Comienza la temporada de verano…

Bajo al Super.
Cojo la barra de pan. Doy un rulo por las neveras de Ofertas (mi mujer me tiene enseñadísimo), y tras no ver nada apetecible, me pongo en una cola para pagar.

Me atiende un chico nuevo. De esos que contratan para el verano. Más simpático él…
Veintinueve -me dice-.
Tiene tarjeta cliente? -continúa como un autómata..
– Si. Toma, -y tras la tarjeta le ofrezco dos monedas de veinte y una de uno..
Me mira. Y me dice:
– No. No señor, (primera puñalada), con el descuento son veintiséis.
Sin abrir mi boca de los truenos, insisto con mis cuarenta y un céntimos tendidos y, susurro:
– Así me devuelves quince, mejor. No?
Me mira. Insiste..
– Se equivoca señor, (segunda puñalada) son veintiséis. Le sobra.
Sonríe con su ortodoncia perfecta y le muerdo la yugular con un:
– Dale, dale a la maquinita. Marca lo que te doy según el protocolo.. ya verás, ya.

Coge mis tres monedas y me devuelve otras dos.
– Gracias señor. (última puñalada)

 

Me alejo de allí pensando (renegando que diría mi mujer), en que claro, como les obligan a tener estudios, experiencia, etc, etc..

 

Los perros, formales, se levantan al unísono al verme salir con la barra de pan.

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