La hamburguesa.

LA HAMBURGUESA.

(Crónica abierta de una pelea de pareja)

Posibles atenuantes:

Dado que un servidor trabaja en horarios nocturnos en días aleatorios, festivos, vacaciones -de los demás-, fines de semana… Y mi esposa diurnos (una semana de mañanas y otra de tardes), nuestros horarios de comidas son, cuando menos, una lotería itinerante.

La “costumbre”, esa tradicional rutina -que todas las parejas compartimos-, del pasar de los años, ha ido fraguando una norma por la que, el que está en casa (para la hora de comer), es el que cocina. Ahora bien, dado lo dilatado de nuestros horarios (hoy salgo a las siete y me levanto a las doce o ella sale a las catorce o a las quince o a las veintiuna o a las veintidós), lo normal es que el que llega, (que por norma general es ella y, por la naturaleza de su trabajo, se permite “catar” algunas de las exquisiteces que vende…) Lo normal es que llegue sin hambre.

Los hechos:

Al principio, los primeros años, como cualquier pareja que se precie, nos esperábamos. Nos esperábamos para -a pesar de la incertidumbre horaria-, comer juntos. Luego…

Cuando te has acostumbrado a que comes solo -un mes tras otro y otro más-, cuando hace horario de tarde (porque ella se va cuando tú todavía duermes) o comes solo porque “Ya comeré luego, que ahora no tengo hambre” (porque hemos probado un queso nuevo que…) y tú igual has de irte más pronto…

En fin… Rutinas! Qué os decía?

El jueves salí dos horas tarde. Llegué a casa sobre las nueve de la mañana. Saco a los chuchos a pasear y sus cosas. A las diez estaba en la piltra. Sobre las doce y media, se acerca -atrafagada-, a la cama y tras darme un beso a tientas y a oscuras (en lo que intuyó debía de ser mi mejilla) me susurró algo parecido a:

  • Ya he sacado a los perros. Han hecho pis y caca. En la nevera hay hamburguesas..

Aquí quiero abrir un inciso:

Me repatea que me despierte cuando hace pocas horas que me acosté. Sin embargo, como la conozco y sé cómo trabaja su cabeza, no se lo digo nunca (ni se lo diré). Si lo hiciera, dejaría de hacerlo por puro orgullo herido. Y, a mi, me encanta que haga “esas cosas” tan naturales de ella misma. Prefiero que me despierte y tener que volver a coger el sueño a desterrarla de esa parcela de intimidad que supone ese “agravio”.

A decir verdad, la mayoría de los días, al volverme a dormir, olvido parte de los singulares mensajes.

Fin del inciso.

  • Vale cariño. Mua! Ten cuidado. No te cortes dedos!!

(Lo de los dedos es una broma íntima. Como ella trabaja con cuchillos… y, el único que ha sufrido un accidente aparatoso en los dedos de una mano soy yo, haceros cargo).

Sobre las tres de la tarde, la gata se me subió sobre el pecho. Habéis intentado dormir con una garrafa de cinco litros sobre el pecho? La sensación de opresión es la misma. Somnoliento, salgo de la cama, consulto el móvil (mirar qué hora es, buscar los me gusta de Face o Word, actualizar los WhatssApp, en fin.. Rutinas. Una ducha. Y a mirar a ver si hizo algo de comer!!

No hay nada hecho. Friego cuatro platos, tiendo la lavadora, paso el aspirador (el husky comienza con la muda de invierno), me pongo un disco: To love somebody (Nina Simone) y comienzo a deambular por la casa en busca de algo más que hacer… Como tras fregar, me da pereza guisar, cojo un bol, leche de soja y cereales. Pongo la tv en mudo y, cuando me doy cuenta me despierto en el sofá.

Hostia!! Las veinte treinta y ocho!

Los perros me miran con esa cara de buenos resignados que parece decir:

  • Hijo puta!! Va! Que nos meamos!

Agarro los aperos, los ato. Salimos.

Nos encontramos con tal y cual Pascual!!

Volvemos a casa con dos birras. Las nueve cuarenta.

Y, nada más abrir la puerta escucho:

  • Dónde está mi hamburguesa?
  • … !!

Ya sabéis de lo que hablo. La cara le va mutando. De cansada a cabreada. La mirada pierde dulzura..

  • Ahora la hago. Son cinco minutos.
  • Ya no las quiero. Me apetecían hoy, por eso te lo dije al….
  • Lo sé. Compré bollitos redondos (intento disimular pensando deprisa, como nunca tienes hambre… cuando llegas)
  • Ya no quiero. Ya no tengo hambre.
  • Lo ves?

Aquí, justo tras pronunciar ésta mínima frase me doy cuenta de que la he cagado. Si no hubiera dicho nada, no hubiera pasado nada. Pero desautorizarla demostrando que puede no tener razón es una cagada. Lo sé yo, lo sabe ella y lo sabe todo el mundo.

  • Hoy no curras?
  • No. (pero si quieres me largo, estoy a punto de pensar en voz alta)

Por la mañana le llevé el café a la cama.

A media mañana, tras volver de excursión con los perros (más que nada por quitarme de en medio, le comenté:

  • Quieres la hamburguesa? O vas a seguir de morros?
  • No tientes a la suerte. No tientes a la suerte…
  • Lo digo, porque si comemos pronto…. Me da tiempo de darte un masaje en el pie malo antes de irte a currar a las dos…
  • Ay, zorro!! Siempre te sales con la tuya.
  • …¿?
  • Váaa!! Dónde está la crema?

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