Cuernos de oro.

Cuando curraba en un almacén de hierro de Tarragona allá por los 90´s, tenía un compañero de curre… que decía:

 – Yo no soy celoso. El que la toque se la lleva!!

Y, si. Se la llevaban más a menudo de lo que él hubiera deseado.
Y, si. (también) Siempre se la devolvían (a la mañana siguiente)

Con los años la historia fue mutando… Al final, (ella) que era más “avispada” que él y con unos apetitos tipo:

– Tengo tanta hambre que el coño me muerde el delantal!!

… acabó dedicándose a sacar partido.
Dicho esto, él dejó de currar y todos los días se bajaba al bar de debajo de su casa para, haciendo “ostentación” de poderío y ¿firmeza? zamparse dos docenas de gambas a la plancha. Con su vinito blanco también, oye!!

El camarero, (ante los jocosos comentarios vertidos por los feligreses asiduos a su establecimiento), que, cada día escuchaba, sobre: En qué andaría haciendo su esposa mientras él atacaba, -cada día, con más saña-, el marisco), un día, -con la confianza-, le preguntó:
– Oye Marcelo, a ti no te importa que todos tus vecinos se estén cachondeando a tu costa y llamándote cornudo?
Y el tal Marcelo, con su voz socarrona le contestaba alzando la voz:
– Mira. Ves a todos esos de ahí? Pues sus mujeres, -tarde o temprano-, también les engañarán. Seguramente con los mismos mindundis que ríen junto a ellos. Sin embargo, mis cuernos son de oro. Trae otra de gambas y ponles lo que quieran tomar a los risueños. Que entre cornudos, hay que ser solidarios.

(Os habréis dado cuenta de que conforme avanzaba la anécdota he cambiado del singular al plural, la contestación del tal Marcelo al camarero. Esto es porque en realidad, -y para acallar las voces-, el camarero, compinchado con su “extremadamente buen cliente”, repetían la conversación a menudo)

El del taxi

Recordaba esta mañana -hablando con mi mujer- sobre un episodio concreto.

Recuerdo una noche en Salou, Tarragona. Andaba entonces de jefe de sala de la discoteca Amadeus. Mi cometido, siempre dentro del ramo de la seguridad, era que con habilidad y buen talante, conseguir que los problemas se solucionaran sin daños colaterales. Sin añadir problemas. Sin crear más tensión añadida.

No contaré aquí -no ahora- sobre los distintos tipos de clientes que allí se reunían. Tan sólo una pequeña anécdota:

Desde la barra principal me avisaron sobre un señor, mediana edad, que habiendo bebido mucho se estaba poniendo pesado en exceso. Con tranquilidad y discreción, me lo llevé hacia una zona reservada. Le invité a otra copa y, con tranquilidad le expliqué que su comportamiento estaba causando alerta alrededor suyo. No se avino mucho en principio pero conseguí convencerle de que saliera a tomar un poco el aire y que así se sentiría mejor. Por supuesto, se podía llevar la copa fuera. Una vez en la calle y tras tomar un rato el aire, convinimos en que sería mejor que no condujera su automóvil y que se fuera en un taxi.

Me acerqué a avisarle a uno -teníamos una parada adjunta- y le ayudé a embarcarlo. El taxista arrancó y me olvidé del asunto.

Media hora más tarde, el portero solicitó mi presencia en la entrada y tras acudir me encontré de nuevo en la puerta al borracho, apoyado en el capó y al taxista. Este último argumentaba que teníamos que pagarle la carrera.

Perplejo, además de preguntarle qué hacían de nuevo ahí, le increpé sobre cómo pretendía cobrarme -a la dirección del local- cuando en realidad no se lo había llevado.

El taxista, ya muy alterado me refirió la siguiente conversación que había tenido con el borracho durante diez minutos a lo largo de la breve carrera.

– Mire, cada vez que le pregunto a dónde quiere que lo lleve? El borracho me contesta que a su casa. Acto seguido le pregunto que dónde vive y me contesta que a vd. qué le importa.

Como llevaban con esta breve conversación en bucle infinito había decidido volverlo a traer y cobrarnos el servicio a nosotros.

Como la conversación entre el taxista y yo, prometía volver a entrar en otro absurdo bucle pues, pretendía cobrar un servicio que en realidad no había hecho.. decidí decirle al portero que le pagara al taxista y que no le permitiera -de nuevo- el acceso al cliente, al local. En esta ocasión, tuvimos suerte y el cliente decidió irse a dormir a su coche.