Orgasmo tántrico en la Delegación de Hacienda.

Hoy tocaba hacer la declaración de la renta.

Todo preparado desde hace días, no hay nada peor que llegar allí y que el empleado de turno te diga:

“… Le falta un impreso…”

Joder!  Hoy en día, prefiero que me cobren algo a que me digan que he de volver…

Lo dicho, puntual a la cita, el segurata de cada año, -ése con rizos estilo Llongueras-, solícito, me franquea la entrada indicándome dónde me he de sentar a esperar. Le agradezco la atención mientras recuerdo cómo hace ya varios años casi tiene que intervenir cuando un estúpido funcionario me recordaba -con malas maneras-, sobre que debería realizar (con su recargo incluido) aquella Declaración de un año anterior en la que me salía “a pagar”. En fin, pelillos a la mar. Los suyos, cabrón. Mientras río mi propia ocurrencia, no puedo dejar de pensar en que, en éste último año ha engordado un poco! Nos hacemos viejos. El tiempo pasa.

Espero. Paciente. Con mi número en la mano y la vista fija en la pantalla, donde asoman, cual bolas bingueras, los números de los contribuyentes.

B-14 Mesa 8, E-65 Mesa 3, J-08 Mesa 4….

Sin comprender bien, cómo funciona el asunto, miro por primera vez mi papeleta: Z-10. Astuto, intento hacer combinaciones con los números de mi DNI y letras de mi apellido -que contiene una Z-, mientras con el rabillo del ojo permanezco atento a la pantalla.

F-13 Mesa 5, H-06 Mesa 1, Z-09 Mes….

Casi se me escapa un. “…Bingo!!…” Por la proximidad con el mío.

La morena de al lado me observa con cara agria, el de los rizos, porra y esposas, se acerca, se coloca en cuclillas frente a ella y le explica que (para lo suyo), deberá ir a otra delegación. Ella, suspira, mientras se levanta con pesar y agradece el inútil trámite al empleado de seguridad.

Un individuo de aspecto marroquí, envuelto en su chilaba, hace el gesto de cruzar el arco de seguridad, cuando el guarda jurado gira sobre sus tobillos y le da el alto. El rápido movimiento, hace levantar dos docenas de cabezas de sus respectivos dispositivos electrónicos, durante el breve instante en el que, la psicosis reinante, hace gala durante los segundos que tarda el individuo en cruzar el arco.

B-05 Mesa 7, Z-10 Mesa 20…

“…El mío!!…”  Trago saliva, me levanto y me dirijo hacia señorita que hay tras la mesa más alejada con el mencionado número.

(Por lo menos no me atrapará la bomba), pienso sarcásticamente para mis adentros.

“…Buenos días…”

“…Buenos días. Sr tal tal, trae los documentos que le pidieron por teléfono? Me permite su DNI? Bien, ya veo que aquí constan las retenciones donde vd presta su servicio. Tiene los comprobantes de Cruz Roja, Sindicato, alquiler de vivienda, etc..

Vamos, todas las mierdas que tenemos los pobres para desgravar.

Pasan los minutos donde, raudo, me afano a sacar con anticipada premeditación, cada uno de los justificantes que me va a pedir. Tengo ganas de salir de ahí. Nunca me gustó hacer trámites. Comienzo, mentalmente, a elegir dónde iré a desayunar una vez salga de allí, cuando escucho:

“…Vaya!  Parece que este año le sale a devolver. Hacienda le devuelve 2193 euros!

Abro los ojos. Se me atraganta el futuro cruasán todavía sin comer. El cerebro cobra vida y empieza por si solo a girar en vorágine noria centrífuga. Primero, se me cuela la promesa que antes de ayer le hice -vía whatssap-, a mi prima Ana: “…Mañana voy a Hacienda, mi generosidad para con tu regalo de boda, reía, irá en función de cómo me vaya…”, el siguiente fugaz fotograma es para mi esposa!! Coño!! Igual follamos hoy!! Mi esposa, es que es como el Tío Gilito, ve billetes en el horizonte y se le alborotan los biorritmos de la libido, siguiente flash!! Mi hija!! Oye? Nos vamos, seguro, de vacaciones a Oporto. Este año no falla. Mientras babeo literalmente, alternando el café con leche y cruasán, igual por unos huevos con chorizo, en la lejanía de aquella atmosfera de mostradores funcionariados, una vocecilla resuena como un mazo:

“…Uy!! Qué tonta!!

Mientras clavo los ojos, -de nuevo-, en los de ella, siento, literalmente, cómo la baba se torna requesón sobre mi barba de tres días!!

“…Me acabo de dar cuenta de que la vivienda está a nombre de los dos. Con su esposa…

“…Si. Ya le dije antes. Incluso le mostré el desglose del alquiler dividido entre dos.

“…Perdone, no le entendí…”

(Despídete de los huevos, chaval), musito en voz baja para evitar el:  “…Hija de la gran puta…”  Que está a punto de salir -escupido-, de mi bocaza.

Mientras la noria rebobina los giros a trompicones, la vocecilla replica:

“…Le sale a pagar!!…”  “…Ocho euros…”  “…Perdone, pero nos obligan a preguntar: Lo abonará de una vez, o prefiere fraccionar el pago?…”

“…No se preocupe, haré el esfuerzo…”  “…Por esta vez…”

Me permito añadir en coletilla.

La traductora.

La traductora

Idea para un escrito reflexivo.

Escuchando una entrevista a un escritor del norte de Europa, las respuestas del citado eran traducidas directamente por una traductora francesa al español.

