Vida (y rutina), de pareja

Conversación típica con mi mujer, en estos días de invierno:

  • Tenemos de todo?

(Yo, que he vuelto de un paseo con los perros de unos seis km y me he metido en la cama -vestido y calzado-, para reponerme…
Pregunto:

  • Qué dices?

  • Que si tenemos de todo? Velas? Velones, linternas, pilas de repuesto.. Porque esta noche va a nevar.

Mientras con el rabillo del ojo la observo apoyada en el quicio de la puerta y, sin dar crédito a sus palabras, (inconsciente de mi), entro al trapo:

  • No va a nevar.

  • Que si. Que lo han dicho en la tele.

Cuando dice ” la tele”, se refiere exclusivamente a la sección -El Temps- de TV3, donde pronostican la climatología de ésta, nuestra región.

  • No va a nevar.

Insisto yo, desde la cama, cabezón, pues me ha despertado (para nada), y… pasillo arriba, vuelvo a verla aparecer junto a la puerta con el ¿pendenciero? gesto de:

  • Qué te juegas?

Servidor, acostumbrado a perder en todo tipo de juegos a lo largo de la vida y, sin inmutarme, disfrutar, contesto impasible desde mi mortaja de edredón:

  • Lo que quieras.

Y, envalentonado además con la idea de ganar alguna vez, (aun sabiendo que mis palabras la harán enfurecer) añado:

  • Estás obsesionada con “El Temps”. Todos los días a todas horas con ” El Temps”..!!
    Pues qué tiempo quieres que haga en febrero? Frío. Que es lo lógico..

Me contesto a mi mismo sin apenas convicción de ser escuchado..

Henchida de orgullo vuelve al ataque:

  • Qué te juegas?

Y yo, sabedor de que me hará trampas.. Tal vez se quede dos horas en el balcón, muerta de frío, esperando la visión de algún minúsculo copo de nieve huérfano, cuya visión utópica dará al traste con cualquiera que fuere mi dialéctica futura, concluyo con un taimado:

  • Si nieva, pago yo la comida (que tenemos pendiente por mi cumple), y si no nieva, pagas tú.

Como “moralmente” sé que debo pagar yo, aunque todavía no esté clara la fecha de autos, no me conlleva transigir con una mentirijilla sin recorrido…

Cuando ya conseguía recomponer el sueño, vuelvo a escuchar (cómo no? Solícito), su voz, que desde el pasillo me cuenta:

  • La cremallera que me pusiste en la chaqueta vuelve a fallar..

  • Yo te puse una cremallera?

Contesto, intentando desviar la autoría de responsabilidad contraída -sin saberlo-, cuando, desde hace años, acepté el rol de ser yo quien se encargara de tintorería, mercería, etc…

  • Bueno, tú ya me entiendes.. La cremallera no sube bien. Se engancha.

Servidor, desvelado irremediablemente y sabedor de que nieve o no nieve, deberá costear un ágape en condiciones extra sin recompensa alguna, no dudo en apostillar:

  • Si la subiéses y bajáses sin nada en las manos, igual te duraba más cada vez..

  • Que gracioso! Si no llevo nada..

  • Sin verte, me juego la comida otra vez, a doble o nada. No llevas en una mano las llaves y en la otra la bufanda?

Silencio.

Abro el ojo desde debajo del edredón y me la encuentro de nuevo en la puerta.

  • Que bien me conoces cabrito. Me sigues debiendo una comida. Dame un beso, que llego tarde al trabajo.

“No se te ocurra invitar a nadie en Navidad”.

La Navidad (que no en vano tiene las mismas letras que vanidad), es la época más hipócrita del año. Recuerdo una vez que llevé a un conocido recién separado y por lo tanto con su doble depre circunstancial, (previa consulta y permiso general de familiares), a la cena de Nochebuena.
El susodicho, que como digo, se enfrentaba a su primera Navidad sin hijos ni esposa, apenas puso apuro (aunque tampoco particular entusiasmo) cuando entre cerveza y cerveza en el bar de turno, le dije:

– “Tu tranquilo, esta Nochebuena la pasas conmigo. En familia.

A mi, en pleno periodo solidario, recién estrenado en la cincuentena, me pareció una solidaria y genial idea. Vamos… Mucho mejor esta acción para terminar un año que lo de “apuntarme a un gimnasio” como promesa de principio del nuevo.

