Una vecina chismosa..??

La mayoría de las Comunidades de Vecinos siempre parecen tener varios especímenes en común. Vecinos ruidosos, malos hábitos, envidias, mete-patas, rencores, chismosas/os y un largo etc..

De éstas últimas quiero contar una anécdota.

En mi Comunidad, seis puertas por rellano, cinco pisos por bloque, siete bloques… familias de trabajadores, niños pequeños.. vamos, contando a bulto, puedo juntar setecientas personas. Una fiesta continua. Tenemos de todo..

Juan, extrovertido, andaluz, treintañero, del Real Madrid, albañil -en paro-, mujer, tres hijos y un perra…

Entramos en tropel en el rellano de la escalera. Él con su troupe, yo con mis perros. Tres adultos, tres críos chillones y tres cuadrúpedos. Algarabía total. Llamamos a los dos ascensores, mi perro le huele el culo a la suya. Su mujer reparte capones a los gemelos..

Juan me dice:

– Vecino!! -Juan me llama siempre “vecino”- Enfrente tuyo vive un tipo muy majete él, verdad? El que ha comprado la casa de Marcelino..

– Si. Se llama Toni, separado. Con dos niños pequeños. De la edad de la tuya..

– Le conocemos, tiene fama de ligón. Antes vivía en el mismo edificio que nosotros. Antes de trasladarnos a éste.

Y se gira hacia su mujer en ademán de pretender que su esposa le de la razón.

Su mujer, que no puede negar que los gritones de sus retoños sean suyos, asiente con la cabeza.

Juan, continuando su perorata, insiste:

– Decían de él entonces, que se tiraba a todas las vecinas menos a una.

Y antes de que yo diga nada su mujer apostilla:

– Pues sería con aquella estrecha que vivía encima nuestro.

Se hace un silencio. Las palabras resuenan en mi cabeza mientras se abren, al unísono, las dos puertas de los ascensores. Me meto en el pequeño seguido de mis canes. Juan, absorto en sus pensamientos, se despide con un:

– Pues ya lo sabes “Vecino”. Vigila a tu mujer. Que lo tienes enfrente..

Mi perro me mira. Parece estar preguntándome:

– Este tío es tan tonto como parece? No le acaba de decir su mujer que también a ella se la pasó por la piedra?

– Déjalo. Los humanos somos muy raros algunos.

Paris bien vale una misa?

Esta semana he estado en Paris -no conocía esta ciudad-, Sublime.

Nada más salir del Metro, el primer edificio que llamó mi atención fue La Opera.

Comprendí -a mis cincuenta y cuatro años- que provenía de un país de paletos.

Poco a poco (un trote de tres días), he descubierto una Ciudad con hechuras. A las tres horas de caminar por Paris entendí porque les cortaron la cabeza a sus reyes.

Me volví a enamorar del Metro -mi primer amor fue el de Barcelona-.

Que gran ciudad!!

Cuánto tenemos que aprender…!!

La Salida y la Salida de Emergencia

Ante todo quiero pedir disculpas por el tono machista que esta historia tiene, sin embargo -como todo lo demás- es verídica.

Por tanto, no puedo por menos que relatarlo tal cual ocurrió.

Hace una década trabajaba yo en un club náutico -en Mantenimiento-.

Entre las personas que trabajaban allí, había una secretaria muy mona ella, muy rubia ella, muy tonta ella. Además, conducía un Mazda azul descapotable que le aportaba el glamour de niña pija que tenía Penélope, la de los Autos Locos -aquella serie de dibujos animados de finales de los setenta. Yo siempre me identifiqué más con los Maccana, dos cavernícolas que conducían un pedrusco con ruedas.. -aunque eso es otra historia-.

Susi, así le gustaba que la llamasen -en lugar de Susana- atendía en la recepción de las oficinas del puerto deportivo, sitas en el edificio a la salida del puerto. Su trato, su experiencia, su desenvoltura en varios idiomas, indicaba sin desmerecer, el para qué estaba allí contratada. Esto es, la cara amable y prometedora de alguien que trata con un segmento de población muy pagada de si misma. Además, tenía la desdicha de tener aquella atocinada forma de reir que recordaba a Peggy, la cerdita de Los Teleñecos.

