Unos pechos jóvenes.

​UNOS PECHOS JÓVENES (placeres voyeur)

Inclinada hacia adelante con la vista pérdida en la pantalla del Mac, unos juveniles pechos, -sueltos bajo la holgada camiseta sin mangas-. se mecían al ritmo de su respiración. 
Casi sin querer, los livianos tirantes que sujetaban la frágil prenda a sus hombros, me permitieron observar, no sin cierto disimulo, unos erguidos pezones. 
Sin duda, es el aliado aire acondicionado el que consigue este efecto, -nada disimulado por la propietaria-, por cierto.

No puedo dejar de sentirme culpable… La visión, -robada, aunque agradable-, me recuerda que tanto ella como su compañera, podrían ser perfectamente mis hijas.
Portan idénticas sandalias de gruesos tacones rematados ambos en tobilleras de cáñamo con idénticos jamaicanos colores. Banal detalle, que me distrae y me permite volver a sentirme menos rapaz.
La amiga se ha recostado en su silla, permitiéndome una mejor perspectiva sobre mi botín. Toda la aureola rematada de vivo carmín, está ahora a la vista, mientras -absorta a mi escritura-, me sonríe cada vez que levantó la vista en su dirección.
A cada bandazo que da el tren, un breve y sin embargo abrasador roce de nuestros codos nos permite un acomodado nuevo gesto de compenetración.
Cómo le voy a transmitir mentalmente que sin ser un sátiro espero volver a rozar su piel?
Ha estirado un pie en dirección al mío (o será que dado mi gran volumen soy yo el que invadió su espacio hace ya rato?), por lo que me permito esperar un último gesto asertivo.
La amiga se levanta, estira su cuerpo para alcanzar su maleta del altillo y aparece un ombligo rematando un vientre plano. La sigo con la mirada y le ofrezco un gesto de falsa ayuda. 
(Para ayudas estoy ahora que siento la erección pugnando en la tela gruesa de los vaqueros)
De nuevo la conversación entre ellas me recuerda que no comprendo su idioma.
Importa eso para el placer de observar?

Hace unos días me fui a cortar el pelo.

Para escribir sobre lo que quiero escribir hoy, necesitaría -para que se entendiera- que previamente hubieseis leído los tres capítulos que en su día escribí sobre “MI PELUQUERA”.
Por lo tanto, me voy a permitir recogerlos (todos) aquí para luego explicar lo que sería la cuarta y última parte.

Comprendo que como algunos ya habéis leído los capítulos anteriores igual se hace extenso. Intentaré no aburrir.

  • Hablar de mi peluquera es complicado.
    Ella, no diré como se llama -faltaría mas- regenta una peluquería de señoras de toda la vida. Tintes, rulos y ese insoportable olor de mechas -tostándose bajo un secador de astronauta- flota en un ambiente distinto al imaginado.
    Excepcionalmente, algunas cabezas masculinas somos tratadas ahí. Supongo que somos un atajo de inútiles de esos que prefieren no escuchar opiniones de fútbol mientras se nos corta  el pelo. En mi caso, además, me pilla más cerca de casa.
    Los precios son similares a los de las masculinas, o… Eso creo, la verdad es que hace años que no he vuelto a una de tíos.

    Como con mis perros cada día paso por su puerta, viéndonos a través de su escaparate…
    (la tiene decorada muy divertida., como es madre de dos niñas gemelas, tiene una mesita pequeña,  dos sillas a juego en tamaño y un  pastel de porcelana sobre la primera, que confiere un aire distinto de lo que ella aparenta).
    … los saludos a través del cristal se han convertido en imperceptibles guiños, tal vez.. muecas.

    Yo no entiendo mucho de esto, no lo juzgaré. Dice que es estilista. La verdad es que el sitio es muy acogedor sin perder la compatibilidad de lo que tiene que ser el negocio.

    Lo mejor de la peluquería es el sillón del lavacabezas. Es un sillón de masaje de esos que va ejerciendo una suave vibración sobre determinados puntos de la espalda, riñones, piernas, confiriendo al ya relajante lavado de cabeza (a quien no le gusta que le acaricien el cuero cabelludo con un suave y oloroso champú?), un placer añadido.

    Yo no voy más de tres veces al año a la peluquería. No le presto demasiada atención a mi imagen… Tan sólo cuando calculo, casi siempre mirándome en el espejo del ascensor, que mis pelos dan vergüenza ajena, es cuando comienzo a pensar que he ir a cortarme el pelo o peinarme. Como lo segundo no entra en mis cálculos, la solución es ir a la peluquería.

    Lo que quiero contaros, -al fin y al cabo, es lo que hago aquí,  contar cosas-, son algunas de las curiosas situaciones que se dan mientras me corta el pelo.

    La insistencia de su mirada no pasa desapercibida. Sus ojos tienen un brillo propio que permiten soñar argumentos que seguro andan muy lejos de lo que el resto de sus facciones expresan.
    Su conversación es rápida,  te das cuenta enseguida cuando tiene ganas de explicarte da igual qué. Es ella quien lleva el peso de la conversación,  permitiéndote apenas asentir a lo que sea te esté explicando.
    Mientras sus manos,  tijeras, maquinilla, peine,  etc, se mueven como con vida propia, la conversación fluye en torno a temas más o menos atrevidos dado que en realidad no nos conocemos de nada.
    Hoy ha surgido en una conversación sobre cómo utiliza Facebook para hacerse propaganda gratuita de su peluquería, -lógico-, agregando como amistades a todos los clientes de su negocio. Hasta aquí bien, me ha pedido mi nombre para agregarme. Cuando me he querido dar cuenta, ya me había comentado,  -como de pasada-, que también tiene una cuenta en Instagram donde posa de forma erótica.
    Nunca hasta hoy había sentido interés por Instagram, ni siquiera sabia para qué servía? Ahora tengo una cuenta que me permite deleitarme en un pezón ajeno a la mirada curiosa.

    Hace unos meses, pude sentir el rubor en mis mejillas y preferí desviar la mirada al sentir la suya reflejada en el espejo. En las ultimas falanges de mis dedos anular y meñique, percibía el calor húmedo de su pubis, que a través de la tela de la bata se transmitía,  cada vez que, digamos, ocasionalmente, se apoyaba mientras giraba alrededor mio trabajando su corte de pelo. La situación,  tan halagadora como excitante, hizo que me aferrase con fuerza al reposabrazos,  no permitiéndome el menor movimiento en dichos dedos. Tampoco osé retirar la mano de debajo de la capa protectora, permitiendome ralentizar el placentero juego.

    Nunca me he permitido un  paso más allá de lo correcto. Prefiero disfrutar de estos pequeños gestos que inadvertidamente parece que nunca han llegado a suceder.

  • Buenos días.
    Hoy desperté a las seis. Sin duda los estragos de sueño debían estar recuperados tras dos días de perrear sin rumbo.

    A las nueve tenia la casa lista de marujeos varios, el sol lucia a pesar del frío por lo que aparejé a mis canes y nos hemos ido a desayunar.
    Bueno, he de decir que los tengo tan mal acostumbrados como si de nietos se tratara. Nos sentamos en una tetería, donde sé que permiten la entrada de perros al local, y raro es el día en que no les doy un cuerno a cada uno de los dos cruasans que me zampo.

    Al volver hacia casa, siempre por rutas distintas, -enseñanza de mi abuelo que en homenaje siempre he convertido en mía-, hemos pasado por delante de la peluquería donde ayer me cortaron el pelo, recuerdo haber explicado algo ayer noche..
    Al paso frente al escaparate, tironeando de mis canes vuelta a casa, no he dejado de observar como la peluquera se movía en sus quehaceres diarios, entreteniéndose en la cabeza de una anciana de pelo color violín. Cuando ya pensaba que hoy no disfrutaría del guiño que a modo de saludo me dispensa cada vez que nos saludamos en mi diaria ruta, unos labios rojo intenso, ahuecados en forma de O, me han lanzado un imperceptible beso desde el reflejo del espejo. He asentido mientras con la mano libre de correas, me permitía un extraño gesto.