No negaré que la idea de “pon un pobre en tu mesa” se me pasó lacónicamente por la sesera, aunque pronto la descarté por lo mezquino que me sentí.

Para no acudir solo a la fiesta, quedamos le iría a buscar, tomarnos unas cañas previas, para darse ánimos en el enfrentarse a mis familiares, a los que no veía desde hacía tres décadas. Llegamos tarde.

Mi esposa, más apremiante que solidaria, me convino a que me pusiera a “tocar el violín” y le llenara dos o tres platos de jamón para los aperitivos…
El invitado, lejos de integrarse en el cuorum familiar, prefirió darme cháchara mientras cortaba loncha tras loncha. Ellas, -madre y hermanas (3), desprovistas de sus respectivos conyugues-, acudieron a la novedad hacía tantos años ¿olvidada? y, en la cocina se plantaron a modo de melé festiva.
Juro que fui incapaz de llenar ni un sólo plato. Conforme cortaba, manos ávidas lo hacían desaparecer e ingerían antes de despegarse del cuchillo.
A media pata (ojalá hubiera sido paletilla, lo juro), aparecieron los cuñados, más atentos al caldo, o a las gambas a la plancha que solícitos en contribuir al orden….

El “pon un pobre a tu mesa” se bebió hasta el agua de los floreros. Hubo que llevarlo a su casa (tras quitarle las llaves del coche). Y el resto de la familia lleva seis años recordándome:
“No se te ocurra invitar a nadie en Navidad”.

Como dijo aquel…l(a) Operación Turrón.

Llego.
Tarde.
Tengo hambre.
Paso por el super,
y mientras pienso:
<podías ir al chino a pillar un menú barato y de paso comes alguna verdurita>
Saludo a uno u a otra aquí o allá…
(Relativas ventajas de que tu pareja trabaje en el super de debajo de casa…)
Miro verduritas congeladas-precocinadas,
miro los helados…
cojo el pan y,
tras mucho mirar y calcular les escasas ganas de cocinar que tengo, agarro un blister de panceta (ibérica) para hacerla a la plancha…
Subo a la casa,
enciendo el fuego y…
Mientras me recrimino el… “lo del colesterol”,
pongo las tiras de panceta a freír.
Un pellizco de pan..
Llaman por teléfono..
Atiendo.
-Un momento, que le doy la vuelta a lo de la sartén-,
sigo hablando.
Un pellizquito de pan.
(Otro)
jijijaja…
Otro pellizquito de pan… Más tarde. Cuelgo.
La comida se ha quemado. Que alegría!!
No me subirá el colesterol.
Sigo con hambre media barra después..
Y me pongo a escribirlo para engañar a la puta tripa.
  • Qué asco de vida..!!

Y


de postre un polvorón de la cesta de Navidad. y a la familia en Nochebuena.. ya le cantaremos:

“… una libra de clavo y un formón.
una libra de clavo.. y un formón.
L


a gata me mira como diciendo:

  • Este cada vez está más pallá. Aunque, a mi, mientras me de mi pienso.. Que cante lo que quiera.

La voz de una de mis hermanas, aun resuena en mi cabeza:

  • Ojito con los polvorones de Nochebuena hermano!!!!!

Asco de tía, oye.

Tras la “llamadica” hija…
No veas la decepción en los ojos con que contemplaba el desaguisado.
Donde antes me reconcomía con un:

<< Joder, todo es grasa. Cómo son capaces de vender ésto..?? marditos roedores>>

Ahora mi Karma satisfecho se relamía con un:

<<Veslo.. La justicia divina a obrado para desfacer entuertos>>

Gordi, ayer cuando volví del curro. Tan ufano con mi lote de Navidad, lo primero que mi mujer dijo fue:

  • Las figuritas de mazapán para mi, que no te gustan.
  • No me gustan?
  • Calla. Recuerda el año pasado… Me entró la risa con un polvoron en la boca ¡¡¡¡ Y casi estoy plantando malvas ¡¡¡ Dicen que estaba morada.
  • Si. De comer polvorones!!

Luis Tosar (Frases de actores que ayudan a reflexionar)

“Sueño que estoy en pelotas y que todo el mundo me mira”
Luis Tosar.

Yo, con frecuencia, sueño lo mismo. Y además, cagando. La sensación de no saber bien qué cara poner, es terrible.
(Con los años, el sueño es el mismo… Pero he aprendido a saber explicar que sólo es un sueño y que en realidad no me ven)
Supongo que he desarrollado una extraña capacidad de autocrítica…

Nunca me funciona.

