Hace unos días me fui a cortar el pelo.

Para escribir sobre lo que quiero escribir hoy, necesitaría -para que se entendiera- que previamente hubieseis leído los tres capítulos que en su día escribí sobre “MI PELUQUERA”.
Por lo tanto, me voy a permitir recogerlos (todos) aquí para luego explicar lo que sería la cuarta y última parte.

Comprendo que como algunos ya habéis leído los capítulos anteriores igual se hace extenso. Intentaré no aburrir.

  • Hablar de mi peluquera es complicado.
    Ella, no diré como se llama -faltaría mas- regenta una peluquería de señoras de toda la vida. Tintes, rulos y ese insoportable olor de mechas -tostándose bajo un secador de astronauta- flota en un ambiente distinto al imaginado.
    Excepcionalmente, algunas cabezas masculinas somos tratadas ahí. Supongo que somos un atajo de inútiles de esos que prefieren no escuchar opiniones de fútbol mientras se nos corta  el pelo. En mi caso, además, me pilla más cerca de casa.
    Los precios son similares a los de las masculinas, o… Eso creo, la verdad es que hace años que no he vuelto a una de tíos.

    Como con mis perros cada día paso por su puerta, viéndonos a través de su escaparate…
    (la tiene decorada muy divertida., como es madre de dos niñas gemelas, tiene una mesita pequeña,  dos sillas a juego en tamaño y un  pastel de porcelana sobre la primera, que confiere un aire distinto de lo que ella aparenta).
    … los saludos a través del cristal se han convertido en imperceptibles guiños, tal vez.. muecas.

    Yo no entiendo mucho de esto, no lo juzgaré. Dice que es estilista. La verdad es que el sitio es muy acogedor sin perder la compatibilidad de lo que tiene que ser el negocio.

    Lo mejor de la peluquería es el sillón del lavacabezas. Es un sillón de masaje de esos que va ejerciendo una suave vibración sobre determinados puntos de la espalda, riñones, piernas, confiriendo al ya relajante lavado de cabeza (a quien no le gusta que le acaricien el cuero cabelludo con un suave y oloroso champú?), un placer añadido.

    Yo no voy más de tres veces al año a la peluquería. No le presto demasiada atención a mi imagen… Tan sólo cuando calculo, casi siempre mirándome en el espejo del ascensor, que mis pelos dan vergüenza ajena, es cuando comienzo a pensar que he ir a cortarme el pelo o peinarme. Como lo segundo no entra en mis cálculos, la solución es ir a la peluquería.

    Lo que quiero contaros, -al fin y al cabo, es lo que hago aquí,  contar cosas-, son algunas de las curiosas situaciones que se dan mientras me corta el pelo.

    La insistencia de su mirada no pasa desapercibida. Sus ojos tienen un brillo propio que permiten soñar argumentos que seguro andan muy lejos de lo que el resto de sus facciones expresan.
    Su conversación es rápida,  te das cuenta enseguida cuando tiene ganas de explicarte da igual qué. Es ella quien lleva el peso de la conversación,  permitiéndote apenas asentir a lo que sea te esté explicando.
    Mientras sus manos,  tijeras, maquinilla, peine,  etc, se mueven como con vida propia, la conversación fluye en torno a temas más o menos atrevidos dado que en realidad no nos conocemos de nada.
    Hoy ha surgido en una conversación sobre cómo utiliza Facebook para hacerse propaganda gratuita de su peluquería, -lógico-, agregando como amistades a todos los clientes de su negocio. Hasta aquí bien, me ha pedido mi nombre para agregarme. Cuando me he querido dar cuenta, ya me había comentado,  -como de pasada-, que también tiene una cuenta en Instagram donde posa de forma erótica.
    Nunca hasta hoy había sentido interés por Instagram, ni siquiera sabia para qué servía? Ahora tengo una cuenta que me permite deleitarme en un pezón ajeno a la mirada curiosa.

    Hace unos meses, pude sentir el rubor en mis mejillas y preferí desviar la mirada al sentir la suya reflejada en el espejo. En las ultimas falanges de mis dedos anular y meñique, percibía el calor húmedo de su pubis, que a través de la tela de la bata se transmitía,  cada vez que, digamos, ocasionalmente, se apoyaba mientras giraba alrededor mio trabajando su corte de pelo. La situación,  tan halagadora como excitante, hizo que me aferrase con fuerza al reposabrazos,  no permitiéndome el menor movimiento en dichos dedos. Tampoco osé retirar la mano de debajo de la capa protectora, permitiendome ralentizar el placentero juego.

    Nunca me he permitido un  paso más allá de lo correcto. Prefiero disfrutar de estos pequeños gestos que inadvertidamente parece que nunca han llegado a suceder.

  • Buenos días.
    Hoy desperté a las seis. Sin duda los estragos de sueño debían estar recuperados tras dos días de perrear sin rumbo.

