Mis perros. 

Kas y Lua  (5)

Mis perros.
Los amo.

Estamos en un bar. Junto con la cerveza nos ofrecen unas aceitunas. Ya he dicho alguna vez que no son de mi agrado.
Se las voy dando a mis canes.
Una a la pequeña, otra al husky.
La primera hace “glup” mientras el segundo mordisquea y mordisquea hasta dejar el hueso.
La otra, cada vez, me mira como diciendo:

  • Ya está. Ya he tragado, dame más.

Y vuelta a empezar. Doy una a cada uno. Una traga y el otro muerde con delicadeza hasta escupir el piñol.

Invariablemente, cuando me levante a pagar, ella aprovechará para comerse todos los huesos que el otro dejó.
Un espectáculo.

Hipocresía canina?

Voy caminando con mi perro.

Cruzo por una urbanización de pijos.

Donde todos sus congéneres bien comidos, tras la siesta, pugnan por ladrarle tras sus muros.

Tenéis que ganaros vuestro pan, está claro. Pero podíais ser menos hipócritas…

Después de todo, mi perro es el único que camina libre fuera de vuestras murallas.

Tan sólo una perrita negra y vieja es capaz de salir y aventurarse a saludarle!!

Kas y Lua  (7) - copia

 

 

Han quitado el árbol que interrumpía el camino.

 

Foto árbol caído bosque

Parece ser que el verano, -los veraneantes,  una vez más-, han modificado nuestros paseos. Seguro que, los ciclistas de montaña, se han quejado de que un árbol entorpecía sus carreras rurales.

“Lástima… -parecían decirme los ojos de mi perro-, …con lo bien que servía para el alto en el camino”.

Lo miro.

  • Qué mayor te estás haciendo.

Parece que era ayer cuando trotabas por estos bosques. Siempre -incansable-, delante de mí. Descubriendo (me) juntos los paseos a la par que nos conocíamos. Siempre fiel. (Yo cargaba con el sentimiento de culpa de, a la vuelta, encadenarte a aquella caseta en la fábrica). Cómo ibas a saberlo, cada vez? Fueron unos meses de alborozo y tristeza a la vez. Luego llegaste a casa…

Hoy hemos repetido el paseo de antaño. Lorenzo nos dio un respiro y alguna nube negra presagiaba llover. Un buen día para trotar.

Has llegado, primero -aunque renqueante-, al árbol caído, desde lejos ya he percibido tu tristeza. Ya no cruzaba el camino, tronzado sobre si mismo. Ahora, tan sólo apartado al real paso humano, parecía postergado a mimetizarse con el tiempo en su entorno.

Nos hemos sentado igual. Recordando. Sintiendo el calor de su corteza. Recorriendo su sabia reseca. Los hilillos de hormigas yendo y viniendo en doble sentido recolector, parecían aconsejarnos: “largo, no interrumpan nuestra labor recolectora”. hemos aguantado estoicos. Calmando el resuello con las breves sombras del medio día.

“Lástima… -parecían decirme los ojos de mi perro-, …con lo bien que servía para el alto en el camino”.

 

Sueños vergonzosos.

Sueños vergonzosos dentro de mi sección “Me entiende mi perro?”, es un sueño que tuve ayer por la tarde durante una breve siesta con el sol dándome en la cabeza. Un horror. Lo he titulado así dado el sentimiento de culpa que percibí al despertar.

El sueño era una serie de indicaciones, miradas y conversaciones con mis canes. Si bien cuando estoy despierto ya lo hago (hablar con ellos), en el sueño no me pareció tan amable la conversación transcurrida.

 * Enseñar, a que (mi perra) vaya a pagar la cuenta en los bares en que me paro con ellos.
Va con el platillo con la nota. Se contonea. Los habituales le tiran monedas.
(mi perro) se la mira de reojo como pensando:


– De lo que eres capaz por un recorte de chorizo.


Cuando -ella- parece darse cuenta, me mira de reojo en plan:


– Tú crees que hago el ridículo?


Generalmente, la ignoro. La experiencia me reconforta a dejarla hacer. Así consigue que le den para pagar otra birra.
Luego, cuando sumisa y cabizbaja vuelve, no dejo de despreciarla con un:
* Pide aceitunas. Son gratis y a mí no me gustan.

