragas, me temía iba a ser una gesta-. En el córner contrario de la mesa, el ruso -a partir de ahora le llamaré… Viktor, que me suena bastante ruso- reía a carcajadas las ocurrencias que mi loca, aun sólo amiga, entre grandes ademanes, parecía provocarle con su fluida cháchara en un idioma inventado..

Como la noche prometía, decidimos ir a tomar una copa por ahí. A ver qué pasaba.

Me levanté, dejando a los tres con los cafés, con la excusa de ir al servicio. Mi intención, además de meterme un par de rayas, no era otra que la de pagar, evitando los tiras y aflojas del pago yo, no… yo, etc…

Al pasar por la barra, le dediqué una sonrisa de lobo a la camarera con un guiño y un gesto de -la cuenta a mí, por favor-. A la vuelta del lavabo, -con los ojos como platos-, ya tenía preparada la nota de la cena. Mientras pagaba, me entretuve en observar de arriba abajo a la chica, ésta, de espaldas a mí, frente a su caja registradora y tras agradecer de nuevo la nueva y suculenta propina, aun se atrevió -siempre de espaldas- a comentar:

– Que pareja más abierta hacen ustedes… no?

Saboreando el placer que da el tener razón cuando se juegan unos dados al azar y comprender que uno lleva juego, le contesté:

– Todavía no somos pareja. Ella está casada. Nos hemos conocido hace un par de meses. Estamos probando a ver qué tal…

De momento no necesitas más información -pensé para mí-. Si te has atrevido a “entrarme” es seguro que la mucama te ha comentado más de la cuenta… nunca fuimos discretos.

Al devolverme la tarjeta de crédito, me permití retener unos instantes -de más- sus dedos entre los míos y acariciar con mi pulgar el suyo durante la entrega de la misma.

Un espasmo me recorrió hasta centrarse en mi entrepierna, donde me produjo una intensa erección. Con un guiño de nuevo, me despedí de ella, había pasado el momento.

Me dirigí hacia la mesa mientras, con un gesto rápido -que no pasó inadvertido para I– acomodé mi atrevida masculinidad.

– Ya está todo pagado. Podemos irnos a por esas copas. -Dije yo-.

– Muchas gracias. -Dijo Viktor-.

– Ya has quedado con esa zorra? -Dijo I, bajando el tono de voz-.

La rusa no abrió la boca.

I permitió que Viktor le ayudara con el abrigo y yo, cortés, seguí el gesto con la rusa, que ni tan siquiera lo agradeció.

En la calle, I volvió al ataque con un:

– Cómo te ha ido con la camarera?

– Mejor que con la rusa y a ti?

– A éste nos lo follamos hoy.

– …. Nos? Me estás saliendo un poco zorrón.

Y metiendo mi lengua en su boca -para compartir media rula de éxtasis- conseguí mantenerla callada, no sin advertir como salía corriendo hacia el 4×4, para subirse en el asiento del copiloto.

El viaje en el 4×4 resultó corto. Del restaurante a la zona de copas apenas había un par de kms. Fue el frío y el barro lo que nos decidió a ir en auto en lugar de callejear.

En el primer bar tan sólo ofrecían tapas y sidra -nos escanciaron un par de botellas- luego nos trasladamos a otro con más música y menos luz. También con un billar. Como estábamos fuera de temporada, apenas había otros clientes, motivo por el cual, la entrada de cuatro personas significaba que el único camarero se desviviera por nuestra compañía -más aun cuando se percató del percal con que las extrañas parejas se movían-.

La primera opción, tras pedir las copas, -ellos vodka, ella con lima, él con hielo, Nosotros bourbon. I con cerveza, yo sólo sin hielo- fue apoderarnos del billar.

El billar es un juego donde no es necesario destacar para conseguir objetivos secundarios. Permite una serie de roces e insinuaciones en los mismos, con la excusa de “yo te enseño” donde los acercamientos están permitidos sin levantar excesivos recelos.

Por supuesto las parejas en el juego fueron las mismas que en el coche. La rusa accedió de mala gana y yo transigí… el morbo de lo que todavía no era ninguna relación le podía al sentimiento ¿celoso? de lo que pudiera ocurrir. Y en el peor de los casos… Las sofocantes curvas de la camarera del restaurante me movían a pensar que no terminarían las vacaciones en saco roto.

