Sergio, cabrón, devuélveme mi disco (2)

Para comprender el alcance de la pena por perder mi disco, debo escribir sobre Sergio.

También deberé hacerlo sobre la subasta. comenzaré por ésta última.

Como os dije, andaba yo en 1986 -con mis veinticinco añicos-, comenzando a comerme el mundo, cuando asistí a una Feria del Disco en el Hotel Ritz de Barcelona.

Con la frescura de mi inexperiencia y la chulería del que (tocando dinero), se mete en un lugar inapropiado y fanfarroneando. Amén del aplomo que me permitía el bourbon ingerido a las diez de la mañana.

Compré varios discos. Para el sueldo que entonces ganaba, me gasté una fortuna que ni de lejos me podía permitir. Me regalé dos lujos. El mencionado LP de Jimmy Hendrix litografiado y un Single de Pólice. El de “Message in a bottle” versión Live, edición numerada para coleccionista. Diez mil pesetas del 86.

fd65b10020f4c859296471b5405368331

(No está en mi poder, lo he buscado en Internet para enseñároslo)

Sergio fue una amistad itinerante que coseché en los albores de este siglo. Él había trabajado como repostero en un muy reputado restaurante que ya no existe cuyo propietario fue el precursor de las deconstruciones de diversos alimentos cocinados.

Cuando yo lo conocí era el segundo “cheff” del restaurante de un puerto deportivo de la Costa Brava.

Entonces yo trabajaba en Mantenimiento en dicho Club portuario. Él, como yo y, como muchos éramos esclavos de la cocaína entonces.

Había que sacar pasta de donde fuera. Yo pintaba casas. Él me dio de comer (literalmente) por la cara, durante una breve temporada. Además, me sugirió “echarme una mano” pintando a pesar de no poseer experiencia ninguna. Le dije que si. Claro!!

Nunca pude pagarle. Un día, cenando en casa, curioseando mi colección de discos, me sugirió que le gustaría tener ese disco.

Enfermo, enganchado, con el cerebro desquiciado y arruinado, le ofrecí mi tesoro como pago por un trabajo que nunca realizó. Me comí el orgullo machacado. Enterré los recuerdos cosechados a golpe de bourbon y me despedí de aquella estrella de seis puntas.

Un mes después deje de ver a Sergio.

 

 

Sergio, cabrón, devuélveme mi disco (1)

Sergio cabrón devuélveme mi disco.
Esta es la historia de un disco, de uno de Jimi Hendrix en concreto, ese que está litografiado por las dos caras, con dos tias de pechos desnudos bailando, en una, y un retrato del músico en la otra, los dos sabemos a que LP nos referimos, por lo tanto su nombre ya no importa.

Corría mayo o junio del 86, en una Barcelona primaveral, la Feria del Disco, se celebraba en el Hotel Ritz, ese Hotel clasísta por excelencia, cuyos lacayos, bien alimentados, de levitas burdeos, ribeteadas en oro, recogían las maletas mientras te miraban como estatuas, y podías sentir el gélido desprecio de sentirte inferior.

Veinticinco años viviendo en Barcelona, y era una Feria y, del Disco, lo que me trasladaba desde Tarragona (donde dejé a la madre de mi hija, junto a ella, sin su alegría, un domingo por la mañana), a ese Hotel,

Un tren, un taxi y al Hotel.

A mis veinticinco años (como cualquiera) , exultaba felicidad. Entré en el Hotel, con la mirada curiosa de un niño y la prepotencia de un adulto, directo a la barra del bar.

  • Buenos días, un Jack Daniel´s .

(las once de la mañana, los abuelos mojando bollos en los cafés..)

Chafardeaba los puestos de discos,
devorándolos con los ojos de un yonky en un laboratorio de base,
admirando paredes, cuadros y escaleras, mientras rememoraba lo leído sobre los excesos de Mike Jaguer por sus salones,
todo con mis copas en la mano…
Cuando me dí cuenta, estaba en una puja al más puro estilo Keith Richard´s, Bourbon en mano… Pujando por el mencionado disco.
No recuerdo lo que pagué por este, pero si se que fué menos de las 10000 ptas que pagué por el otro, (el de Police, edición “limitada”)

Tu que eres hombre de músicas, espero comprendas, el valor que “ese” disco tuvo para mi,
más aún, porque prefierí perderlo, que volver al infierno de tener que recuperarlo.
Gracias por tu tiempo.

