Predestinado a ser pobre.

El jueves tengo médico, no me aptece una mierda..!! Pero es lo que hay.

Mi koko, como acto reflejo, me envía un mensaje subliminal…
– Párate donde las quinielas, y haz un Euromillón..!!
… Vengo de comprar comida para la gata, doy vueltas y revueltas con la moto, hasta dar con el establecimiento de la Suerte..

(Mientras conduzco, me hago las cuentas de La Lechera mil veces soñadas..), siento el buen rollo en el ambiente, mezclado con la ilusión de no volver al curro…. JAMÁS.
Entro, me quito el casco (por amabilidad más que por educación..), saludo, espero y pido:

  • Me hace un Euromillón, por favor..

  • ¿De cuántas apuestas?

(Me contesta de forma mecánica, una chica gordita, sentada y sonriente)

  • ¿Cuánto cuestan las apuestas?

  • Dos Euros cada una..

(Miro con tristeza mi billete de diez Euros, la alegría de dejar el curro.. sopesando.. me ayuda a decidir..)

  • Hazme tres..seis Euros.
  • Tres no puede ser..

(La voz, se torna molesta a mis sentidos de repente)

(Un resorte me impide ver con claridad qué: Ella me explica, yo la comprendo.. pero aún así, no le permitiré que me deje sin billete)
raúdo, e intentando una amabilidad hipócrita, respondo:
– Bueeeno, hazme una de dos y una de uno..
– De “uno” no puede ser, ya le he dicho que cada apuesta cuesta dos Euros.
Yo, (que sé cual es mi careto cuando me cruzo), intento ser amable en pós del buen rollo, “filosofía barata para que la energía negativa qué, seguro, estoy empezando a desprender, no me joda los resultados de mi futura apuesta”, y contesto:
– Pues eso, u-na, de dos a-pu-es-tas y, o-tra, de u-na a-pu-es-ta (mastico las sílabas)

(Me sueno tan borde, que ya no recuerdo si ella tal vez bromeaba o simplemente era así de lenta)

Pago, recojo mis boletos, me encajo el casco acomodando las gafas, (olvidando mi “buena educación”), salgo y reniego todo el camino de vuelta a casa.
Lo dicho amigos, con esta actitud estoy predestinado a ser pobre.

Suena el teléfono.

No sé si ya he contado esto, como periódicamente llaman y, se suceden situaciones análogas… pues igual ya me habéis escuchado similares.

SUENA EL TELÉFONO:

RING…  RING…!!

Aprieto el paso para llegar al comedor.. -todos sabemos que la impaciencia reinante hace que, cuando suene el cuarto timbrazo, colgarán. Y te quedarás como un gilipollas delante del televisor, a medio camino antes de llegar a descolgar el auricular-.
RING…
Justo la gata necesita hacer sus carantoñas mañaneras en este momento,  acto que hace que casi la pise y destripe..
RING..
– DIME.. (yo siempre contesto “dime” en lugar de “diga” o similar)
– Joder, que borde. -Escucho al otro lado del auricular-.
– Es que estaba lejos y casi piso a la gata -me escucho replicar- disgustandome mi tono excusatorio -a la vez que pienso, que quién debería disculparse, es ella por replicar como lo ha hecho. En fin…-
– Bueno, qué quiere?
– Está la señora tal?
-No. Soy su marido. Qué quiere?
– Le llamo de la compañía de seguros tal con la que su esposa tiene contratada una póliza con nosotros para comunicarle que hemos abierto oficina en su localidad y…………..
-Ni una coma. -Pienso para mí. Cómo las enseñan de bien para no tragarse el chicle mientras hablan!-
….. tenemos un nuevo producto que ampliado con el ya suscr……….
La gata vuelve a clamar mi atención tras el susto en el pasillo, que bicho más majo.
….me ha entendido?
– No. No mucho.  Me quedé pensando en lo buenas locutoras que son ustedes. Debería ser presentadora de noticieros o algo así… -Me escucho decirle a esta pelma a la que con adulación y suerte, mucha suerte, he conseguido acallar-.
….y Vd? Tiene alguna póliza contratada co….
– Con ustedes no. Con otra compañía.
….. y no le interesa cambiarse? Me puede facilitar el nombre de su aseguradora? Si quiere le puedo hacer un presupuesto compensatorio para cambiarse con nosotros y….
– Señorita?  Usted no respira? -Me escucho decirle, odiándome por darle cancha para que me suelte otra inacabable frase-.
….y su casa? Tiene su casa asegurada? Tenemos un seguro multihogar que incluye una póliza dental que podr….
– Vivimos de alquiler. Es el propietario quien paga el seguro y no sé con que asegur…. -por suerte- me vuelvo a escuchar antes de acabar la frase.
– Por suerte? Sepa señor que las ventajas de tener una póliza a su nombre ser…
– Por suerte… Porque si no usted no me deja llegar a final de mes saliéndose con la suya, señorita.
– Adios, buenos días señor.