  • Mira hermano, yo soñé esa situación (sin cagar) durante algún tiempo, la sensación de vergüenza y ridículo era angustiosa. Pero desde hace un tiempo (en el sueño) comencé a pasar de la vergüenza y el ridículo, y me paseaba por el sueño completamente desnudo sin preocuparme ni avergonzarme lo mas minimo. De momento nunca mas se ha repetido el sueño.

Igual somos demasiado previsibles, no?

Nostalgia de padre.

Hola papá. Generalmente no pienso mucho en ti.
Sé que estás por ahí (tu presencia, ya sabes), muerto. Pero por ahí.
Tan sólo te recuerdo cuando visito la casa de mamá y te veo en alguna foto.
También tengo alguna yo por casa, claro. Pero siempre son las mismas.
En esa en la que sonríes y en esa otra en que estás con uno de tus nietos en brazos.
Allá donde estés.. -Tu creías en eso del cielo. Yo, ya sabes que no-, tienes Facebook o algo así..??
A ver si un día de estos me vienes a ver y hablamos..
Ya sabes.. Por lo del tiempo perdido.
H


e visto una secuencia de una película en la tv. Padre e hijo discutiendo. El padre en el hospital..
Es extraño, me ha dado la sensación de que acabaríamos igual. A voces, como siempre.
Pero me apetecía decirte.
Es raro, no..??
Voy a seguir viendo la película. Igual aprendo algo.

Nunca conseguimos ser empaticos. Fuimos cobardes. Eso es triste. Demasiadas veces miramos en direcciones contrarias.
Estoy cansado, a veces pienso que ya tengo bastante. Luego pienso en que a Itzi no le puedo hacer la misma putada. Es mi “nueva casa” respecto a mi karma lo que tengo que arreglar.

Hace años ya comprendí las del amor.
Las del respeto.
Ahora me falta ésta casa.

Me lo debo a mi mismo, para hacer las paces contigo.
  • Sigue ese camino hijo…

Los hijos nos hacen madurar papá. Sólo cuando vemos su esfuerzo, su lucha, es cuando valoramos el sufrimiento que infringimos a nuestros padres.

Momentos embarazosos. (maniobra de Heimlich)

Habéis sentido, -aun intentando ser amables-, que todo os sale mal y termináis haciendo algo que irremediablemente os lleva a sentir vergüenza ajena?

Hace unos días sufrí un momento verdaderamente embarazoso. Me encontraba cenando en un concurrido restaurante de mi localidad, acompañado de mi esposa y de otra pareja de amigos, cuando en la mesa de al lado un tipo se atragantó con un generoso trozo de solomillo. Enseguida mostró claros signos de asfixia con inequívocos gestos de llevarse ambas manos hacia la boca primero y hacia la garganta después para, levantándose, procede a desanudar el nudo de la corbata que portaba.

Ante la inoperancia de que ninguno de los presentes intentara ayudar al susodicho individuo. Un vejete de apariencia octogenaria, que, digo yo, podía haberse cortado los trozos de solomillo un poco más pequeños… Decidí echarle valor y, poner en práctica lo aprendido en el Curso de Primeros Auxilios, que, de forma obligatoria, nos enseñan a los que curramos en determinados puestos de vigilancia y control.

Tras ser yo mismo -servilleta aun en mano y masticando un bocado de tiramisú casero-, quien gritó aquello típico de las películas. -Hay algún médico en la sala?- Y observar en estado de pánico como todos los comensales se miraban unos a otros como escaqueando la responsabilidad, no tuve más remedio que agarrar al vejete desde atrás, colocando mis manos cruzadas sobre su estómago y haciendo fuerza con el puño invertido, practicarle la Maniobra de Heimlich.

Al margen de escuchar los estertores del improvisado compañero de baile, desde lejos escuchaba los vítores de los allí reunidos en avezada algarabía, pero sin dar muestras de cohesión al aunar sus opiniones.

  • Más arriba ese puño!!
  • No. No, que si no lo asfixiará.
  • Da igual. No ve que ya se está poniendo azul.
  • Pero si le aprieta más arriba le romperá las costillas!!

Otras voces, más comprometidas, parecían sólo ayudar a que todo se calmara:

  • Pero, apártense, no comprenden que si hacen un corrillo, el chico no puede maniobrar?

