La bola de papel de plata.

Hoy he recordado una tierna historia de infancia. Como hace tiempo que no escribo sobre temas amables, he pensado traerlo aquí para, de paso, recrearme con el recuerdo.

Mi abuelo era dentista. Tenía “La Consulta” en la misma vivienda. Esto que ahora, a todas luces parece traído de otra época, pues las clínicas de hoy en día, tal y cómo las conocemos, son Centros a pie de calle no sólo perfectamente acondicionados sino pensados en el cómodo acceso al mismo, no fue siempre así. Antes, muchos negocios estaban en pisos.

En cualquier caso, para nosotros, que veníamos de la capital, no nos parecía muy normal. Mi abuelo vivía en un segundo piso, con entresuelo y principal además de un medio piso donde estaba el portero, Julián. Éste fabricaba correas de badana para escopetas en el pequeño cubículo adjunto al ascensor, yo me quedaba embelesado cuando era crío (y de no tan crío al ver las tremendas posibilidades económicas que el puesto de trabajo permitía), pero eso es otra historia.

En fin, que mi abuelo tenía la consulta en un cuarto piso. El acceso, además de por los interminables tramos de escalera -edificación antigüa, techos altos… igual a tres tramos de siete, nueve y siete escalones por piso-, se hacía a través de un ascensor de madera labrada, con cabida para tan sólo tres personas (incluyendo un cartel donde aconsejaba que fueran dos) y con un banco con un mullido cojín de terciopelo que, para nosotros niños de capital, nos parecía el súmmum de la antigüedad por excelencia. Era una gran jaula de madera con ventanas de cristal tallado que permitían ver hacia los cuatro puntos cardinales de la citada escalera.

De “la consulta” y sus dependencias hablo otro día. Hoy me quiero centrar en lo que da título al texto. Mi lugar favorito de la casa de mi abuelo era El taller. El taller era una suerte de cubículo que mi abuelo había acondicionado en el segundo aseo de la vivienda (unos tres metros cuadrados mal contados) , junto a la cocina. Mi propio abuelo, había cubierto el inodoro con una tabla -forrada de chapa-, con un cortinaje tupido por delante que escondía la taza. Al fondo había una ventana que permitía luz natural al cubículo. Bajo ésta y sobre la mesa, a contra corriente de las pocas veces que la ventana se abría, un viejo torno eléctrico con múltiples fresas servía para, bien pulir dientes postizos, bien para bruñir el oro de los puentes, o lijar los paladares de resina que él mismo fabricaba. También había un soplete itinerante con una manguera dúctil (que a un niño de capital ofrecía muy poca fiabilidad), que salía de la pared adjunta, la de la cocina.

La parte derecha del habitáculo también contaba con un viejo y breve mueble cajonero de cocina que impedía la apertura total de la puerta y que hacía las veces de banco de trabajo, tenía dos pequeños cajones que no cerraban bien debido al uso, una alacena y un hueco para el cubo de desperdicios. El cajón izquierdo estaba repleto de las herramientas  -específicas o no-, para el desempeño de la actividad, el cajón derecho estaba dedicado a la escombrera que producían los descartes de escayola de los moldes que hacía a sus pacientes. La alacena contenía un saco de escayola. Sobre la mesa, recipientes de caucho, moldes, prensas y toda una suerte de artefactos.

Una escena habitual era ver a mi abuelo correr por el pasillo -mientras los nietos asistíamos absortos en la salita de la casa a las canciones de mi abuela-, desde “la consulta” al taller, con un molde del paladar de un paciente para realizar el negativo en escayola, mientras la enfermera mantenía el decoro de cara al boquiabierto (permitidme la broma), paciente.

