Tres generaciones perdidas.

Hace unos meses conocí a tres mujeres en la Sala de Espera de un hospital. Paula, María y Marta. Marta es hija de María y nieta de Paula. Su historia es peculiar.

Marta no conoce a su padre.

María tampoco, además, fue abandonada en su infancia por su progenitora. Se crió en un hospicio.

Marta ha crecido feliz, amparada por su madre hasta la saciedad.

María se refugia en su hija para trasladarle el apego maternal que ella no pudo sentir.

Paula, sin ser mala mujer, cometió diversos errores de juventud. Se enganchó al caballo a través del hombre al que creía amar. Se quedó preñada a los dieciséis, el chaval no quiso saber nada y huyó, por lo que visto lo visto, ella decidió que lo mejor para su hija era cederla en adopción.

María fue cambiando de internados y familias con demasiada frecuencia hasta su mayoría de edad.

María creció fomentando un odio feroz hacia su madre y, refugiándose en brazos ajenos para mitigar su dolor. A los diecinueve años fue madre de Marta y Rubén, mellizos. Rubén falleció a los quince tras un accidente de moto.

Marta cursa estudios secundarios. Los acordes a su edad. Diecisiete años.

María trabaja como enfermera en un hospital local.

Paula vive de una ínfima pensión fruto de una Baja reconocida por su dependencia.

Una de esas muchas historias tristes.

Paula, aunque permaneció atenta a la vida de su hija desde la sombra, nunca hizo ademán de volver a contactar con su hija. La culpa, ese sentimiento que nos bloquea a reaccionar, siempre la atenazó. Más aun cuando comprendió que iba a ser abuela. Luego, el devenir del paso de los años la sumió en un letargo irreparable.

En una revisión rutinaria en el hospital donde trabaja María, a Paula le diagnosticaron un cáncer de páncreas. Le daban dos meses, cuatro a lo más tardar. Desmayo.

La casualidad había concluido en que fuera María quien la había tenido que re-animar.

El azar entró en racha a favor del reparto de cartas en el juego de la vida. Marta -justo ese día-, estaba visitando a su madre en su lugar de trabajo. Permanecía distraída en la Sala de Espera cuando la algarabía producida por el desmayo, le había hecho recapacitar sobre el extraño parecido entre la paciente y ella misma.

Pasado el momento de sorpresa, y tras interesarse por la casualidad, el tema quedó relegado.

Paula permanecía sin sentido, motivo por el cual debió de ser ingresada. María fue reemplazada tras su cambio de turno y junto a su hija se fueron de allí. A pesar de las conjeturas y risas sobre las “casualidades de la vida”, María no prestó mayor interés sobre el asunto. Cualquier referencia a su madre era motivo de ira y frustración.

Al llegar a casa, sin embargo, la insistencia de Marta por saber sobre su abuela se hizo patente. María no tuvo por menos que sacar el tema, otrora sepultado en el fondo de su corazón por motivos obvios. Tras muchas vueltas, excusas y reniegos María concluyó con que para ella, “Su madre estaba muerta allá dónde coño estuviese”.

Marta, sin sentir una lástima excesiva por una “abuela” jamás conocida, concluyó que al día siguiente -aprovechando la jornada festiva de su madre-, acudiría a interesarse por la mujer que había quedado ingresada en el hospital.

Paula falleció aquella misma noche. Sus datos personales, obviamente, quedarían sepultados por la inviolable “confidencialidad de datos”.

Aceptación.

A veces -sin duda yo soy un ejemplo-, le damos vueltas y vueltas a las cosas. Parece que es indispensable explicar hasta la saciedad una idea, un estado de ánimo.

Tengo familiares queridos que no son capaces de transmitir, de manera escrita, lo que de forma locuaz harto consiguen. Otros hablan menos, su introspección se ha hecho tan corriente que hemos aprendido a comprender sus silencios. Otros se explayan en atolondradas actividades mientras tan sólo se comunican con monosílabos.

Yo transmito de forma escrita. (con el menosprecio del mínimo alcance que conlleva)

Tengo dos soportes para ello, WordPress y Facebook. El primero me permite comunicar sin censuras. El anonimato -ya se sabe-, actúa a mi favor. En el segundo filtro mucho de lo que escribo en el primero. Aunque observo cómo cada vez, mi atrevimiento sube de tono.

Hace un tiempo que le doy vueltas a la idea de estar como estancado. Es como si de alguna manera hubiese calmado -por fin- al león interior.

Hace unos días escuché una frase -que si bien al principio me resultó molesta por su carácter lapidario-, me hizo comprender hasta que punto representaba mi estado de ánimo.

“Cada día vivo mejor porque cada vez le pido menos a la vida”

Como os digo, si bien al principio me sonó como un bofetón (pues me asentaba), rápidamente comprendí el verdadero significado de la misma.