Otros, seguían en su mundo…

  • Camarero! Tráigame la Carta de Vinos! Por favor..

Una señora bastante gruesa, al fondo de la sala, parloteaba sin parar y sin dejar de hacer aspavientos, inculcando una serie de normas de actuación sobre La Maniobra, pues según argumentaba, a voces, a ella se la habían practicado tres o cuatro veces y, eso -siempre a su juicio-, le otorgaba una inefable experiencia. Mientras, el señor con bigote y pajarita -sentado a la misma mesa-, se tapaba la cara con rubor al recordar cómo su esposa se atragantaba una y otra vez cada vez que sorbía percebes en fechas señaladas.

El Maitre, enfundando su mano izquierda en una inmaculada servilleta blanca y con un vaso de agua en la derecha, pugnaba por abrirse un hueco en el corro que se había formado a mi alrededor como si dos púgiles estuvieran combatiendo, para ofrecer, solícito, el líquido elemento para que el trozo de solomillo discurriera mejor.

A la tercera o cuarta compresión de mi puño en su estómago, el bocado de carne a medio masticar salió como volando, -ante el intenso silencio que se hizo como por arte de magia-, para caer sobre la mesa de la frenética mujer gruesa. Ésta, al ver el rojizo despojo sobre su servilleta y, levantándolo como trofeo con una cuchara de postre, comenzó a gesticular y a proferir nuevas aclaraciones acerca de los méritos propios al haber dirigido la operación de salvamento.

Las voces del ruedo, volvieron a proferir su enigmática cadencia de hipotéticos consejos:

  • Bien hecho chaval!
  • Camarero, la cuenta!!
  • Pues yo pienso que si le hubiera apretado más con el puño…
  • Ahora el viejo estaría muerto?
  • Es vd imposible. No doy crédito a sus palabras, tan sólo sugería qu…

La inexcusable voz de la gorda, concluía:

  • Pues den gracias que estaba yo…
  • No comiendo percebes?
  • Te he oído, Evaristo!

Mi esposa, la única persona que, mostrando algo de juicio tras el episodio, le acercó una silla al viejecillo, que ya daba muestras de desterrar el azulado color de su semblante, me obsequió con una flamante sonrisa. Fue el mejor (y único) de los pagos con los que fui obsequiado en aquella velada.

El viejo, una vez repuesto, y tras conseguir recuperar la voz, me increpó acerca de qué pretendía hacer con él atacándole de aquella reprobatoria manera desde atrás.

Yo, lejos de pretender un agradecimiento por -tal vez-, haberle salvado la vida, no pude por menos que intentar hacerle comprender que no pretendía atacarle. Que lo que yo había realizado era la famosa “Maniobra de Heimlich” gracias a la cual, aparentemente, debería sentirse, como mínimo agradecido.

El viejecillo, con actitud cada vez más beligerante, se encaró conmigo -ante el asombro de los comensales-, para gritándome a la cara, decirme que él era el Doctor Henry Heimlich y que de ninguna manera aquel “esbozo de comedia” -os juro que lo definió con esas palabras-, era en modo alguno su “Maniobra”.

Claro. Cómo decía al principio, y ante la sorpresa que en los clientes, la noticia, parecía despertar, comencé a sentir una vergüenza ajena que derivó en pánico escénico. No sabía qué decir en mi defensa mientras aquel energúmeno seguía insultando mi buen hacer.

Cuando algunos clientes -un camarero y la esposa de mi amigo incluidos-, pretendieron explicarle al anciano Doctor Heimlich la situación, aun fue peor. El hasta ahora sólo vociferante doctor, pasó a exponer, preso de furia y de manera descriptiva, que lo que yo había hecho con él se parecía más a un antinatural acto de sodomía que a su muy agasajada maniobra.

También, una vez que se hubo calmado un poco y recobrado la compostura, me invitó -no a una copa-, si no a que tal vez debiera practicar más “sú” maniobra -tal vez con mi esposa-, antes de volver a intentarlo en público.

Mientras volvíamos a casa, la otra pareja, mi esposa y yo, nos juramos no volver más por aquel sitio.

  • Pues vaya casualidad!!
  • Para una vez que le salvas la vida a alguien y resulta que es al mismo tipo que había inventado el método!
  • También era casualidad, joder. Anda que no había restaurantes donde el sr. Heimlich podía haberse ido a atragantar!