Perdimos tres partidas seguidas. Motivo por el cual I se mostraba pletórica en sus vehementes movimientos mientras Viktor se dejaba hacer. Además, me observaba con menosprecio a medida que se sucedían las tacadas de bolas, partida a partida. Para nivelar el cariz que tomaban sus gestos me propuse herirle de la misma manera. Me concentré en la cuarta partida y en el culo de la rusa. Cada bola que metía en una tronera lo celebraba con una cada vez más atrevida palmada en el trasero de su compañera, hasta permitirme, mantener la misma, en su cintura baja mientras él jugaba su turno.

La rusa, permitía mis cada vez más descaradas caricias,-de alguna manera, se vengaba del vacío con que su marido la había tratado hasta ahora-. Sin embargo, desde el principio comprendí que no tenía nada que hacer. Sólo me permitiría cabrear a su esposo. Esas cosas se saben. Con esa certeza, seguí provocando hasta que los momentos se volvían rudos para él, luego, bajaba velas. Me acercaba a la barra, pedía otra ronda, le reía las gracias a Viktor cuando era I quien metía bola, volvía al juego en serio, pedía un cambio de música al camarero -algo bailable que permitiera el roce sin bronca- me largaba al wc (a empolvarme la nariz, cosa que me hacía revivir mientras él permanecía cada vez más borracho), volvía a tocarle el culo, en fin… Ya sabéis cómo se remontan partidas..

Tras ganar -nosotros- la cuarta y la quinta partida, decidimos un descanso de juego y nos trasladamos -los cuatro- a la barra.

De izquierda a derecha nos situamos Viktor, I, la rusa y yo. Un metro más a la derecha, -por el otro lado de la barra- el camarero, tras su equipo de música, me lanzó una mirada reprobadora.

– No quiero malos rollos aquí. -Siseó-.

– Tranquilo. Soy del gremio.

Los taburetes de la barra eran unos toscos y recios “tronos” de madera formados por cuatro troncos -supongo que a juego con el tema montañero pirenaico- con barrotes a media altura para descansar los pies y rematados por arriba por un grueso almohadón cuadrado de piel vuelta. De medidas exageradas, de unos 50 x 50 cm. Sin respaldo.

I se subió a uno y se sentó separando los muslos para colocar un pie en cada barrote, de forma que los mismos formaban prácticamente un ángulo recto, mirando hacia Viktor, posición que la obligaba a darnos casi la espalda a nosotros dos. Rápidamente entabló otra fluida conversación en su ruso inventado precipitando las carcajadas de Viktor.

Yo entablé una precaria conversación con la rusa. Dado que ambos teníamos claro que no parecía cuajar nada entre nosotros, les ofrecí reanudar otra partida.

La pareja “de más edad” se quedó en la barra. Algo comentaron sobre lo cansados que estaban o alguna excusa similar. Tras cruzarnos las miradas I y yo, comprendí que cansada no estaba, pero que prefería quedarse un rato para seguir tensando la cuerda.

-En los años que más tarde conviví con ella, me confesaría que estaba “probándome” para saber hasta qué punto podría tragar con una relación abierta como tuvimos el primer año. Durante el primer año de relación nos separaron mil doscientos kms y nos vimos apenas en media docena de veces. Pero de esto ya hablaremos otro día-.

Volvamos al bar…

Durante la media hora larga que estuvimos jugando al billar, gran parte nos la pasamos toqueteándonos en mil ocasiones al cruzar los tacos de billar jugada tras jugada, -por lo menos podía sobarla un rato sin miradas airadas-. Dado que el billar se encontraba retirado a unos seis metros de la barra a la derecha de ésta. Viktor, -de pie frente a I, que sentada a horcajadas en el taburete le tapaba la visión-, apenas tenía movimiento y yo, desde mi posición, controlaba cuando sí, o cuando no, podía ser más descarado con su mujer.

