POR FAVOR.. Pasen, por orden de fila, por la otra caja……

Ayer me crucé con uno de esos tipos a los que tanto apetece decirles..
– Perdone..
– Si..? Es a mi??

… Y cruzarle la cara dos veces PIM PAM.

Os cuento.

Me llamaron para una reunión (no programada) del curre a media mañana. Aún andaba metido en la cama cuando contestaba al teléfono. Como sé cuánto tienden a dilatarse estas desorganizadas historias, me zambullí en la misma ropa del día anterior y antes de bajar a la baticueva a buscar la moto, accedí por la puerta adjunta al ascensor del centro comercial con el que compartimos aparcamientos, para adquirir algo que me sirviera de almuerzo improvisado.

Tras comprar rápido me puse en la cola más cercana al ascensor, la cajera, muy amable ella, sonreía entre dientes con cara de circunstancias ante las repetidas negaciones del datáfono con la tarjeta del individuo de delante..
El sujeto repetía sin cesar, cada vez con un volumen de voz más audible aquello de:
– Cada vez que cruzo la frontera me pasa lo mismo.
– Cada vez que cruzo la frontera me pasa lo mismo.
Y un servidor, con la prisa por no llegar tarde al curre, mordiéndome el culo..
– Cada vez que cruzo la frontera me pasa lo mismo..!!
– CADA VEZ QUE CRUZO LA FRONTERA ME PASA LO MISMO.. -seguía repitiendo el cliente-, cuando los ojos de la simpática cajera me devolvieron a la realidad de que mis pensamientos debían haber dejado de serlo para convertirse en un más que audible:

  • Pues no la cruces hijo de puuuta.

A pesar del régimen, mis ciento siete kg obraron milagro porque cambió por otra tarjeta que si funcionó.

  • POR FAVOR.. Pasen, por orden de fila, por la otra caja……

Frío… Percepción?

Suena el teléfono corporativo. Miro el reloj. La una y treinta y siete minutos.

  • Joder!!

Lo cojo.

  • Diga?
  • El señor tal? Llamamos de la Central de Alarmas tal tal. Le recordamos que por motivos de seguridad esta conversación está siendo grabada. Me confirma la clave?
  • (…)
  • Gracias sr. Ramón. Se ha detectado un fallo en el sector 3C. Es una alarma de incendios. Quiere que nos pongamos en contacto con los bomberos?
  • Un momento por favor. Todavía trabajaban esta noche. Han llamado previamente al líder del turno nocturno?
  • Si. No contesta al teléfono. Por eso le hemos llamado a vd. previamente.

Vuelvo a mirar el reloj. La una cuarenta y dos. Imagino que en la noche previa a las vacaciones navideñas, el líder del turno de noche habrá desconectado, o peor aun, habrá delegado en que alguien lo haga por él, desconectar el térmico de la calefacción de planta. Para ahorrar. Con el frio que hace! Lo que no parecen comprender nunca estos inútiles, es que si con los hornos en marcha, desconectan el General del cuadro, el “Sistema” detecta que hay un fallo de tensión y los detectores de humo hacen saltar la alarma.

  • Sr Ramón? Se encuentra ahí? -La voz de la amable señorita de la Central de Alarmas me devuelve a la realidad de entre mis conjeturas.
  • Si. Si.. Debe de haber sido un fallo del suministro y el Sistema detecta como fallo… Que hora es? La una cuarenta y cinco (musito mecánicamente) no, espere… en veinte minutos estoy allí y les vuelvo a llamar.
  • Sr Ramón, como sabe, el protocolo contra incendios no nos permite exceder en quince minutos la llamada a los bomberos y..
  • Si. ya sé que, además, llevamos casi cinco minutos de cháchara. Ok. Me pongo las pilas y… -oigo el chasquido del auricular mientras salto de la cama y me cuelo en los pantalones de esquí (que porto para cuando salgo pitando en mitad de la noche con la moto), los perros -inmutables desde su colchón-, me miran con desprecio contenido cuando me piso un cordón de las botas sin abrochar y me estampo contra el marco izquierdo de la puerta del comedor.

Salir con la moto del garaje por las noches siempre me recuerda a cuando Batman lo hacía de la baticueva, No me he puesto los guantes. Ya verás qué frío. Las putas prisas. Cuatro minutos de cruzar el silencio de la noche y al quinto ya vislumbro el luminoso “FELIZ NAVIDAD” que cuelga del tanque de Isobutano. No parece que haya llamas. Nuevamente tenía razón. Bronca con el líder (que se va de vacaciones y le suda tres pares lo que yo le cuente por hacerme acudir tres horas antes…) y las manos como carámbanos. Suena el teléfono. Llaman de la Central de Alarmas.

  • El señor tal? Llamamos de la Central de Alarmas tal tal. Le recordamos que por motivos de seguridad esta convers…   Me confirma la cl..? Gracias sr Ramón. No nos ha llamado para desestimar la alarma tal y cómo hemos quedado..

Yo, que casi no consigo atinar con las teclas pues siento entumecidos los dedos me disculpo con un:

  • Acabo de llegar. Estaba coordinando con el líder. Qué hora es?

