Semana Santa, Religión, Alimentación, Metafísica y otras neuras…

Vegetarianos, veganos, sentimientos de culpa cuando se comen un pollo de esos alimentado en producción…
No me hagan reír..!!
Todos los seres vivos sienten..??

Los tomates, los pimientos. ?
Tienen alma?

Es correcto que el cura no te deje entrar en “su” templo con un perro??
Son memos cristianos los animales?

Carecen de alma?

Y, si no aceptamos la pregunta, cómo pueden afirmar que un feto tenga alma y su madre no puede abortar?

Curiosa la vida del ser humano no?
Siempre sujeta a trivialidades para justificar sus actuaciones…

(quédense con el detalle en la segunda viñeta, donde el empírico dedo índice estirado que junto a la paternalista caída de ojos, parece darle fuerza al discurso de su dueño)

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EL PEOR ENEMIGO ES TU INDIFERENCIA.

Pared sombrero

Ayer, paseando con mis perros, topé con ésta pintada en una fachada.
Me paré un momento -uno de esos reflexivos que se agolpan en mi cabezota-, y decidí sacarle una foto.

(generalmente, no se bien por qué, acostumbro a sentir un cierto pudor cuando “robo” instantáneas anónimas, motivo por el cual, antes de sacar el móvil y realizar la fotografía, miré a ambos lados)

Justo acababa de realizarla, cuando tras de mi, ante una puerta a ras de acera, un caballero bien plantado, de edad similar a la mía -puede que algo mayor-, se ajustaba unos auriculares antes de salir de paseo. Su mirada, sobria, dulce y a la vez inquisitiva, me produjo una sensación de amable posible futura conversación. (nunca las desprecio).
Me quité los auriculares propios, saludé y ante sus idénticos y reflejados movimientos, -y en un perfecto catalán-, me preguntó:

– Qué le parece?

Yo, que no acostumbro ha hablarlo, lo entiendo -por supuesto, y hablo lo indispensable traduciendo al unísono mientras pienso en castellano-, recuerdo (cauto) contesté:

– Pues me parece, que independientemente del mensaje, no olvidemos que estando en Cataluña, el mensaje ofrece muchas y variadas ofertas, me parece, repito, muy poca vergüenza y despropósito ensuciar las paredes ajenas de esta manera.

La respuesta pareció agradarle.
Entablamos una rápida, educada y breve conversación.
(hacía un frío de cojones)
Sobre el asentimiento mutuo sobre las libertades “ajenas” pasamos hacia la educación de las mascotas. Se quejaba que frente a su balcón, un vecino abandonaba un perro todas las tardes en el suyo y éste se las pasaba ladrando.. en seguida, los míos le cautivaron por su obediencia ante mis mínimas órdenes (un coche cruzaba y les invité a apartarse de la calzada) y entonces, -antes de despedirnos-, me hizo referencia a una frase:

– (…la maldad se extiende porque los buenos lo permitimos…)

Acto seguido me dijo que el autor era un tal Burke, le dije que lo buscaría. Y mi sorpresa (igual no tanta, dado el cariz de la conversación, me llevó hacia la biografía de este personaje. https://www.google.es/url?sa=t&rct=j&q=&esrc=s&source=web&cd=1&cad=rja&uact=8&ved=0ahUKEwiEqsHF9LbKAhWGuBQKHcEgCBgQFggkMAA&url=https%3A%2F%2Fes.wikipedia.org%2Fwiki%2FEdmund_Burke&usg=AFQjCNExiwdEJoGsbVBNjK9T2zSNnqGLKg

Luego, tumbado en la cama, recapacitando sobre todas las similitudes aportadas por el señor, por los perros, por la pintada, por el autor de la cita, por la conversación en suma, me hizo pensar en lo mucho que tenía todo que ver.

Y, aquí estoy.
Ofreciéndooslo. A modo de reflexión.

El otro día…

El otro día..

– Fue hace un par de meses.

– Vaya. Ya estás aquí de nuevo. Que tal las vacaciones?

– Bien. He estad..

– Déjalo. Era una pregunta retórica. En realidad no me importa. Cuánto más tardas en aparecer -sin duda- más feliz creo que me siento.

– Pues vaya. No podrás librarte de mi. No? Mejor harías haciéndote a la idea..

– Qué quieres?

– Nada. Apuntaba que lo que ibas a explicar no fue el otro día, fue antes de Navidad. Mucho antes, de hecho..

– Ya. Vale.. Puedo seguir?

– Por mi no te… (ah!! Vale. Era otra pregunta retóric…) Me callo.