    Una manzana más abajo, todavía recordaba el intenso color rojo. Un rojo que hacía juego con el de unas uñas perfectamente pintadas.
    Las uñas de unos dedos estirados de una mano abierta.
    Una mano abierta, estratégicamente colocada para cubrir parcialmente un tatuaje.
    El tatuaje, un hermoso ramillete de flores que nacía en el monte de Venus extendiéndose por el bajo vientre de su propietaria.
    Un monte, que desde la perspectiva de los huecos que los dedos abiertos permiten a la vista, se aprecia completamente desprovisto de la maleza propia que allí debiera crecer.
    Confiriendo a la escena un toque de pálida blancura inusual.
    Sin duda, por lo menos un estremecimiento, sería un grato pago para cuando vuelva a sentir su mirada en mis ojos.

    Maldito Instagram.

 

  • Jueves 29, media tarde.

    Ayer fue un día espantoso. Todas mis esperanzas cayeron como castillo de naipes.
    No recuerdo si os conté,  además,  que cruzando, diagonalmente la calle de la peluquería, se encuentra en la esquina contraria un establecimiento Sex Shop?

    En fin, ayer caminaba acera arriba con mis perros en pos del paseo de tarde. Yo siempre camino por las aceras izquierdas, dejando las paredes de los edificios a mi izquierda,  creo que ya lo he explicado alguna vez. Sufro de una mínima cojera que con el leve desnivel de las aceras se corrige por si sola permitiéndome facilitarme el paso. Mis canes,  obedientes, lo saben y caminan siempre a mi derecha.

    Ayer, el husky parecía algo más agitado de lo normal. Los días fríos y ventosos parecen sacar al lobo que en origen lleva dentro y, parece dominarle en instinto.

    Poco antes de llegar a la peluquería y, por qué no decirlo, recordando mi escrito del día anterior. Donde os contaba cómo había disfrutado observando los límites desnudos del origen del tatuaje, comencé a repasar mentalmente la suave piel depilada,  las rojas uñas haciendo juego con los labios en O y tal vez alguna que otra indiscreción que me permitireis no desvele.. cuándo vi a un par de cientos de metros bajar por mi misma acera, pero en sentido contrario, a un chaval, jovenzuelo,  ya nos hemos cruzado con él y con su mastín en más de una ocasión. El mastín no se lleva bien con los míos. Cada vez que los tres se cruzan, el mío grande, el husky, se enfada territorialmente hablando.
    Para evitar conflictos, aminoré un poco el paso y casi sin apenas mirar hacia atrás,  crucé la calzada hacia la otra acera en diagonal en el cruce. Un par de metros antes de llegar a la acera contraria, el instinto me advirtió sobre el coche que por mi derecha amenazaba cruzar antes de conseguir llegar a mi rectilíneo destino.
    Sea como fuera, apreté el paso, más pendiente de los chuchos, que de mirar por donde caminaba, para por fin, cruzando entre dos vehículos aparcados, conseguimos nuestro propósito.
    Mi sorpresa fue mayúscula cuando, sin querer, casi atropellamos a una señora que por su acera bajaba.
    Al mirarle a la cara para disculparme por el acoso fortuito, no pude dejar de reconocer a mi peluquera, que con el susto en el rostro, volvía a poner esos rojos labios en O.
    De mi boca, un torpe -Perdone, perdona- acerté a musitar…

    (mientras, mi subconsciente me jugaba una mala pasada, al comprobar cuán parecido tan grande tenían los rojos labios en O, los ojos saltones del susto, con los de la propietaria de una muñeca hinchable que desde el escaparate me miraba)

    .. ni me atreví a hablar. No fuera que la cagara.

    Apreté el paso, sin apenas volver la cabeza y nos retiramos raudos calle arriba.

    Cuando recapacité, comprendí que tal vez mi peluquera, tras haberme facilitado una velada información sobre sus desnudos en Instagram, pudiera llegar a pensar que igual un sátiro tenia por cliente. Tal vez, ahora pensara, que mi tosca actuación invasiva, pudiera ser una mal interpretada invitación hacia ella.
    Pobre de mi. Si además se enterase de que llevo contándonos sobre su íntimo tatuaje!
    Que vergüenza! Qué va a pensar? Cómo le explico que mi fascinación por sentir, tal vez de nuevo, el calor de su sexo en mis dedos tan sólo fue producto de mi imaginación?

    Lo primero que hice al llegar a casa fue desinstalar Instagram.
    (no sin antes echarle un nuevo vistazo póstumo)

    Y, con este breve resumen, doy por terminada la trilogía de este micro cuento que siempre pensé titular: La Peluquera.

    (obvio deciros qué partes tal vez fueran ficción o cuales no), tal vez dentro de tres o cuatro meses, cuando vuelva a necesitar un corte de pelo, os explique más sobre “mi peluquera”.

    Bueno, ahora que ya he resumido mis tres capítulos y sin querer extenderme mucho. Me he de levantar a las cuatro.

    No quiero dejar de escribir hoy sobre esa placentera sensación de cómo he percibido que me tiraban los tejos..

    Hoy me he ido a cortar el pelo. Ya os lo decía antes. Lo que quiero contar es porque se ha dado una conversación chocante.

    Ella, sigue mi página de Facebook, me tiene amigado, porque hace propaganda de su peluquería, etc..

    Y, de repente, me dice:

    • El otro día leí “esa” historia sobre tu… vecina?

    Yo se positivamente que lo único que tengo escrito sobre “vecinas” es lo de:

    https://montxomon61.wordpress.com/2015/01/30/los-orgasmos-de-mi-vecina/ (parte 1 y 2)

    Con lo que tirándola de la lengua… pude comprobar cómo se había entretenido en leer sobre el tema orgasmos, aunque no quisiera abordarlo con las palabras correctas.

    En eso, he de confesar que me he sentido halagado, no he podido confesarle que también sobre ella (en otro sitio, aquí en Word) había escrito alguna cosa.

    Lo que si me he permitido cuchichear es que la vecina de los orgasmos, también es clienta suya. -Lo sé porque la he visto alguna vez sentada en el mismo sillón en que me corta el pelo a mi-. Para que le de vueltas a la cabeza.

    Lo que no he querido decirle (para que no cerrara el círculo), es que además, también “ella” tiene un comercio muy cerca del suyo.

    Lo dicho… una gran tarde de risas veladas.

Esta foto es de un coño? No serás un pervertido?

Antecedentes:

En septiembre de 1994 me separé (la primera vez). Tras ocho años de matrimonio cuyos únicos frutos resultaron ser, una preciosa hija de ocho años y una vida atormentada por una esposa excesivamente posesiva y celosa a partes iguales.

En el 95 andaba de aquí para allá, con un cacao mental de tres pares de …

Desubicado completamente en cuestión de amistades, ligues y un largo etc de lo que podía ser la carencia de vida social. Sin trabajo estable, sin casa, sin pasta, sin vida… Un cuñado, que se estaba haciendo una casa en Almería, me ofreció trabajo para un par de meses, los del verano del 95. Se convirtieron en catorce.

Los hechos:

Cuando volví a mi provincia natal, a la casa paterna, a las amistades recuperadas y, al trasiego de resarcirme del tiempo perdido en cuestiones amatorias, me topé de casualidad con uno de los amigos conocidos los meses antes en el Cabo de Gata.

Juan, que un par de semanas me guió cual cicerone, ayudándome a contactar y conocer a las amistades que veraneando en la citada región andaluza, ahora de nuevo volvían a residir en Barcelona. Fue un éxito.

