Día del Padre. (recogiendo del suelo)

No hace mucho –últimamente con periodicidad recurrente-, escuché en un programa de radio sobre la huella virtual que dejaremos tras nuestra muerte.

El “debate”, si se le puede denominar tal, estaba en preparar la configuración de los distintos espacios en redes y/o espacios sociales para que tras el fallecimiento éstas puedan permanecer o desaparecer. Para la primera opción no hay mucha complicación, con no “hacer nada”… ya está. La segunda opción es más complicada. Necesitas delegar (a modo de herencia) en alguien que asuma tales opciones.

¡Ojo! Esto, que parece una perogrullada, no lo es en realidad. Si tan sólo pasaste por la red social jugando al póker virtual tal vez no te importe (o precisamente por eso si) que tus hijos o bisnietos, dentro de un siglo, puedan comprobar a qué te dedicabas. Por otra parte si el legado contiene pensamientos, escritos, valores, actitudes de compromiso… tal vez sea la mejor opción de herencia.

En cualquier caso, prever lo que será de mi imagen virtual dentro de… décadas? Se me antoja ciertamente vanidoso. Personalmente no me importa mucho (aunque como en otras ocasiones, supongo puedo cambiar de opinión o actitud. La maldita madurez, que ya sabéis lo que tiene)

Dicho esto:

 

Es curioso.
Yo acostumbro a “matar” a mis amistades facebookeras tras observar la letanía que el aburrimiento hace de ellas. Siempre es amable recuperar una amistad de antaño -sin embargo, con demasiada frecuencia.. decepcionan-, motivo por el cual los desecho…
Ahora bien, fingir la propia muerte! Que tremendo reto!!

No podría hacerlo. Demasiado dolor ocasionaría.

No os pasa que a veces se os cuela -en la imaginación- la posibilidad de un accidente u óbito de una amistad? Tal vez -incluso- la de un familiar muy querido?

Yo lo soluciono dándome dos imperceptibles toques con los nudillos de la mano diestra en el parietal derecho al tiempo que con el pensamiento me repruebo con un:
– No. Eso no ha de pasar.
Y ya está. Solucionado. Dejo de pensar en ello.

Me recuerda a cuando niños, cuando se nos caía un pedazo de comida al suelo, tal vez un trozo de pan y dándole un beso -milagroso “antiséptico” curalotodo- lo engullíamos sin asco.