En fin, que me pierdo…

En el taller  había, además, una variopinta colección de estantes, colocados sin rigor alguno, donde se amontonaban cajas de muestras de dientes completas. Clasificados por tonos de colores, tamaños, etc.. También estaban los temidos “esqueléticos”, temidos porque de pequeños, mi abuelo nos hacía rabiar accionando estos instrumentos en plan: “corre, corre, que te muerdo”. Éstos eran una especie de molde articulado en forma de mandíbulas donde se montaban las dentaduras postizas. Imaginaos a mi hermana y a mi, igual con tres y cinco años respectivamente, corriendo por los pasillos con mi abuelo detrás cerrando y abriendo el chisme..

Sobre la mesa, a la izquierda, mi abuelo tenía una bola de papel de plata. Era del tamaño de una pelota de tenis, puede que algo inferior. Mi abuelo se entretenía en quitarle la finisima capa de papel al papel de plata con que se envolvía antes las tabletas de chocolate. Si, ya sé que ahora también, pero el papel empleado antes era distinto, más plomado. Con mucha paciencia -de la que nosotros carecíamos-, mi abuelo se entretenía en separar las finas planchas de papel de plata y darle forma a la bola, capa a capa, ayudandose por un pequeño martillo de marquetería. De esta manera, cada vez que íbamos a verles (navidades, verano), siempre -lo primero de todo-, era ir a comprobar cuánto había crecido la bola de plata.

Muchas veces, a lo largo de mi vida, he intentado emular aquella entrañable actividad. Nunca conseguí la paciencia suficiente de conseguir algo más grande que una canica.

 

 

Ayer recibímos un paquete.

​Ayer recibimos un paquete. 

Estaba atado. 

Con cuerda, no con cinta de embalar (y romper con los dientes)

Me gustó recordar. A mi abuelo.. 

Haciendo pequeños ovillos con los retales de cordeles de envíos..

Volverán las oscuras golondrinas.. repetíamos al unísono, sin conocimiento en mi caso entonces.

Llevaba el lacre!! 

Eso si que molaba… Recuedo con mi padre preparar los paquetes y luego quemar el lacre y poner el sello….. 

Qué tiempos y que recuerdos.

También recuerdo haberlo usado yo para sellar los cruces de cuerdas de los paquetes.

Tuve una época en que caracterizaba las felicitaciones con un cuño con la “M” y lacre rojo, oro o verde.

(por capricho nada más,pues en realidad ya no se usaba)

Un placer recordarte abuelo.

Tenichu.

​Que huevos mi abuelo.

Aprendía inglés con un cursillo que salía a diario en El Heraldo de Aragón, los recortaba,  los encontrabas por todos lados… -para cuando se fuera a Australia.. me contaba-.

Tres veces fué.

Luego, 

siempre me contaba lo mismo.

  • No comprendo nada, maño..!!
    Voy a la tienda, compro y escucho “tenichu”, “tenichu plis”, y yo hago así con las manos (me mostraba), y que cojan lo que quieran de monedas..

… Luego, como si de un chiste se tratase me escribía en un trozo de papel: 32.
32, therty two, tenichu.

y yo lo miraba embobado, feliz.

Joder.. era mi abuelo.
Yo no era capaz de estudiar ni inglés, ni nada. 

ni en colegios ni en ná.

Y él, entre paciente y paciente, encontraba tiempo para estudiar.. con recortes de periódicos.

Que huevos!!

Sopas con barcos (día del padre)

Sopas con barcos.
Sopas con barcos siempre me pareció una frase muy amable.
Recuerdo que de pequeño no me dejaban echar pan en la sopa, sin embargo, veía como mi abuelo lo hacía. No debía de estar tan mal..

– Igual era esto lo de: Cuando seas padre comerás sopas. Mi viejo decía “huevos”.

En fin.. Han pasado tres días, casi cuatro. En breve hará una década que te fuiste Viejo. Quería, quiero dedicarte un escrito y me molestaba que se solaparan en importancia. Ya ves.. Que tontería!! Como si tras diez años muerto te pudiese importar?