La primera fiesta a la que me llevó fue en un piso ocupado de la calle Mallorca. En una cartulina, en la pared del rellano del segundo piso se leía: FIESTA DE POLLAS Y COÑOS. Así, sin más. Aunque me pareció un slogan excesivo, no quise parecer mojigato y sin preguntar y, sacando una botella de Ballantine´s del bolsillo interior de mi cazadora vaquera a modo de “presentación”, allí que me colé.

Nada más entrar, un simpático trio de chicas más o menos andróginas de look a lo punkie, nos dio la bienvenida y tras agradecer el etílico regalo me convidaron a entrar en un lavabo. A la puerta del mismo, me explicaron, que dentro, sobre la taza del wc había una cámara de fotos Polaroid ( de esas con auto-revelado), se trataba de que, en mi intimidad, me bajara los pantalones, mi ropa interior (si la llevase) y sin manipular los genitales (para que no se apreciaran erecciones que formaran falsas expectativas) me hiciera una fotografía de, sólo “mis partes”. Luego, todas las fotos se colocarían en dos urnas. Una de chicas y otra de chicos.

No me pareció mal, total… ya llevaba yo mucho tiempo “de barbecho” y cualquier expectativa podía funcionar bien.

Alguien preguntó si alguien sabía cortar jamón? Mi querido amigo Juan, gritó:

  • Éste. -Señalándome-.

Y allí estuve cortando lonchas de jamón durante un buen rato.

Una chavalita que debía tener una quincena de años menos que yo, entrelazó sus dedos con los míos al tiempo que los metía bajo el elástico de sus mallas y me susurraba cochinadas al oído, me explicó que ya iban a hacer el sorteo de las fotos.

  • Ojalá me toque la tuya!!

En el sorteo, de dos cilindros de cartón, cada cuál sacaba una foto del bombo preferido (según preferencias sexuales) y, debíamos indagar en encontrar a nuestra pareja con tan pocas referencias ilustrativas.

Acostumbrado a la monogamia -todavía-, no dejé de susurrarle que todavía podíamos dejar el piso y buscar consuelo por ahí…

Cuando se acabó el jamón, se acabó el chollo de niña. Me dejó con el aroma salitre en los dedos y desapareció.

Ni Juan ni yo encontramos nuestros regalos aquella noche. Por lo que decidimos echar el pie a la calle antes de que la segunda denuncia por ruidos, situara a la policía local a la puerta de aquella fiesta tan inusual.

Desenlace:

Unos años más tarde, mi tercera o cuarta pareja, creo que fue María, aunque no lo recuerdo muy bien, (creo que cuando escribí  https://montxomon61.wordpress.com/2015/02/21/janis/  ya hablé de María) una tarde, guardando calcetines en una cómoda, dio con la foto de marras y me espetó:

Esta foto es de un coño? No serás un pervertido?

 

 

El éxtasis y la valenciana.

Hace unos años, ya hice un borrador sobre este particular capítulo de mi vida, es posible que algún@s ya hayáis leído parte de esta historia.

Mis disculpas.

 

Ojalá pudiera con este escrito hacer desaparecer el fantasma del horror que me persiguió aquella Semana Santa.

En Semana Santa, bajaban turistas del Levante español al pueblecito de costa donde tenía el bar. Supongo que la alternativa de cercanía territorial tenía mucho que ver -pocos días, mínimo trayecto-

Por aquellas fechas tenía como clientes fijos a un grupo valenciano. Estaba compuesto por media docena larga.. de personas. -Siete, eran siete. Tres parejas estables y una loca-. Me vais a perdonar lo de “loca”, pero es por reducir el contexto en una palabra amable. No demasiado ofensiva. Ya si eso, conforme vayáis conociéndome, ya le daréis más o menos fuerza a las palabras que utilizo cuando relato.

Como os digo, eran tres parejas estables con edades entre ventimás y treinta y pocos, con la familiaridad que da serlo desde críos, todos se apoyaban y cabreaban entre ellos, todos conocían los valores y puntos débiles de los demás, todos ellos y ellas, habían compartido parejas del grupo entre ellos y ellas, quien era el más ligón, el más borracho, el más pendenciero, el generoso, la tonta, el guapo.. vamos, se conocían bien. Luego estaba “ella”. Ella era zafia, patosa, mal-encarada, borde, hosca, y además bebía cerveza a una velocidad fantástica -esto último lo aporto por la parte mercantil que me tocaba-. Una verdadera valkiria, exenta de glamour, en toda regla

Como yo en esa época también tenía un pronto “borde” que utilizaba para conferir cierto aire malévolo para con el público de mi garito -un porcentaje muy alto lo era de politoxicómanos blandos, a los que había que domar- no tardé mucho en confraternizar al principio y enzarzarnos después en puyas con la susodicha criatura valenciana.

Eran cuatro días intensos. Cada Semana Santa las mismas borracheras, las mismas pugnas, los mismos desafíos. Por supuesto, la última noche nos acostamos. No recuerdo ni el antes ni el después. No recuerdo palabras amables, ni cariñosas, ni nada. Solo se que follamos. Luego se fue de vuelta a su Levante hasta el año siguiente.

Fue uno de esos malos polvos, que siempre pensamos es mejor olvidar. Que triste es cuando no quieren moverse -ojo! ellos o ellas, en esto no hay distinción, si tu pareja de un día es aburrida…-

La olvidé.

Ahora tengo que hablaros del éxtasis. Trabajo duro. Pues debo abrir el baúl de la locura y no todos los días me encuentro con ganas. Hace meses (años en realidad, como decía al principio) que tengo -entre otros- un borrador con este  escrito. Hoy me encuentro con fuerza.

El éxtasis es, lejos de referirme al enaltecimiento de un placer moral, mental, o carnal, -por ejemplo- el nombre popular de esa droga psicoactiva sintética, que es el MDMA. No haré yo aquí, ni ahora, apología sobre ninguna droga, menos de ésta -a pesar que algunas eminencias médicas de los 80´s reconocían públicamente su puntual ayuda sobre sus propiedades para hacer aflorar pensamientos y recuerdos reprimidos. No. Yo no pretendo si no hablaros de la crudeza de la misma como tal.

Aparte los discutibles placeres que puntualmente produce el MDMA, la realidad es que su uso continuado puede ocasionar muchos problemas al consumidor frecuente.

Físicamente, aporta energía, alta sensibilidad y reducción de la ansiedad al contacto físico, mayor tolerancia a la fatiga, taquicardias, arritmias, pérdida del apetito, sequedad de boca, sudoración, deshidratación, aumenta el estado de alerta, insomnio. Psicológicamente, produce ansiedad, irritabilidad, sensación de euforia, estado de placer, sensación de empatía con los demás, locuacidad. En dosis elevadas puede producir ansiedad, pánico, confusión, insomnio, náuseas, vómitos, temblores, escalofríos y deshidratación severa, pueden experimentarse problemas cardiacos o una insuficiencia renal aguda. Vamos.. una fiesta!! Cuando estas sensaciones decaen, sobreviene agotamiento, fatiga, inquietud y depresión, estados que pueden durar varios días.

A mi me daba por la depresión.

Oye!! Unas lloreras. Un arrepentimiento tras los conatos de nostalgia. Unos actos de contrición.. me asustaba de veras. Motivo por el que sin querer pero queriendo, volvía a tomar otra “rula”, y mi estado de ánimo resucitaba.

A ver, cuando durante años no has sido más que un mindundi, separado prontamente, con hijos, buscando desesperadamente trabajos con los que cumplir con pensiones y malvivir, desarraigado de amistades y regiones, desamparado en suma.. Y, de repente te metes en una etapa de tu vida en que tocas dinero, regentas un garito de copas, la gente disfruta de tu compañía!!