    A las nueve tenia la casa lista de marujeos varios, el sol lucia a pesar del frío por lo que aparejé a mis canes y nos hemos ido a desayunar.
    Bueno, he de decir que los tengo tan mal acostumbrados como si de nietos se tratara. Nos sentamos en una tetería, donde sé que permiten la entrada de perros al local, y raro es el día en que no les doy un cuerno a cada uno de los dos cruasans que me zampo.

    Al volver hacia casa, siempre por rutas distintas, -enseñanza de mi abuelo que en homenaje siempre he convertido en mía-, hemos pasado por delante de la peluquería donde ayer me cortaron el pelo, recuerdo haber explicado algo ayer noche..
    Al paso frente al escaparate, tironeando de mis canes vuelta a casa, no he dejado de observar como la peluquera se movía en sus quehaceres diarios, entreteniéndose en la cabeza de una anciana de pelo color violín. Cuando ya pensaba que hoy no disfrutaría del guiño que a modo de saludo me dispensa cada vez que nos saludamos en mi diaria ruta, unos labios rojo intenso, ahuecados en forma de O, me han lanzado un imperceptible beso desde el reflejo del espejo. He asentido mientras con la mano libre de correas, me permitía un extraño gesto.

    Una manzana más abajo, todavía recordaba el intenso color rojo. Un rojo que hacía juego con el de unas uñas perfectamente pintadas.
    Las uñas de unos dedos estirados de una mano abierta.
    Una mano abierta, estratégicamente colocada para cubrir parcialmente un tatuaje.
    El tatuaje, un hermoso ramillete de flores que nacía en el monte de Venus extendiéndose por el bajo vientre de su propietaria.
    Un monte, que desde la perspectiva de los huecos que los dedos abiertos permiten a la vista, se aprecia completamente desprovisto de la maleza propia que allí debiera crecer.
    Confiriendo a la escena un toque de pálida blancura inusual.
    Sin duda, por lo menos un estremecimiento, sería un grato pago para cuando vuelva a sentir su mirada en mis ojos.

    Maldito Instagram.

 

  • Jueves 29, media tarde.

    Ayer fue un día espantoso. Todas mis esperanzas cayeron como castillo de naipes.
    No recuerdo si os conté,  además,  que cruzando, diagonalmente la calle de la peluquería, se encuentra en la esquina contraria un establecimiento Sex Shop?

    En fin, ayer caminaba acera arriba con mis perros en pos del paseo de tarde. Yo siempre camino por las aceras izquierdas, dejando las paredes de los edificios a mi izquierda,  creo que ya lo he explicado alguna vez. Sufro de una mínima cojera que con el leve desnivel de las aceras se corrige por si sola permitiéndome facilitarme el paso. Mis canes,  obedientes, lo saben y caminan siempre a mi derecha.

    Ayer, el husky parecía algo más agitado de lo normal. Los días fríos y ventosos parecen sacar al lobo que en origen lleva dentro y, parece dominarle en instinto.

    Poco antes de llegar a la peluquería y, por qué no decirlo, recordando mi escrito del día anterior. Donde os contaba cómo había disfrutado observando los límites desnudos del origen del tatuaje, comencé a repasar mentalmente la suave piel depilada,  las rojas uñas haciendo juego con los labios en O y tal vez alguna que otra indiscreción que me permitireis no desvele.. cuándo vi a un par de cientos de metros bajar por mi misma acera, pero en sentido contrario, a un chaval, jovenzuelo,  ya nos hemos cruzado con él y con su mastín en más de una ocasión. El mastín no se lleva bien con los míos. Cada vez que los tres se cruzan, el mío grande, el husky, se enfada territorialmente hablando.
    Para evitar conflictos, aminoré un poco el paso y casi sin apenas mirar hacia atrás,  crucé la calzada hacia la otra acera en diagonal en el cruce. Un par de metros antes de llegar a la acera contraria, el instinto me advirtió sobre el coche que por mi derecha amenazaba cruzar antes de conseguir llegar a mi rectilíneo destino.
    Sea como fuera, apreté el paso, más pendiente de los chuchos, que de mirar por donde caminaba, para por fin, cruzando entre dos vehículos aparcados, conseguimos nuestro propósito.
    Mi sorpresa fue mayúscula cuando, sin querer, casi atropellamos a una señora que por su acera bajaba.
    Al mirarle a la cara para disculparme por el acoso fortuito, no pude dejar de reconocer a mi peluquera, que con el susto en el rostro, volvía a poner esos rojos labios en O.
    De mi boca, un torpe -Perdone, perdona- acerté a musitar…

    (mientras, mi subconsciente me jugaba una mala pasada, al comprobar cuán parecido tan grande tenían los rojos labios en O, los ojos saltones del susto, con los de la propietaria de una muñeca hinchable que desde el escaparate me miraba)

    .. ni me atreví a hablar. No fuera que la cagara.

