Que mal llevamos lo de la vergüenza ajena!

Ayer, camino del curre, observé una actitud reprobable. No pude ni morderme la lengua, ni mucho menos replicar… el gesto.

Dada mi posición, a lomos de la moto, desde detrás de un vehículo de alta gama, vi como una mano ensortijada de señora, -de estas que aparecen tan sólo los fines de semana-, tras abrir el cristal de la ventanilla del copiloto del conductor, tiraba el envoltorio del caramelo que, imagino, acababa de engullir.

Como sea que fuere el papelillo fue revoloteando hasta detenerse junto a la visera del casco y, parado como estaba esperando la luz verde, con rápido y hábil movimiento el goloso rectángulo de papel de color azul, recogí al vuelo.

Raudo, y dado que el reprís de la moto me lo permite, aproveché la parada en el siguiente semáforo para, situándome junto a su ventana -por suerte aun abierta-, comentarle a la dama.

  • Señora..!! Se le han caído unos papeles antes.

La mujer, con evidentes síntomas de tener la dentadura sujeta por el Súgus, balbuceó algo parecido a esto:

  • A mi? No. Debe de estar vd. equivocado.
  • Se-Ño-Ra. -Me permití recalcar sílaba a sílaba-. Que la acabo de ver…
  • Qué dice vd? -Agregó el conductor del vehículo, mientras trataba de escamotear el rectangular paquete del hueco formado por ambos relojes de kilometraje…

Me decidí por lo más rápido, echar el papelillo por la rendija del ventanuco cual si fuere un buzón para remitir la prueba de la vergüenza.

El hombre debió de asustarse, -ignoro cuánto de culpa debía estar acostumbrado a sufrir por la dama ensortijada-, aceleró en ámbar  y salió poco menos que derrapando.

Tal vez si me hubiese presentado por su lado, con el papel del Súgus de piña, decorando mi visera del casco, me hubiera prestado algo más de atención?

Intentaré otro día ser más hábil…

Miseria en las calles.

Ahora que ya parece que la economía se mueve (un poco al menos), recuerdo una conversación que mantuve con mi esposa, ahora hace ya tres o cuatro años, cuando el principio de La Crisis.

La Crisis. Terribles palabras que ya denotan por si solas toda una etapa. Por eso las escribo -ambas palabras-, con mayúsculas.

  • MISERIA EN LAS CALLES.

(un breve, aunque agrio, ejemplo sobre una conversación con mi esposa)

 

La mujer volvía a quejarse,  su jefe le había vuelto a ponerle inventario de noche -ella tenía turno de mañanas-.
– Cómo es posible, que si el sábado salgo de trabajar a las 14h. hasta el lunes, tenga que ir el mismo sábado a las 21:30h. para hacer inventario? -Se lamentaba al marido!!-.
El marido, la contempla.. “distraído”.
– Todos los finales de mes son iguales, siempre te toca a ti ir a inventariar? Tu jefa no se da cuenta..? No es posible que el inventario lo haga la que salga del turno de tarde? -añade-.
La mujer renegaba un mes tras otro.
– He de ir a hablar con el encargado.. Estoy harta. Me faltan horas.. He de hablar con Recursos Humanos..
El marido, -divertido-, continuaba observándola.
– Si quieres voy yo.. le invito a un café y le pregunto: ¿Cómo “organizas” un fin de semana si cada fin de mes me haces la misma historia?
La mujer reía (sin ganas), la ocurrencia, mientras le decía:
– Calla, calla. Hoy he ido a hablar con él. Me lo encontré en el pasillo de perfumería. Sostenía entre las manos un cartón vacío. Le hablaba a un señor mayor -un viejito, que hubiéramos dicho en otras circunstancias-. El encargado, con su traje bien planchado, la corbata con el logotipo de la empresa bordado, los ojos serios, la mirada baja.. le decía:
– Por favor, entrégueme la colonia y váyase. No comprende que si no me la da, tengo que llamar a la policía. ?
La mujer, avergonzada, giraba por otro pasillo.
– (Mañana le reclamaré mis horas), total, yo si tengo trabajo.
El viejito serio, mudo, cabizbajo.. -seguro recordaba mejores tiempos, plenitud, energía, guerra civil, nietos..- En silencio lloraba.
El marido ya no ríe las injusticias para con su mujer..

(el marido sólo deja constancia escrita de estos tiempos de miseria en las calles)
– Y más que vendrían, (pienso en voz alta)

Quiebros!!

Es curioso cómo las mismas cosas que odiabas de una persona, te hacen sentirte -cada vez-, más enamorado de otra (s). Tal vez sea porque aquellas “cosas” que odiabas, tan sólo eran la excusa para que la otra persona dejara de gustarte.