Y entras en un bucle donde alguien te besa en la boca y con la lengua te pasa un cuartillo de pastilla, los ojos locos ya no miran hacia ningún sitio, corría el ron, la música, el baile, el sensual movimiento de caderas ajenas, explícitas, sensuales, cadenciosas, el sudor se tornaba un vapor húmedo y denso que destilaba sexo.. Otra boca ajena, otra saliva distinta, y ahora eres tu el que comparte un trozo de rula.. has vuelto a empezar el bucle -como si circularas por una Cinta de Tornasol- Has cambiado sin entender.  Es muy difícil volver a razonar y comprender que eso era lo malo.

Durante unos años viví una realidad paralela. Mucho de lo que escribo es de esa época, creo que es el momento de lastrar unos pesos oscuros que han permanecido en algún lugar blindado de mi cerebro.

Lo dicho. Unos años de locura.

Al siguiente año volvieron los levantinos, puntuales en Semana Santa. Me pilló en el ecuador del descerebre más acuciado. Por supuesto volvió la bestia. Volvimos, sin casi saludarnos, a discutir, con una saña renovada. Con odio. Por supuesto continuó vaciando rauda las neveras, -cosa que agradecí, yo cobraba a tanto por ciento de caja, no tenía sueldo fijo-.

Pero había cambiado. Mucho. Su semblante.. parecía.. una endemoniada. Sonreía de forma maléfica, como una pepona de feria. Ya sabéis.. esas muñecas de trapo mofletudas con enaguas rayadas- Su larga melena se había tornado dos grasientas trenzas enormes y tiesas, como si de un unicornio bicéfalo se tratara. Estaba más gruesa, pero ya la recordaba así de mi pesadilla del año anterior con menos ropa..  Lo dicho:

Un horror.

Tras mucho discutir, y en un aparte, le pregunté a una de sus íntimas, si tan mal recuerdo tenía de mi? Su respuesta me petrificó. Algunos habían, ese año, apostado por ir a las fiestas de otra ciudad más al norte, pero nuestra “común” amiga había insistido mucho en volver a donde todos los años. A pesar de sus intentos por convencerla nada había surtido efecto. Ahí estaban. -exacto, pensé yo, AQUÍ están- Luego, me contó que les había explicado a todos, más o menos.. que en la Semana Santa pasada había tenido un orgasmo de órdago!! y que este año iba a repetirlo.

Aunque me crecí, -faltaría más- y me puse a discutir de nuevo con fuerzas renovadas, he de reconocer que se me quitó el colocón de golpe. Vamos, como cuando estás en un bar del Pirineo y, cuando sales a la calle a mear a doce bajo cero, se te va la borrachera ZAS. De golpe.

-Cómo iba a tener a una tipa, cuatro noches seguidas acosándome para llevarme a la cama! Vamos hombre! No me jodas!! Con toda la gente enpastillá, dándose morreos y sobándose, cruzando pastillas y babas de boca en boca, respirando la humedad del mar mezclada con el aroma salitre de decenas de sexos en llama viva! Con María al lado todo el día, amarrándome. Ya el otro día, cuando os hablé de Janis,

https://montxomon61.wordpress.com/2015/02/21/janis/

hablé de María. María fue un salvavidas sexual en una etapa de mi vida. Ella siempre quería ir a follar, ni cine, ni tv, ni comer, ni nada de nada. Solo follar, daba miedo, os lo juro. Me quería con locura, eso lo sabía. En cuanto acabábamos, se levantaba y se iba a currar -como resucitada- limpiaba apartamentos de turistas, para turistas, quiero decir. Más casas, más dinero, Me llamaba y ¿dondeestásss? Ven a casa de tal o de cual.. y allí, sobre una mesa, en la cocina, daba igual. En fin, ya tocará hablar de María un día. Lo dicho, y a la loca allí. En mitad de la fiesta, mirándome como al futuro polluelo al que hay que… bebiendo como un cosaco y envalentonándose con los vítores de su cuadrilla..

A la segunda noche caí. No recuerdo nada, bueno si, el final, luego os cuento…

El resto de la semana ¿Santa? fue un calvario. Un Real calvario, -no como de los de Semana Santa- un verdadero calvario. Toda las bromas de sus amigos versaban sobre que la traerían todos los años. Para calmarla. Un horror.

Cómo?? Que queréis saber más? No fastidiéis!!

Bueno, lo prometí antes. Ahí va.

Desperté con la cabeza sobre dos de los muchos grandes cojines que tenía en el sofá. Con la cabeza torcida e inclinada hacia adelante. Al abrir los ojos pude verme -con horror- desnudo de cintura para abajo con aquella jabata cabalgándome con saña. Sus coletas brincaban arriba y abajo con frenesí. Su cara denostaba la de una posesa de Satán, pómulos perlados en rojo sudor. Las aletas de la nariz ventilando a marchas forzadas, acumulando aire para resoplar. Los ojos mirando hacia el infinito de atrás. Su “entrepierna” muy poblada, se movía arriba  abajo convulsamente.

La visión duró un instante. Tuve la lucidez de cerrar los ojos de nuevo. Intenté pensar, sentir qué había pasado? Cómo había vuelto a caer? Y, tan pronto… Me centré en lo obvio. No sentía nada. Podía percibir mi sexo, arrugado, muerto, allá abajo. Los bajones de las droga eran terribles. Entonces? No me atreví a volver a mirar. Me hice el dormido y cuando volví a “despertar” ya no estaba. Ahora volver a leer el párrafo donde sus amigos brindaban por mi. Qué les contaría?

Un horror!!

A través del muro.

La pared. Ese frío muro que separa nuestras vidas… Nos separa.
Nos separa?

Recuerdo (te recuerdo), apoyada en la pared, permanecías quieta, a la espera de que tu desnudez…

Un momento ! Empezaré por el principio:

Recuerdo un poema que le dediqué a una… ¿amiga? hace años. La conocí en un hotel. Bueno, a decir verdad, conocerla es mucho decir, dudo que ni tan siquiera se percatase de mi existencia.

Cuando salí del ascensor la vi salir, de un pasillo mal iluminado. No me pareció particularmente atractiva. Unos tejanos de cintura baja permitían la breve contemplación de un tatuaje tribal. Sin más ambición que la de encontrar el número de mi habitación, seguí mi camino tras el tatuaje. Con la mirada clavada en él -quiero decir-.

El azar me gratificaba con un regalo inesperado. Habitaciones contiguas. Nos saludamos sin mirarnos y cada cual desapareció tras su puerta.

Hacía calor. Mucho calor… (ese calor pegajoso de los agostos mediterráneos que apelmaza los sentidos pero que permite gozar del sudor ajeno).
Ojo! No hablo de malos olores. Nada zafio. Tan sólo como cuando los hilillos de humedad discurren escote abajo. Como cuando la melena permanece húmeda hasta gotear. O como cuando los muslos interiores se deslizan con esa deliciosa fricción en los andares… ya sabéis de lo que hablo.

El hotel era barato. No había aire acondicionado. Descorrí una tupida cortina y abrí ambas puertas del balcón. La visión de los tejados de aquella pequeña ciudad me confirió cierta relajación sin llegar a satisfacerme. Inspeccioné el baño, me desnudé, me di una ducha fría y, tras secarme con una toalla que apenas albergaba toda mi cintura decidí tumbarme en la cama.

En la habitación contigua, una suerte de ruidos me hicieron pensar que mi “amiga” estaba repitiendo los mismos recorridos que yo. Imaginé hasta dónde llegaría el tribal y la erección fue inminente. Me levanté. Con sigilo, me asomé al balcón y fue cuando la vi.