En cualquier caso, no es mi intención desmerecer el arduo trabajo de tele-operadoras varias, más en estos tiempos que corren, donde conseguir algún tipo de venta… (seguros, compañías telefónicas, etc) …es prácticamente imposible.
Mis respetos a este colectivo.

Sobre mis canes. Libertad?

A veces veo a mis perros con ojos distintos.
Es entonces cuando lo asocio a la mala vida que les doy.
Quién soy yo para permitirles vivir recostados la mayor parte del día en su sofá?
No serían más felices -seguramente con vida más corta- si la vivieran al trote libre por los campos?
Que puta manía, la del hombre, de amaestrar en su beneficio

Carta de mi bisabuelo. (momentos antes de ser fusilado por rojo)

carta-bisabuelo

A mi mujer y mis hijos recomiendo en los últimos momentos de vida, que sean como yo he sido siempre y que perdonen…

 

Este es el único recuerdo que tengo de mi bisabuelo materno. El padre del dentista, del que os hablaba el otro día en:

https://montxomon61.com/2016/11/05/la-bola-de-papel-de-plata/

 

 

Evolucionando informáticamente.

Hubo una tiempo en que cuando clicaba un enlace y me decía aquello de:
Not found,
o ERROR 144,
o página no encontrada, etc, etc…
Me pillaba unos cabreos de tres pares.
Ahora, cada vez que clico un enlace y, -en lugar de abrirse con los múltiples anuncios, más el aviso de que tal o cual página utiliza Cookies para…. o me comunica que ya no está disponible-, pienso:
Hostia. De puta madre. Seguro que era otra mierda.
Y siento como una paz interior difícil de superar…

La bola de papel de plata.

Hoy he recordado una tierna historia de infancia. Como hace tiempo que no escribo sobre temas amables, he pensado traerlo aquí para, de paso, recrearme con el recuerdo.

Mi abuelo era dentista. Tenía “La Consulta” en la misma vivienda. Esto que ahora, a todas luces parece traído de otra época, pues las clínicas de hoy en día, tal y cómo las conocemos, son Centros a pie de calle no sólo perfectamente acondicionados sino pensados en el cómodo acceso al mismo, no fue siempre así. Antes, muchos negocios estaban en pisos.

En cualquier caso, para nosotros, que veníamos de la capital, no nos parecía muy normal. Mi abuelo vivía en un segundo piso, con entresuelo y principal además de un medio piso donde estaba el portero, Julián. Éste fabricaba correas de badana para escopetas en el pequeño cubículo adjunto al ascensor, yo me quedaba embelesado cuando era crío (y de no tan crío al ver las tremendas posibilidades económicas que el puesto de trabajo permitía), pero eso es otra historia.