No tardé en comprobar -fue el camarero el que hizo un gesto que yo interpreté a la primera- como tanto I como Viktor intercambiaban un beso en los labios. La rusa, delante de mí, de espaldas a ellos, no se enteró del movimiento. Los de la barra volvieron a las risas cómplices, las carcajadas a intervalos, a los susurros…

Así andaban las cosas cuando vi un gesto que me calentó sobremanera. Las últimas falanges de los dedos de una mano de él asomaron por debajo de los ajustados leguins de I y sobre el gran cojín de cuero donde ella estaba sentada. Para ello, mi querida futura esposa, había apoyado su mano izquierda en la parte de atrás del taburete y se afianzaba con ambos pies en los estribos para permitir levantarse apenas un par de centímetros sobre el mismo.

Aquellos dedos exploradores, tres en concreto, permitían a su dueño, masajearle el clítoris por encima de la elástica y fina tela con el pulgar. -Esta visión, lo confieso, permaneció recurrente durante años para cuando precisé un estimulo y follarla con saña cuando estuvimos “de morros”-. A veces el morbo es el mejor aliado.

Andaba la rusa muy aburrida -y cabreada de sentirse anulada, pues aunque no vio lo que yo, si vio suficiente-, iba, hablaba con Viktor, -éstos veían con fastidio tanta interrupción- volvía conmigo, volvía a irse… cuándo I me hizo un inequívoco gesto llevándose el índice a la nariz. Yo le contesté con una mirada que decía: “espera cinco minutos y vienes al lavabo que ya te habré preparado para empolvarte la nariz”.

A los cinco minutos justos entró en el lavabo de caballeros, se metió en el wc cerrado donde la esperaba y me soltó un:

– Gracias. Eres un sol. -al tiempo que me besaba con pasión-.

Cuando se recostó en dirección hacia la cisterna para esnifar, adoptó una postura en la que me brindaba -en aquel breve espacio- la contemplación de su hermoso culo.

– Con tu permiso. -musité, flojito, en su oído. Al tiempo que con la mano derecha le aprisionaba un pecho por encima del jersey y con la izquierda franqueaba los elásticos del leguins y el tanga a la vez, para comprobar cuán húmeda estaba-. Quiero comprobar tu sabor. He visto los dedos de él e imagino que debes estar chorreando.

– Cómo me conoces… déjame chupar mi excitación. -Me dijo, metiéndose mis dedos en la boca-. Que tal con la rusa? -añadió-.

– No hay nada que hacer. Solo está por su marido.

– Lástima, si nos libramos de ella hacemos un trío… ¿Qué te parece..?

– No sé yo. No te creas que me hace mucha gracia. Por otra parte, no sabes lo cachondo que me he puesto cuando le he visto tocarte el coño..

– Toma. Por si acaso. Hoy quiero que tu o el otro me folléis bien follada. -Y me metió en la boca una de las pastillas azules de su marido-.

Cuando salimos del lavabo, la rusa había desaparecido.

Viktor argumentó que estaba cansada y se había marchado. -Darnos cuenta de que también habían desaparecido las llaves del 4×4 presagiaba alguna razón de tono más alto, sin embargo… A quién le importaba?

La conversación de los tres en la barra, poco a poco, fue denostando el cariz que la marcha de la rusa había dejado en el grupo. Viktor comenzó a mostrarse más altivo y desagradable para conmigo en sus gestos airados. I permanecía sentada, expectante, entre ambos, sin conseguir poner paz. Al final, Viktor, -con visibles síntomas de su borrachera estridente-, me espetó que él no quería acostarse conmigo. Que, como mucho, si lo deseaba, podía asistir -sólo para mirar- a cómo él se follaba a I.

Ante mi sorpresa por la delirante propuesta y, -dirigiéndome a I– le inquirí sobre qué le había contado. Mientras mi futura esposa me daba un codazo al ver desvanecerse sus lúbricas esperanzas para con el ruso y se excusaba susurrándome sobre lo comentado en el wc, la versión de Viktor era relativamente distinta. Según él, había sido ella, la que le había explicado que le apetecía acostarse con dos tíos, si, pero contando con que hubiera algo de sexo entre ellos también. Él, durante el flirteo anterior, le había seguido la corriente, pero, de ninguna manera pretendía tener nada conmigo. -Esto, la verdad, me tranquilizó, pues en caso de que hubiera contestado de forma distinta, a I no la paraba ni dios-.