La vi, (a través del doble espejo que formaban ambas puertas de nuestros balcones abiertos), apoyada en la pared contigua a la mía. Permanecía quieta y desnuda con los hombros y el culo pegados a la pared, -era como si pretendiera absorber la frialdad del muro para refrescar su cuerpo.

La luna de cristal de la puerta semi-abierta no me permitía ver mucho más -y tampoco estaba yo por la labor de dar un espectáculo con mi miembro erecto, desde aquel segundo piso-. Me concentré en lo que veía.

No pude por menos que calcular para ponerme detrás de ella (con el muro en medio) e intentar abrazarla, sentir la humedad a través del muro, restregar mi sexo, hablarle, convertirme en un depredador de la noche…

Y como decía al principio, le dediqué unos versos:
Deslizo mi ávida lengua
sobre tus negras orejas.
Deslizo mis cálidas manos
sobre tus viscosas alas.
Deslizo mis largos colmillos
sobre tu pálido cuello.

Luego te muerdo..

Entre suspiros,  profundos jadeos,
entre azufre y brillo de luna,
entre muertos y enfermos,
entre dolor y placer.

De nuevo te amo..

Ahora que la sangre tiñe tus pálidos pechos,
ahora que tu sonrisa es mueca de dolor,
ahora que tus ojos estallan,
ahora que tus manos se crispan,
ahora que tu eres mía.

Gozo asesinando tu pudor
satisfecho mi sobrehumano apetito…

Deslizo mi ávida lengua,
dentro de mi ensangrentada boca,
deslizo mis cálidas manos
dentro de mi sucia piel,
deslizo mis largos colmillos,
dentro de mi blasfema boca.

Y luego parto…

Entre nubes y blasfemias,
entre brisas y sonrisas,
entre humanas podedumbres,
entre dios y demonio.

De nuevo te he asesinado…

Ahora que la sangre ha teñido tus pálidos pechos,
ahora que he roto tu sonrisa,
ahora que he bañado tus ojos,
ahora que he crispado tus manos,
ahora que de nuevo te he hecho mía.

Ahora parto…
soplo asesino sin cuerpo, hacia mi diabólica morada.

No recuerdo (muy bien) que tamañas barbaridades se me ocurrieron en aquel ¿íntimo? momento, lo que si sé es que escuché los gemidos de su propio placer a través de aquella pared.

No me hago ilusiones.
Tal vez ella misma se los provocaba? Tal vez me escuchase, Tal vez un acompañante la hacía gozar? …

(la sugerente fantasía de tal vez hacer un sanwith con ella -con la pared de por medio para preservar mi intimidad-, aporta un extraño morbo al asunto)

Eso nunca lo sabré.

 

El Pirineo, el ruso y la Viagra.

Ante todo, debo disculparme. Algunos de vosotros ya habéis leído parte de éste relato. Al principio, cuando creé éste Blog, lo hice con la intención de volcar en él muchas de las situaciones vividas que permanecían en mi cabeza tan sólo como recuerdos imposibles de compartir. Conforme iba desgranando los recovecos de mi memoria, iba soltando datos, filtrando información (como por casualidad), de alguna manera, al soltar “peso” mis historietas salían y al tiempo permitían un espacio para crear otras dentro de ella.

No sé si me he explicado con claridad, os dejo el relato completo, ordenado y revisado:

 

El Pirineo, el ruso y la Viagra.

Hace tiempo que quiero contar una breve historia. Sucedió a lo largo de unas mínimas vacaciones. Cuatro días con sus tres noches.

Fue el preludio del caos que fue mi tercer matrimonio, –torpe de mi no me di cuenta entonces de que más allá de la excitación que me producía aquella mujer, no existía futuro con ella-.

A partir de ahora, me referiré a ella como I.

Cuando conocí a I, a la primera ocasión que tuvimos, nos fuimos de vacaciones. Unas vacaciones cortas.

“Para conocernos”. Nos dijimos. Fue la excusa para largarnos como os digo, -para ver qué tal podía resultar seguir apostando por una relación-. Ella tenía prisa por salir de las rutinas de su casa. Los niños y su maridotodavía en aquellos momentos-, sin estorbarle, la ataban a una rutina decepcionante.

Yo, aprovechaba la Temporada Baja para cerrar, sanear, pintar… El garito de playa. Olvidar el estrés. Al igual que en la película de idéntico título, nos enfrentamos a un Noviembre Dulce.

Nos fuimos al Pirineo. Buscando tranquilidad. Intentando olvidar el calor andaluz. Pretendiendo horas de lánguidas confidencias, velados achuchones sin prisas. Sin rumbo. Sin planes… Sin control.

La primera noche, la combinación Pirineo y noviembre nos abrió los sentidos de golpe. Joder… Qué frío!! Hasta encendimos una chimenea. Ver crepitar el fuego, adorar su espalda desnuda mientras me hablaba, un porro tras otro, lo anodino de su vida en aquel entonces. Las pocas, -casi ninguna-, ganas por empezar nada de nuevo. Su fragilidad. Su sinceridad… Me enterneció más de lo que conseguí admitir -mientras me enamoraba- y sin pretender lo contrario, fraguamos una estrecha relación de amistad con derecho a… Con mucho derecho a… Y abusando de los placeres que se nos pusieran por delante..

Lo que tuviera que venir a futuro, ya se vería… Después de todo, ella ya me había comentado la primera vez que nos vimos, que su viaje había comenzado en plan Thelma y Loisse.. y ya sabemos cómo acababa su alter ego Súsan Sarandon.

De entre sus trastos apareció un blíster de Viagra. Ante mi suspicaz interés, me explicó que su marido, -ya en etapa terminal de una larga enfermedad, a veces precisaba de una ayuda-. Entre nuestras frívolas confidencias, también me contó de cuánto le gustaría experimentar en un trío. Ya no sólo por el hecho de saberse acariciada… por dos hombres al tiempo, sino también por el morbo que le suscitaba ver cómo -tal vez entre los dos partenaires- se estableciese también un contacto.

En la duerme-vela que las drogas me permitían sentir, y sin apenas prestarle mucha atención, la dejaba hablar… Acurrucándola entre mis muslos, sentados en el suelo frente al fuego cautivador, acariciándola, mesándola, manoseándola sin freno. Recorriendo todos sus pliegues, sus orificios, penetrando todos los que, bien lubricados, permitían la entrada y salida de mis apéndices sin brusquedad. Sin prisa, sin rigor, sin interés aparente. Allá donde se podía  profanar algún templo, entraba. Si ofrecía algún impedimento, lo olvidaba y pasaba al siguiente.

De esta manera igual baboseaba su lóbulo con mi lengua como intentaba hurgar en su ombligo con el índice o, arrastraba mis uñas espalda abajo hasta situar un pulgar juguetón en torno a su ano mientras, con otra mano, jugaba a peinar el vello de su pubis.

Recuerdo nos dormimos sin llegar a profanar ninguno de ellos. El sonido de un tronco cayendo fuera de la chimenea nos devolvió a la realidad de la fría estancia. Nos revolvimos entre lienzos y con los sentidos plenos de dulzura y el morbo de los mensajes confesados nos sumimos en brazos de Morfeo.

A la mañana siguiente…

Qué voy a contaros… Nos despertamos pronto, muy pronto. El frío y duro suelo de la habitación nos expulsó para movernos. Mimosos, juguetones, cómplices, comenzamos a accionar las articulaciones entumecidas.

Locos por el entusiasmo que las expectativas prometían. -Cada cual las suyas propias, en función de los diversos estados de ánimo- abrazados, salimos a corretear el pueblo. No quiero decir cual, -demasiada proximidad de datos… Ya sabéis cómo es esto de Internet-, pero los locales, los peninsulares -quiero decir- rápido contemplaréis a cuál me refiero tras revelar que nuestra excursión mañanera iba a ser, subir a Cerler, un pico medio, con entrañable pueblo, a tan ¿sólo? Siete kilómetros monte arriba.