Reían mis amigos -a mi costa-, junto con mi esposa.

Al final todo acabó bien. No precisamente en el restaurante (que hubo que pagarle cena y taxi al puñetero doctor), sino más bien en casa, donde mi esposa, -seguramente para consolarme-, me indujo a que tal vez… la maniobra del buen doctor podía acabar en cópula si nos poníamos a practicar.

Un carro en mi ascensor (2)

Hace unos días, contaba lo de mi aventura con el carrito de compra en el ascensor:

https://montxomon61.com/2016/11/25/un-carro-en-el-ascensor/

He de aclarar, que en realidad, esta historia ya la gesté hace unos años. Creo que comenzó con algo así:

– Era una apacible mañanica, antes de darle a los vidrios, (no recuerdo ahora si ya comenté sobre la indirecta ofrecida por mi esposa, acerca de un extraño juego de palabras formado por :”limpiar cristales”, “cena de navidad” y “familia”, que bien conjugado, me ofrecía con claridad meridiana, sobre quién iba a recaer el esfuerzo en la tarea), en la que imaginé mi aportación al amigo invisible comunitario. Una experiencia lúdica, solidaria y barata, de echarme unas risas en estas fechas navideñas.
Os explico:
Yo vivo en un edificio con múltiples escaleras, creo que nueve, de entre cinco y ocho pisos de altura y seis puertas por rellano. Todas ellas comunicadas por los parkings. Además, tenemos la suerte de compartir también, el parking de un supermercado.
El caos de un sábado por la mañana es espectacular para los sentidos. Todas las hormigas se mueven al unísono en perfecta armonía..
Pues el año pasado, un día de los pocos que bajé por las escaleras (yo vivo en un 5º), pude constatar una queja de la que sabía por mi mujer.
– El encargado dice que nos roban los carritos de la compra.
Yo no dije nada. Generalmente, en nuestro rellano siempre hay alguno, en ocasiones he contado hasta tres. Bajando tan ricamente por las escaleras, pude comprobar cómo había uno en el quinto, dos en el tercero, otro en el segundo, etc.. etc..
(Si sumamos las dos hileras que hay en la calle y las tres que hay en el subterráneo del parking, se pueden contar doscientos carros rápidamente), si le restas una media de ocho, por nueve escaleras, el resultado es espectacular.
Generalmente, en cada entrada de portería se forman corrillos de vecinos que se saludan, hablan, insultan o flirtean continua y simultáneamente. Comentando los chismes del entorno: “Que si le ha crecido el culo a la rubia de la peluquería de la escalera dos… “, “Que si el vecino del 3º C de la escalera siete se orinó en el rellano cuando subió borracho cuando su mujer lo echó de casa..”, “Que si la vecina de debajo mío le cuelga la ropa mojada chorreando al marroquí del primero”, “El mismo que degüella al cordero en el patio de su casa cuando están de Ramadán…”
En fin…
Bueno, al lío.
El año pasado subía yo con mi barra de pan -mirándome sin ver en el espejo del ascensor-, (un día de esos en que el bizcocho me había salido fetén) y se me ocurrió:
– Joder!! Y qué pasa si coges un carro (de esos vacíos que hay en cada rellano), y lo metes en el ascensor a su suerte..??
(aquí recomiendo leer el enlace anterior)
Y no pasó nada. Nadie respiró ni por el culo.
En eso, dándole una vuelta de tuerca más al asunto, se me ocurrió un día, forzar un poco más la historia.
– Qué pasa si dejas el carro en el ascensor con la barra de pan dentro..??
(Total.. Qué pierdes..?? Los cincuenta céntimos del carro y los treinta y cinco de la baguette..??)
El experimento te sale barato. Amen de los cincuenta minutos que espías por la mirilla -que incluso si te da hambre, puedes hacerte un bocadillo y beber unas birras-, (Desde la mía, se ve la puerta del ascensor al abrirse), y vamos, para la mierda que dan por tv… Mucho mejor este experimento voyeur.
Como ya dije:
Un éxito. La barra desapareció. El carro (con su moneda) al segundo viaje, también.
Durante un par de días.. Alguno comentó la jugada.
Este año, me apostaré en distintas escaleras, tal vez desde el parking, con paquetes de arroz, alubias, galletas…
Solidaridad…?
Se aceptan apuestas.