Rápidamente la conversación se fue apagando. La borrachera de Viktor comenzó a sacar lo peor de su carácter, y comenzó a despreciarme. Que cómo permitía que una mujer me tratara así? Que qué poca estima tenía por permitirlo. Vamos, ese tipo de frases que, una vez perdida la baza del juego a concluir -intuyendo además no llevarse el premio- tan sólo sirve para dañar y/o provocar.

Cuando llamó al camarero para, -ninguneándome-, pretender pagarme las copas, estallé.

– Perdona ruso de mierda, si a esta mujer le apetece tener sexo contigo, no seré yo quien se lo impida. Después de todo, pienso que ninguna mujer tiene dueño. Pero que pretendas pagar mis copas!! Eso no te lo consiento.

Me giré hacia I y le dije que era ella quien tenía que decidir lo que quería hacer. Pero que yo -tras pagar- me largaba de ahí. Su respuesta, he de admitir, me gustó.

– Yo he venido contigo y me voy contigo.

Pagué. Y nos fuimos de aquel garito.

Abrazados, besándonos, gritando, riendo, discutiendo y dando traspiés, alcanzamos el apartamento siguiendo la calle principal. Nos paramos dos o tres veces para, sobre los capós de los coches aparcados, saborear la furia de la locura que nuestra lujuria destilaba.

Cuando conseguimos alcanzar la cama de la habitación, -recuerdo se situó a cuatro patas sobre ella- le rasgué, desde atrás, la tela del pantalón de malla. -Supongo que en mi fuero interno, pretendía borrar la visión de aquellos dedos dándole placer-. Separé con prisa el tanga y, tras lamer -tan sólo por gula, pues ya chorreaba-, la penetré con toda la rabia que la pasión y el morbo dominában mis sentidos. Comenzó a gemir y a suplicar más ritmo. Con tres o cuatro embestidas llegamos hasta tocar el cabecero de la cama, sus manos se apoyaron en la pared, su vientre se arqueaba convulso. Lubriqué un pulgar metiéndoselo en la boca para con su saliva, poco después, franquear su ano. Era esta, nuestra primer vez por ahí. Su culo comenzó a moverse en círculos para ayudar en ambas penetraciones. Al poco, se giró y con un fulgor en sus ojos de loca, me invitó a que la follara analmente. A pesar de que el glande entró con facilidad, la verdad es que introducirla del todo fue otra historia. Por sus gestos comprendí que el dolor se sobreponía al placer, motivo por el que cesé en mis envites. Entonces, ella, me grito:

– No te pares. Te lo debo…

Empujé. Entró. Gimió. Lloró -pobrecita, casi me dolió más  a mí al verlo-, Volvió a gemir y así estuvimos bastante rato hasta que me derramé dentro de ella. Nos quedamos dormidos.

A la mañana siguiente, entre mimos y arrumacos, me confesó que le había dolido mucho, pero que sin duda había sido el mejor polvo de su vida. Que por primera vez se había sentido dominada y llena.

Curiosamente, cuando seis años después, nos separábamos, sus últimas palabras -no exentas de nostálgico rencor-, fueron:

– Bueno chaval, esto se ha acabado. Siempre nos quedará en el recuerdo “El Pirineo”

EPÍLOGO:

Tan sólo concluir el relato con un pequeño detalle.

Las réplicas, que la ingesta de la dichosa pastillita azul, habían provocado, parecían no haber concluido todavía. -Igual era porque en realidad no la necesitaba-, el caso es que andaba yo con un calentón poco disimulable para salir del apartamento.

I seguía tan cachonda como pocas horas antes, con los recuerdos que le habían producido tanta lujuria, todavía frescos en su imaginación, y tras disculparse toda la noche por el lío que había montado, tan sólo me pidió que respetara su negativa a practicar, de  momento, sexo anal. Todavía se sentía dolorida.

Por supuesto que  respeté su proposición. Después de todo, el regalo que la noche anterior me había ofrecido, no tenía por qué convertirse en una práctica indispensable en nuestra relación. Si ella quería seguir practicándola, yo, por supuesto, estaría encantado. (En cualquier caso, comprendo que en la intimidad de pareja es aconsejable nivelar y/o compartir los placeres. Y no estaba yo muy convencido, entonces, de permitir tomar yo para compartir placeres). En caso contrario, pues tan amigos… -en cualquier caso, me di cuenta de que para la realización de determinadas actuaciones, se debían de dar las mínimas garantías de excitación, morbo, lubricación y buen método para jugar sin peligro.