En fin, que mi abuelo tenía la consulta en un cuarto piso. El acceso, además de por los interminables tramos de escalera -edificación antigüa, techos altos… igual a tres tramos de siete, nueve y siete escalones por piso-, se hacía a través de un ascensor de madera labrada, con cabida para tan sólo tres personas (incluyendo un cartel donde aconsejaba que fueran dos) y con un banco con un mullido cojín de terciopelo que, para nosotros niños de capital, nos parecía el súmmum de la antigüedad por excelencia. Era una gran jaula de madera con ventanas de cristal tallado que permitían ver hacia los cuatro puntos cardinales de la citada escalera.

De “la consulta” y sus dependencias hablo otro día. Hoy me quiero centrar en lo que da título al texto. Mi lugar favorito de la casa de mi abuelo era El taller. El taller era una suerte de cubículo que mi abuelo había acondicionado en el segundo aseo de la vivienda (unos tres metros cuadrados mal contados) , junto a la cocina. Mi propio abuelo, había cubierto el inodoro con una tabla -forrada de chapa-, con un cortinaje tupido por delante que escondía la taza. Al fondo había una ventana que permitía luz natural al cubículo. Bajo ésta y sobre la mesa, a contra corriente de las pocas veces que la ventana se abría, un viejo torno eléctrico con múltiples fresas servía para, bien pulir dientes postizos, bien para bruñir el oro de los puentes, o lijar los paladares de resina que él mismo fabricaba. También había un soplete itinerante con una manguera dúctil (que a un niño de capital ofrecía muy poca fiabilidad), que salía de la pared adjunta, la de la cocina.

La parte derecha del habitáculo también contaba con un viejo y breve mueble cajonero de cocina que impedía la apertura total de la puerta y que hacía las veces de banco de trabajo, tenía dos pequeños cajones que no cerraban bien debido al uso, una alacena y un hueco para el cubo de desperdicios. El cajón izquierdo estaba repleto de las herramientas  -específicas o no-, para el desempeño de la actividad, el cajón derecho estaba dedicado a la escombrera que producían los descartes de escayola de los moldes que hacía a sus pacientes. La alacena contenía un saco de escayola. Sobre la mesa, recipientes de caucho, moldes, prensas y toda una suerte de artefactos.

Una escena habitual era ver a mi abuelo correr por el pasillo -mientras los nietos asistíamos absortos en la salita de la casa a las canciones de mi abuela-, desde “la consulta” al taller, con un molde del paladar de un paciente para realizar el negativo en escayola, mientras la enfermera mantenía el decoro de cara al boquiabierto (permitidme la broma), paciente.

En fin, que me pierdo…

En el taller  había, además, una variopinta colección de estantes, colocados sin rigor alguno, donde se amontonaban cajas de muestras de dientes completas. Clasificados por tonos de colores, tamaños, etc.. También estaban los temidos “esqueléticos”, temidos porque de pequeños, mi abuelo nos hacía rabiar accionando estos instrumentos en plan: “corre, corre, que te muerdo”. Éstos eran una especie de molde articulado en forma de mandíbulas donde se montaban las dentaduras postizas. Imaginaos a mi hermana y a mi, igual con tres y cinco años respectivamente, corriendo por los pasillos con mi abuelo detrás cerrando y abriendo el chisme..

Sobre la mesa, a la izquierda, mi abuelo tenía una bola de papel de plata. Era del tamaño de una pelota de tenis, puede que algo inferior. Mi abuelo se entretenía en quitarle la finisima capa de papel al papel de plata con que se envolvía antes las tabletas de chocolate. Si, ya sé que ahora también, pero el papel empleado antes era distinto, más plomado. Con mucha paciencia -de la que nosotros carecíamos-, mi abuelo se entretenía en separar las finas planchas de papel de plata y darle forma a la bola, capa a capa, ayudandose por un pequeño martillo de marquetería. De esta manera, cada vez que íbamos a verles (navidades, verano), siempre -lo primero de todo-, era ir a comprobar cuánto había crecido la bola de plata.

Muchas veces, a lo largo de mi vida, he intentado emular aquella entrañable actividad. Nunca conseguí la paciencia suficiente de conseguir algo más grande que una canica.