    Apreté el paso, sin apenas volver la cabeza y nos retiramos raudos calle arriba.

    Cuando recapacité, comprendí que tal vez mi peluquera, tras haberme facilitado una velada información sobre sus desnudos en Instagram, pudiera llegar a pensar que igual un sátiro tenia por cliente. Tal vez, ahora pensara, que mi tosca actuación invasiva, pudiera ser una mal interpretada invitación hacia ella.
    Pobre de mi. Si además se enterase de que llevo contándonos sobre su íntimo tatuaje!
    Que vergüenza! Qué va a pensar? Cómo le explico que mi fascinación por sentir, tal vez de nuevo, el calor de su sexo en mis dedos tan sólo fue producto de mi imaginación?

    Lo primero que hice al llegar a casa fue desinstalar Instagram.
    (no sin antes echarle un nuevo vistazo póstumo)

    Y, con este breve resumen, doy por terminada la trilogía de este micro cuento que siempre pensé titular: La Peluquera.

    (obvio deciros qué partes tal vez fueran ficción o cuales no), tal vez dentro de tres o cuatro meses, cuando vuelva a necesitar un corte de pelo, os explique más sobre “mi peluquera”.

    Bueno, ahora que ya he resumido mis tres capítulos y sin querer extenderme mucho. Me he de levantar a las cuatro.

    No quiero dejar de escribir hoy sobre esa placentera sensación de cómo he percibido que me tiraban los tejos..

    Hoy me he ido a cortar el pelo. Ya os lo decía antes. Lo que quiero contar es porque se ha dado una conversación chocante.

    Ella, sigue mi página de Facebook, me tiene amigado, porque hace propaganda de su peluquería, etc..

    Y, de repente, me dice:

    • El otro día leí “esa” historia sobre tu… vecina?

    Yo se positivamente que lo único que tengo escrito sobre “vecinas” es lo de:

    https://montxomon61.wordpress.com/2015/01/30/los-orgasmos-de-mi-vecina/ (parte 1 y 2)

    Con lo que tirándola de la lengua… pude comprobar cómo se había entretenido en leer sobre el tema orgasmos, aunque no quisiera abordarlo con las palabras correctas.

    En eso, he de confesar que me he sentido halagado, no he podido confesarle que también sobre ella (en otro sitio, aquí en Word) había escrito alguna cosa.

    Lo que si me he permitido cuchichear es que la vecina de los orgasmos, también es clienta suya. -Lo sé porque la he visto alguna vez sentada en el mismo sillón en que me corta el pelo a mi-. Para que le de vueltas a la cabeza.

    Lo que no he querido decirle (para que no cerrara el círculo), es que además, también “ella” tiene un comercio muy cerca del suyo.

    Lo dicho… una gran tarde de risas veladas.

12 comentarios sobre “Hace unos días me fui a cortar el pelo.

    1. Si. Pero sentí la culpabilidad de la proximidad. Ya sabes… Lo de “que te conozcan por lo que escribimos”.

      Instagram no me gusta. Mostrar sin contar… No es para mi. Y no quería más líos. Tampoco me gusta Twitter. 140 caracteres!! No tengo ni para empezar!!
      Imagínate, si hasta tengo la cuenta (de Twitter) a nombre de mi perro… (como no habla!!)

      Me reí mucho con la “pelu”, la atropellamos, literalmente, con las correas de los perros. Y, nena, ver su cara de susto con el gesto idéntico al de la muñeca de latex que me miraba desde atrás… fue sublime! Escapé de allí por vergüenza ajena. Se me hubiera escapado la risa. Yo soy de esos, a los que se les notan los gestos. Seguro.

      Cuando el otro día, muy melosa, diciendo pero sin decir que en Facebook se había reído mucho con lo de “mi vecina”… Vamos? Sabes cuándo te dan ganas de arrancarle la falda y .. (porque sabes qué te están diciendo pero amparada desde detrás de lo políticamente correcto…con la ayudanta al lado (que por cierto le ha copiado el corte de pelo, la muy pelota), en fin…
      Afilé los colmillos para clavar(se)los en el pálido cuello y tan sólo musité, breve pero audible:
      – Ah, si? Pues es clienta tuya.. también.
      Tenías que haberla visto.
      Se irguió toda ella.
      Sus tetas!! Se irguieron.
      Casi me las como cuando dio el respingo!!
      Más solícita!!
      Ah, si?? Y… cómo es?

      Yo callado (como una puta, que se dice). Ni mu.

      Bueno… Ya te seguiré leyendo -me dijo mientras me cobraba-.

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      1. Jajaja, a mi el twitter me supera, va muy rápido, no me da tiempo a seguir el ritmo de la gente…, sin embargo instagram me encanta… Adoro poner # y buscar las cosas que me gustan…
        Pero bueno, esta claro que tu peluquera es marchosa 😉

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