A través del muro.

La pared. Ese frío muro que separa nuestras vidas… Nos separa.
Nos separa?

Recuerdo (te recuerdo), apoyada en la pared, permanecías quieta, a la espera de que tu desnudez…

Un momento ! Empezaré por el principio:

Recuerdo un poema que le dediqué a una… ¿amiga? hace años. La conocí en un hotel. Bueno, a decir verdad, conocerla es mucho decir, dudo que ni tan siquiera se percatase de mi existencia.

Cuando salí del ascensor la vi salir, de un pasillo mal iluminado. No me pareció particularmente atractiva. Unos tejanos de cintura baja permitían la breve contemplación de un tatuaje tribal. Sin más ambición que la de encontrar el número de mi habitación, seguí mi camino tras el tatuaje. Con la mirada clavada en él -quiero decir-.

El azar me gratificaba con un regalo inesperado. Habitaciones contiguas. Nos saludamos sin mirarnos y cada cual desapareció tras su puerta.

Hacía calor. Mucho calor… (ese calor pegajoso de los agostos mediterráneos que apelmaza los sentidos pero que permite gozar del sudor ajeno).
Ojo! No hablo de malos olores. Nada zafio. Tan sólo como cuando los hilillos de humedad discurren escote abajo. Como cuando la melena permanece húmeda hasta gotear. O como cuando los muslos interiores se deslizan con esa deliciosa fricción en los andares… ya sabéis de lo que hablo.

El hotel era barato. No había aire acondicionado. Descorrí una tupida cortina y abrí ambas puertas del balcón. La visión de los tejados de aquella pequeña ciudad me confirió cierta relajación sin llegar a satisfacerme. Inspeccioné el baño, me desnudé, me di una ducha fría y, tras secarme con una toalla que apenas albergaba toda mi cintura decidí tumbarme en la cama.

En la habitación contigua, una suerte de ruidos me hicieron pensar que mi “amiga” estaba repitiendo los mismos recorridos que yo. Imaginé hasta dónde llegaría el tribal y la erección fue inminente. Me levanté. Con sigilo, me asomé al balcón y fue cuando la vi.

La vi, (a través del doble espejo que formaban ambas puertas de nuestros balcones abiertos), apoyada en la pared contigua a la mía. Permanecía quieta y desnuda con los hombros y el culo pegados a la pared, -era como si pretendiera absorber la frialdad del muro para refrescar su cuerpo.

La luna de cristal de la puerta semi-abierta no me permitía ver mucho más -y tampoco estaba yo por la labor de dar un espectáculo con mi miembro erecto, desde aquel segundo piso-. Me concentré en lo que veía.

No pude por menos que calcular para ponerme detrás de ella (con el muro en medio) e intentar abrazarla, sentir la humedad a través del muro, restregar mi sexo, hablarle, convertirme en un depredador de la noche…

Y como decía al principio, le dediqué unos versos:
Deslizo mi ávida lengua
sobre tus negras orejas.
Deslizo mis cálidas manos
sobre tus viscosas alas.
Deslizo mis largos colmillos
sobre tu pálido cuello.

Luego te muerdo..

Entre suspiros,  profundos jadeos,
entre azufre y brillo de luna,
entre muertos y enfermos,
entre dolor y placer.

De nuevo te amo..

Ahora que la sangre tiñe tus pálidos pechos,
ahora que tu sonrisa es mueca de dolor,
ahora que tus ojos estallan,
ahora que tus manos se crispan,
ahora que tu eres mía.

Gozo asesinando tu pudor
satisfecho mi sobrehumano apetito…

Deslizo mi ávida lengua,
dentro de mi ensangrentada boca,
deslizo mis cálidas manos
dentro de mi sucia piel,
deslizo mis largos colmillos,
dentro de mi blasfema boca.

Y luego parto…

Entre nubes y blasfemias,
entre brisas y sonrisas,
entre humanas podedumbres,
entre dios y demonio.

De nuevo te he asesinado…

Ahora que la sangre ha teñido tus pálidos pechos,
ahora que he roto tu sonrisa,
ahora que he bañado tus ojos,
ahora que he crispado tus manos,
ahora que de nuevo te he hecho mía.

Ahora parto…
soplo asesino sin cuerpo, hacia mi diabólica morada.

No recuerdo (muy bien) que tamañas barbaridades se me ocurrieron en aquel ¿íntimo? momento, lo que si sé es que escuché los gemidos de su propio placer a través de aquella pared.

No me hago ilusiones.
Tal vez ella misma se los provocaba? Tal vez me escuchase, Tal vez un acompañante la hacía gozar? …

(la sugerente fantasía de tal vez hacer un sanwith con ella -con la pared de por medio para preservar mi intimidad-, aporta un extraño morbo al asunto)

Eso nunca lo sabré.

 

Sueño, 15 de mayo de 2015

Me acosté tarde, tras escribir la última pendejada:

https://montxomon61.wordpress.com/2015/05/15/la-salida-y-la-salida-de-emergencia/

Me llevé de nuevo la radio al cabecero de la cama.

Observé, ya acostado, el azul fantasmal reflejo del portátil actualizándose.. justo cuando se apagó pude cerrar los ojos.

Guerra Civil española.

Muchos viejos en cuadrilla corríamos por una calle de Zaragoza.

Las risas jolgoriosas, de púberes zagales, me confundieron. Éramos nosotros. No parecían conjugar jolgorio y achaques…

La primera bomba cayó al final de la calle.

Raudos -como asustados chiquillos- nos lanzamos en estrepitosa carrera. Sin rumbos.

Vacío.

En la siguiente escena, polvorientos, sucios de muchos meses de contienda bélica, habíamos encontrado un tesoro.

Yo, rapiño, me había apropiado de un camafeo de oro. Era como un librito. Lo abrías y como por arte de magia -hoy lo llamaría el pasar los dedos por el cristal del Tablet-, se sucedían escenas de oficios.

Al llegar al oficio de mi abuelo -dentista- veía con la claridad que aportaría un Smart-phone de nuestro tiempo, todos los detalles de esa escena grabada en la medalla de oro. Mi susto fue mayúsculo cuando vi en la fina chapa dorada el grabado de la casa de mi abuelo, el inequívoco número doce de su calle, las placas de bruñido latón en la fachada del portal. A lo lejos, la bomba anteriormente citada no era otra que una de las dos que cayeron -y no explotaron- en la Basílica del Pilar.

Vacío..

De repente, sin mostrar a nadie mi tesoro y, con el fin de desviar su atención del mismo, les invito a cenar unas tapas.

Siguiente escena: Todos, golosos, hambrientos y famélicos, en el córner de un bar típico del Tubo de Zaragoza -donde aun conociéndonos y saludándonos por nuestros nombres de pila el camarero y yo, juraría no haber estado nunca-.

Imaginaos la escena, seis, tal vez ocho famélicos chiquillos de la postguerra -con apariencia en mi sueño de sexagenarios- frente a un sin fin de apetitosos manjares recién sacados de la cocina todos a la vez, nuestras gafas empañándose… un Sueño

Justo cuando meditaba cómo haría para pagar con Tarjeta de crédito en 1933.. he despertado.

Dos horas después. Todavía puedo sentir el olor del chorizo y las morcillas en mi alcoba.

Hoy ha muerto B.B. King.

Un saludo Maestro.