A golpe de Bruce Springsteen.

Hoy he soñado la muerte de mi perro.

Ocurrió sin más. Salíamos de cenar, la familia, -ignoro qué se celebraba-, del restaurante del puerto donde hace años trabajé. De repente, un golpe de mar entrechocaba dos bordas. Y como en un respingo supe que era él.

A pesar de los gritos de atención, me vi (en el sueño) saltando sobre proas de barcos abarloados juntos, para intentar mitigar el fuerte temporal.

En mi sueño, del que desperté de súbito, conseguía recogerlo y asistir, todavía, a sus últimos resuellos.

Me he quedado unos minutos de más tumbado en la cama. Nunca me había sentido tan lúcido tras salir de la vigilia a Morfeo. De alguna manera, evitaba levantarme para evitar la desdicha de comprobar …
Al ir a orinar, sus vigilantes ojos abiertos me resarcían la tranquilidad perturbada unos minutos antes. Todo está bien.


 

Hace ya unos meses que quiero tratar el tema “entierros”.

Sin saber bien por qué, he ido cogiendo la costumbre de asistir a los sepelios de los familiares de los compañeros de trabajo que se van sucediendo. Tampoco los lazos que me unen a dichos individuos, son tan recios como para intervenir en estos íntimos actos. Con lo que, cada uno que sucede al anterior, me vuelvo a repetir varias preguntas:

  • Qué hago yo aquí? Si apenas los conoces, por qué te atreves a acudir a los entierros del hermano de tal maquinista, o al de la madre de tal o cual encargado?

La contestación que me doy, aunque frágil, me reconforta porque el apego que “la fábrica” me ha dado en seguridad de… me decanta a pensar que soy parte de una familia de algo… Como resulta que a lo largo de mi vida, he cambiado residencia, provincias y por ende, amistades, ésta es una realidad simbólica de pertenecer a una comunidad,  estable. No se si lo he explicado bien. Ya digo que es una sensación extraña.

Hace unos meses, -ya digo-, asistí al entierro de la hermana de Eulogio. Cincuenta y tres años. Infarto. Demasiado joven -pensé mentalmente mientras cruzaba las puertas del recinto y buscaba con la mirada el consuelo, tal vez reprobatorio, de alguna cabeza conocida-. Yo tengo cincuenta y cinco y su hermano tres más que yo.

Como no me gusta molestar, mucho menos destacar ante lo irracional de hacerme un hueco protagonista, decidí asistir, de pie, en el fondo de la capilla, la conclusión de la ceremonia para luego marchar. Tampoco comprendo los porqués de estas actuaciones mías, pero siempre me digo que: Un puntual alto en el camino, como mero acto de contrición que me indique cuán ínfimos somos siempre va bien para el alma.

Estaba ensimismado en mis peroratas mentales cuando de repente percibí que quien oficiaba el evento no era el sacerdote de rigor. En su lugar, tras el atril donde en parecidas actuaciones, se leen los Evangelios, una gruesa mujer con una voz, que aunque sobria y tranquilizadora, poseía un caudal a juego con su cuerpo. Aquello me impresionó. Aquella mujer no sólo restaba importancia a un ministro de la Iglesia en sus feudos, sino que además lo hacía con un talante que la enmarcaba como auténtica ¿reina de la fiesta? Perdí el hilo de mis conjeturas y elocubré sobre cuanta empatía me aportaba ésta nueva ceremonia. En eso estaba cuando, finalizado el acto y a modo de despedida, los inconfundibles primeros acordes del Born in USA, de Bruce Springsteen, llenaban el recinto de la capilla ante los susurros y adioses a la homenajeada.

Salí de allí con un ¿buen rollo? difícil de comprender y mucho menos, asimilar.

 


Éste fin de semana, una amiga mía ha perdido a su hijo. El mar -tantas veces admirado-, se lo ha tragado. Es imposible intentar infundir palabras de consuelo a una madre que, de manera anti-natural, debe asistir al sepelio de un hijo. Nadie está preparado para semejante canallada. Lo lógico, es que sean ellos los que asistan a los nuestros (supongo que el dolor es más mitigable en ese orden).

Fiona, mi más sincero consuelo.

 

 

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