Medias sábanas.

Hace años, un episodio me hizo pensar en cuánto de hipócritas teníamos los seres humanos en general.

Repasando los ajuares heredados de una bisabuela, recuerdo haber tenido entre las manos unas medias-sábanas. Consistían en unos lienzos de algodón ralo y amarillento como de unos setenta centímetros de largo por un ancho convencional del tipo de cama para el que se utilizasen.

Cuándo las tuve entre manos -en mi juventud- nunca comprendí el significado de su utilización. Esto era porque se veían unos embozos perfectamente bordados a mano, con sus cenefas, dibujos, orlas y un largo etc de detalles. Sin embargo la longitud de las mismas no se correspondía con la longitud de una cama normal. En algún momento, supongo me quedé con la idea de que tal vez fueran ropajes de cuna, aunque -repito-, las medidas (a lo ancho en este otro caso), tampoco coincidían.

Con los años me olvidé del tema, y la “herencia”, (en nuestros días, supongo habrían acabado en Wallapop), desapareció.

Hace algo más de una década, la pareja que entonces tenía, recibió -de nuevo en herencia-, el legado de su miserable* progenitora. De entre los mínimos enseres, aparecieron también unas medias-sábanas. El relé escondido tantos años en mi cerebro se volvió a activar. Me sorprendió mucho volver a comprobar cómo, -de nuevo-, unos objetos que yo creía fruto del azar, aparecían de nuevo con una despreciable historia detrás.

Aquella persona que recibió la herencia (además de malos tratos en su infancia, por eso el {*} asterisco anterior), me explicó que esas “sábanas” se utilizaban en su casa  desde los tiempos de la posguerra. Era costumbre, -de cara a las visitas-, tener unas camas visiblemente bien hechas, con los embozos perfectamente limpios, planchados y bordados… rematadas con una liviana colcha hacia los pies. Para aparentar.

Como no tenían medios económicos para adquirir juegos de cama para todos, se utilizaban éstas (de cada una, sacaban dos). Eso si, en detrimento de que el niño/a que durmiera en ellas, se jodiera de frío.

En fin, una anecdota más para reflexionar.

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