– Decía, que el otro día.. escuché en un programa de radio, que una gente había hecho un proyecto que consistía en..

– Se dice Emprender. Emprendedores..

– Brghrr!!

– Perdona. Me voy a currar. Sigue..

– Gracias. Unos EM-PREN-DE-DO-RES habían tenido la idea de diseñar y construir unas cajas de lata para regalar a los hijos, a los seres queridos o similar, introduciendo en ellas los recuerdos que (los padres, o el que regala la lata), quiere incluir, como recuerdos obtenidos a lo largo de una vida. Luego -por ejemplo, a la mayoría de edad- la regalaban. La idea había encajado (perdón por la redundancia) bien y estaban ganando dinero.

– Seguro que era esto lo que querías contar?

– No. Ya lo sabes. Deja de escudriñar mis pensamientos. De hecho, podías salir de mi hemisferio? Gracias.

– …¿?

– Nos dio .. (ves? ya no se ni lo que digo) ME, Me dio  que pensar. Se me ocurrió que tal vez en lugar de guardar los recuerdos de una vida para tener una sorpresa el día de mañana, qué pasaría si la utilizásemos para guardar lo perdido durante toda una vida.

Qué contendría?

El tiempo perdido?

Ahora expongo mi duda:

Emplearía tiempo en abrirla y revisarla? No sería incongruente seguir “perdiendo” tiempo en repasar lo que no vivimos?

Emplear tiempo en revisar el tiempo perdido!!

Menuda paradoja.

Facilidad para perder amistades?

FACILIDAD PARA PERDER AMISTADES?

(escrito reflexivo)

 

Esta mañana, cuando volvía del curre con mis perros -paseandito tan ricamente-, me he topado con una mujer que empujaba el carrito del que (imagino) debía ser su retoño.

El niño, -como todos- ha admirado la silueta de mi husky al pasar con un:

 

– Mami. Lobo.

 

La madre ha girado la cara en despreciativo gesto y le ha indicado a su crío que se dejara de perros, siguiendo su camino calle arriba.

 

Si bien al principio el gesto me ha extrañado. -No son pocas las veces que Kas (mi perro), despierta sonrisas y admirados gestos a su paso.

Más hoy inclusive, dado que el fuerte viento de tramontana que nos azota estos días, crepaba el largo pelo del perro, aportándole una estampa -además de épica- de inmejorable aspecto recordando a un sobrio pariente de lobo estepario.

Como digo, si bien me ha parecido, incongruente, el gesto de la moza para con su hijo, pronto he recordado otra imagen de ella. Los inequívocos rasgos equinos de sus facciones me han retrotraído la vergüenza que pasé hace unas semanas con mi madre en la consulta del médico de la Seguridad Social.

Andábamos esperando turno para unas pruebas del SIMTROM cuando mi madre -sentada a mi lado en su silla de ruedas contigua a la fila de butacas de la Sala de espera-, y.. tapándose mínimamente la boca con una mano aunque sin bajar el tono de voz, me espetó:

 

– Esa mujer es tan fea como las bambas que lleva.

 

Instantáneamente levanté la mirada -al tiempo que la hacía callar- y me topé con una moza rubia no muy agraciada en sus encantos faciales.

Como la hilera donde la chica estaba sentada distaba apenas un metro de la nuestra, no dudo que debió escuchar el desafortunado comentario y, sin romper el bullicio de la concurrida presencia de enfermos, opté por mirar hacia otro lado -evitando así el bochorno de encontrarme con la mirada dura de la mujer.

 

No había vuelto a pensar en ello.

Miento, tan sólo en “petit comitè” se me había ocurrido explicar la mordaz ocurrencia de mi madre en uno de los grupos del Whatssap familiar, abordando el tema y explayándome en él con profusión de emoticonos que ofrecieran gestualidad a la vergüenza pasada.

 

No había vuelto a reparar en la mujer en cuestión hasta esta mañana.

Comprendo -ahora ya de manera inevitable- que seguro que escuchó el comentario dándose por aludida.

 

Mi reflexión de hoy va dirigida hacia cuántas veces : aunque involuntariamente- conseguimos estropear una situación, una conversación, una posible amistad.

 

Porque ésta (aunque desconocida), ya es irrecuperable.

Lástima.

La vieja de la muerta asesinada.

El título de este escrito es el que es. No se me ha ocurrido nada mejor.. Tampoco el desenlace va mucho más allá.

Hace un par de semanas, -volviendo una vez más con mis canes, de la fábrica donde trabajo- me sucedió una experiencia difícil de digerir.