He cenado sopa. Si. Con fideos. Le he echado unas puntas de chorizo. Picante. -si, tienes razón. Ya verás que noche. Además estoy de guardia. Y llueve que te cagas!-

Veía el final de una película. Ya se que tu eras de fútbol, ya. Pero mira… Al Pacino y Christofer Walken, muy viejos los dos. Si. Pero aguantan. No. No es reproche. Cómo va a ser un reproche? Vas a seguir discutiendo? Joder.
En fin. Que me acordé del abuelo. Le eché pan a la sopa. Si la hizo mi mujer. No, a esta no la conociste. Si.. Ya. A las otras tres brujas si. Y las que te ahorré por el camino. Ya. Lo se… tu sólo con mamá.
Tu te lo pierdes. Mira dónde estas!!
Que no. Que no es reproche. Ya.. Vale.

En cualquier caso.. ya ves tu, para qué tanta misa!!?

Bueno.. Que feliz día del padre.

Llega un día en el que…

Llega un día en el que sin darte cuenta, empiezas a tener un rinconcito por casa, donde se acumulan diversos tipos de tamaños,  formas y colores, de pastillas.

Esos mismos rincones de casa ajena, de los que uno se burlaba no hace tantos años.

Y.. no se sabe por qué enajenación mental o falta de visión de futuro,  pensábamos que nunca pasaríamos por ello.

Es como cuando abres un armario lleno de trastos y piensas:

– Horror..!! Recuerdo que mis tíos tenian uno igual.

Es entonces cuando caes en la cuenta de que aquella frase que dijo el abuelo, tan divertida que te ha parecido durante toda tu vida, comienza a coger forma.
Se sedimenta un poco más entre los estrechos márgenes que el colesterol a ido formando por dentro de las venas.

Debía de ser al final de Semana Santa de 1985. Camino de la estación de San Vicente de Calders (Tarragona), acompañábamos a los abuelos al tren que los llevaría de vuelta a Zaragoza. Mi madre, su madre y su padre detrás. Mi padre al volante y yo con mis patas largas, a su lado.

Mi padre, tan torpe como de costumbre a la hora de parir chistes, se había descolgado con un:

– Bueno abuelo, ya estamos en la estación. Las vacaciones han tocado a su fin. (como si a mi abuelo le pudiera importar un espacio de tiempo tras veinte años jubilado yá)

Y, de repente ocurrió. Mi abuelo rompió a reir como si Charly Rivel hubiera sido quien le hubiera hablado en aquella ocasión.
Sus carcajadas sueltas, sus mofletes sabios en esta virtud, temblando sin cesar.. su mujer, mi abuela, mirandoselo como antaño. Con el verbo fácil preparado por la costumbre para el calificativo despectivo cariñoso,

– De qué te ríes melón? Será posible! Este hombre cada vez está más pallá..

Y mi abuelo, mi padrino nacido en 1902 venga a reir..
– Jajajajajajajajajaja… Jajajajajajajajajaja…Jajajajajajajajajaja!!

Por fin, cuando ya las lágrimas que no de llanto apuntaban dolor de tripas, mi padre, tosco como de costumbre acertó a preguntar:

– Joder, Pepe. Se puede saber de qué te ries?

Y mi abuelo, entre hipos y mocos, lágrimas y toses.. acertó a contestar..

– Pues que estaba pensando, que ahora el abuelo soy yo, pero cuando vuelva en verano, el abuelo serás tu.

Tanto mi madre como un servidor reimos la infantil ocurrencia mientras mi abuela negaba con la cabeza sin haber llegado a comprender.

Mi padre, volante en mano, cerró el pico. De todos los sermones que me ofertó sobre mi acelerada proxima paternidad, aquel jarro de agua fría lo dejó helado.
Creo que por más partidos de tenis que continuó jugando, aquel día las rodillas comenzaron a dolerle sin más.
Un nuevo peso no planificado revoloteó con furia sobre sus hombros.
En tres meses, tal vez cuatro, el abuelo sería él.