 

Sobre hijos y perros (1)

Se dan cuenta -realmente- nuestras mascotas de lo que hacemos por ellas? Les importa?

Obviamente, las respuestas a estas preguntas, son absurdas. Me parece absurdo tan siquiera plantearlo.. ahora bien:

Ahora que mis hijas ya son grandes y volaron del nido. Mis mascotas han pasado a tomar el “relevo” en la parte afectivo-dependiente.

En casa tenemos tres bichos. Una gata (Pelusa) -la auténtica reina de la casa- y dos perros. Lua y Kas.

Lua es/era la perra de la hija de mi esposa y Kas, el perro de mi hija. Nuestras hijas, a su vez, son de otras parejas anteriores. La de mi esposa con su anterior marido, la mía de mi primer matrimonio. Ninguna vive ya con nosotros. Ambas, por distintas razones, han delegado sus perros a nuestro cuidado. Éstos, al final, son como una prolongación de ellas en casa. Y como yo tengo más tiempo libre que mi pareja, pues se puede decir que los perros son míos. Ambos fueron recogidos de perreras. Lua es un cruce de perdiguero y cazador y Kas es un cruce de Malamute y Pastor Alemán.

Yo, egoísta de mi tiempo, nunca tuve ganas -ni interés- por tener mascotas dependientes. Hago esta distinción porque, como es sabido, los gatos permiten más libertad. Son limpios, autónomos.. con tener su arena en un cajón, agua y comida, puedes largarte una semana y ni se inmutan.

Volviendo a las mascotas dependientes… Crearme las obligaciones de tenerlos que sacar mínimo tres veces al día llueva o haga sol, y rendirles unas horas de mi tiempo diario, nunca me cautivó lo suficiente. Cuando la hija de mi mujer “convenció” a su madre para traer a Lua a casa, yo me puse de culo. Argumenté -como poco después se confirmaría- que todos los parabienes que la niña contemplaba, no eran más que brindis al sol y que al final el que tendría que cargar con el chucho sería yo. Por supuesto la perra se quedó. A lo largo de los años el asunto nos causó más de una bronca, algunos gritos y alguna lágrima ocasional. Con los años fui bajando velas en pos de la convivencia, pero siempre nos miramos -con la perra- con un desprecio mutuo.

Años después, apareció Kas. Al que si bien en principio no llevé a casa… -la escusa fue llevarlo como “perro guardián” a la fábrica donde yo presto servicios de vigilancia y control- …a la vuelta de unos meses, tras verlo sufrir con el calor, decidí llevármelo a casa. Esta acción acabó por desbordar el vaso de la paciencia y comprensión de mi esposa, que vió en la maniobra una estratagema para meter al perro en casa. Dado que yo había argumentado una y mil veces que un perro no debía vivir en un piso, menos aun podríamos hacerlo con dos. Además me sacó a colación todas las broncas anteriores, cada uno de los gritos y la frustración y lágrimas que ella y su hija habían sufrido en el pasado. Yo, adquiriendo una prematura “senilitud anticipada” acompañada de sentimientos de culpa y una doble moral mezquina me hice fuerte en la idea de que si anteriormente había tragado con la perra y, dado que la situación* requería fórmulas especiales, me debían el poderme quedar con el perro. Y Kas se quedó.

* Mientras que la adopción de Lua fue un “capricho”, la de Kas se fraguó porque el perro sufre un desgaste en una de sus caderas, y dado que mi hija vivía en un quinto sin ascensor, sacarlo mínimamente para sus necesidades era un drama continuo..

Hechas estas aclaraciones, vuelvo al principio. Se dan cuente nuestras mascotas de los que hacemos por ellas? Podrían “comprender” el sacrificio que comportan nuestros cambios de horarios, o las obligaciones que conlleva tenerlos? No podemos olvidar los gastos…

Por otra parte, les obligamos a nuestras rutinas, a nuestros caprichos, a nuestros cambios de humor. Siempre han de estar preparados para salir cuando se nos antoje. -Yo tengo horario cambiantes de trabajo que les afectan en su tiempo de sueño y descanso- Muchas veces me planteo si tal o cual día, tal vez no tengan ganas de salir. Si hace frio. Si llueve.. Tal vez les duela la cabeza? Les gusta toda la música que pongo? Les gusta vivir juntos?