También he trabajado durante años la idea.

Recuerdo relaciones, en las que una vez finalizada la magia, al llegar a casa, cualquier detalle era motivo para actuar con un:

  • Pues yo pienso lo contrario.

Y, acto seguido, montarla, para descansar aunque fueran unas horas o unos días con “los morros”.

Madurar lo suficiente como para darse cuenta de lo ruin de la situación era ardua tarea.

Salir del bache…

Hasta darte cuenta del daño ocasionado entre ambos, sin optar a reconciliación o separación definitiva, meciéndote en el oleaje tibio de la calma chicha del no compromiso.

… Una hazaña.

Turistas.

Los que vivimos en zonas de costa, cambiamos nuestras expectativas de vida, -de comodidad de vida diaria, más bien-, cuando, verano a verano, la población se multiplica por doce o quince veces más.. Antes, el turista era nacional, ahora es plurinacional y multiétnico cultural

A pesar de no estar orgulloso de cómo actuamos con nuestras comodidades, los turistas llegan con unos humos muy altos.


Aparco la moto. Entre dos coches,  zona azul.

  • Un momentito-. Pienso.

Desde justo enfrente del local al que voy, veo cómo el de delante se va…

Realizo gestión, mientras pago, tarjeta, le digo al chaval..

Guárdame el ticket, que voy a mover la moto para que pueda aparcar mejor este pavo.

  • Hola, un momento… Le aparto un poco la moto.
  •  AQUÍ NO PUEDE APARCAR.

(Mientras hace ademán de arrastrarla..)

  •  No toque mi vehículo, por favor. Ya le he dicho que lo muevo yo.  Para eso he salido.
  •  AQUI NO PUEDE APARCAR.
  •  Tiene vd razón, por eso estoy colaborando con vd. N o toque mi vehículo.
  •  APARQUE EN OTRO LADO.
  •  Por favor, no grite… y, por favor, SUELTE MI VEHICULO.

 

[Aquí el individuo se pone a dar voces, a gritar esa especie de mierda que todo inmigrante parece llevar dentro y decirme a mí -y de paso, a todo el pueblo-, que estoy cometiendo un acto xenófobo por “invadir sus derechos”]

 

  •  Por favor, deje de gritar. Ya le he dicho que SUEL-TE mi vehículo. Si quiere, llame a la Guardia Urbana, vendrán, opinarán y me pondrán una multa. Pero vd no tiene derecho a mover mi vehículo.

 

Cuando los ojos bajo el turbante están a punto de echar chispas.. . Mi afilada lengua se envalentona con un farol, cambiando de táctica.

 

  •  Tengo memorizado el número de tu matricula, cuando mañana vuelva a coger la escavadora para currar, seguro que te parecerá perfecto que también mueva tu vehículo cuando estorbe..

 

(Me escucho decir con horror, mientras esbozo sonrisa..)

 

Sigue gritando (ahora sí, sin tocar nada), parece que el farol a funcionado… De momento.

Grita y grita, y grita.

(Afilo colmillos..)

  •  Llegas tarde a la playa..??
  •  MECAGUEN …

Se marcha.

Veinte minutos después, le encuentro gritando en un semáforo.

Me paro a su izquierda.

Levanto la visera del casco, sonrío y musito:

 

  •  Amigo. Vas a conseguir que te arranquen la barba delante de tu hijo. De verdad él pensará que es éste un país de xenófobos..??

 

Por supuesto, el reprís de la moto me permite pararme delante de él en el siguiente semáforo.

Tres generaciones perdidas.

Hace unos meses conocí a tres mujeres en la Sala de Espera de un hospital. Paula, María y Marta. Marta es hija de María y nieta de Paula. Su historia es peculiar.

Marta no conoce a su padre.

María tampoco, además, fue abandonada en su infancia por su progenitora. Se crió en un hospicio.

Marta ha crecido feliz, amparada por su madre hasta la saciedad.

María se refugia en su hija para trasladarle el apego maternal que ella no pudo sentir.

Paula, sin ser mala mujer, cometió diversos errores de juventud. Se enganchó al caballo a través del hombre al que creía amar. Se quedó preñada a los dieciséis, el chaval no quiso saber nada y huyó, por lo que visto lo visto, ella decidió que lo mejor para su hija era cederla en adopción.

María fue cambiando de internados y familias con demasiada frecuencia hasta su mayoría de edad.