Carta de mi bisabuelo. (momentos antes de ser fusilado por rojo)

carta-bisabuelo

A mi mujer y mis hijos recomiendo en los últimos momentos de vida, que sean como yo he sido siempre y que perdonen…

 

Este es el único recuerdo que tengo de mi bisabuelo materno. El padre del dentista, del que os hablaba el otro día en:

https://montxomon61.com/2016/11/05/la-bola-de-papel-de-plata/

 

 

Déjà vu…

No os pasa que de repente decís algo, tan solo una frase y, como en un déjà vu, recuerdas que tal frase, tal comentario te lo hizo un familiar, un padre, un abuelo…
A mi me pasa a menudo cuando hablo con el gato.
– En realidad tengo una gata. Y no, no me responde.
Sólo me mira.
Me refiero a esos:

– Tira para allá.

o..

– Quita de en medio, no seas pesada.

Frases que medio musito, medio hablo, siempre con tono cariñoso.
Es entonces cuando mi memoria me juega malas pasadas recordándome:

– Esto lo decía papá.

– Ésta frase se la escuché al abuelo..

La realidad me devuelve al hecho de que me hago mayor, no mayor de viejo (que también), sino más bien a darme cuenta de cómo es la realidad de la vida cuando los hijos ya no están en casa; o de cómo cada uno (mi esposa o yo), tiene su espacio y nos volvemos más reflexivos, teniendo “conversaciones” para con uno mismo.
El gato (gata en mi caso), tan solo está ahí.
Como un perrito faldero, acompañándome a cada paso.

Inevitablemente parece que es con ella con quién más hablo al cabo del día. Y con los perros.
También me ocurre con los olores. Generalmente son los olores los que me transportan a otros tiempos.
Me llevan a tener referencias.
Visitando con mi hija un supermercado en el que trabajé en el 91 o 92, -debía ella contar siete años-,  recuerdo con nitidez sus palabras:

– Qué bien papá, huele a calentito de cruasán..

A menudo, cuando entro en panaderías, en supermercados, los aromas me devuelven los recuerdos de éstas palabras.

También es cierto que cuando “heredé” la máquina de afeitar de mi suegro, el olor del pelo acumulado en las entrañas de la máquina me llevó directamente a mi niñez, cuando como niño pequeño observaba afeitarse a mi abuelo.

Me gusta cómo dicen, algunas personas,  “esa olor”, denota de donde son y me parece divertido. Yo por ejemplo siempre utilizo “ese olor”.
Es importante. porque llegará un día en que cuando lo vuelva a oír, el recuerdo me devolverá a ésta conversación y eso es grande.
Comprendéis..??
Generalmente hablamos y hablamos sin dejar huella en los demás, solo empatizámos cuando conseguimos tener conexiones.
Eso está bien.

Recordando a Javier.

Javier cayó el primero.
Era el más débil.. Su hermana se comió el marrón, dudo se haya recuperado.
Murió de SIDA, (primeros tiempos). nadie comprendía..
Nadie sabía..
Fue una bomba.
Los que no se pinchaban, nunca más lo harían.
Ni lo contarían…
Años terribles, puertas con cadenas, dormir con el monedero agarrado, comisarías, denuncias…
“…desde que llevo tricornio..
no se,
me siento poderoso.”
Debió de ser muy duro Javier.
(y nosotros “tus amigos” solo reíamos cuando contabas cómo salías del cuartelillo, sin que tu padre te viera..)
Sólo tu hermana (ya no tu) recordaréis sus palizas.
A tu hermana la vi en 2010.
Mi primera novia.

Visita a casa de la abuela. 

​Mientras acaricio la cabeza de la gata.. 

La imagen, me lleva al brasero de mi abuela,

naipes gastados, entre sabañones y aquel repelús que sentíamos cuando besábamos las mejillas con peludas verrugas.. 

(que suena muy uh!!  pero era así de txungo)

Cuando salías de la “visita”.. te obsequiaban con billetes de una o.. cinco pesetas, que tu padre, TE guardaba, con la excusa de: No los vayas a perder.. y la tengamos..!!

Y el viaje de vuelta, discurría en torno a la aventura de escamotear parte de la propinilla a mi progenitor… 

Que generalmente, me pillaba siempre..

Pero, lo peor, fue hacerse mayor, pues así entendíamos que, desde ese momento, las propinillas serían para los nuevos hermanos pequeños..

Esa era una triste forma de hacerse mayor.

Pelusa.

PELUSA

Me gusta jugar con Pelusa,

porque es mi otro lado en el espejo.

Me relamo imaginando que ella, es la sana, la humana, la coherente…

Sus desaires de gata, sus silencios, sus esperas..

La convierten en sabia, en prudente…

Curiosa pero dulce

se deja hacer,

y gana.

 

Al otro lado del espejo,

la que inexorablemente da forma, a la jaula de mi vida..

 

Se encuentra la bestia.