No se trata de perder la ilusión por aspirar a imposibles, entiendo se trata de conformarse con vivir con lo indispensable.

Percibo que las verdaderas necesidades básicas importantes están cubiertas. Pareja (familia/hijos) y techo. Nada más importa.

 

Estilos de Vida.

ESTILOS DE VIDA.
(breve reflexión mientras empujaba la silla de ruedas de mi madre)

Una tarde cualquiera.
Creo aprovechábamos para ir al cine, o al médico, o a… importa el destino?

En un cruce nos tropezamos con gente bien vestida.
Ellas sus vestidos (bien planchados, almidonados incluso), ellos de traje.

Mi madre -desde su asiento itinerante-, como sin venir a cuento, apunta:

– A mi me gusta.

Sé de qué habla. La pugna lleva años fraguándose entre nuestras dispares personalidades.

– Pues a mi no. -Contesto- lacónico, sin girar la vista ni pretender desairar el comentario materno.

Por mi cabeza discurren -como munición en ametralladora- las disculpas que siempre contemplé (y que rara vez conseguí que entendiera)

Planchar obliga a una serie de segregación de clases, mamá.
Mayordomos.
Planchadoras.
… Gente a la que -aunque se les pagase en condiciones-, siempre permanecerían sometidos a…

Mientras valoro si conseguiría hacerle entender la idea embrión de mis pensamientos, una nueva sugerencia me llega desde su parloteo continuo:

– Podemos tomar un helado en la plaza…

Y aquí, es cuando me doy cuenta de que el momento ha pasado. Ya nunca nos reconciliaremos con respecto de lo perdido a través de los años.
Ya no habrá trajes-chaqueta, ni cortes de pelo, ni camisas planchadas… Tal vez entre chupada y chupada al cucurucho de turno, alargue su artrítica mano para quitarme pelos de gato de la camiseta sin planchar.

El recuerdo de aquellas putas monjas que maltrataron su infancia de posguerra, concediendo bandas a las niñas peor vestidas, lacera mi corazón -aunque siga sin hacer nada-.

Medias sábanas.

Hace años, un episodio me hizo pensar en cuánto de hipócritas teníamos los seres humanos en general.

Repasando los ajuares heredados de una bisabuela, recuerdo haber tenido entre las manos unas medias-sábanas. Consistían en unos lienzos de algodón ralo y amarillento como de unos setenta centímetros de largo por un ancho convencional del tipo de cama para el que se utilizasen.

Cuándo las tuve entre manos -en mi juventud- nunca comprendí el significado de su utilización. Esto era porque se veían unos embozos perfectamente bordados a mano, con sus cenefas, dibujos, orlas y un largo etc de detalles. Sin embargo la longitud de las mismas no se correspondía con la longitud de una cama normal. En algún momento, supongo me quedé con la idea de que tal vez fueran ropajes de cuna, aunque -repito-, las medidas (a lo ancho en este otro caso), tampoco coincidían.

Con los años me olvidé del tema, y la “herencia”, (en nuestros días, supongo habrían acabado en Wallapop), desapareció.

Hace algo más de una década, la pareja que entonces tenía, recibió -de nuevo en herencia-, el legado de su miserable* progenitora. De entre los mínimos enseres, aparecieron también unas medias-sábanas. El relé escondido tantos años en mi cerebro se volvió a activar. Me sorprendió mucho volver a comprobar cómo, -de nuevo-, unos objetos que yo creía fruto del azar, aparecían de nuevo con una despreciable historia detrás.

Aquella persona que recibió la herencia (además de malos tratos en su infancia, por eso el {*} asterisco anterior), me explicó que esas “sábanas” se utilizaban en su casa  desde los tiempos de la posguerra. Era costumbre, -de cara a las visitas-, tener unas camas visiblemente bien hechas, con los embozos perfectamente limpios, planchados y bordados… rematadas con una liviana colcha hacia los pies. Para aparentar.

Como no tenían medios económicos para adquirir juegos de cama para todos, se utilizaban éstas (de cada una, sacaban dos). Eso si, en detrimento de que el niño/a que durmiera en ellas, se jodiera de frío.

En fin, una anecdota más para reflexionar.

El romanticísmo de lo inútil.

En cierta ocasión alguien me propuso para un premio de WordPress. Yo, que acostumbro a ser bastante desairado a éste respecto le espeté que “gracias, pero no, gracias” (igual con palabras más amables).  -Ya tuve otra experiencia anterior que me hizo arrepentirme de mostrarme tan borde-. En fin… Hago lo que puedo. Hoy he pensado que lo correcto era devolver el regalo.

(dedicado a https://ivegotthekey.wordpress.com/)

Me gusta comprar objetos que no siempre utilizo.