Nos tiramos toda la mañana follando.

A la hora de comer, acudimos -cómo no- al restaurante de la noche anterior.

La misma camarera, solícita, atendió nuestra comanda.

Las miradas, que los tres nos dirigimos, a lo largo del servicio en los continuos movimientos de platos, copas, servir un vino, etc…hablaban por si solas.

Como comprenderéis, ahora que ya parecía que habíamos “sellado” un compromiso, la figura de la camarera estorbaba en nuestras expectativas. Sin embargo, ella, no parecía estar por la labor. Todo lo contrario. -Imagino que los rusos, más puntuales, también habrían pasado a comer previamente-. Tras mi derroche de simpatía y provocación para con ella, la noche anterior, se mostraba más que dispuesta a seguir con el juego -amén de perderse alguna obscena propina más-. Cuando las coquetas miradas parecían haber llegado a un incontrolable punto indecente, acaparó el protagonismo permitiéndose un gesto de inequívoca maldad. Teniendo a la camarera a su derecha, sirviéndole vino en su copa, se permitió acariciar con su mano derecha, la parte interna del muslo desnudo que bajo la falda de uniforme, la camarera llevaba. Sin mostrar ningún miramiento -y ante mi perpleja mirada- siguió su ascendente recorrido hasta alcanzar la entrepierna.

La camarera, rígida y sorprendida, aguantó el envite intimidatorio mientras seguía llenando la copa de I. No pudiendo replicar ante el rápido y audaz movimiento, tuvo que permitir, a cómo mi chica franqueaba el elástico de la braga, palpaba con sus dedos y los sacaba de nuevo.

Para, -mientras en inequívoco movimiento de frotar el pulgar contra el índice y el corazón, y llevándoselo hasta su labio superior, percibir sutilmente el aroma-. Comentar:

– Nene. Ésta no está a la altura de nuestros juegos.

Y, dirigiéndose a ella le espetó:

– Cariño, si esto es todo lo que puedes lubricar, es mejor que sigas sirviendo el vino. Éste es mío. Me lo he ganado por méritos propios. Casi no puedo andar. A ti te destrozaría.

Por supuesto, muy digna, la chica replicó con alguna contestación más recia, aunque una vez vencido el orgullo, incluso se permitió, a los postres, sentarse a nuestra mesa.

Como I no consintió que yo participara de la conversación y la chica sólo obtuvo un soez y despreciable magreo por su parte mientras permaneció sentada a su lado, la cosa concluyó pagando la cuenta y no volviendo más por allí. Aun me permití hacer el gesto de dejar propina, pero la mirada incendiaria de mi futura esposa me lo impidió.

Volvimos a follar con saña por la tarde.

A lo largo de nuestras futuras discusiones, el episodio de la camarera, cobró más importancia, para cuando tenía algo con qué concluir las peleas.

Estaba visionando un capítulo de PAN-AM

Simultáneamente a éstas lineas..

Ando contestando sobre diversas cuestiones, ora fruslerías sobre Marlboro y su nueva linea de producto (con yerba) vendible,.

Por fin..

… en algunos Estados Americanos, ora sobre una “adivinanza” pseudo matemática (de esas que últimamente abundan en Facebook), supongo que es una forma de mediatizar hacia la cultura..-.

En fin.
No me pondré muy borde..

Lo que me lleva a ésta reflexión es:
Estaba viendo una Serie.
De estas de tv de última generación.
Conforme avanzaban capítulos, la nostalgia me catapultó a “conversar”.
(fruto de ello son las citadas tertulias anteriormente citadas)

En un momento dado, un antigüo actor (secundario de leyenda), que actuaba en la actual Serie.
Coño!! Parecía haber resucitado del olvido de Hollywood.
(como nuestro Rigoli, cuando lo re-descubrió Segura para un cameo en Torrente)
Y.. claro, le da un infarto en un avión.

Efecto nostalgia (no te enfades Juan).