Tras desayunar opíparamente y equipar nuestras mentes -que no nuestros cuerpos- del drug-coctail de rigor, allá nos lanzamos. A la aventura de la conquista del monte. Ni los barrizales de las primeras nieves fundidas, ni el frio viento cortante, nos hizo plantearnos que igual noviembre no era el mejor mes para excursiones épicas.

Nosotros caminábamos, admirando la vegetación menguante -tanto en colores como en individuos-, tan sólo absortos en nuestros propios guiños, nuestros infantiles juegos y nuestras expectativas sobre dónde, cómo, o cuándo íbamos a consumar el precalentamiento nocturno anterior.

Dos horas -tal vez cuatro, o cinco… imposible precisar-, llegamos, exhaustos, ateridos de frio, pero felices al cementerio de Cerler. -Nos pareció una construcción preciosa, todo hay que decirlo-, sin embargo, creo que ambos tuvimos el presagio de lo que aquella primera visión -de futuro- iba a ser nuestra relación..

Tras mucho rebuscar, encontramos el único bar que todavía permanecía abierto. -Si bien la temporada de verano, allí, había terminado dos meses antes, para la de esquí alpino, aun le faltaba otro para comenzar-.

Mientras con dedos temblorosos, resucitando, al asir los tazones de caldo, que el propietario del establecimiento tenía para su consumo familiar, – aunque también, por lo visto, para los imbéciles temerarios como nosotros-, y con las orejas rojas permitiendo recomponer su sentido interno intrínseco… asistimos sumidos en un silencio cómplice, a la bronca ajena, que nuestro benefactor nos ofrendó por la inconsciente andadura, aparecieron, en el umbral del establecimiento, otra pareja de iluminados. Un matrimonio ruso cuyas edades parecían ser las mismas que las nuestras, pero al revés. Él unos cuarenta y cinco, ella unos treinta y nueve…

De alguna manera, un “intercambio”, nos uniría en exacta edad.

Tras las presentaciones, las risas -sobre todo por la mala comunicación- y el empaque que le echamos, nos invitaron a volver al pueblo en su 4×4. Nosotros, agradecidos, les invitamos a cenar a nuestro pequeño y alquilado apartamento.

Aceptaron la invitación.

Por suerte, al comprender que era ya tarde, decidimos sería en el restaurante cercano a los apartamentos de alquiler. En realidad era el mismo que daba el servicio de habitaciones al complejo.

Habíamos comido y cenado la noche anterior, tras nuestra llegada. Nos atendió una camarera muy amable -y a la que tras la confidencia de lo del trío, adjudicaba yo el papel, en mis pensamientos, como alternativa a lo de ” los dos tíos”- y a la que ya pretendía camelar por si algo fallaba… de la manera más obscena. Suculentas propinas que llamaran su atención.

La cena transcurrió tranquila. I estuvo dándole cancha al ruso reclamando insistente su atención, por lo que servidor tuvo que entretener a la pareja de él por mero interés coloquial.

La muchacha en cuestión, agraciada sin excesivas curvas que remarcar, era una eslava tipo. Delgada, rubia, callada y prudente. Arrancarle algo más que monosílabos fue una hazaña -motivo por el cual, pretender arrancarle las bragas, me temía iba a ser una gesta-. En el córner contrario de la mesa, el ruso -a partir de ahora le llamaré… Viktor, que me suena bastante ruso- reía a carcajadas las ocurrencias que mi loca, aun sólo amiga, entre grandes ademanes, parecía provocarle con su fluida cháchara en un idioma inventado..

Como la noche prometía, decidimos ir a tomar una copa por ahí. A ver qué pasaba.

Me levanté, dejando a los tres con los cafés, con la excusa de ir al servicio. Mi intención, además de meterme un par de rayas, no era otra que la de pagar, evitando los tiras y aflojas del pago yo, no… yo, etc…

Al pasar por la barra, le dediqué una sonrisa de lobo a la camarera con un guiño y un gesto de -la cuenta a mí, por favor-. A la vuelta del lavabo, -con los ojos como platos-, ya tenía preparada la nota de la cena. Mientras pagaba, me entretuve en observar de arriba abajo a la chica, ésta, de espaldas a mí, frente a su caja registradora y tras agradecer de nuevo la nueva y suculenta propina, aun se atrevió -siempre de espaldas- a comentar:

– Que pareja más abierta hacen ustedes… no?

Saboreando el placer que da el tener razón cuando se juegan unos dados al azar y comprender que uno lleva juego, le contesté:

– Todavía no somos pareja. Ella está casada. Nos hemos conocido hace un par de meses. Estamos probando a ver qué tal…

De momento no necesitas más información -pensé para mí-. Si te has atrevido a “entrarme” es seguro que la mucama te ha comentado más de la cuenta… nunca fuimos discretos.

Al devolverme la tarjeta de crédito, me permití retener unos instantes -de más- sus dedos entre los míos y acariciar con mi pulgar el suyo durante la entrega de la misma.

Un espasmo me recorrió hasta centrarse en mi entrepierna, donde me produjo una intensa erección. Con un guiño de nuevo, me despedí de ella, había pasado el momento.

Me dirigí hacia la mesa mientras, con un gesto rápido -que no pasó inadvertido para I– acomodé mi atrevida masculinidad.

– Ya está todo pagado. Podemos irnos a por esas copas. -Dije yo-.

– Muchas gracias. -Dijo Viktor-.

– Ya has quedado con esa zorra? -Dijo I, bajando el tono de voz-.

La rusa no abrió la boca.

I permitió que Viktor le ayudara con el abrigo y yo, cortés, seguí el gesto con la rusa, que ni tan siquiera lo agradeció.

En la calle, I volvió al ataque con un:

– Cómo te ha ido con la camarera?

– Mejor que con la rusa y a ti?

– A éste nos lo follamos hoy.

– …. Nos? Me estás saliendo un poco zorrón.

Y metiendo mi lengua en su boca -para compartir media rula de éxtasis- conseguí mantenerla callada, no sin advertir como salía corriendo hacia el 4×4, para subirse en el asiento del copiloto.

El viaje en el 4×4 resultó corto. Del restaurante a la zona de copas apenas había un par de kms. Fue el frío y el barro lo que nos decidió a ir en auto en lugar de callejear.

En el primer bar tan sólo ofrecían tapas y sidra -nos escanciaron un par de botellas- luego nos trasladamos a otro con más música y menos luz. También con un billar. Como estábamos fuera de temporada, apenas había otros clientes, motivo por el cual, la entrada de cuatro personas significaba que el único camarero se desviviera por nuestra compañía -más aun cuando se percató del percal con que las extrañas parejas se movían-.

La primera opción, tras pedir las copas, -ellos vodka, ella con lima, él con hielo, Nosotros bourbon. I con cerveza, yo sólo sin hielo- fue apoderarnos del billar.

El billar es un juego donde no es necesario destacar para conseguir objetivos secundarios. Permite una serie de roces e insinuaciones en los mismos, con la excusa de “yo te enseño” donde los acercamientos están permitidos sin levantar excesivos recelos.

Por supuesto las parejas en el juego fueron las mismas que en el coche. La rusa accedió de mala gana y yo transigí… el morbo de lo que todavía no era ninguna relación le podía al sentimiento ¿celoso? de lo que pudiera ocurrir. Y en el peor de los casos… Las sofocantes curvas de la camarera del restaurante me movían a pensar que no terminarían las vacaciones en saco roto.