Era ya casi noche cerrada. Finales de agosto, no recuerdo si había luna. Bochorno tras una breve lluvia de verano. Alguna nube, sin rastro de estrellas. Al llegar al pueblo me abordó una mujer, rubia, pasaba de los cuarenta. No mal parecida pero de desgarbados movimientos. los perros se plantaron en seco sin ladrar. Se me acercó lo suficiente para percibir su perfume sucio. Sudor reseco. Aparté el gesto y retrocedí un paso.

  • Esa casa de enfrente es la de aquella mujer que murió a manos de su padre?

Me espetó sin saludar.

  • No se. -conseguí articular-. No llevo apenas siete años viviendo en esta localidad… y..
  • Si. Si. Yo te conozco. Te vi hace tiempo por aquí.

Volvió a cruzar la carretera sin mirar al tráfico y desapareció. El husky aulló y la perra tironeó de la correa camino a casa.

Mientras intentaba comprender el significado de aquella afirmación, los sugerentes tañidos de la guitarra de Tomatito y Camarón me estremecieron los oídos. Me quité los auriculares y me giré en dirección a la extraña rubia. Ya no la podía ver. Sólo el contoneo bravo de sus caderas me hicieron comprender que había desaparecido tras la esquina. Volví los apenas quince metros para comprobar que no lo había soñado y un vejestorio en camiseta y calzones -que sacaba la bolsa de la basura- respondió a mi mirada.

  • No haga vd. mucho caso. Todo el barrio cree que está loca. Es una triste historia. Los antiguos del pueblo cuentan que su padre asesinó a su hermana cuando ella era pequeña. La hermana la cuidaba siendo ella un bebé. La historia nunca llegó a aclararse. Luego, el matrimonio se mudó.

Durante un rato, el rancio olor de la bolsa de basura se mezcló con el perfume de la rubia. Anduve meditabundo calle abajo rumbo a casa, nada más llegar y entrar en el bar de abajo para ahogar el recuerdo con la última refrescante cerveza con limón, una falda verde me desvió de mis pensamientos.

Los tomates ya no están maduros. (cuento/reflexión)

En los blocs de notas del Teléfono Móvil y la Tablet, tengo anotaciones sobre ideas, sueños, recuerdos o simplemente meditaciones, clasificados en carpetas de colores.. Me sirvo de dichos blocs para mantener despierto el interés por escribir sobre cosas.. ya sabéis, los que me seguís -incluso los nuevos- esos escritos que me gusta publicar aquí.

A veces pienso, que el día que desaparezca (tampoco hay prisa), mis seres queridos se toparan con una suerte de memorias de difícil entendimiento. Me gusta deleitarme ante esta idea. Imagino, tal vez a mi mujer o a mi hija, cuando reciban los objetos personales, curiosear entre ellos y pensar, antes de abandonarlo todo en un cajón:

– Mira que estaba chocho.
Sonrío.

Tengo una pequeña historia que me corroe el seso desde hace meses. No tengo muy claro cómo abordarla, pero no quiero dejar pasar más tiempo sin sacarla a relucir.
Tan sólo la tengo empezada con un par de frases. La primera, el título. Indispensable.
(en realidad es la frase que me vino a la cabeza cuando los vi, y.. luego, la historia fue tomando cuerpo alrededor de la misma.

LOS TOMATES YA DEJARON DE ESTAR MADUROS

Así. Sin más. A que suena prometedor?
Sonrío.
Os cuento:

Este invierno he visto crecer una tomatera,
ínfima, tres tomates.
Día tras día los he visto brotar,
crecer, engordar, madurar y..
pudrirse.

Lo que al principio me hizo esbozar una sonrisa,
luego, día tras día,
me enfureció.
No tomé partido.
Nada hice por solucionarlo.

Tan pequeñicos,
como bebés colorados,
los vi un día asomar.
Un día uno, otro día otro, tres al final.

Desde el primer día comprendí
que nadie los cogería.
Asistí, imperturbable,
al fatal anunciado desenlace.

En el camí de la merda de gos
(en el camino de la mierda de perro)
como el vecindario conoce ese pequeño callejón,
donde los canes son llevados a evacuar.

Tras una verja.
Colgando,
mis tres tomates aparecieron una tarde.
como tres reyes esplendorosos,
rodeados de sus súbditos de mierda.

Lo que me sorprende de esta historia, y lo que en realidad me hace reflexionar, es sobre lo bien que vivimos en este mundo occidental.
Estoy seguro que en cualquier país tercermundista, ningún niño mal alimentado le hubiera hecho ascos a unos tomates, que bien aclarados, debían estar, seguro, la mar de sabrosos.