No he acabado de ver el capítulo.
He perdido el interés.
Si se salva…? La Serie será una mierda.
Si no se salva..? La paradoja sobre los tiempos vivídos hará mella ahondando en la nostalgia.

Cuántas vidas podemos vivir?

____

El final (del capítulo), menos dramático (a pesar de que el susodicho muere) -lo siento.. Juan*-.
Algo melodramático -ha conseguido arrancarme alguna lágrima-.(qué buenos son éstos putos guionístas norte-americanos para dejarnos con el moco colgando…)
Ahora, sólo… -tan sólo- me queda reflexionar..

– Rapidito!!
– También estás tú en ésto?
– Ya ves.. Tenemos que publicarlo.

 

  • JUAN, es un amigo al que hace años le dio un infarto (yo no tuve esa suerte aun).
  • Él era el “que ponía la música” en mi bar.

 

El Coño de la mujer sin cabeza

El Coño de la mujer sin cabeza. (sueño de corte erótico?)

El susodicho -suertudo él-,  protagonista de éste relato se demoraba libando el placer que emanaba de la rosada y abierta grieta.

Para ser exacto, he de decir que desde mi posición privilegiada, podía discernir con claridad cómo aquel sujeto mantenía atenazada a su compañera de juegos eróticos.

Con la cabeza sumergida sobre su pubis y los brazos por debajo de los muslos de ella, la mantenía con las piernas obligatoriamente abiertas, expuesta.

Tampoco recibía queja alguna, -entendedme-.

Las manos de él -hábiles-, permanecían, acariciadoras, sobre el vientre de la mujer. Controlando al tacto, los estertores de su respiración desacompasada por los espasmos de placer proferidos.

En un momento dado, aun sabiendo que se iba a arrepentir del gesto, nuestro protagonista se permitió alzar la vista más allá del breve penacho que coronaba el Monte de Venus de su compañera. Fue entonces cuando se dio cuenta de que la dueña de aquel jugoso manjar carecía de cabeza.

Más allá de los pechos -harto conocidos, dicho sea de paso-. El pezón izquierdo ligeramente hendido,  como si aparentemente hubiera sido mordido por alguna ulterior criatura hambrienta.. No había nada.
Levantó algo más la mirada, perdiendo con ello succión en su tarea -lo cual provocó a su vez, que las manos de ella se crisparan sobre su cabeza para aferrarlo con fuerza-, y al comprobar que, evidentemente, la aulladora carecía de cabeza…

Me vais a perdonar que os corte el rollo. Justo aquí desperté de mi sueño.

Estuve un rato -para qué negarlo- intentando, a fuerza de cerrar los ojos, que continuase mi sueño. No hubo manera. El sentimiento de culpa parecía imperar sobre todo lo demás. Aquí he de explicarme…

(no sin antes admitir que estuve dos horas largas tumbado en la cama, con los ojos como platos, hasta conseguir “comprender” los porqués y consecuencias de mi sueño)

El protagonista del sueño era yo. Obvio, no? La protagonista de los gemidos no era otra que mi anterior ex-mujer, (de ahí el conocimiento pormenorizado de su anatomía).

El hecho de que estuviera desposeída de cabeza, supongo que es algún recurso de mi cerebro para, -aun estando dormido-, proteger, -si cabe-, el hecho de no vulnerar la fidelidad hacia mi actual esposa.

Aquí, -a partir de ahora-, he de abrir (una vez habiéndome disculpado) un paréntesis en mi relato.

Sobre mis prácticas sexuales preferidas, siempre destacó, -por amplio margen-, el cunnilingus. No me importó mucho nunca, no recibir en reciproca excitación el mismo trato. Si les apetecía, bien, y si no.. yo a lo mío.

Durante muchos años, mis devaneos -muchas veces extra-conyugales-, me permitieron buscar, comprobar, disfrutar, observar, degustar… Qué voy a contaros que no sepáis? Incluso en los momentos menos álgidos de la excitación lujuriosa he bromeado con sus respectivas dueñas sobre el PH de cada cual. Como una íntima y secreta manera de hablar a nivel de pareja.

Con las experiencias recabadas se podría decir que podría escribir un libro. No lo haré. Faltaría más. Pero si podría hacer gala de escabrosas experiencias sobre conductas, estilos, usos -y abusos- de drogas, estimulantes, díldos y demás algarabías, fruto de la puntual búsqueda de un placer no tan secreto como extendido.