Pronto me di cuenta, mientras escuchaba atento, cómo el hilo de la conversación perdía interés para regalarme tan sólo con la musicalidad de la voz con deje francés. 

Me estaba enamorando de una voz.

Y fue en ese momento cuando me hice la siguiente pregunta:

Importa realmente el trabajo ajeno?

No es más cierto que nos quedamos con lo que nos explican en función de la empatía con que lo hacen?

De ahí, sucumbir sin remedio a valorar si la interpretación real de lo que expresa un artista, un músico, tal vez un político, era tan solo un trámite.

Y por ende, desconfiar de lo que se nos traduce.

Cuando los muertos pesan.

Yo nací un veintidós. Ergo, dicho número se convirtió en mi estandarte.

Mi padre falleció un veintidós, el de abril de 2005. El azar me robaba, haciéndole suya por derecho, la fecha.

Los “preparativos”, relegados casi sin palabras por mi madre hacia mi hermana y a mi, nos sumieron en una vorágine de mercantilismo, donde las lágrimas quedaron marginadas hacia futuras jornadas de reflexión.

El siguiente, -en la fatídica partida hacia la penumbra irreversible-, llegaría un lustro después. Mi suegro Juan. En mayo de 2010. Esta fue, en realidad, mi primera muerte en primera persona. Ocurrió en mi casa. Me avisó mi esposa, aún puedo recordar el temblor en su voz cuando me hizo cómplice para que fuera yo quien comprobara si todavía dormía. Su marcha, estabilizó -más si cabe-, nuestro rol de pareja. A pesar de su entereza, mi esposa murió un poco aquel día. Estaban muy unidos. Sentí una vergonzosa envidia sobre el pesar ajeno. La relación con el mío tuvo demasiados altibajos.

Esta semana, hace cinco años (19-mayo-2012) acudía al entierro de una hermana de mi padre. En si mismo, el acto comenzaba a confabularse como rutina desesperante.

Aquella noche y tras un lacónico aviso a media mañana: -la tía Celia ha muerto-, una suerte de contratiempos, me impidió viajar en horarios amables, por lo que cedí en realizar un improvisado responso previo, deambulando durante las cuatro horas que la fantasmal madrugada de una durmiente ciudad de Zaragoza, me ofrecía, como interludio hacia la capital oscense.

Recuerdo me planteé, -en un primer tiempo-, la sucesión de decesos. Tres entierros en seis semanas.

El veintisiete de marzo habíamos enterrado, también en Huesca, a otra hermana de la finada. La primera muerta anunciada. La demencia senil, junto al alzheimer, parecen haberse confabulado para boicotear la esperanza de vida de los ancianos.

Apenas dos semanas después, un cinco de mayo, partía en anticipado viaje, sólo con butaca de ida, el hermano menor de mi madre. Este había sido enterrado en la misma ciudad que ahora, catorce días después, se me ofrecía tan cálida como de antipático tránsito.

Cada vez que escucho el nombre de dicha ciudad, Zaragoza, siento como un azote las palabras maternas de desconsuelo:

“… La vida es injusta, se ha llevado a mi hermanico…”

“…Qué voy a hacer yo ahora?…”

*****

La nostalgia es como mirar a través de una ventana con los cristales sucios.
Miramos sin ver.

***

El incienso del entierro de esta ultima tía me recordó el olor de la máquina de afeitar de mi abuelo.

*****

No sé qué fue peor..
Los silencios forzados o las bromas bien intencionadas para quitarle hierro al asunto del humo.

Cuando el “entierro” de la primera tía, al salir del cementerio, no pudimos dejar de observar el ascendente humo que, intuimos, era el de nuestra tía durante su incineración.

Como digo, el forzado silencio tan sólo fue interrumpido por algún comentario disculpatorio.

“…Tal vez podían haber esperado un rato…”

“… Cuando menos hasta que los familiares hayan podido marchar…”

Palabras huecas, carentes de sentido. Pero que cobrarían importancia en el futuro recurrente.

*****

El contrapunto a las enteras palabras que mi primo pronunciase en el responso de su padre en Zaragoza, lo ponía otro primo mío en el tercer entierro:

  • Es incomprensible que el cura no haya sido capaz de pronunciar unas breves palabras por una mujer que dedicó su vida a la fe de la Iglesia.

Una gran sensación de compromiso llegué a compartir con él por la sentencia fiscal, mientras, -despistados-, de nuevo asistíamos (incrédulos) al ascendente humo purificador.

Qué injusta es la vida!

*****

Entre dos mil quince y dieciséis, asistí al deceso del abuelo de mi hija, su verdadero padre en mi ausencia durante años. Juan fraguó muchos de los valores que admiro de mi hija.

Y al del mismo primo anterior.

La frase:

Es antinatural que un padre asista al entierro de un hijo.

Adquiría, con repugnante falta de asertividad, significado protagonismo.

*****

Y allí estaba yo. Con mis diatribas puntuales durante mi espera nocturna:

  • Impresionante Zaragoza. Faraónicas estructuras que impresionan a los ojos de los que vivimos en pueblicos..
  • Tres horas para salir hacia Huesca y no sé situarme ni hacia donde estará el río. Mejor me voy con mi humildad, de sobrino triplemente desamparado, a buscar un banco donde descansar estos perros huesos con un calentico café sintético.
  • Y aún me puedo considerar afortunado.. Mis compañeros aún tardaran una hora en salir del curre.
  • Riegan las calles sin cesar, pero el olor a árido no ceja..

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Lo dicho:

Cuando los muertos pesan.