Herramientas. Instrumentos. Acuarelas. Pinturas…

Es como un incomprensible gesto romántico.

Un ejemplo:

Adquirí hace unos años un método para aprender a tocar la armónica de mi padre.

El motivo? La recibí de manos de mi madre, tras la muerte de mi progenitor. Él la tuvo en un cajón durante toda su vida. Jamás supo cómo tocarla. También -creo- la heredó de su padre.

Tal vez mi hija la herede (junto con un método)

Otro ejemplo.

Ir atesorando herramientas para trabajar, repujar, grabar el cuero.

El motivo? Siempre me gustó la opción de dedicarme a ello.

(hoy en día me consuelo viendo vídeos en You-tube)

El Titiritero. (cuento reflexivo)

EL TIRITITERO.
(cuento reflexivo de mi sección, Conversaciones conmigo mismo)

Recuerdo -con nostalgia- que cuando era crío, en los parques públicos, proliferaban los teatros de guiñol.
En ellos, las actuaciones estaban construidas básicamente con un único guión.

Aparecía -bailoteando de derecha a izquierda del mínimo escenario-…

(perdón, mejor de izquierda a derecha. Siempre es mejor que las “raíces” estén bien definidas)

… un muñeco, ataviado con un cucurucho en la cabeza. Luego, por la derecha..

– Ves? Ahora lo has dicho bien.

– Pufff. Ya estás aquí? A ver lo que nos sale si tu también opinas..

– Me portare bien, ya lo verás. Decías que por la derecha salía… Quién? Rajoy?

– No empecemos. Que luego el ministro “ese” – el de los labios saltones- nos enchiquera. No. No salía Rajoy. Generalmente salía un villano con un garrote.

– Pal caso..

– Puedo seguir?

– …

– Decía que acostumbraba a salir otro muñeco..

– De madera? Como Pinochio? Contando mentiras para engañar al niño? Si?

– No. No era Pinochio. Ni Rajoy, aunque con éste guión…

– Lo ves?

– Calla. Que me pierdo. Salía un villano con un palo al hombro, en actitud pendenciera. También muchas veces, la figura del “malo” era la de un zorro, o la de un lobo.

– Será por la influencia de aquella estrecha que era Caperucita!

– No callarás, no. El personaje malo, cuando el niño se giraba, aprovechaba para darle una cantidad (hoy en día sería políticamente incorrecto) de garrotazos en la cabeza al niño que nos dolían al público. Gritábamos!! Y hasta alguno lloraba también.

– Bendita inocencia.

– Chitón!! El caso es que cuando el niño se levantaba, -tambaleándose-, y se encaminaba hacia un extremo -siempre el opuesto- del escenario preguntando:

– Pues claro que se tambaleaba. Entre que lo habían molido a palos y que era una marioneta!!

– Que cansado me tienes..

– Y qué preguntaba? Si Rajoy había aplicado la Ley Mordaza?

– Voy a ignorarte un rato. Fuera de aquí.

– Vale, vale.. no te sulfures. Me voy a sentar con los niños.

– Mejor. El caso es que el infeliz preguntaba: “- Quién me ha pegado?-”
Y, los niños nos desgañitábamos gritando:

EL ZORRO! EL ZORRO!!

En otras versiones, el niño preguntaba: (al malo),  “- Por qué me has pegado?-” Entonces, el malo respondía: “-Porque me has robado el conejo-“.

– Qué conejo?

– El de tu madr… -perdón, niños-, En otras funciones, joder! El guión incluía el robo de algún animal. (una simple excusa para aporrear al niño)
El malo -tras volverle a aporrear-, le preguntaba: “-Pues quién ha robado el conejo?-”

Y, los niños volvíamos a gritar:

EL ZORRO! EL ZORRO!!

Y como se dice ahora, la actuación entraba en bucle.

– Ya está? Esta mierda es lo que vas a escribir hoy? Dónde está la reflexión?

– Déjame acabar.

Hoy, esta tarde, he escuchado una frase al hilo de lo de los titiriteros detenidos hace unas semanas, recordáis?
La frase me ha hecho pensar. Decía así:

– Las marionetas actúan gratis, pero a mi (supuestamente el titiritero), no está prohibido darme dinero.

– Y…?

– No te das cuenta hermano? La frase es lapidaria. Sólo has de colocar en posición correcta a los personajes. El titiritero (títere del Deutsche Bank), es nuestro Presidente. El malo (el del garrote), el ministro. El niño (nunca mejor traído lo de explotado, el niño).

– Y el conejo?

– Ya te he dicho antes quién.

– No seas borde. Lo pregunto en serio.

– Pues la excusa.

– Bien visto hermano, bien visto. Por cierto? Sabes a qué edad murió Pinochio?

– No seas imbécil. Eso es un chiste viejo, malo y soez.

– Aburrido. Que eres un aburrido!!