Qué mueve a nuestro cerebro a solapar recuerdos en pos de una decencia harto trasnochada?
Hace diez años -el próximo junio los hará-, que dejé de buscar el sabor sublime. Por razones obvias, claro está.

Sin embargo… Que peligroso es nuestro subconsciente cuando el instinto, la actitud, comportamiento o deseo, subyace bajo la frágil intención de unos ojos dormidos.

Los Cuentos que me contaban cuando era crio.

Estaba escuchando por radio, una de esas historias con más moralina que moraleja.

Trataba sobre un hermano que -al morir su padre-, había heredado la casa, los establos, el ganado, las tierras…

Mientras que, el hijo pequeño tan sólo heredaba una barraca en un extremo de la tierra de su hermano, una barraca rodeada de un barrizal.

El hermano afortunado se reía del pequeño, se burla de su suerte y lo deja en el Cementerio, sin tan siquiera acercarlo al chamizo.

A la semana siguiente, cuando el hermano afortunado decide dar una vuelta por sus posesiones, a lomo del recién heredado caballo de su padre, se encuentra que sobre los barrizales que lindan con su propiedad, su hermano había construido un hermoso puente, con la madera obtenida tras haber desmontado la barraca que heredó, con sus pasamanos bien pálidos y todo.

<<Una obra bien hecha>>

No pudo por menos, que pensar para sus adentros.

Sorprendido, se apea de su montura y dirigiéndose a su hermano le pregunta:

– Cómo es que con lo mal que me he portado contigo has construido éste puente tan fantástico?

El hermano pequeño le contesta que es una forma de acercarse a él y que ahora que ya lo ha conseguido, es hora de partir e irse..

Avergonzado por su actitud, -pero consciente de las habilidades de su hermano-, se dirige hacia él y le dice:

– Perdóname, no te vayas. Piensa en todas las cosas que podemos hacer juntos..

Y el pequeño le contesta:

– Lo siento, no puedo. Tengo muchos puentes que construir..

 

Éste tipo de historia me recuerda a una que me contaban de pequeño, no recuerdo bien quién.

Había un hombre que gemía y se lamentaba junto a un río, se le aparecía un hada buena del bosque y le preguntaba sobre el por qué de su desdicha.

El hombre le explicaba que se le había caído su hacha al río y que estaba muy afligido porque ahora no podría talar árboles y sería incapaz de sacar a su familia adelante.

El hada le sacaba un hacha de oro del río, el leñador le decía que esa no era la suya…

Luego sacaba una de plata.. La misma cantinela, hasta que por fin la hada sacaba un hacha cochambrosa y vieja del río y el hombrecillo se ponía muy contento porque esa si era su hacha..

El hada buena del bosque ante la honradez de este leñador, le regalaba también las dos primeras como recompensa.

La moraleja que este cuento nos enseña es evidente. Y yo, ya lo pillaba a la primera desde mi primera infancia.

Sin embargo.. Siempre me planteó extraños, por no decir complejos problemas..

1 – Cómo coño se le cayó el hacha al río?

2 – Por qué no se metía él en el río para buscarla y cogerla?

3 – Por qué le decían hombrecillo?

Comprendo perfectamente que podía referirse al estado lastimero que ofrecía frente al hada, pero en cualquier caso, un leñador, de los de antes, camisa de cuadros y pelos como escarpias sobresaliendo de sus brazos remangados (yo los imaginaba así viéndolos en los cuentos troquelados de mi época), podía ser cualquier cosa menos hombrecillo..

4 – Si ya lo del hada cantaba.. Imaginaos que tuviera además la suerte de que fuera un hada buena.. (esto era de lo que más me hacía bailar la cabeza, pues es lógico pensar que si el leñador hubiera cogido la primera hacha que le sacó el hada, la de oro (con la cual podría quitarle el hambre a su familia mucho mejor), lo más lógico es pensar que el hada buena se transformase en una fiera gorrupia que por mentiroso lo cogía y lo tiraba a él al río por lo menos!!

5 – Para qué ostias sirve un hacha de oro, de plata o de lo que fuera.. si no servía para cortar al ser éstos metales blandos?