Pregunto al vacío de la noche mientras escucho de nuevo el chasquido mecánico del operador de la Central de Alarmas que cuelga el auricular tras la información recibida. Áspera voz que nada tiene que ver con la de la amable compañera anterior.

 

Me quedo pensativo unos minutos y reflexiono:

Debería, previamente, haberme preguntado si haría frío?

No darme cuenta a no ser que realmente lo haga?

Recuerdo, cuando antaño aun no existían los tejidos polares, sobre cómo no importaba el viaje en moto. La meta era llegar. Recuerdo que mientras transcurría el trayecto las manos se helaban en un dolor horroroso. No había solución. Daba igual correr más o menos. Llegar era el consuelo. Dejaban de doler.

Cuántos accidentes por esta causa!!

(preparado para publicar en Nochebuena de 2016)

Cuernos de oro.

Cuando curraba en un almacén de hierro de Tarragona allá por los 90´s, tenía un compañero de curre… que decía:

 – Yo no soy celoso. El que la toque se la lleva!!

Y, si. Se la llevaban más a menudo de lo que él hubiera deseado.
Y, si. (también) Siempre se la devolvían (a la mañana siguiente)

Con los años la historia fue mutando… Al final, (ella) que era más “avispada” que él y con unos apetitos tipo:

– Tengo tanta hambre que el coño me muerde el delantal!!

… acabó dedicándose a sacar partido.
Dicho esto, él dejó de currar y todos los días se bajaba al bar de debajo de su casa para, haciendo “ostentación” de poderío y ¿firmeza? zamparse dos docenas de gambas a la plancha. Con su vinito blanco también, oye!!

El camarero, (ante los jocosos comentarios vertidos por los feligreses asiduos a su establecimiento), que, cada día escuchaba, sobre: En qué andaría haciendo su esposa mientras él atacaba, -cada día, con más saña-, el marisco), un día, -con la confianza-, le preguntó:
– Oye Marcelo, a ti no te importa que todos tus vecinos se estén cachondeando a tu costa y llamándote cornudo?
Y el tal Marcelo, con su voz socarrona le contestaba alzando la voz:
– Mira. Ves a todos esos de ahí? Pues sus mujeres, -tarde o temprano-, también les engañarán. Seguramente con los mismos mindundis que ríen junto a ellos. Sin embargo, mis cuernos son de oro. Trae otra de gambas y ponles lo que quieran tomar a los risueños. Que entre cornudos, hay que ser solidarios.

(Os habréis dado cuenta de que conforme avanzaba la anécdota he cambiado del singular al plural, la contestación del tal Marcelo al camarero. Esto es porque en realidad, -y para acallar las voces-, el camarero, compinchado con su “extremadamente buen cliente”, repetían la conversación a menudo)

El del taxi

Recordaba esta mañana -hablando con mi mujer- sobre un episodio concreto.

Recuerdo una noche en Salou, Tarragona. Andaba entonces de jefe de sala de la discoteca Amadeus. Mi cometido, siempre dentro del ramo de la seguridad, era que con habilidad y buen talante, conseguir que los problemas se solucionaran sin daños colaterales. Sin añadir problemas. Sin crear más tensión añadida.

No contaré aquí -no ahora- sobre los distintos tipos de clientes que allí se reunían. Tan sólo una pequeña anécdota:

Desde la barra principal me avisaron sobre un señor, mediana edad, que habiendo bebido mucho se estaba poniendo pesado en exceso. Con tranquilidad y discreción, me lo llevé hacia una zona reservada. Le invité a otra copa y, con tranquilidad le expliqué que su comportamiento estaba causando alerta alrededor suyo. No se avino mucho en principio pero conseguí convencerle de que saliera a tomar un poco el aire y que así se sentiría mejor. Por supuesto, se podía llevar la copa fuera. Una vez en la calle y tras tomar un rato el aire, convinimos en que sería mejor que no condujera su automóvil y que se fuera en un taxi.

Me acerqué a avisarle a uno -teníamos una parada adjunta- y le ayudé a embarcarlo. El taxista arrancó y me olvidé del asunto.

Media hora más tarde, el portero solicitó mi presencia en la entrada y tras acudir me encontré de nuevo en la puerta al borracho, apoyado en el capó y al taxista. Este último argumentaba que teníamos que pagarle la carrera.

Perplejo, además de preguntarle qué hacían de nuevo ahí, le increpé sobre cómo pretendía cobrarme -a la dirección del local- cuando en realidad no se lo había llevado.

El taxista, ya muy alterado me refirió la siguiente conversación que había tenido con el borracho durante diez minutos a lo largo de la breve carrera.

– Mire, cada vez que le pregunto a dónde quiere que lo lleve? El borracho me contesta que a su casa. Acto seguido le pregunto que dónde vive y me contesta que a vd. qué le importa.

Como llevaban con esta breve conversación en bucle infinito había decidido volverlo a traer y cobrarnos el servicio a nosotros.

Como la conversación entre el taxista y yo, prometía volver a entrar en otro absurdo bucle pues, pretendía cobrar un servicio que en realidad no había hecho.. decidí decirle al portero que le pagara al taxista y que no le permitiera -de nuevo- el acceso al cliente, al local. En esta ocasión, tuvimos suerte y el cliente decidió irse a dormir a su coche.