Enterrando el alma.

“Vaya 20 minutos a un cementerio y verá que sus preocupaciones no desaparecen, desde luego, pero casi son superadas… Es mucho mejor que ir a un médico. Un paseo por el cementerio es una lección de sabiduría casi automática”
Emil Cioran.
Gran consejo.
A veces, coincidiendo con el paseo de mis perros, me permito entrar en el camposanto del pueblo. Pasear observando nada más.
Reencontrarse con uno mismo. Fijarse en cómo y cuánto han cambiado las maneras de rendir tributo a nuestros antepasados. Desde los panteones a las flores de plástico.
Desde los bronces bruñidos a los parterres abandonados.
Desde los nichos a pie, a primera vista, a los de la quinta o sexta fila en alzada.
Los verdes del musgo apoderándose del lugar. La humedad. El crujir de la grava a cada paso, como si fuésemos a molestar a los inquilinos.
Los majestuosos cipréses, erguidos o vencidos al viento cual guardia de honor…
Un paseo por un cementerio es un gran ejercicio de introspección. De comparar qué tipo de vida llevamos o hemos ido consiguiendo.
Despues de todo tarde o temprano alguien realizará ese mismo paseo y podremos sentir, en última instancia, su energía desde detrás de las lápidas.
Sólo de lo que hagamos en vida, redundará cuan solos permanezcan nuestros restos.

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