Perdimos tres partidas seguidas. Motivo por el cual I se mostraba pletórica en sus vehementes movimientos mientras Viktor se dejaba hacer. Además, me observaba con menosprecio a medida que se sucedían las tacadas de bolas, partida a partida. Para nivelar el cariz que tomaban sus gestos me propuse herirle de la misma manera. Me concentré en la cuarta partida y en el culo de la rusa. Cada bola que metía en una tronera lo celebraba con una cada vez más atrevida palmada en el trasero de su compañera, hasta permitirme, mantener la misma, en su cintura baja mientras él jugaba su turno.

La rusa, permitía mis cada vez más descaradas caricias,-de alguna manera, se vengaba del vacío con que su marido la había tratado hasta ahora-. Sin embargo, desde el principio comprendí que no tenía nada que hacer. Sólo me permitiría cabrear a su esposo. Esas cosas se saben. Con esa certeza, seguí provocando hasta que los momentos se volvían rudos para él, luego, bajaba velas. Me acercaba a la barra, pedía otra ronda, le reía las gracias a Viktor cuando era I quien metía bola, volvía al juego en serio, pedía un cambio de música al camarero -algo bailable que permitiera el roce sin bronca- me largaba al wc (a empolvarme la nariz, cosa que me hacía revivir mientras él permanecía cada vez más borracho), volvía a tocarle el culo, en fin… Ya sabéis cómo se remontan partidas..

Tras ganar -nosotros- la cuarta y la quinta partida, decidimos un descanso de juego y nos trasladamos -los cuatro- a la barra.

De izquierda a derecha nos situamos Viktor, I, la rusa y yo. Un metro más a la derecha, -por el otro lado de la barra- el camarero, tras su equipo de música, me lanzó una mirada reprobadora.

– No quiero malos rollos aquí. -Siseó-.

– Tranquilo. Soy del gremio.

Los taburetes de la barra eran unos toscos y recios “tronos” de madera formados por cuatro troncos -supongo que a juego con el tema montañero pirenaico- con barrotes a media altura para descansar los pies y rematados por arriba por un grueso almohadón cuadrado de piel vuelta. De medidas exageradas, de unos 50 x 50 cm. Sin respaldo.

I se subió a uno y se sentó separando los muslos para colocar un pie en cada barrote, de forma que los mismos formaban prácticamente un ángulo recto, mirando hacia Viktor, posición que la obligaba a darnos casi la espalda a nosotros dos. Rápidamente entabló otra fluida conversación en su ruso inventado precipitando las carcajadas de Viktor.

Yo entablé una precaria conversación con la rusa. Dado que ambos teníamos claro que no parecía cuajar nada entre nosotros, les ofrecí reanudar otra partida.

La pareja “de más edad” se quedó en la barra. Algo comentaron sobre lo cansados que estaban o alguna excusa similar. Tras cruzarnos las miradas I y yo, comprendí que cansada no estaba, pero que prefería quedarse un rato para seguir tensando la cuerda.

-En los años que más tarde conviví con ella, me confesaría que estaba “probándome” para saber hasta qué punto podría tragar con una relación abierta como tuvimos el primer año. Durante el primer año de relación nos separaron mil doscientos kms y nos vimos apenas en media docena de veces. Pero de esto ya hablaremos otro día-.

Volvamos al bar…

Durante la media hora larga que estuvimos jugando al billar, gran parte nos la pasamos toqueteándonos en mil ocasiones al cruzar los tacos de billar jugada tras jugada, -por lo menos podía sobarla un rato sin miradas airadas-. Dado que el billar se encontraba retirado a unos seis metros de la barra a la derecha de ésta. Viktor, -de pie frente a I, que sentada a horcajadas en el taburete le tapaba la visión-, apenas tenía movimiento y yo, desde mi posición, controlaba cuando sí, o cuando no, podía ser más descarado con su mujer.

No tardé en comprobar -fue el camarero el que hizo un gesto que yo interpreté a la primera- como tanto I como Viktor intercambiaban un beso en los labios. La rusa, delante de mí, de espaldas a ellos, no se enteró del movimiento. Los de la barra volvieron a las risas cómplices, las carcajadas a intervalos, a los susurros…

Así andaban las cosas cuando vi un gesto que me calentó sobremanera. Las últimas falanges de los dedos de una mano de él asomaron por debajo de los ajustados leguins de I y sobre el gran cojín de cuero donde ella estaba sentada. Para ello, mi querida futura esposa, había apoyado su mano izquierda en la parte de atrás del taburete y se afianzaba con ambos pies en los estribos para permitir levantarse apenas un par de centímetros sobre el mismo.

Aquellos dedos exploradores, tres en concreto, permitían a su dueño, masajearle el clítoris por encima de la elástica y fina tela con el pulgar. -Esta visión, lo confieso, permaneció recurrente durante años para cuando precisé un estimulo y follarla con saña cuando estuvimos “de morros”-. A veces el morbo es el mejor aliado.

Andaba la rusa muy aburrida -y cabreada de sentirse anulada, pues aunque no vio lo que yo, si vio suficiente-, iba, hablaba con Viktor, -éstos veían con fastidio tanta interrupción- volvía conmigo, volvía a irse… cuándo I me hizo un inequívoco gesto llevándose el índice a la nariz. Yo le contesté con una mirada que decía: “espera cinco minutos y vienes al lavabo que ya te habré preparado para empolvarte la nariz”.

A los cinco minutos justos entró en el lavabo de caballeros, se metió en el wc cerrado donde la esperaba y me soltó un:

– Gracias. Eres un sol. -al tiempo que me besaba con pasión-.

Cuando se recostó en dirección hacia la cisterna para esnifar, adoptó una postura en la que me brindaba -en aquel breve espacio- la contemplación de su hermoso culo.

– Con tu permiso. -musité, flojito, en su oído. Al tiempo que con la mano derecha le aprisionaba un pecho por encima del jersey y con la izquierda franqueaba los elásticos del leguins y el tanga a la vez, para comprobar cuán húmeda estaba-. Quiero comprobar tu sabor. He visto los dedos de él e imagino que debes estar chorreando.

– Cómo me conoces… déjame chupar mi excitación. -Me dijo, metiéndose mis dedos en la boca-. Que tal con la rusa? -añadió-.

– No hay nada que hacer. Solo está por su marido.

– Lástima, si nos libramos de ella hacemos un trío… ¿Qué te parece..?

– No sé yo. No te creas que me hace mucha gracia. Por otra parte, no sabes lo cachondo que me he puesto cuando le he visto tocarte el coño..

– Toma. Por si acaso. Hoy quiero que tu o el otro me folléis bien follada. -Y me metió en la boca una de las pastillas azules de su marido-.

Cuando salimos del lavabo, la rusa había desaparecido.

Viktor argumentó que estaba cansada y se había marchado. -Darnos cuenta de que también habían desaparecido las llaves del 4×4 presagiaba alguna razón de tono más alto, sin embargo… A quién le importaba?

La conversación de los tres en la barra, poco a poco, fue denostando el cariz que la marcha de la rusa había dejado en el grupo. Viktor comenzó a mostrarse más altivo y desagradable para conmigo en sus gestos airados. I permanecía sentada, expectante, entre ambos, sin conseguir poner paz. Al final, Viktor, -con visibles síntomas de su borrachera estridente-, me espetó que él no quería acostarse conmigo. Que, como mucho, si lo deseaba, podía asistir -sólo para mirar- a cómo él se follaba a I.

Ante mi sorpresa por la delirante propuesta y, -dirigiéndome a I– le inquirí sobre qué le había contado. Mientras mi futura esposa me daba un codazo al ver desvanecerse sus lúbricas esperanzas para con el ruso y se excusaba susurrándome sobre lo comentado en el wc, la versión de Viktor era relativamente distinta. Según él, había sido ella, la que le había explicado que le apetecía acostarse con dos tíos, si, pero contando con que hubiera algo de sexo entre ellos también. Él, durante el flirteo anterior, le había seguido la corriente, pero, de ninguna manera pretendía tener nada conmigo. -Esto, la verdad, me tranquilizó, pues en caso de que hubiera contestado de forma distinta, a I no la paraba ni dios-.