María creció fomentando un odio feroz hacia su madre y, refugiándose en brazos ajenos para mitigar su dolor. A los diecinueve años fue madre de Marta y Rubén, mellizos. Rubén falleció a los quince tras un accidente de moto.

Marta cursa estudios secundarios. Los acordes a su edad. Diecisiete años.

María trabaja como enfermera en un hospital local.

Paula vive de una ínfima pensión fruto de una Baja reconocida por su dependencia.

Una de esas muchas historias tristes.

Paula, aunque permaneció atenta a la vida de su hija desde la sombra, nunca hizo ademán de volver a contactar con su hija. La culpa, ese sentimiento que nos bloquea a reaccionar, siempre la atenazó. Más aun cuando comprendió que iba a ser abuela. Luego, el devenir del paso de los años la sumió en un letargo irreparable.

En una revisión rutinaria en el hospital donde trabaja María, a Paula le diagnosticaron un cáncer de páncreas. Le daban dos meses, cuatro a lo más tardar. Desmayo.

La casualidad había concluido en que fuera María quien la había tenido que re-animar.

El azar entró en racha a favor del reparto de cartas en el juego de la vida. Marta -justo ese día-, estaba visitando a su madre en su lugar de trabajo. Permanecía distraída en la Sala de Espera cuando la algarabía producida por el desmayo, le había hecho recapacitar sobre el extraño parecido entre la paciente y ella misma.

Pasado el momento de sorpresa, y tras interesarse por la casualidad, el tema quedó relegado.

Paula permanecía sin sentido, motivo por el cual debió de ser ingresada. María fue reemplazada tras su cambio de turno y junto a su hija se fueron de allí. A pesar de las conjeturas y risas sobre las “casualidades de la vida”, María no prestó mayor interés sobre el asunto. Cualquier referencia a su madre era motivo de ira y frustración.

Al llegar a casa, sin embargo, la insistencia de Marta por saber sobre su abuela se hizo patente. María no tuvo por menos que sacar el tema, otrora sepultado en el fondo de su corazón por motivos obvios. Tras muchas vueltas, excusas y reniegos María concluyó con que para ella, “Su madre estaba muerta allá dónde coño estuviese”.

Marta, sin sentir una lástima excesiva por una “abuela” jamás conocida, concluyó que al día siguiente -aprovechando la jornada festiva de su madre-, acudiría a interesarse por la mujer que había quedado ingresada en el hospital.

Paula falleció aquella misma noche. Sus datos personales, obviamente, quedarían sepultados por la inviolable “confidencialidad de datos”.

Cuánto daño hace el “cambio automático” de las máquinas registradoras.

Hoy me he parado a desayunar tras salir del banco. Muy notoria era la excusa -ya lo comento otro día*-, para obligarme a pisar ese antro.

Para desquitarme del encabronamiento, ya digo, me he regalado con un buen café con leche y un cruasán.

Mientras degustaba el desayuno, otro cliente recibía el cambio de la mano de la camarera con un:

  • Disculpe, voy mal de cambio, tengo pocos billetes y ninguno es  de diez (euros)

Y le entregaba dos de cinco junto a la chatarra-.

Solícito, mientras ojeaba el periódico,  he interrumpido la conversación con un:

  • Yo voy a pagarle con uno de diez, si quiere, se lo doy ahora?

La camarera, sin parecer comprender el gesto, tan sólo ha contestado con un:

  • No. Es igual. Es lo mismo.

Mientras, le ha dirigido una mirada cómplice al cliente, que parecía revelar un gesto tipo:

<<Otro iluminado que se cree más listo>>

El cliente, lejos de comprender ambos gestos y, ante mi insistencia, ha recogido mi billete tendido y ha salido del establecimiento dejando tras de si sus dos billetes de cinco. La camarera, trayéndomelos ha insistido en su réplica.

  • Es lo mismo. Yo no gano nada.

Levantando el gesto del periódico y sin pretender parecer ni paternalista ni condescendiente, le he hecho entrever que de esta manera, -cuando yo le pague- lo haré con un billete de cinco, que guardará en su caja. Seguirá sin tener ninguno de diez pero tendrá más de cinco euros.
Como seguía en sus trece y con cara de no entender, he bajado un escalón más en mi docencia:

Si vd le da dos billetes de cinco al cliente anterior y se va con ellos en el bolsillo, luego yo le entrego uno de diez y vd  junto con la chatarra debe devolverme otro de cinco.

Si vd le da mi billete de diez al cliente anterior y se va con el en el bolsillo, luego yo le pago con uno de cinco que vd guarda en su registradora -más el que no me ha de devolver-.

Barrio Sésamo señorita, Barrio Sésamo.