6 – Quienes eran lo suficientemente necios, no sólo para tener unas inútiles hachas de metales preciosos, si no para además perderlas de forma tan absurda en el fondo del río y, largarse sin estirarse de los pelos ante su malísima suerte… Etc, etc…

Éstas son las preguntas más evidentes que corrían por mi cerebro de niño mientras mi picardía sólo maquinaba estrategias para llevarme todas las hachas y engañar al hada. (Aunque no fuera buena)

 

Tan valiente era el hermano pequeño, como para darle semejante lección a su hermano?

Me cuesta mucho imaginarlo…

Tropezando en casa propia.

Os pasa que…

{cuando tenéis que ir a comprar y hartos de que os cobren las bolsas en la tienda, ya que tenéis un montón en un armario, amontonadas}

… cuando cogéis una del sitio dónde las amontonéis -en mi caso, bien dobladas -maniático que es uno-, en un altillo-, siempre, SIEMPRE, cogéis una que hace que caigan tres o cuatro más al sacarla (y desdoblándose a su vez)..??

Maldito mundo capitalisa.

Los Lunes..

Los LUNES -tan odiados en general-, para mi, que trabajo los findes, son un bálsamo.
A pesar de que voy como un zombie hasta que los duermo hasta la llegada del martes, donde -desvelado- continúo mi peregrinaje hacia ninguna parte.

Dicho esto, quiero dedicar la noche de los LUNES a ofrecer alguna frase, (en estos tiempos que corren todo está limitado a “frases”).

Y luego reflexionar sobre ellas.

– Destriparlas, vamos!
– Si. Supongo que tu lo ves así.
– Pues.. dáte prisa. Que ya es martes.
– Ya? Cómo pasa el rato…

Dado que ayer celebrábamos San Valentín, qué menos que algo sobre enamorados.

AQUÍ TE ESPERO, MIENTRAS TÚ TE EQUIVOCAS CON ALGUIEN MÁS.

Venga!!
Quiero vuestras reflexiones!!
Debate?

SAN VALENTÍN

Catorce de febrero. SAN VALENTÍN.

¿Feliz? día de San Valentín..
Vamos, a mis ojos, el día de la cursilería hecha institución.

Realmente, -salvo tal vez para El Corte Inglés- alguien no ha sentido vergüenza ajena, rubor en las mejillas y, esa sonrisa de burla y mofa cuando vemos a un congénere -tal vez en un parque público- arrodillad@ junto a otra persona, entregándole algún objeto en forma de corazón con profusión de lazos multicolores?
A quién, de los que reciben el “regalo”, no se le escapa una sonrisa emocionada -mientras la huidiza mirada hace un barrido de cámara hacia ambos lados- y recoge el presente con lágrimas ¿invisibles? al tiempo que musita:

– Cariño (léase: cabrón). por qué me haces esto? Qué vergüenza!!!

………….

Por ampliar un poco mi perogrullada, parafrasearé a Cervantes:

A la hora de describir a uno de los personajes femeninos de la literatura española, Dulcinea del Toboso, la amada de don Quijote, Cervantes echó mano de todos los tópicos renacentistas y los resumió todos a la hora de confeccionar el retrato de Dulcinea. Recordemos que esta era existía solo en la mente del hidalgo, que había tomado como referente a una burda campesina del Toboso y que, a la hora de idealizarla, tuvo que recurrir a las damas a las que habían cantado poetas de toda Europa. He aquí la batería de metáforas utilizada a lo largo de los siglos XVI y XVII en la literatura española a imitación de los poetas italianos.

“Su nombre es Dulcinea, su patria el Toboso[…]su hermosura sobrehumana pues en ella se vienen a hacer verdaderos todos los imposibles y quiméricos atributos de belleza que los poetas dan a sus damas: que sus cabellos son de oro, su frente campos Elíseos, sus cejas arcos del cielo , sus ojos soles, sus mejillas rosas, sus labios corales, perlas sus dientes, alabastro su cuello, mármol su pecho, marfil sus manos, su blancura nieve, y las partes que a la vista humana encubrió la honestidad son tales, según yo pienso y entiendo, que solo la discreta consideración puede encarecerlas y no compararlas”.