Rápidamente la conversación se fue apagando. La borrachera de Viktor comenzó a sacar lo peor de su carácter, y comenzó a despreciarme. Que cómo permitía que una mujer me tratara así? Que qué poca estima tenía por permitirlo. Vamos, ese tipo de frases que, una vez perdida la baza del juego a concluir -intuyendo además no llevarse el premio- tan sólo sirve para dañar y/o provocar.

Cuando llamó al camarero para, -ninguneándome-, pretender pagarme las copas, estallé.

– Perdona ruso de mierda, si a esta mujer le apetece tener sexo contigo, no seré yo quien se lo impida. Después de todo, pienso que ninguna mujer tiene dueño. Pero que pretendas pagar mis copas!! Eso no te lo consiento.

Me giré hacia I y le dije que era ella quien tenía que decidir lo que quería hacer. Pero que yo -tras pagar- me largaba de ahí. Su respuesta, he de admitir, me gustó.

– Yo he venido contigo y me voy contigo.

Pagué. Y nos fuimos de aquel garito.

Abrazados, besándonos, gritando, riendo, discutiendo y dando traspiés, alcanzamos el apartamento siguiendo la calle principal. Nos paramos dos o tres veces para, sobre los capós de los coches aparcados, saborear la furia de la locura que nuestra lujuria destilaba.

Cuando conseguimos alcanzar la cama de la habitación, -recuerdo se situó a cuatro patas sobre ella- le rasgué, desde atrás, la tela del pantalón de malla. -Supongo que en mi fuero interno, pretendía borrar la visión de aquellos dedos dándole placer-. Separé con prisa el tanga y, tras lamer -tan sólo por gula, pues ya chorreaba-, la penetré con toda la rabia que la pasión y el morbo dominában mis sentidos. Comenzó a gemir y a suplicar más ritmo. Con tres o cuatro embestidas llegamos hasta tocar el cabecero de la cama, sus manos se apoyaron en la pared, su vientre se arqueaba convulso. Lubriqué un pulgar metiéndoselo en la boca para con su saliva, poco después, franquear su ano. Era esta, nuestra primer vez por ahí. Su culo comenzó a moverse en círculos para ayudar en ambas penetraciones. Al poco, se giró y con un fulgor en sus ojos de loca, me invitó a que la follara analmente. A pesar de que el glande entró con facilidad, la verdad es que introducirla del todo fue otra historia. Por sus gestos comprendí que el dolor se sobreponía al placer, motivo por el que cesé en mis envites. Entonces, ella, me grito:

– No te pares. Te lo debo…

Empujé. Entró. Gimió. Lloró -pobrecita, casi me dolió más  a mí al verlo-, Volvió a gemir y así estuvimos bastante rato hasta que me derramé dentro de ella. Nos quedamos dormidos.

A la mañana siguiente, entre mimos y arrumacos, me confesó que le había dolido mucho, pero que sin duda había sido el mejor polvo de su vida. Que por primera vez se había sentido dominada y llena.

Curiosamente, cuando seis años después, nos separábamos, sus últimas palabras -no exentas de nostálgico rencor-, fueron:

– Bueno chaval, esto se ha acabado. Siempre nos quedará en el recuerdo “El Pirineo”

EPÍLOGO:

Tan sólo concluir el relato con un pequeño detalle.

Las réplicas, que la ingesta de la dichosa pastillita azul, habían provocado, parecían no haber concluido todavía. -Igual era porque en realidad no la necesitaba-, el caso es que andaba yo con un calentón poco disimulable para salir del apartamento.

I seguía tan cachonda como pocas horas antes, con los recuerdos que le habían producido tanta lujuria, todavía frescos en su imaginación, y tras disculparse toda la noche por el lío que había montado, tan sólo me pidió que respetara su negativa a practicar, de  momento, sexo anal. Todavía se sentía dolorida.

Por supuesto que  respeté su proposición. Después de todo, el regalo que la noche anterior me había ofrecido, no tenía por qué convertirse en una práctica indispensable en nuestra relación. Si ella quería seguir practicándola, yo, por supuesto, estaría encantado. (En cualquier caso, comprendo que en la intimidad de pareja es aconsejable nivelar y/o compartir los placeres. Y no estaba yo muy convencido, entonces, de permitir tomar yo para compartir placeres). En caso contrario, pues tan amigos… -en cualquier caso, me di cuenta de que para la realización de determinadas actuaciones, se debían de dar las mínimas garantías de excitación, morbo, lubricación y buen método para jugar sin peligro.

Nos tiramos toda la mañana follando.

A la hora de comer, acudimos -cómo no- al restaurante de la noche anterior.

La misma camarera, solícita, atendió nuestra comanda.

Las miradas, que los tres nos dirigimos, a lo largo del servicio en los continuos movimientos de platos, copas, servir un vino, etc…hablaban por si solas.

Como comprenderéis, ahora que ya parecía que habíamos “sellado” un compromiso, la figura de la camarera estorbaba en nuestras expectativas. Sin embargo, ella, no parecía estar por la labor. Todo lo contrario. -Imagino que los rusos, más puntuales, también habrían pasado a comer previamente-. Tras mi derroche de simpatía y provocación para con ella, la noche anterior, se mostraba más que dispuesta a seguir con el juego -amén de perderse alguna obscena propina más-. Cuando las coquetas miradas parecían haber llegado a un incontrolable punto indecente, acaparó el protagonismo permitiéndose un gesto de inequívoca maldad. Teniendo a la camarera a su derecha, sirviéndole vino en su copa, se permitió acariciar con su mano derecha, la parte interna del muslo desnudo que bajo la falda de uniforme, la camarera llevaba. Sin mostrar ningún miramiento -y ante mi perpleja mirada- siguió su ascendente recorrido hasta alcanzar la entrepierna.

La camarera, rígida y sorprendida, aguantó el envite intimidatorio mientras seguía llenando la copa de I. No pudiendo replicar ante el rápido y audaz movimiento, tuvo que permitir, a cómo mi chica franqueaba el elástico de la braga, palpaba con sus dedos y los sacaba de nuevo.

Para, -mientras en inequívoco movimiento de frotar el pulgar contra el índice y el corazón, y llevándoselo hasta su labio superior, percibir sutilmente el aroma-. Comentar:

– Nene. Ésta no está a la altura de nuestros juegos.

Y, dirigiéndose a ella le espetó:

– Cariño, si esto es todo lo que puedes lubricar, es mejor que sigas sirviendo el vino. Éste es mío. Me lo he ganado por méritos propios. Casi no puedo andar. A ti te destrozaría.

Por supuesto, muy digna, la chica replicó con alguna contestación más recia, aunque una vez vencido el orgullo, incluso se permitió, a los postres, sentarse a nuestra mesa.

Como I no consintió que yo participara de la conversación y la chica sólo obtuvo un soez y despreciable magreo por su parte mientras permaneció sentada a su lado, la cosa concluyó pagando la cuenta y no volviendo más por allí. Aun me permití hacer el gesto de dejar propina, pero la mirada incendiaria de mi futura esposa me lo impidió.

Volvimos a follar con saña por la tarde.

A lo largo de nuestras futuras discusiones, el episodio de la camarera, cobró más importancia, para cuando tenía algo con qué concluir las peleas.

Adios amigo, adios.

Consola

Muchas son las reflexiones a las que os tengo acostumbrad@s.

Hoy le digo adiós a un amigo -igual más de mi esposa, si-.

Compañero de juegos y exigencias, se comportó en ayuda siempre que fue reclamado.

Tras demasiado tiempo relegado en un cajón, su corazón -antaño incansable- dejó de latir.

Descansa en paz.