Sexagenario!

Ayer comentaba en casa ajena, para argumentar (sin mucho acierto, dicho sea de paso), que me acercaba a formar parte de ser un sexagenario. Es falso. En la actualidad cuento cincuenta y cinco inviernos.

Así y todo, soy consciente de que abuso de ese término, de ese contexto, en lo que yo denomino -a mi favor-. A ver, no se trata de ponerse años encima, la extendida norma general es hacer lo contrario. Ell@s sabrán por qué.

Cuando explico algo…

Esas historietas de todo tipo, unas forzadas sobre cómo me afecta el día a día, otras dónde me explayo sacando a colación a mi propio y a la vez distante fruto del otro hemisferio de mi cerebro, mi hermano,  al que trato como amigo invisible en “divertidas” y controvertidas conversaciones conmigo mismo. Otras veces, relato experiencias de carácter sexual, acaecidas hace ya casi un par de décadas, de cuando poseía un bar de copas en la Costa Andaluza y no había encontrado -aun- a mi pareja de vida.  Acostumbro también a traer a colación historietas mundanas del día a día, que desde un ácido punto de vista voy acumulando en los paseos con mis canes. Tengo dos. Un husky (pobrecito mío, ya está tan renqueante como yo) y una perrita de caza (de esas de belleza distraída, que, sin embargo es toda cariño y empatía). Ahora que las hijas ya viven sus vidas, éstos son mis niños. Otras veces.. mis reflexiones (ese engendro de ideas no muy fructíferamente acompasadas que son, en realidad, el hilo conductor de este Blog).

En fin, que me pierdo…

Soy consciente de que me regocijo, cuando por ejemplo, al cruzar un paso cebra, o en un semáforo, tironeando de mis chuchos -y ellos de mi cojera-, cuando me doy cuenta de que determinados amables conductores de automóviles hacen el gesto de ralentizar su prisa diaria para cederme el paso, inconscientemente o no, fuerzo el cadencioso movimiento de la rodilla artrítica. Os juro que no es premeditado. Sale sólo. Es como un regalo que se me ofrece.

Otro ejemplo -éste algo más detestable- es cuando algún adolescente se dirige hacia mi (y puedo constatar que portar un husky es un reclamo continuo que permite muchos acercamientos diarios) con el previo vd en la boca. “Puedo tocarlo, Sr?” “Es un lobo, Sr?”.

De alguna manera me aprovecho de lo que parece que piensen los demás. Bien sea por mi aspecto, bien sea por las mermas que aparente tener.

En fin, concluyendo, cómo es que de cincuentón (que parece que sea un tipo regordete y bonachón) pasa uno a sexagenario (que suena a tener ya un pie al filo del abismo)?

No podríamos ser más amables?

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