Envío de niños por Correo

Ayer, mientras realizaba unas compras en una gran área comercial, no pude por menos que sonreír con nostalgia al recordar algo que me explicó mi abuelo Pepe, para argumentar sobre otro tema que me había parecido anormal*
*(anormal a los ojos de un niño de los sesenta viviendo en una gran ciudad). En fin, que me pierdo..
Ayer vi un señor que llevaba a su hijo -un crío de unos dos años, por el bulto que hacía-, metido en el carrito de la compra. No en uno de esos metal con asiento de los súpers, no. En un carro de tela a cuadros con un par de rueditas minúsculas, sentado en un pack de botellas de agua y con algunas hortalizas asomando alrededor.
Como digo, la escena se me antojó familiarmente nostálgica.
Mi madre, -pobrecita, hoy en día aquejada de alzheimer-, nos contaba de pequeños (a mis hermanas y a mi), de cómo, cuando ella, su mellizo y su hermano pequeño, eran enviados en tren a pasar los veranos -de posguerra-, a la casa de unos tíos en Ávila. De cómo allí disfrutaban del verano y sobre todo, de lo bien que les alimentaban en ese breve espacio de tiempo. Seguro fueron tiempos muy duros durante y después de la Guerra Civil (más aun para los que quedaron en el bando rojo).
En fin, aparte de las recordadas “lentejas con piedras”, mi madre siempre nos relataba que su padre los llevaba a la estación, los metía en un tren, los sentaba, les decía que no se movieran y luego, sus tíos los recogían en la estación de destino.
Mi madre y su hermano mellizo debían tener unos ocho años y entre cinco y seis el hermano menor.
Se me antoja que sería un trayecto -de Zaragoza a Ávila, que a mediados de los años cuarenta, con una inevitable parada importante en Madrid, amén del rosario de estaciones y apeaderos que encontraran por el camino-, un viaje largo. Pero largo “de cojones” (que diríamos con desenfado hoy en día)
Aquello, con mi mentalidad de niño “de ciudad” de los sesenta/setenta me parecía una locura. Por supuesto, imposible levantar el tono de réplica, ni admitir mi perplejidad ante un hecho, a mis ojos, irresponsable!
– Qué pasaría si se perdían? Qué pasaría si se los llevaban? Que pasaría si alguien… (y aquí mis pensamientos se bloqueaban ante la imposibilidad de imaginar atrocidades que en realidad no conocía)
Mi abuelo, como adivinando mis pensamientos, me explicó que no hacía tantos años que los niños eran enviados por Correo, Y, con esa explicación, desviaba el curso de la conversación anterior hasta que ésta se convertía en anécdota.
Si ya, a esa edad, no podíamos creernos “lo de la cigüeña, ni lo de los niños de París”, cómo iba a colar que los niños eran enviados por Correo?
Hace un par de meses, en un programa de radio, alguien volvía con la cantinela del “envío de niños por Correo”. Consulté a San Google y, aunque me volvió a parecer una locura, no pude más que rendirme a la evidencia y a recordar con nostalgia la sonrisa de mi abuelo.

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