La matrícula de su coche coincidía en acabar con las letras BRS, motivo que le permitía, además, presentarse como Barbie Súper Star.

La realidad es que no parecía comerse un torrao. Si bien era mona y de buen ver, una vez se profundizaba en conversación los futuribles -posibles novios- iban desapareciendo. Y sus posibilidades de llegar a congeniar con alguno de los adinerados socios… también. No hay nada tan definitivo para cortar una relación, que pertenecer a tan dispares clases sociales. Ambas opciones, permitían al resto de trabajadores, observar en el día a día, como siempre parecía estar a punto de.. pero no llegaba nunca a consumar. Creo que se me entiende.

Otra señora que allí trabajaba, -y digo señora, porque lo era. Con todas las letras. Categórico-, era Margarita.

La señora Margarita era una encorsetada -hasta en verano, con ese calor típico del verano de la costa mediterránea-, señora en edad a punto de jubilación que se encargaba de la Boutique. A ella le gustaba definir Boutique al espacio que comprendía unos siete metros cuadrados que había entre bajo la escalera y la entrada a los vestuarios. Le habíamos vaciado los bajos de la escalera para improvisar un armario, un mostrador cruzado y las paredes enmoquetadas con camisetas y gorras pinchadas con alfileres.

Margarita. La Señora Margarita -porque no se permitía tutear, ni ser tuteada- era viuda, hijos mayores -lo suficiente para mantenerse a salvo alejados de su madre- parecía conferir todos sus esfuerzos en ensalzar la Boutique. Era tan mal-encarada  que todos los trabajadores y trabajadoras, coincidían en que “esa mala baba” tenía -por fuerza- que tener algo que ver con su viudedad…

A los de mantenimiento nos pusieron, a la hora de arreglar unos permisos, con la confección de un Plan de Emergencia que cumpliera las normativas básicas para con las Fuerzas Vivas y Bomberos de la localidad.

Cuando lo tuvimos preparado y tras comunicarlo al director -un antiguo Capitán de la Marina Mercante retirado- se procedió a llamar a los inspectores que tenían que darnos el visto bueno.

Cuando llegaron y tras comprobar los distintos accesos, en un momento dado nos preguntaron:

– La Salida?

Y nuestro Capitán -con toda la flema que sus marítimos viajes y experiencia le confería-, contestó:

– Abajo. En la oficina.

Y mientras los de Mantenimiento nos guiñábamos un ojo, el inspector volvió a preguntar:

– No hombre. La de Emergencia.

A lo que nuestro Capitán contestó -rectificando- sin comprender por qué su séquito de Mantenimiento se reía a carcajadas-:

– Ah! Bajo la escalera. Junto a los vestuarios.

Por supuesto el descojono fue general. Y a aquellas pobres mujeres les costó mucho tiempo quitarse el Sanbenito.

Esto, que parece un chiste, ocurrió una mañana de agosto de 2003. Con todo el bullicio del pleno verano.

Os juro que las risas duraron hasta bien entrado septiembre con sus incómodas consecuencias.

A veces me duermo

A veces.. -más últimamente- me quedo dormido durante breves espacios de tiempo. Ocho, trece minutos.. son pequeñas siestas que el cansancio acumulado por puntuales actividades físicas, tienen como efecto breves desconexiones de la realidad permitiéndome “dormir” lo que me parece un largo periodo de tiempo sin serlo.

Me gusta denominarlos espacios muertos.

Me quedo pensando en algo y de repente PUFF!! Despierto.

Acostumbro a sobresaltarme, pues me da la sensación de haber estado desconectado durante horas, -incluso me siento descansado como si tales horas hubieran pasado- Raudo, compruebo el reloj y, perplejo.. me doy cuenta de que sólo han transcurrido ocho, a lo sumo diez minutos.

Son como micro muertes.