Me encanta putear al gato.

En lugar de darle el pienso de rigor a la gata, de cuando en cuando, le regalo un sobre de esos de “trucha con salmón”, o ” delicatessen de cordero”, o lo que sea que quieran inventar para que compremos más chorradas en el supermercado.

Ella, mi gata Pelusa, revolotea por la cocina, maullando sin parar, mientras exprimo el sobre metalizado (ojo, no es fácil), en su cuenco.

Luego, lo porto hacia la sala donde, habitualmente, comen nuestras mascotas, mientras ella (sabedora de que hoy es un día de fiesta), se contonea y roza con mis pies a cada paso. 

En el momento en que, sabedora de que ya ha conseguido “camelarme” y se adelanta, -como para indicarme, dónde está su sitio-, es el momento en que rápidamente, me meto y encierro en el cuarto de plancha.

Luz apagada. Puerta cerrada. Silencio absoluto. Contengo la respiración (y la risa), mientras escucho los maullidos aletargados, los pasos perdidos adelante y atrás.

Pasan no más de dos minutos (desde pequeño el juego del escondite me producía ganas de orinar), y salgo como si no hubiera pasado nada.

Dejo su comedero en el suelo, en el sitio habitual y espero:

Como por arte de magia surge, con el paso cadencioso, el hocico huraño, la cola levantada y, majestuosa sin parar a mirarme, se pone a degustar, toda digna, cada bocado ante mi sonrisa velada.

Una vez acabada la sesión de acicalamiento, tras el festín, se recoge a su siesta a los pies de mi cama.

Responder

Por favor, inicia sesión con uno de estos métodos para publicar tu comentario:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Cerrar sesión / Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Cerrar sesión / Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Cerrar sesión / Cambiar )

Google+ photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google+. Cerrar sesión / Cambiar )

Conectando a %s